Texcoco en el nuevo milenio. Cambio y continuidad en una región periurbana del Valle de México

Patricia Arias

Estudios demográficos y urbanos, 2011


Como se recordará, hasta la década de 1980 la investigación regional fue uno de los ejes del quehacer antropológico en México. Esto permitió conocer y documentar las continuidades y cambios que experimentaban las comunidades y las microrregiones rurales en entidades como Chiapas, Estado de México, Jalisco, Michoacán, Morelos y Tlaxcala. También, a partir de ese momento las investigaciones antropológicas comenzaron a particularizarse y especializarse en localidades y temáticas muy específicas.

La Universidad Iberoamericana, con su antiguo departamento de Antropología Social, hoy de Ciencias Sociales, ha mantenido una presencia constante en la región de Texcoco, esa porción del noreste del Valle de México que va desde la orilla del lago seco de Texcoco hasta la sierra de Tláloc (p. 14). Los estudios pioneros de Ángel Palerm y Eric Wolf (1972) y de Marisol Pérez Lizaur (1975) inauguraron una trayectoria ininterrumpida de investigaciones que han dado lugar a importantes publicaciones y numerosas tesis de licenciatura y posgrado. El Valle de Texcoco continúa siendo un campo de entrenamiento para los estudiantes que allí empiezan a conocer y a familiarizarse con las técnicas de la disciplina y con los avatares de las sociedades que estudian.

Producto de esa continuidad es este libro, coordinado por dos antropólogos: Roger Magazine, que ha incursionado en la región en años recientes, y Tomás Martínez Saldaña , de larga trayectoria en la zona. Los capítulos fueron elaborados por antropólogos de reconocida trayectoria y por estudiantes de posgrado de la Universidad Iberoamericana y del Colegio de Postgraduados con base en sus respectivas tesis de maestría. A sus textos se sumó el trabajo de un profesor de la universidad de South Florida que ha estudiado la región desde la década de 1970.

Aunque los autores no son explícitos respecto a las estrategias que utilizaron para producir la información, sabemos que se trata de investigaciones realizadas desde 2001, quizá especialmente de 2004 a 2007, lo que significa que son materiales de campo recientes que se generaron mediante técnicas etnográficas que privilegiaron dos escalas de análisis: los grupos domésticos y las comunidades. Ese ejercicio individual, pero también colectivo, ha permitido documentar las diversas estrategias y especializaciones económicas de las comunidades del Valle de Texcoco. Esto es un primer acierto del libro: ofrecer una mirada a la diversidad dentro de un espacio regional compartido que tiene nuevos sentidos para sus comunidades y pobladores. Quizá sólo el recuento etnográfico pueda dar cuenta, como sucede en este libro, de la variedad de actividades, pequeñas y múltiples, que desempeña cada uno de los miembros de los grupos domésticos para sobrevivir como individuos y lograr que sobrevivan sus hogares.

El volumen está integrado por una introducción y quince artículos organizados en cuatro grandes temas: 1) cambio y continuidad socioeconómica; 2) transición alimenticia, demográfica y ecológica; 3) etnografía festiva y, 4) prácticas y cosmovisiones locales. Dicen los coordinadores que el texto debe leerse a partir de una paradoja que recorre todos los capítulos: el contraste entre la intensa integración económica de las comunidades y familias rurales a la dinámica laboral metropolitana y, al mismo tiempo, la persistencia y fortaleza de sus instituciones socioculturales. El artículo de Roger Magazine aclara aún más la paradoja: el modelo neoliberal no ha dado lugar a personas independientes sino a “la recreación de y la reinserción de las personas en una organización social local basada en una ideología y en relaciones de interdependencia” (p. 110).

La introducción corre por cuenta de los dos coordinadores, quienes han hecho una excelente presentación de cada uno de los trabajos que es innecesario repetir. Cabe mencionar que ellos, como todos los autores, asumen como un hecho sin discusión la pérdida de la agricultura como una actividad económica viable para las familias del campo y su reemplazo por nuevas formas de trabajo y empleo dentro y fuera de la región. Se trata de un gran cambio. Las comunidades del Valle de Texcoco, como tantas otras, han transitado de una economía agrícola a una monetaria basada en ingresos en efectivo. Se acepta también que se ha suscitado un gran cambio en la articulación regional: el papel ordenador del antiquísimo sistema de riego, relacionado con la producción agrícola, ha sido desplazado por la incorporación de la región a una dinámica metropolitana que ofrece múltiples, pero también cambiantes posibilidades de inserción laboral.

Así las cosas, el Valle de Texcoco representa un excelente ejemplo de los fenómenos complejos, inesperados e inestables que se suscitan en los espacios rurales que han pasado a formar parte de los grandes espacios metropolitanos. Las evidencias que presentan los artículos inciden en dos cuestiones que debemos abrir y debatir. Por una parte, las nociones de recampesinización y nueva ruralidad. Algunos estudios han dado cuenta de lo que parece ser la recreación de prácticas agropecuarias tradicionales, algo que por lo regular ocurre en comunidades cercanas a los espacios urbanos. Eso suele llevar a la conclusión de que la economía campesina tradicional centrada en la producción agropecuaria no ha desaparecido del todo. Los ejemplos que presenta este libro muestran que existe la posibilidad de que se mantengan, e incluso se reinicien las actividades agropecuarias aparentemente tradicionales. Sin embargo habría que discutir si eso significa la recreación sin más de una economía y sobre todo de las familias campesinas tradicionales.

Por otra parte es necesario discutir los efectos de la espacialidad en la situación y posibilidades de las comunidades campesinas. Los escenarios del Valle de Texcoco resultan muy distintos de los de otros espacios rurales del país. La mayor parte de las investigaciones que conocemos ha dado cuenta del deterioro imparable de las economías agropecuarias tradicionales, de la crisis de las actividades agrícolas comerciales que llevaban a cabo los campesinos, de la pérdida de significado de su producción agrícola en la política agropecuaria del estado (Appendini y De Luca, 2006). Esto ha llevado, como se sabe, a la intensificación de la emigración rural -que se ha convertido en un verdadero éxodo sin retorno de los hombres del campo-, a la tendencia creciente de las mujeres de todas las condiciones sociales a salir de sus comunidades de origen, al envejecimiento de la población rural, al abandono de las parcelas y las casas, a la sobrevivencia rural mediante los subsidios públicos (programa Oportunidades) y privados (remesas) (Arias, 2009). Casi nada de esto aparece en las comunidades del Valle de Texcoco.

Por el contrario, lo que detectan los autores es el incremento demográfico y la creciente urbanización de las comunidades rurales, la diversificación de las actividades económicas y la ampliación de los mercados de trabajo para la población local, el retorno de los migrantes que han sido desplazados por los ajustes estructurales del empleo corporativizado, la llegada de inmigrantes que buscan vivienda de bajo costo cerca de la ciudad y también de aquellos que quieren huir de ella al menos durante los fines de semana. Todo esto claramente asociado a la cercanía y la comunicación con el enorme espacio metropolitano que se ha conformado y sigue creciendo en torno a la capital del país. Aquí cabe mencionar una omisión: la inclusión de mapas más amplios y detallados y de datos demográficos acerca de la población del Valle habría ayudado a los lectores a conocer y calibrar las dimensiones espaciales y el volumen de la población en estudio.

Los artículos del libro dan cuenta de la impresionante variedad de posibilidades de inserción laboral y de obtención de ingresos que puede existir en las comunidades rurales vinculadas a espacios metropolitanos. Se sabe poco, porque no es el tema del libro, acerca de las condiciones en que se desempeñan esos trabajos, pero se puede suponer que son empleos precarios y poco remunerados. Se trata de trabajadores y personas “flexibles”, en palabras de Roger Magazine (p. 107). Lo que queda claro es que la aglomeración metropolitana resulta suficientemente vigorosa para hacer posible que los miembros de los grupos domésticos accedan a diferentes mercados de trabajo o incursionen en distintas actividades dentro y fuera de la región. Eso es algo que no sucede en la mayor parte de los espacios rurales del país.

Como muestran los autores, con la ampliación de las carreteras y la expansión del sistema de transporte público ha sido posible que los vecinos de los pueblos se muevan cotidianamente entre sus comunidades, la Ciudad de México y otros centros urbanos como Texcoco y Chiconcuac, es decir, que puedan ir y regresar cada día tras desempeñar sus actividades laborales; que puedan llevar y traer infinidad de productos entre diferentes lugares. El escenario laboral del valle está plagado de infinidad de albañiles; de choferes de peseros y combis, transportistas, comerciantes de todo tipo, músicos y policías, de los que han descubierto pequeños nichos de negocios -como la hechura de pasteles de boda para llevar a vender al DF que documenta Jay Sokolovsky-. Antes habría llamado la atención la relativa ausencia de obreros; en el mundo laboral de hoy es casi la norma.

No sólo eso. Los artículos dan cuenta también de los profundos cambios que han experimentado las actividades económicas en las comunidades del valle. En los solares y parcelas se lleva a cabo un sinfín de actividades agropecuarias, agrícolas y ganaderas de autoabasto, pero también para la venta en los mercados urbanos: la hechura de cajas de madera para empacar fruta; el cultivo y aún más el comercio de flores ornamentales; la venta de leche y productos lácteos; la cría de cerdos y vacas para la venta; la engorda de ganado para las carnicerías de la capital del país (Rubén Esteban Lechuga Paredes; Roger Magazine).

Pero el cambio más espectacular es sin duda el que ha experimentado Chiconcuac, ciudad que reorientó su actividad productiva tradicional y ha redefinido el mercado regional de trabajo. El artículo de Marisol Pérez Lizaur y Scarlett Zamora Wasserman muestra que el tejido de cobijas de lana y suéteres de acrilán dio paso a una actividad mucho más lucrativa y expansiva: la confección, a menor costo que en las ciudades, de prendas de vestir que fácilmente pueden trasladarse a diferentes y alejados mercados. La actividad manufacturera fue inseparable del desarrollo, casi infinito, del comercio de prendas de vestir en Chiconcuac. Ambas han tejido una “red económica regional” basada en la proliferación de talleres de fabricación y maquila de ropa en muchas comunidades rurales, talleres que utilizan mano de obra familiar en los solares domésticos. En pueblos como Amanalco, Papalotla y Tlaltecahuacán la maquila de ropa para Chiconcuac se ha convertido en la principal actividad económica de las familias. El éxito ha sido de tal envergadura que, como muestran las autoras, la maquila se ha extendido a localidades de los estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz. La fabricación y la venta de ropa han ampliado el mercado de trabajo femenino en la manufactura y el comercio. El empleo habitual de las mujeres como sirvientas en las ciudades de México y Texcoco ha sido si no desplazado, al menos equiparado con la intensa y extensa oferta laboral de la manufactura y el comercio de ropa.

Los artículos del libro muestran con agudeza etnográfica los procesos de microespecialización económica de las comunidades, algunos en decadencia, otros, en auge: la hechura de cajas y el cultivo de flores en Amanalco (Jay Sokolovsky); los tabiques en Tlaltecahuacán (Rubén Esteban Lechuga Paredes); la engorda de ganado vacuno en Jolalpan y Tepetlaoxtoc (Roger Magazine). Diversas investigaciones en otras regiones han detectado el surgimiento de especializaciones microrregionales. Parece irrelevante cuestionar el origen de las nuevas especializaciones. Aunque puede y suele haber detrás alguna vieja tradición local, lo que en verdad explica la emergencia y el éxito de una especialización en una localidad tiene que ver con el acceso y la articulación con mercados viables y con el tejido de una red de relaciones sociales entre actores económicos específicos. Así, como bien muestra Roger Magazine, la engorda de ganado se ha arraigado porque los ranchos ganaderos de Veracruz han encontrado en los corrales de Jolalpan y Tepetlaoxtoc un lugar intermedio propicio para el tránsito de los animales rumbo a las carnicerías del DF.

Pero el tema económico no es el asunto principal de este libro. Lo que llamó la atención de los estudiosos del Valle de Texcoco fue que no obstante la impresionante integración económica, la urbanización, la incorporación de elementos de la modernidad (automóviles y camionetas, computadoras y antenas parabólicas), y las transiciones demográfica, epidemiológica y alimentaria de las poblaciones, los pueblos “mantienen maneras de vivir y entender la vida muy distintas de las que esperamos desde un contexto urbano” (p. 14). Para Roger Magazine y Tomás Martínez Saldaña , la gente de la región ha incorporado elementos de la modernidad, pero como una alternativa “que no necesariamente domina y reemplaza” (p. 14).

Con base en ese argumento, los artículos de las secciones III y IV están enfocados en las fiestas y celebraciones de los pueblos a escala local y familiar que dan cuenta de las permanencias socioculturales, pero también de los cambios que se advierten en las comunidades del valle. En general éstas pueden diferenciarse -aunque sólo en términos analíticos- en tres niveles: el control y manejo de los recursos tradicionales, los sistemas festivo y ritual, y la organización familiar.

En primer lugar, en casi todos los artículos se muestra la determinación de las comunidades por mantener el control comunitario de los recursos tradicionales básicos, como la tierra, el agua y los recursos comunales. Para ello existe un mecanismo clave: el trabajo gratuito y obligatorio en las obras de beneficio colectivo asegura el acceso de las familias a los derechos comunitarios, marca y refuerza la pertenencia a la comunidad, y ofrece a quienes llegan de fuera una vía de integración social. El sistema pervive, así como la voluntad de mantenerlo, aunque varios autores documentan fisuras que dan cuenta de tensiones que seguramente detonarán nuevos cambios: la venta, legal e ilegal, de tierras ejidales y solares; los nuevos usos posibles de las tierras, de los solares y sobre todo del agua, así como la llegada de vecinos que se niegan a participar en las obras colectivas, entre otros factores, han dado lugar a argumentos contradictorios que cuestionan la validez y confrontan la capacidad de imponer el trabajo colectivo a los individuos y familias. Esto, desde luego, no es nuevo, pero por eso mismo es preciso conocer y explicar las razones y los argumentos de los actores de las disidencias de hoy. Como revela el artículo de Aki Kuromiya, la búsqueda de la unidad como factor para el progreso en Santo Tomás Apipilhuasco se negocia continuamente desde la creciente heterogeneidad de las comunidades: las diferentes ocupaciones de las familias, la segmentación espacial en el interior de las comunidades, la filiación política, la pertenencia familiar, y la presencia de residentes foráneos.

Con todo, el artículo de Sokolovsky muestra que el acceso a más recursos monetarios ha conferido a las comunidades un mayor poder de negociación frente a los intereses privados y públicos, en especial en lo que se refiere a los recursos naturales. La preservación de los bienes ecológicos resulta más factible ahora, cuando las familias cuentan con empleos y fuentes de ingresos alternativos, que cuando su sobrevivencia dependía de la explotación y sobreexplotación de los recursos naturales.

En segundo lugar, los autores ofrecen excelente evidencia etnográfica sobre la persistencia, e incluso el reforzamiento del sistema ritual religioso y familiar. La organización de fiestas y mayordomías, tanto como las celebraciones familiares (construcción de casas, matrimonios, bautizos, funerales), siguen siendo asuntos de primer orden en las comunidades del Valle de Texcoco, como muestran atinadamente Junior Encarnación y Minerva López Millán en los casos de San Juan Tezontla y Santa Catarina del Monte. Estos autores detectan dos grandes cambios. Desde luego, resulta incuestionable que las fiestas religiosas se han independizado de los bienes y vaivenes de la agricultura. Anteriormente se sabía que la grandiosidad de una fiesta patronal dependía en gran medida de la calidad de las cosechas que habían obtenido los vecinos; mientras mejor les iba, mayor era la fiesta de agradecimiento al protector divino que lo había hecho posible. Ya no es el caso. La asalarización de la población ha dado lugar a celebraciones cada vez más costosas y ostentosas en los pueblos. Los autores reconocen la importancia del sistema ritual para definir la pertenencia, marcar la identidad, establecer los derechos y obligaciones de los grupos domésticos en las celebraciones familiares. Roger Magazine propone un elemento adicional: la participación comunitaria es un mecanismo clave de la interdependencia, es decir, del reconocimiento de la necesidad de los otros, recurso social fundamental para sacar adelante las actividades tan diversas, cambiantes e inciertas que llevan a cabo las familias hoy.

De cualquier manera, a todos los autores les sorprende la cantidad de bandas de música que se contratan, flores que se ofrendan, comida que se prepara, bebida que se compra, juegos pirotécnicos que se queman. En este sentido, a las explicaciones anteriores se podría añadir una más que convendría seguir explorando: el sistema ritual, religioso, cívico y familiar ha contribuido a la expansión y el mantenimiento de algunos mercados de trabajo locales: los músicos de las bandas han encontrado un nicho laboral que los mantiene ocupados en los diferentes pueblos de la región; las productoras y vendedoras de flores no se dan abasto para surtir las iglesias, salones de fiestas y casas donde se celebra algún acontecimiento; la renta de locales especiales para celebraciones; la venta de refrescos y licores. Esos empleos y actividades han sido potenciados por la persistencia y el robustecimiento de los sistemas rituales locales. Aunque no queda claro en los textos, seguramente se trata de empleos y quehaceres que se integran a las estrategias de ingresos múltiples que despliegan las familias del campo y que, en su combinación, resultan efectivamente viables y necesarios en el Valle de Texcoco.

Finalmente, las investigaciones que se presentan en este libro apuntan a un aparente reforzamiento de la familia extensa. Nuevas actividades como los talleres de costura han encontrado en los solares residenciales el espacio óptimo para desarrollarse, y en los grupos domésticos la organización social idónea para generar mano de obra de bajo costo. En todos los casos se alude al trabajo femenino en los talleres: esposas, hijas, sobrinas, hermanas, cuñadas. Los talleres se han convertido en una opción laboral para las parejas jóvenes; la desempeñan las mujeres en casa de los padres de los maridos; allí invierten sus ahorros o el dinero de alguna herencia en infraestructura y maquinaria (Jay Sokolovky, Marisol Pérez Lizaur, Scarlett Zamora Wasserman y Rubén Esteban Lechuga Paredes). Las que no están en los talleres se encargan de atender los locales de venta y de llevar la contabilidad de los negocios. La evidencia etnográfica, aunque escasa, permite vislumbrar que se trata de grupos domésticos que comparten los solares, quizá la maquinaria, pero que son independientes en cuanto a la organización de la producción, la venta y el consumo (Rubén Esteban Lechuga Paredes). En este sentido habría que describir y precisar si se trata del reforzamiento de las familias extensas en términos tradicionales o de la emergencia de nuevas formas de organización y trabajo de grupos domésticos con base en los solares familiares.

Las actividades en los solares domésticos y la aparente armonía entre sus miembros, en especial con las mujeres que han llegado allí por matrimonio, llaman mucho la atención y se requeriría mayor información y discusión al respecto (Jay Sokolovsky). En etnografías recientes de otras comunidades rurales se ha documentado que son fuertes las tensiones y pésimas las condiciones de vida de las jóvenes cuando se unen y se mudan a la casa de sus suegros, quienes las ven como una carga adicional en los grupos domésticos de escasos recursos (González Montes, 2002; Mindek, 2007; Rivermar Pérez, 2008; Sierra, 2004). La situación que insinúan varios capítulos del libro es diferente, aunque no menos turbadora: ¿la necesidad de mano de obra de bajo costo para los talleres podría estar motivando la unión de las mujeres (quizá también de los hombres) a edades muy tempranas? Jay Sokolovsky da cuenta de casos de mujeres, casi niñas, que se habían ido a vivir con los novios y trabajaban con las familias de ellos. Esas jóvenes habían estado estudiando y, en un caso al menos, el autor menciona que el padre de la novia había puesto objeciones a la unión por esa razón (p. 49).

Así las cosas, el aparente reforzamiento de la familia extensa afectaría de nueva cuenta la condición femenina en un sentido que no puede considerarse positivo. En el momento actual, cuando después de muchas negociaciones los padres han terminado por apoyar la educación de las hijas y han descubierto que ésta puede ser redituable en términos económicos, se ha desencadenado un renovado interés de los grupos domésticos por conseguir mujeres para contar con mano de obra femenina; la unión de una pareja en donde impera la norma patrivirilocal de residencia para las mujeres es un mecanismo accesible para obtenerla y sumarla al contingente de trabajadores familiares. De ser así, podría estar de regreso la tendencia a que las mujeres se casen muy jóvenes, aunque por nuevas motivaciones. Eso ratificaría el viejo y socorrido argumento de los padres de que no vale la pena invertir en la educación femenina si ellas, a fin de cuentas, se van a ir a vivir y trabajar para otros grupos domésticos.

En este ejemplo, como en tantos otros a lo largo del texto, se advierte que las situaciones sociales son siempre complejas, contradictorias e incluso contraproducentes, pero nunca iguales a las anteriores. De ahí la conveniencia y el provecho que acarrea la lectura cuidadosa de este libro. Hay que documentar y tratar de entender los cambios sociales a partir de la información y las reflexiones de hoy. Los autores de los quince artículos examinan con una mirada minuciosa y actual los cambios y continuidades que viven las familias y comunidades en un contexto que de algún modo es privilegiado en comparación con otros espacios rurales del país: el Valle de Texcoco. Pero también dan cuenta, en algunos casos de manera explícita y en otros solamente insinuada, de las fisuras, tensiones y efectos inesperados que acarrean los intensos cambios sociales que viven las familias y las comunidades campesinas en los espacios metropolitanos.





Bibliografía
Appendini, Kirsten y Marcelo de Luca (2006), Estrategias rurales en el nuevo contexto agrícola mexicano, Roma, Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.
Arias, Patricia (2009), Del arraigo a la diáspora. Dilemas de la familia rural, México, Miguel Ángel Porrúa.
González Montes, Soledad (2002), “Las mujeres y las relaciones de género en las investigaciones sobre el México campesino e indígena”, en Elena Urrutia (coord.), Estudios sobre las mujeres y las relaciones de género en México: aportes desde diversas disciplinas, México, El Colegio de México, pp. 165-200.
Mindek, Dubravka (2007), “Disolución de parejas conyugales en un pueblo mexicano: ¿divergencia del modelo tradicional?, en David Robichaux (comp.), Familia y diversidad en América Latina. Estudios de casos, Buenos Aires, CLACSO, pp. 189-211.
Palerm, Ángel y Eric Wolf (1972), Agricultura y civilización en Mesoamérica,México, SEP Setentas.
Pérez Lizaur, Marisol (1975), Población y sociedad. Cuatro comunidades del Acolhuacán, México, SEP-INAH.
Rivermar Pérez, María Leticia (2008), Etnicidad y migración internacional, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Sierra, María Teresa (2004), “Derecho indígena y mujeres: viejas costumbres, nuevos derechos”, en Sara Elena Pérez-Gil Romo y Patricia Ravelo Blancas (coords.), Voces disidentes. Debates contemporáneos en los estudios de género en México, México, CIESAS / Miguel Ángel Porrúa, pp. 113-149.

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