Una nueva mirada a la participación masculina en el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos en México

Mario Martínez Salgado*Olga Lorena Rojas**

Investigador de la UNAM, Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES), Unidad de Investigación sobre Representaciones Culturales y Sociales, sede Morelia, Michoacán. Dirección postal: Antigua Carretera a Pátzcuaro 8701, col. Ex Hacienda de San José de la Huerta, C.P. 58190, Morelia, Michoacán, México. Correo electrónico: <mario.martinez.salgado@gmail.com>. Profesora investigadora de El Colegio de México, Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales. Dirección postal: Camino al Ajusco 20, col. Pedregal de Santa Teresa, Ciudad de México, C.P. 14200, México. Correo electrónico: <olrojas@ colmex.mx>.

Mario Martínez Salgado* Es doctor en Estudios de Población y maestro en Demografía por El Colegio de México; es actuario por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su investigación se centra en los temas: transición a la vida adulta, familia y curso de vida, trabajo y masculinidad, y análisis espacial de datos demográficos. Actualmente se desempeña como investigador en la Unidad de Investigación sobre Representaciones Culturales y Sociales en la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) de la UNAM, sede Morelia, Michoacán.
Olga Lorena Rojas* Es licenciada en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana, y maestra en Demografía y doctora en Estudios de Población por El Colegio de México, institución donde labora como profesora investigadora desde hace más de diez años. Ha sido profesora en diversas instituciones de educación superior como la Universidad Autónoma Metropolitana y El Colegio de la Frontera Norte. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores en el nivel II. Sus temas de interés en la investigación están relacionados con el género, la familia y la reproducción, sobre los que ha publicado diversos artículos y capítulos de libro. Es autora de los libros Paternidad y vida familiar en la ciudad de México y Estudios sobre la reproducción masculina, ambos publicados por El Colegio de México.


Resumen:

Tomando en consideración los resultados más recientes de la investigación social en torno a la colaboración masculina en la vida doméstica y que han reportado importantes cambios en las responsabilidades paternas entre las generaciones más jóvenes, analizamos los datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de 2009. Mediante un análisis estadístico multivariado del nivel de participación masculina en el tiempo dedicado al trabajo doméstico y al cuidado de sus hijos/as, nuestros resultados confirman y actualizan los indicios que se tenían sobre la existencia en el país de un cambio generacional importante y aportan datos adicionales sobre las características sociodemográficas de los hombres mexicanos involucrados en este cambio.

Recibido: 02-03-2016; Aceptado: 03-05-2016

Estudios demográficos y urbanos, 2016

Palabras clave: participación masculina, trabajo doméstico, cuidado de hijos, género, México.
Key words: male participation, housework, child care, gender, Mexico.

Introducción

La década de 1990 fue testigo de un incremento sustancial en el interés por estudiar desde las ciencias sociales el desempeño de los hombres en el espacio del mundo doméstico, considerado durante mucho tiempo ámbito privado y femenino. Este ímpetu por poner al descubierto las inequidades existentes entre hombres y mujeres respecto a las responsabilidades domésticas fue estimulado de manera fehaciente por los movimientos feministas, la labor de algunas organizaciones no gubernamentales, así como por algunos organismos internacionales. En el año de 1994 confluyeron en El Cairo estos esfuerzos y preocupaciones; en el Plan de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo quedó asentada la necesidad universal de fomentar el involucramiento masculino tanto en las decisiones reproductivas como en las cuestiones de la vida doméstica (Germain y Kyte, 1995). En particular, se propuso realizar esfuerzos para propiciar una responsabilidad compartida de los varones y promover su involucramiento de una manera más activa en una paternidad responsable y en un comportamiento sexual y reproductivo también más responsable (Greene y Biddlecom, 2000).

El énfasis dado a la necesidad de cambiar los comportamientos masculinos para promover entre los varones un mayor compromiso y responsabilidad hacia sus hijos/as fue retomado más tarde en el ámbito regional latinoamericano por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), expresando interés por definir estrategias de investigación, monitoreo y acción sobre las prácticas de responsabilidad paterna en la región.

A partir de este impulso generado en la investigación social para dar a conocer los pormenores del desempeño masculino en las familias y hogares latinoamericanos, diversos estudios han dado cuenta de que la participación de los padres en la crianza y socialización de sus pequeños/as es quizá uno de los ámbitos de la paternidad en donde los efectos de la modernización en la vida íntima han logrado mayor impacto. Esta modificación en el papel de los padres estaría implicando un cuestionamiento y ruptura con el ideal paterno patriarcal, prevaleciente hasta hace poco, basado fundamentalmente en un principio de jerarquía y caracterizado por el hombre que es fuerte, proveedor único o principal de su hogar, cabeza de su familia y autoridad reconocida por su esposa e hijos/as (Olavarría, 2000).1

En diversas latitudes de la región latinoamericana se tienen indicios que indican que la paternidad está experimentando un proceso de transformación. Hay reportes que indican que las obligaciones paternas relacionadas con la protección y la proveeduría se han relajado. En cambio, se han incrementado el tiempo y la atención dedicados al cuidado de hijos e hijas, además de que los padres muestran con mayor frecuencia su afecto y cercanía física. Sin embargo, a pesar de estos cambios, todavía se observan fuertes inequidades de género en la distribución de las responsabilidades domésticas (Olavarría, 2005; Cerruti y Binstok, 2009).

En ese sentido, debe reconocerse que la región latinoamericana experimentó de manera muy intensa y en poco tiempo procesos de industrialización, urbanización y modernización que propiciaron reacomodos en las estructuras familiares. Entre estas transformaciones destacan las dificultades que enfrentaron los hogares, principalmente de sectores populares urbanos, para satisfacer las necesidades prioritarias, que propiciaron que las mujeres tuvieran que complementar de alguna manera los insuficientes ingresos de sus esposos. Además de ello hay que considerar los avances conseguidos en los niveles educativos de la población y la rápida reducción de la fecundidad, cuestiones ambas que ampliaron la disponibilidad laboral de las mujeres, incluso de aquellas que estaban unidas (Kaztman, 1991).

El conjunto de estas transformaciones ha contribuido al cuestionamiento del papel de los hombres como proveedores únicos de sus familias, así como de la centralidad del poder y la autoridad en la figura del jefe del hogar. La situación de crisis económica iniciada en los años ochenta del siglo XX en las sociedades latinoamericanas deterioró aún más la capacidad de los hombres de estratos populares urbanos para satisfacer las necesidades básicas de sus familias e incrementó considerablemente la tasa de participación de las mujeres (Kaztman, 1991).

Las modificaciones en el funcionamiento familiar en diversos países de América Latina han estado vinculadas a una flexibilización de los roles familiares, puesto que la salida de las mujeres al ámbito laboral ha contribuido a cuestionar el ejercicio de la autoridad masculina en el ámbito familiar. Sin embargo, hay que resaltar que en estos procesos de cambio se observa una superposición de los modos tradicionales de simbolizar la autoridad y la división sexual del trabajo, junto con negociaciones por parte de las mujeres para lograr una mayor igualdad en las relaciones de género (Schmukler, 1998).

Con ello nos damos cuenta de que el acelerado proceso modernizador en la región latinoamericana no ha sido lineal, uniforme, ni generalizado. Por eso se señala que en realidad coexisten diversos patrones sociales y culturales, algunos conservadores y otros emergentes, de los cuales surgen importantes transformaciones en la organización de la vida familiar y conyugal, en las cuales persisten contradicciones en las concepciones, las conductas y las relaciones de género (Nehring, 2005).

Si se quiere impulsar un proceso de democratización dentro de las familias latinoamericanas, tendrían que estimularse entre los hombres valoraciones y actitudes más flexibles con respecto a su papel en el hogar, así como el establecimiento de mayor igualdad en varios aspectos de la vida familiar y que tienen que ver con la división sexual del trabajo, las decisiones familiares, la generación y el control de los ingresos, la distribución de los recursos familiares, las prácticas anticonceptivas de la pareja y la realización de actividades extradomésticas (Kaztman, 1991; Schmukler, 1998).

Cambios sociales en el contexto mexicano

El caso mexicano es un claro ejemplo de lo dicho anteriormente puesto que, como resultado de este proceso de modernización y de transformación económica y social en un periodo relativamente corto, la sociedad mexicana dejó de ser predominantemente rural para ser eminentemente urbana e industrializada. En muy poco tiempo se consiguieron avances importantes en la masificación de la educación y en la elevación de los niveles educativos de la población en general además de un acceso generalizado a los servicios de salud y de planificación familiar. Dos fenómenos resultaron de estos procesos: por un lado, un significativo descenso de la fecundidad,2 y por otro, una creciente participación laboral de las mujeres.

Deben tenerse en cuenta también los significativos cambios sociales y culturales experimentados en el país, relacionados con los procesos de secularización y globalización. Procesos transformadores en el nivel cultural que aportan para el imaginario social diferentes patrones y concepciones sobre la vida en pareja y en familia, así como sobre la crianza de hijos e hijas. Ideales accesibles principalmente para la población urbana y altamente escolarizada.

El conjunto de estos cambios ha transformado la estructura y el funcionamiento de las familias, además de que ha contribuido a modificar los significados y los comportamientos de la población y, por tanto, algunas dimensiones de las relaciones y de las identidades de género (Oliveira, 1998; Ariza y Oliveira, 2004; García y Oliveira, 2005, 2006).

Particularmente la década de 1980 marcó el comienzo de un incremento sistemático en la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo,3 que ha tenido importantes consecuencias en el funcionamiento de las familias, configurando con ello las condiciones para un cambio en los papeles de hombres y mujeres, así como en la relación de poder prevaleciente y que ha otorgado prerrogativas en la toma de decisiones a la población masculina. El trabajo remunerado femenino, sobre todo entre las mujeres casadas, ha favorecido una flexibilización en la división del trabajo familiar que permite un incremento de la participación masculina en los hogares.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que estos cambios no se han generalizado en todos los sectores sociales del país, puesto que, si bien la sociedad mexicana ha experimentado un proceso de modernización y de diversificación cultural, estas transformaciones no han alcanzado a modificar las estructuras tradicionales, en particular la de género, en todos los grupos sociales. Este alcance diferenciado en los cambios sociales y culturales ha producido una mayor complejidad y una multiplicidad de formas de funcionamiento en las familias mexicanas.

Al parecer es en los estratos sociales mejor posicionados y de ámbitos urbanos en donde se han observado importantes transformaciones en la vida familiar, que contrastan con la situación de la población de sectores sociales obreros, populares, rurales e indígenas, en los cuales todavía se observan resistencias a la posibilidad de cambio en la vida familiar y conyugal, prevaleciendo entre ellos relaciones muy inequitativas, sobre todo en lo que se refiere a la división sexual del trabajo (García y Oliveira, 1994; Oliveira, 1998; Ariza y Oliveira, 2004).

En este sentido, conviene señalar que por lo general las mujeres que combinan trabajo no remunerado realizado en casa y trabajo remunerado realizado fuera de casa se encuentran predominantemente en la clase media, porque para ellas el trabajo extradoméstico pagado representa una opción de desarrollo personal y no tanto una necesidad económica imperiosa -como es el caso de muchas mujeres de sectores populares y de ámbitos rurales-, lo cual estaría implicando una ampliación de su horizonte simbólico. Este hecho está produciendo una redefinición de roles y, por lo tanto, procesos de negociación entre los cónyuges pertenecientes a sectores sociales mejor posicionados (Nehring, 2005).

La investigación sobre la participación de los hombres mexicanos en la vida doméstica

La investigación social reciente ha obtenido evidencias de la existencia de un cambio generacional entre los padres mexicanos, quienes están mostrando importantes modificaciones en sus niveles de participación en los cuidados de sus hijos/as. Esta significativa transformación en la relación paterna, de mayor cercanía y responsabilidad, prevalece aun considerando el estrato social y el tipo de localidad de residencia, lo que implica que se está registrando también en los estratos sociales más bajos y en los contextos rurales (Gutmann, 1996; García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008; Rodríguez y García, 2014; Rojas y Martínez, 2014).

Esta mayor participación de las jóvenes generaciones de varones mexicanos en la educación y formación de sus pequeños/as ha permitido la conformación de relaciones más cercanas y afectuosas. Se observa que la paternidad comienza a ampliar su espectro más allá de la procreación y la proveeduría del ingreso familiar, para ser más activa e intensa en los cuidados infantiles (Gutmann, 1996; Hernández-Rosete, 1996; Nava, 1996; Rojas, 2008).

Sin embargo, este cambio generacional masculino no se observa en lo concerniente a las labores domésticas, consideradas todavía como un campo de responsabilidad femenina, puesto que se constata que los varones, aun de generaciones más jóvenes, siguen prefiriendo establecer una relación muy cercana con sus hijos/as y participar activamente en su crianza antes que en la limpieza de la casa y de la ropa, así como en la preparación de los alimentos (Hernández-Rosete, 1996; Vivas, 1996; Rodríguez y García, 2014; Rojas y Martínez, 2014).

Se cuenta con indicios de que la participación masculina en la atención de sus hijos/as aumenta conforme mejora la situación social de los padres y es significativamente más elevada si habitan en contextos urbanos. Al parecer, las condiciones de vida y circunstancias laborales, así como el elevado nivel educativo con que cuentan -en particular las generaciones más jóvenes-, son elementos que explicarían esta mayor flexibilidad en su papel como padres, además de la modificación en las valoraciones que tienen respecto a sus hijos/as (Vivas, 1996; García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008; Rodríguez y García, 2014; Rojas y Martínez, 2014).

Los varones de estos sectores sociales asumen una significativa responsabilidad respecto a su descendencia, no solamente en cuanto a su manutención y educación, sino también en relación con la atención que merecen. En algunos casos relativizan la importancia asignada a su actividad y horario laborales tratando de establecer un equilibrio con su vida familiar, cuestión que se relaciona con una actitud de abierta aceptación respecto a la actividad extradoméstica femenina y a la contribución de las mujeres a la manutención del hogar (Hernández-Rosete, 1996; Nava, 1996; Vivas, 1996; Rojas, 2008).

A raíz de su papel en la fuerza de trabajo, de sus elevados niveles educativos y de una socialización relativamente globalizada, las mujeres de sectores sociales medios han empezado a cuestionar su papel de sumisión frente a los hombres e intentan establecer relaciones de género más igualitarias en el ámbito conyugal. Estas resistencias femeninas respecto a las estructuras de roles y de autoridad se presentan con mayor frecuencia entre las mujeres más jóvenes, con mayor escolaridad, asalariadas, que controlan una mayor cantidad de recursos y que asumen un mayor compromiso con el trabajo fuera del hogar. Estas mujeres consideran que su contribución monetaria es fundamental para la manutención de sus hogares y además muestran una activa participación en la toma de decisiones familiares sobre la administración del presupuesto, la procreación y la educación de sus hijos. Tienen además garantizada su libertad de movimiento y participación laboral e incluso política (García y Oliveira, 1994; Oliveira, 1998).

De hecho, al considerar el tipo de ocupación de las cónyuges de los hombres de estratos medios, se constata la existencia de un cambio generacional masculino de mayor participación en los cuidados de sus hijos/as, destacando el caso de los padres más jóvenes con esposas con empleo asalariado. En cambio, el trabajo por cuenta propia de las mujeres tiene una repercusión intermedia sobre la colaboración masculina, mientras las mujeres que son amas de casa cuentan con una muy escasa colaboración de sus maridos en dichas responsabilidades (García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008; Rojas y Martínez, 2014).

Por lo que se refiere a las labores del hogar, aunque los hombres jóvenes urbanos y de estratos medios muestran un mayor compromiso que sus pares de sectores populares, es importante señalar que la colaboración masculina es en general menor que cuando se trata del cuidado de sus hijos/as. La actividad laboral de sus compañeras es un factor que también incide en su nivel de involucramiento. Cuando sus esposas son amas de casa ellos se abstienen completamente de participar en los quehaceres domésticos; en cambio, el trabajo asalariado femenino estimula su colaboración en esta materia. Se sabe que los hombres de estos estratos tienen asumida la responsabilidad de aquellas actividades que consideran pesadas o peligrosas, y es común que acompañen a sus cónyuges al supermercado y laven los trastes. En cambio, su participación es mucho más escasa en lo que se refiere a la limpieza de la casa, el lavado y planchado de la ropa, así como a la preparación de la comida (Hernández-Rosete, 1996; Vivas, 1996; García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008).

Todos estos elementos estarían indicando que los hombres de sectores sociales más acomodados, urbanos y con mayor escolaridad tienen cierta ventaja respecto a sus pares de estratos populares urbanos y de ámbitos rurales e indígenas en la búsqueda de una ruptura con el modelo masculino y paterno tradicional.

En efecto, en las comunidades rurales e indígenas, así como en los sectores populares urbanos, las transformaciones en la división intrafamiliar del trabajo han sido más lentas debido al fuerte arraigo de concepciones muy tradicionales respecto a los papeles masculinos y femeninos. Las mujeres de estos sectores sociales, sobre todo de generaciones mayores, siguen considerando que ellas son responsables del trabajo doméstico, en tanto que sus maridos de la manutención del hogar. En estos contextos las mujeres y los varones todavía no han incorporado en su imaginario el trabajo remunerado como una posibilidad para la vida de las mujeres, de tal suerte que prevalece una reafirmación del ideal paterno tradicional que cumple exclusivamente con el papel de proveedor y máxima autoridad en casa, al que corresponde su contraparte femenina del ideal materno de la mujer dedicada exclusivamente al hogar y a su descendencia (Oliveira, 1998; Núñez, 2007; González, 2014).

En particular, en las comunidades rurales e indígenas sigue prevaleciendo un fuerte control social sobre las mujeres y persiste una fuerte resistencia a cambiar las representaciones sobre el papel de hombres y mujeres en la sociedad. Aunque la población femenina rural más joven está respondiendo a las transformaciones de las condiciones de vida de sus comunidades, saliendo del ámbito doméstico para transitar al espacio público, al mismo tiempo se ve obligada a confrontar sus propias concepciones sobre la división sexual del trabajo y no rompe del todo la asociación entre el espacio público y el mundo masculino, y el espacio doméstico y el mundo femenino. Esta fuerte división sigue formando parte de las representaciones culturales sobre las identidades y las relaciones de género. Por ello, la nueva situación de las mujeres rurales en el país está caracterizada por una fuerte contradicción entre los profundos cambios sociales y económicos ocurridos en el campo y la persistencia de representaciones y prácticas de género conservadoras de la tradicional división sexual del trabajo (González, 2014).

En este orden social, ser proveedor y cabeza de familia siguen siendo dimensiones fundamentales de la identidad de género para los hombres. Lo que explica su desacuerdo y desautorización a la incorporación de sus esposas al mercado de trabajo, porque para ellos implica el descuido de sus hijos/as y de sus hogares. En consecuencia, las mujeres de estos grupos sociales tienen que pedir permiso a sus maridos para salir de casa para trabajar de manera remunerada, lo cual es reflejo de la situación de subordinación y obediencia en la que todavía se encuentran, ya que no pueden pasar por alto la autoridad de sus esposos como jefes del hogar. El trabajo remunerado de estas mujeres es percibido por sus maridos como una amenaza a su desempeño masculino porque pone en evidencia su incapacidad para proveer con sus ingresos el sustento de la familia (García y Oliveira, 1994; Oliveira, 1998; Núñez, 2007; Rojas, 2008, 2010; González, 2014).

Al respecto, es importante señalar que aun cuando las cónyuges de estos varones logren salir de casa para trabajar de manera remunerada, ello no las exime de la responsabilidad de la crianza y el cuidado de sus hijos/as ni de los quehaceres domésticos. Son precisamente las características que asume en muchas ocasiones su empleo informal, mayoritariamente por cuenta propia, y la flexibilidad de sus horarios laborales lo que permite que ellas desempeñen esta doble y triple jornada a costa de su descanso, al tiempo que permite que los padres asuman menores responsabilidades domésticas y de cuidados. Además de ello, muchas de estas mujeres que contribuyen con su trabajo extradoméstico a los ingresos familiares frecuentemente afirman que su aportación económica al hogar no es esencial, aunque lo sea en la práctica (Benería y Roldán, 1992; Rojas, 2010).

Para los varones de estos sectores sociales, tener hijos/as es concebido como un hecho fundamental después del matrimonio, porque con ello pueden conformar una familia que depende de ellos. Con la llegada de la prole, sus vidas personal y conyugal, así como su actividad laboral, adquieren sentido. Ser padres significa asumir la responsabilidad de ser cabezas de familia y conformar un hogar del cual son responsables. En este modelo masculino, la paternidad y el trabajo son elementos constitutivos y fundamentales, puesto que otorgan un objetivo a la existencia y a la vida cotidiana de los hombres (Gutmann, 1996; Bellato, 2001; Módena y Mendoza, 2001; Rojas, 2008).

Por otro lado, particularmente en los sectores urbanos empobrecidos, se ha detectado entre los varones de generaciones más jóvenes un esfuerzo por modificar la relación con sus hijos/as y sus compañeras, tratando de generar espacios de mayor cercanía, comunicación y afecto. A pesar de ello, la precariedad de su condición social y económica, además de su preocupación por brindar bienestar material y un buen nivel de escolaridad a su descendencia, les lleva a tener ocupaciones con largas jornadas de trabajo e incluso dos empleos. Es notorio que su participación en la crianza y los cuidados de sus hijos/as es mayor cuando sus esposas tienen que salir de casa para trabajar de manera remunerada y es prácticamente nulo cuando ellas se dedican exclusivamente al hogar (García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008; Rojas y Martínez, 2014).

Es conveniente resaltar en estos ámbitos sociales la existencia de una ligera asociación entre la actividad económica femenina y el nivel de involucramiento paterno en los cuidados y la crianza de sus hijos e hijas, que no opera cuando se trata del trabajo doméstico, puesto que en esta materia los hombres de estos sectores sociales participan realmente poco, barriendo, lavando trastes y, particularmente, realizando tareas domésticas consideradas riesgosas (García y Oliveira, 2006; Rojas, 2008).

Con todo ello, nos damos cuenta de que las transformaciones en la vida familiar y en las relaciones de género no han alcanzado a generalizarse en el país. Es evidente que en el estudio del avance en la equidad de género, y en particular en el análisis de la participación masculina en la vida doméstica, surge la diferenciación por grupos sociales como necesario eje analítico para conocer hasta dónde han dejado de operar los esquemas tradicionales familiares y hasta qué punto los hombres mexicanos han ido abandonando el ideal paterno del hombre fuerte, proveedor único de su hogar, autoridad familiar y que centra su participación doméstica fundamentalmente en el cumplimiento de la responsabilidad por el bienestar material de su prole. Creemos que es importante actualizar el conocimiento sobre el grado en que los varones están logrando conformar relaciones más equitativas con sus compañeras y más cercanas con sus hijos/as, analizando de manera detallada el tiempo que efectivamente emplean en los cuidados de su descendencia y en las labores domésticas, considerando diversas características sociodemográficas.

Características del estudio

En este trabajo utilizamos los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo de 2009 (ENUT). Si bien el cuestionario de esta encuesta no tiene el formato de un diario de actividades, lo cual permitiría tener un mayor control sobre la declaración de los tiempos dedicados a cada actividad, tiene la virtud de captar con detalle no sólo las tasas de participación de hombres y mujeres en los diversos tipos de trabajo (extradoméstico, doméstico y de cuidado), sino también la medición del tiempo destinado a dichas actividades durante la semana,4 eso sin considerar que esta fuente de información es representativa a nivel nacional.

Esta encuesta es la tercera de su tipo levantada en el país y su intención ha sido, sobre todo, dar cuenta del valor social y económico de las tareas que las mujeres llevan a cabo de manera no remunerada. Y aunque gracias a estos esfuerzos también puede conocerse la participación masculina en este tipo de labores, son realmente escasos en el país los estudios que han recurrido a estos datos para conocer la colaboración masculina en las labores domésticas y de cuidado de sus hijos/as.5

A pesar de la riqueza aportada por los datos levantados por esta encuesta, es importante señalar que una limitación importante está relacionada con el registro del uso del tiempo dedicado a los cuidados infantiles sin hacer distinción del sexo de la descendencia. Con ello resulta imposible detectar diferencias en la calidad de sus cuidados y en la cantidad de horas invertidas en ello, según se trate de hijas o hijos varones. Algunos estudios cualitativos han detectado la existencia de diferencias en el nivel de cercanía y participación paterna en los cuidados de su descendencia dependiendo de su sexo.6

En este estudio nos centramos en el análisis del uso del tiempo que los padres mexicanos dedican a la realización de las tareas domésticas y al cuidado de sus hijos/as. Cabe aclarar que consideramos como trabajo doméstico únicamente las actividades relacionadas con la limpieza de la casa y de la ropa, así como la preparación de alimentos, porque creemos que estas tareas implican un mayor compromiso e inversión de tiempo y esfuerzo, y porque son precisamente las responsabilidades que los varones evitan asumir con mayor frecuencia, según lo que han reportado algunas investigaciones precedentes de carácter cualitativo (García y Oliveira, 1994; Hernández-Rosete, 1996; Rojas, 2008 y 2010; Vivas, 1996).7 En cuanto al cuidado de los/las hijos/as, las actividades que fueron tomadas en cuenta se refieren a la alimentación, el aseo, el descanso, el apoyo escolar y la atención a la salud de los menores.

Asimismo, definimos como población en estudio a los hombres que son jefes de hogar, con edades de 20 a 59 años, que viven con su esposa o pareja y con al menos un/a hijo/a menor de 15 años. Bajo esta selección, la ENUT reporta la información de 5 667 hombres, no obstante, descartamos 117 casos porque totalizan un número de horas dedicadas a las tareas domésticas y al cuidado de sus hijos/as que resulta cuestionable.8

Por otro lado, al considerar los hallazgos de la investigación existente -sobre todo de tipo cualitativo- alrededor de los cambios en la vida familiar y en las relaciones de género, de los cuales hemos dado cuenta en los apartados anteriores, nos hemos dado cuenta de que el desempeño masculino en la realización de las labores domésticas y en los cuidados de su descendencia puede variar dependiendo de la edad, el estrato social, el lugar de residencia y la ocupación de las esposas. En este sentido, creemos que con los datos de la ENUT constataremos que existe una mayor participación masculina, en términos del tiempo destinado a dichas tareas, cuando se trate de los varones más jóvenes, de estratos sociales acomodados, que residen en áreas urbanas y que están unidos con mujeres insertas en el mercado laboral de forma asalariada.

Análisis del nivel de participación masculina en el tiempo dedicado al trabajo doméstico y al cuidado de los hijos

Respecto al tiempo que dedican los padres al trabajo doméstico y al cuidado de su prole, el Cuadro 1 muestra el número de horas semanales promedio dedicadas a estas tareas según el nivel de participación y algunas características sociodemográficas seleccionadas. Se destaca que el número de horas promedio dedicadas al cuidado de hijos e hijas es mayor que el dedicado al trabajo doméstico. Entre quienes tienen una participación moderada o alta, y a través de todas las características seleccionadas, esta diferencia es prácticamente del doble de horas. En detalle, quienes tienen un nivel moderado de participación en el trabajo doméstico dedican una media próxima a las 5 horas a la semana, y los que tienen una alta participación, cerca de 14 horas; en tanto que si se trata del cuidado de hijos e hijas, estos promedios rondan las 10 horas en el segmento moderado y 26 horas en el alto.


Cuadro 1.

Número de horas semanales promedio dedicadas por los padres al trabajo doméstico y al cuidado de sus hijos/as según el nivel de participación y algunas características seleccionadasa


  —a Estimación realizada con los datos ponderados.   —Fuente: Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), 2009..

Llama la atención que entre los padres que tienen una alta participación en el cuidado de sus hijos/as exista una importante diferencia en el tiempo destinado a esta tarea, según si se trata de hombres jóvenes (26.4 horas) o si son hombres mayores (24.6 horas).

Otra situación a destacar es que las diferencias en las subcategorías de la ocupación de la cónyuge se acentúan cuando aumenta el nivel de participación en el trabajo doméstico o en el cuidado de sus hijos/as. En lo que respecta al trabajo doméstico, por ejemplo, si el nivel de participación es bajo o moderado, el número de horas es prácticamente el mismo entre aquellos cuya esposa tiene un trabajo asalariado, por cuenta propia o que se dedica al hogar, en tanto que estas diferencias son de entre 1.3 y 2.6 horas en el nivel alto de participación.

Para analizar el efecto de ciertas características sociodemográficas de los hombres mexicanos sobre su nivel de participación en el tiempo destinado al trabajo doméstico y al cuidado de sus hijos/as, optamos por construir modelos de regresión logística ordinal. Este tipo de modelos permiten conocer cuánto más grandes (o más pequeños) son los momios de tener un mayor nivel de participación en el trabajo doméstico, por ejemplo, si se tiene determinado atributo versus si no se tiene (grupo de referencia), esto manteniendo el resto de las variables constantes (Long y Freese, 2001).

La variable dependiente en cada uno de los dos modelos considera tres niveles de participación en el trabajo doméstico y tres para el cuidado de hijos e hijas. En el primer caso tomamos por participación baja o nula en el trabajo doméstico aquella que acumula menos de 3.5 horas a la semana (en promedio menos de media hora diaria); moderada si totaliza entre 3.5 y 7 horas a la semana (entre media y una hora por día); y alta la que contabiliza más de 7 horas a la semana (más de una hora diaria). De esta forma, 67.6% de los hombres estudiados tuvieron una participación baja, 15.9% participaron moderadamente y 16.5% tuvieron una participación alta.

Igualmente, para el caso del cuidado de hijos e hijas, las categorías consideradas son: participación baja o nula, esto es, menos de 7 horas a la semana (menos de una hora por día); moderada si dedicaron entre 7 y 14 horas a la semana a esta actividad (entre una y dos horas diarias); y alta si pasaron más de 14 horas a la semana (más de 2 horas por día) cuidando a sus hijos/as. Bajo esta categorización, 72.1% de los hombres registraron una participación baja, en tanto que 13.5% reportaron una participación moderada y 14.4% tuvieron una participación alta.

Respecto a las covariantes, además de incluir la edad y el tipo de localidad: rural (localidades menores de 2 500 habitantes) y urbana (localidades de 2 500 habitantes y más), construimos tres estratos sociales a partir de la combinación del grado máximo de estudios y la ocupación: muy bajo (jornaleros, obreros, empleados, trabajadores sin pago y por cuenta propia con escolaridad menor a la secundaria completa), bajo (obreros, empleados, trabajadores por cuenta propia y sin pago, y jubilados con escolaridad de secundaria completa a bachillerato incompleto), y medio y alto (empleados, trabajadores por cuenta propia, patrones y jubilados con escolaridad de bachillerato completo a nivel superior). En relación con la ocupación de la cónyuge, las tres categorías consideradas son: dedicada exclusivamente al hogar, trabajadora por cuenta propia y trabajadora asalariada. Sobre los hijos corresidentes, destacamos, por un lado, la presencia de un/a menor de seis años, y por otro, el número de menores de 15 años. Además, en los modelos se incluyó una variable sobre la participación doméstica, siendo ésta si participan o no en el cuidado de sus hijos/as cuando la variable dependiente es el nivel de participación en el trabajo doméstico, y si participan o no en el trabajo doméstico cuando la variable a explicar es el nivel de participación en el cuidado de sus hijos/as.

El Cuadro 2 muestra los resultados de los modelos que fueron estimados para cada una de las actividades. En el primer modelo, sobre el nivel de participación masculina en el trabajo doméstico, las variables edad, tipo de localidad, ocupación de la cónyuge y participación en el cuidado de hijos/as muestran un efecto significativo. Esto es, manteniendo el resto de las variables constantes, los momios de que los varones tengan un mayor nivel de participación en el trabajo doméstico aumentan apenas 1% por cada año que aumente la edad, y son casi 20% más grandes cuando residen en una localidad urbana. Respecto a los hombres cuyas parejas se dedican exclusivamente al hogar, los momios de una mayor participación masculina son 2.63 veces mayores cuando su cónyuge tiene un trabajo asalariado y 1.46 veces mayores cuando trabaja por cuenta propia. Asimismo, los momios de que tengan una participación en el trabajo doméstico más dilatada son casi 2.31 veces mayores entre los hombres que participan en el cuidado de sus hijos/as.


Cuadro 2.

Efecto de algunas características sociodemográficas sobre el nivel de participación masculina en el trabajo doméstico y en el cuidado de sus hijos/as. Razones de momios de modelos logísticos ordenados específicos por actividada


  —aEstimaciones realizadas con los datos ponderados.   —bCategoría de referencia.   —* p < 0.05; ** p < 0.01; *** p < 0.001..   —Fuente: Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), 2009..

En el segundo modelo, sobre el nivel de participación masculina en el cuidado de sus hijos/as, los efectos significativos se relacionan con la edad, el estrato social, la ocupación de la cónyuge, la presencia de un/a hijo/a menor de seis años y la participación en el trabajo doméstico. En detalle, los momios de un mayor nivel de dedicación paterna en el cuidado de sus hijos/as disminuyen 2.5% por cada incremento de un año en la edad. En cuanto al estrato social, los momios de que los hombres tengan una mayor participación en el cuidado de sus hijos/as son 33.7% mayores entre los varones de estrato bajo y 65.6% entre aquellos de estrato medio y alto, en ambos casos respecto a los hombres de estrato muy bajo. También, los momios de que los hombres tengan un mayor nivel de participación son casi 50% mayores cuando su cónyuge tiene un trabajo asalariado y 21.6% mayores cuando es trabajadora por cuenta propia; en estos casos respecto a las que se dedican únicamente al hogar. Asimismo, los momios de que los varones tengan un mayor nivel de participación en el cuidado de sus hijos/as son poco más de dos veces más grandes cuando al menos uno/a de sus pequeños/as tiene menos de seis años. Por último, los momios de tener un mayor nivel de contacto con sus hijos/as a través de sus cuidados son 2.6 veces más grandes cuando los hombres participan en el trabajo doméstico.

A modo de resumen, el Cuadro 3 expone las probabilidades asociadas con el nivel de participación en las tareas de interés para cuatro composiciones disímiles de las covariantes y que delinean perfiles hipotéticos masculinos.


Cuadro 3.

Probabilidades asociadas con el nivel de participación masculina en el trabajo doméstico y en el cuidado de sus hijos/as


  —* Para calcular las probabilidades de los grados de participación en el trabajo doméstico, la participación en el ámbito doméstico a la que se refiere es la del cuidado de sus hijos/as, y para calcular las probabilidades de los grados de participación en el cuidado de sus hijos/as, la participación en el ámbito doméstico referida es la del trabajo doméstico..   —Fuente: Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), 2009..

El primer perfil correspondería a un hombre mayor (50 años) del estrato social muy bajo, residente en una localidad rural, cuya cónyuge es ama de casa; él no participa en las actividades del hogar (ya sea en el cuidado de sus hijos/as cuando se trata del nivel de participación en el trabajo doméstico y viceversa) y tiene al menos tres hijos/as, pero ninguno/a menor de seis años. En este caso, lo más probable es queeste tipo de hombre tenga un bajo nivel de participación en el ámbito doméstico, bien porque le dedica poco tiempo al trabajo doméstico (con una probabilidad de 0.84) o porque el tiempo dedicado al cuidado de su prole es escaso (probabilidad de 0.95).

En contraste, el perfil IV -el de un hombre joven (29 años) de estrato medio o alto, con cónyuge con trabajo asalariado, él participa en el ámbito doméstico y tiene entre uno y dos hijos/as pequeños/as-, tiene la mayor probabilidad de tener un alto nivel de participación en el ámbito doméstico: 0.34 en relación con el trabajo doméstico y 0.37 respecto al cuidado de sus hijos/as. No obstante, dicho perfil también muestra una probabilidad considerable de tener una baja participación -aunque es cierto que se trata de la de menor magnitud en esta categoría entre los perfiles propuestos-. Esta paradoja no hace más que evidenciar el carácter disruptivo de este perfil masculino respecto del resto.

Podríamos considerar intermedios a los otros dos perfiles, aunque con una indiscutible mayor propensión a un bajo nivel de participación en el ámbito doméstico. Por ejemplo, en el perfil II -el de un hombre mayor (50 años), de estrato social bajo y de un contexto urbano, cuya cónyuge trabaja por cuenta propia, él participa en el ámbito doméstico y tiene uno o dos hijos/as, pero ninguno/a menor de seis años-, la probabilidad de tener una escasa participación en el trabajo doméstico es de 0.55 y 0.79 cuando se refiere al cuidado de sus hijos/as. Este perfil es más parecido al primero en términos del cuidado de su descendencia, pero más parecido al cuarto en lo que hace a su colaboración en el trabajo doméstico.

El perfil III -el de un hombre joven (29 años) de estrato social bajo, urbano, con cónyuge con trabajo asalariado, que participa en el ámbito doméstico, y que tiene uno o dos hijos/as, uno de ellos por lo menos menor de seis años- se asemeja al segundo perfil en cuanto a su colaboración en las labores domésticas (la probabilidad de tener una baja participación es de 0.47), pero es un tanto más parecido al cuarto perfil en términos del cuidado de sus hijos/as (la probabilidad de un nivel alto de participación es de 0.33, la segunda más alta).

Consideraciones finales

Con este estudio hemos querido constatar y actualizar con los datos de una encuesta representativa a nivel nacional, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo de 2009, el conocimiento que se tenía sobre los avances y también las resistencias en las prácticas de los hombres mexicanos respecto a sus responsabilidades en el ámbito familiar y doméstico.

Los hallazgos provenientes del análisis multivariado realizado sobre el nivel de participación masculina en el tiempo efectivamente dedicado a las labores domésticas confirman que en este caso no se puede hablar de un cambio generacional, antes bien, una vez controlados algunos factores sociodemográficos y familiares, nuestros resultados señalan que conforme aumenta la edad de los hombres estudiados, también se incrementa el tiempo que destinan a las tareas del hogar. En cambio, resulta muy revelador que cuando los hombres habitan en un contexto urbano se propicia una mayor colaboración de su parte en los quehaceres domésticos, y lo mismo ocurre con la inserción laboral de sus compañeras. En este caso, son notorios los matices encontrados en las distintas cantidades de tiempo en la colaboración masculina, que siempre es mayor cuando sus compañeras tienen que cumplir una jornada formal en su empleo asalariado, un tanto menor cuando ellas tienen un trabajo por cuenta propia y prácticamente inexistente cuando son amas de casa. Es interesante constatar que los hombres que aportan más tiempo al trabajo doméstico en sus hogares son precisamente aquellos que también colaboran con mayor número de horas a la semana en los cuidados de sus hijos/as.

Por lo que se refiere al nivel de compromiso masculino en el cuidado de su descendencia, nuestros resultados confirman la existencia de un notable cambio generacional, que atañe tanto a los contextos urbanos como a los rurales. En este caso, el estrato social añade un matiz importante puesto que entre mejor situación social y económica tienen los hombres estudiados, mayor es el tiempo que dedican a cuidar de sus hijos/as. Este matiz también lo observamos al considerar el empleo femenino, que al ser de tipo asalariado propicia mayor tiempo masculino destinado a los cuidados infantiles, a diferencia de las ocupaciones por cuenta propia de las mujeres que propician una menor colaboración masculina en estas tareas.

Es entendible, por otra parte, que los padres estudiados inviertan más tiempo en el cuidado de sus hijos/as cuando tienen al menos un/a menor de seis años. Sin embargo, es notable que los hombres con mayor número de horas dedicadas a cuidar de sus hijos/as sean precisamente los que también colaboran con más tiempo en las labores domésticas.

Al establecer distintos perfiles masculinos hipotéticos, que consideran de manera conjunta diversas características sociodemográficas de los hombres mexicanos estudiados, hemos podido dar cuenta de una interesante gradación en sus niveles de participación. Para entender mejor esta gradación hemos establecido dos extremos de perfiles masculinos con los cuales se pueden comparar los casos intermedios. Estos extremos están caracterizados, por una parte, por los hombres mayores que habitan en contextos rurales, de estrato muy bajo, cuyas esposas son amas de casa y que pueden ser caracterizados como muy tradicionales puesto que su colaboración es sumamente escasa tanto en las labores domésticas como en el cuidado de sus hijos/as. Por otra parte, en el otro extremo de este continuum, estarían los hombres jóvenes que habitan en las ciudades, de estrato medio y alto, y cuyas cónyuges tienen un empleo asalariado; los notables incrementos en su nivel de participación en ambas tareas hacen que estos hombres se ubiquen bastante lejos -de hecho, en el otro extremo de esta gradación- del perfil masculino más tradicional.

Hay que notar que dependiendo del tipo de actividad la gradación es distinta y, en particular, en lo que se refiere a los quehaceres domésticos, el nivel de participación masculina en términos del tiempo invertido en ellos siempre es menor que el nivel de su colaboración en los cuidados infantiles.

Al analizar la gradación en los niveles de participación masculina en el trabajo doméstico, es notorio el incremento en el tiempo invertido por los hombres conforme se pasa de un contexto rural a otro urbano, y en la medida en que se modifica la ocupación de la esposa al pasar de ser ama de casa a ser trabajadora por cuenta propia y asalariada. En esta gradación, la edad y el estrato social de los varones no parecen marcar un punto de cambio significativo.

Por lo que se refiere a la colaboración paterna en los cuidados infantiles, la edad parece ser un marcador muy fuerte para generar un cambio importante en el nivel de participación masculina. Los padres de mayor edad, aun si habitan en contextos urbanos, participan realmente poco en la crianza de sus pequeños/as. Y lo mismo ocurre con el empleo femenino asalariado, que se asocia con un importante incremento en el tiempo masculino dedicado al cuidado de sus hijos/as.





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Notas al pie:

1.

fn1A este ideal paterno patriarcal tradicional corresponde una actitud paterna caracterizada por el establecimiento de una clara distancia física y emocional respecto a los hijos y las hijas con la finalidad de reafirmar una posición de autoridad y respeto. Estas actitudes muchas veces devienen en autoritarismo y severidad en el trato a la descendencia, cuestiones que desde luego imposibilitan la expresión de afecto y ternura hacia ésta.

2.

fn2Una de las transformaciones demográficas más relevantes registradas en México durante los últimos 30 años del siglo pasado fue el significativo descenso de la fecundidad, puesto que en los años sesenta del siglo XX las mujeres mexicanas tenían en promedio poco más siete hijos, en tanto que actualmente su fecundidad se ha reducido a poco más de dos hijos. En esta importante transición de la fecundidad las mujeres mexicanas han desempeñado un papel protagónico, pues sobre ellas ha descansado gran parte de la práctica anticonceptiva moderna, que ha permitido espaciar y limitar la descendencia (Conapo, 2006).

3.

fn3La tasa de participación laboral femenina en los años setenta era de 17%, a mediados de los años noventa se incrementó a 30% y actualmente alcanza 38% (Rendón, 2003, 2004; Rodríguez y García, 2014).

4.

fn4Los tiempos considerados se refieren a las tareas realizadas durante la semana de referencia, de lunes a domingo.

5.

fn5Véase Rodríguez y García, 2014; Rojas y Martínez, 2014.

6.

fn6Véase Hernández-Rosete, 1996; Rojas, 2008.

7.

fn7 Las tareas domésticas que hemos dejado de lado son: producción de bienes para los integrantes del hogar; recolección y acopio de alimentos, agua o leña; mantenimiento, instalación o reparaciones de la vivienda; compras para los integrantes del hogar; pagos y trámites de los integrantes del hogar y administración del hogar.

8.

fn8Fueron excluidos del estudio los registros en que el total de horas dedicadas al trabajo doméstico y al cuidado de hijos e hijas excedió el número medio de horas (11.4 hrs.) más tres desviaciones estándar (17.4 hrs.), esto es: 63.6 hrs.


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