El género, la fábrica y la vida urbana en la frontera

Marlene Solís Pérez*

Departamento de Estudios Sociales, El Colegio de la Frontera Norte. Correo electrónico: <msolis@colef.mx>.



Resumen

Este artículo tiene como objetivo contribuir a la reflexión acerca de los cambios socioculturales en la vida de las mujeres trabajadoras de la maquiladora en la época contemporánea. Para ello se elaboró un ejercicio interpretativo de un conjunto de narraciones, entre las que se incluyeron a modo de contraste los casos de algunos hombres. En particular se analizan el contexto y la experiencia de vida de las personas que acceden a estos empleos, su orientación laboral, la negociación identitaria que se presenta en las fábricas y la construcción del sentido de pertenencia al trabajo. Asimismo se examina el impacto de este modelo de industrialización en la configuración de los modos de vida tradicionales y modernos en la ciudad de Tijuana.

Recibido: 20-10-2010; Aceptado: 10-03-2011

Estudios demográficos y urbanos, 2011

Palabras clave: frontera, mujer, maquiladoras, identidad de género, cultura laboral.
Key words: border, woman, assembly plants, gender identity, labor culture.

Introducción

Desde que comenzó el proceso de industrialización en la frontera norte de México, lo concerniente al impacto sociocultural de la inserción laboral de las mujeres en las fábricas ha sido muy discutido. La idea de que la incorporación femenina a este tipo de empleos representa un camino hacia la liberación se basaba en suponer que al contar con un empleo asalariado, las mujeres podrían liberarse en primera instancia del control paternal, y después del control de la pareja, ganando así autonomía. En contraste surgieron otras posturas que sostenían que en las fábricas se reproducía el modelo patriarcal de control de las mujeres, por lo que eran poco sustantivos los cambios en la posición femenina.1Posteriormente varios estudiosos han aportado nuevos elementos para encontrar matices entre estos dos polos opuestos de pensamiento.2Algunos de ellos se relacionan con los límites que implica para el desarrollo personal la inserción en empleos inestables y precarios.

Desde el punto de vista de la subjetividad, en los mundos laborales de tales espacios se libra una lucha cotidiana por la construcción de una feminidad productiva, pues como sostiene Salzinger (2003), los discursos y las prácticas de las gerencias son muy diversos: algunos apelan a la autonomía personal y la fomentan, mientras otros siguen siendo verticales y autoritarios. En su interacción con gerentes, supervisores y compañeros de trabajo, las trabajadoras y los trabajadores viven procesos intensos de clasificación de acuerdo con las relaciones de poder que se recrean diariamente.

Por otra parte, esta cotidianidad la viven las mujeres de distintas maneras, pues siendo cada una portadora de diferentes recursos sociales y culturales, resignifican desde su experiencia personal sus modos de ser femeninos. Al respecto Tiano (1994) reflexiona sobre sus estrategias para enfrentar las relaciones de poder como mujeres trabajadoras, es decir, como personas que enfrentan formas de control de género y clase en el espacio laboral.

El propósito de este artículo es contribuir a esta discusión desde la perspectiva de la vida cotidiana y desde el caso particular de las mujeres trabajadoras en las empresas maquiladoras de Tijuana. La idea es profundizar en la escala personal y partir de las experiencias que suelen vivir las mujeres trabajadoras de las maquiladoras, para conocer los mecanismos y alcances de los procesos de renegociación de la identidad femenina y de los modos de vida.

El eje que estructura este texto es la reflexión acerca de las relaciones entre el género, la modernización y la modernidad, considerando tanto las vivencias personales como los contextos de interacción en que ocurren estas vivencias. Para ello se formula la interpretación de un conjunto de narraciones que se obtuvieron mediante entrevistas,3de distintas etnografías de empresas maquiladoras4y con la observación propia.

El artículo está integrado por dos grandes secciones: la primera tiene como finalidad presentar las condiciones en que se configuran los mundos de vida de las mujeres y de los hombres que se emplean en las maquiladoras, para lo cual se describen las dinámicas socioculturales en la ciudad y en la fábrica; en la segunda sección se analizan las narrativas de las y los trabajadores acerca de su historia laboral y de vida para mostrar las diferencias entre sus procesos de identificación en el trabajo y de género.

En las conclusiones se resumen los hallazgos más sobresalientes respecto a las consecuencias del modelo de industrialización fronterizo en la configuración de modos de vida modernos y tradicionales, así como en la transición identitaria de las mujeres.

La modernidad en el contexto fronterizo

Según Brunner (1996) la modernidad tardía que se vive en los países en desarrollo implica la reproducción de una estructura tradicional de la cultura, por lo que termina siendo un proceso incompleto en que si bien se presentan irrupciones de elementos nuevos, éstos por sí solos no terminan de fundar la modernidad, pues no se ha desarrollado un piso (social, tecnológico y profesional) favorable para su sostenimiento.

García Canclini (1990) coincide con este planteamiento y define su concepto de heterogeneidad temporal precisamente para referirse a la yuxtaposición de temporalidades históricas en América Latina. Otros autores, como Becket al. (1994), dan cuenta del carácter desorganizado que presenta el capitalismo en la actualidad, lo cual se vincula con la pérdida de importancia de las instituciones tradicionales y el descentramiento de la cultura. Estas tendencias han implicado la ruptura de la relación biunívoca de la modernización y la modernidad, pues ambas han dejado de presentar una dinámica paralela y progresiva.

El orden cultural en la región fronteriza del norte de México refleja los procesos contradictorios y heterogéneos de conformación de esta modernidad tardía. En tal contexto los cambios en la posición de género de las mujeres ocurren enfrentando múltiples resistencias, con momentos de avances y de retrocesos.

El proceso de modernización en la frontera ha seguido una trayectoria incierta y fragmentada; la dependencia respecto a la economía estadounidense ha impedido el desarrollo de una economía local solvente y ha generado un alto costo social para los habitantes de estas ciudades.

En las últimas décadas del siglo pasado, el eje articulador de la actividad económica fueron las empresas relocalizadas en esta región como parte de los cambios en los procesos productivos de las economías desarrolladas, principalmente de Estados Unidos. Si bien el modelo de industrialización de la frontera fue muy dinámico y favoreció una creciente demanda de empleo, ha acarreado un desarrollo urbano desigual y deficiente. Además, las ciudades fronterizas se han construido con una permanente tensión entre los procesos contrapuestos de integración y diferenciación. Esta tensión la genera la “distante” relación de la frontera norte con el centro económico y político de México, al mismo tiempo que las relaciones transfronterizas tienen una influencia histórica que se refleja en la vida diaria de la ciudad en las dimensiones económica, social y cultural. Los flujos materiales y simbólicos han hecho de este territorio un lugar expuesto a procesos emergentes debido a la rapidez de los cambios socioculturales.5

Lo que llamamosla vida urbana en la fronteraes una descripción de los modos en que las personas viven la modernización, es decir, del tipo de relaciones sociales que se entablan y los procesos identitarios que se despliegan para habitar en un territorio flotante. Mediante una descripción de segundo orden6se puede lograr una visión de la frontera que considere las etapas recientes del proceso de urbanización y sus representaciones o metáforas, las cuales sintetizan la función central del espacio en cada momento y las dinámicas socioculturales asociadas a ésta. Dichas representaciones se han tomado de varios estudios sobre las ciudades fronterizas y son las siguientes: ciudad de paso, ciudad joven, ciudad abierta, ciudad rota y ciudad global-periférica.7Al identificar las distintas “capas geológicas” que han venido conformando la trama en que se desenvuelve la vida de los tijuanenses se intenta aprehender un espacio urbano fronterizo en una gama amplia de colores.

La vida urbana

La industrialización de la frontera se inició plenamente a finales de los años sesenta, cuando el Programa de Industrialización Fronteriza ofreció facilidades para la instalación de empresas que utilizaban materia prima extranjera, la cual era procesada por mano de obra mexicana y se retornaba como producto para su comercialización, principalmente en Estados Unidos. La frontera serviría para el tránsito de mercancías y materias primas, con lo cual se reforzaría una de las principales funciones que la habían definido hasta entonces: la de ser lugar de paso.

Esta condición deciudades de pasoexplica el tipo de relación que sus habitantes establecen con el territorio: se trata de una relación endeble, difusa, que se traduce en una estética centrada en lo efímero, en el predominio de los materiales de fácil desecho, de madera, de llantas, de puertas de garaje. Las plantas industriales igualmente se construyen como grandes galerones que se pueden abandonar y retirar sin grandes pérdidas.

El crecimiento acelerado de la población es otro proceso que ha determinado el carácter inacabado y transitorio de las ciudades de la frontera. Se trata deciudades jóvenesque aún no terminan de construirse una identidad y que se encuentran expuestas a incesantes procesos de cambio. La intensa inmigración a la ciudad confiere a las relaciones sociales una dinámica peculiar, pues la propia migración trae consigo transformaciones socioculturales asociadas a los procesos de reconstrucción de las identidades que se generan ante la experiencia del desarraigo y la asimilación; asimismo la convivencia de variados modos de vida hace que las normas comunes de comportamiento sean menos rígidas. Todo ello ha dado lugar a la imagen de unaciudad abierta, cuyos pobladores son originarios de diversas regiones del país, de manera que se conforma una trama intercultural en que algunos reafirman sus tradiciones, mientras otros intentan adaptarse a una ciudad movediza, marcada por la proximidad del otro que impregna la vida cotidiana, el lenguaje y los gestos.

Tijuana es un lugar en donde se viven rápidas mutaciones culturales ante los procesos de desterritorialización y reterritorialización de prácticas culturales, de redefinición de lo étnico, de recomposición de la familia y de las relaciones de intimidad, de construcción y reconstrucción de redes sociales, y de readaptación de la lengua, todo ello en una continua negociación del sentido de pertenencia.

En correspondencia a este mosaico cultural hay una diversidad de formas de sociabilidad: las redes familiares, que han hecho posibles los flujos migratorios, se constituyen en un capital social importante para habitar en la ciudad y para acomodarse en el trabajo. Algunas de estas redes se entrelazan en comunidades asentadas en colonias con grados distintos de consolidación urbana; otras al contrario, se diluyen para dar paso a formas de sociabilidad modernas o para orillar a las familias a situaciones de marginación y aislamiento social.

La proximidad con Estados Unidos contribuye a generar una mayor complejidad de las formas de sociabilidad, a debilitar los vínculos sociales, pues en el imaginario de la familia o de algunos miembros de la familia es una constante la posibilidad de cruzar la línea e insertarse en los mercados laborales de ese país; aunque algunos lo logran, otros se ven forzados a quedarse o prefieren permanecer en México como una manera de reafirmar su identidad: no tienen interés por asumir un mayor riesgo, o no cuentan con el capital social y cultural que requieren para emigrar.

A partir de la apertura de la economía nacional y de la inserción del país en los procesos de globalización, el perfil de la ciudad cambia y ésta empieza a constituirse cada vez más en un lugar de oportunidades. El notable desarrollo de la industria maquiladora y los esfuerzos de los gobiernos locales por lograr mayor autonomía y por hacer competitivos estos espacios urbanos contribuyeron a la ampliación y mejora de la infraestructura urbana; no obstante, como suele ocurrir en América Latina, la urbanización siguió una lógica de segregación espacial y desigualdad social.

Este patrón de segregación socioespacial ha sido diferente del que se ha observado en las ciudades del interior del país, pues en vez de ajustarse a la división centro-periferia, se presenta más intrincado y fragmentado. La metáfora deciudades rotasque propone Trujeque (2000) sintetiza esta forma de urbanización fronteriza, la cual se articula sin un centro y a partir de la línea divisoria con Estados Unidos.

Durante los noventa las empresas maquiladoras pasaron por una época de auge: el número de establecimientos en Tijuana aumentó de 436 en 1990 a 819 en 2000, mientras el personal ocupado creció 2.4 veces para llegar a 189 680 trabajadores.8Estas empresas adquirieron cierto anclaje territorial, cuya expresión más clara fue la especialización productiva que se alcanzó en la ciudad: Tijuana se consideró en esos años como la capital del televisor. Además, las políticas de descentralización en el país propiciaron el fortalecimiento de los actores locales y la consolidación de ciertas tramas institucionales. Algunas de esas empresas dejaron de ser simples ensambladoras y la inversión de capital asiático en la ciudad fortaleció un proceso de diversificación tecnológica y productiva, al mismo tiempo que se intensificó la presencia de transnacionales, como Sony, Sanyo, Panasonic, Samsung, Hitachi y Matsuchita.

La trayectoria industrial de las maquiladoras ha generado ciertas capacidades competitivas en la ciudad. La participación en la producción global del televisor y de otros sectores productivos coadyuvó a que este espacio urbano constituyera un nudo importante dentro de los flujos globales de mercancías y capitales. No obstante, el hecho de que la relocalización industrial en México se base fundamentalmente en la ventaja comparativa que representa el bajo costo de la mano de obra y las facilidades que otorga el gobierno para el uso de infraestructura, ha constituido un impedimento para el desarrollo económico y social de la localidad. La precariedad de las condiciones de trabajo en las fábricas y la escasa participación de los proveedores regionales o nacionales en la actividad productiva de estas empresas son los signos más claros de las desventajas locales de este modelo de industrialización, por lo cual Tijuana puede representarse como unaciudad global-periférica.

La fragilidad de la economía de la ciudad fue más notoria desde principios del presente siglo, cuando se presentaron periodos de crisis económicas que obligaron a disminuir considerablemente la producción de las empresas maquiladoras y con ella los niveles de empleo;9de ahí que los habitantes se hayan visto inmersos en una espiral de violencia y deterioro social.

Otro factor determinante del deterioro económico y social de la ciudad fue el cierre de la frontera a partir del 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos reactivó su política de criminalización de la migración e intensificó el control fronterizo como respuesta al quebranto de su seguridad nacional por los actos terroristas de ese momento. Como consecuencia Tijuana dejó de ser el principal punto de entrada hacia Estados Unidos y fue desplazada por regiones menos vigiladas a lo largo de la frontera.10

Pero no sólo la economía de la ciudad resintió el cierre de la frontera; también hubo un aumento de las actividades ilícitas y con ello de la violencia social. La construcción de un nuevo muro divisorio simbolizó la confirmación de la marca discriminatoria que habría de pesar sobre las ciudades fronterizas de esta región límite entre países desiguales.11

La modernización en la frontera ha seguido una trayectoria sinuosa: la incertidumbre que se ha presentado en este trayecto ha provocado que sea difícil impulsar el progreso y la construcción de instituciones fuertes. La condición salarial que refiere Castel (1997) como el eje alrededor del cual se organizaron las sociedades capitalistas en los países desarrollados en los años anteriores a las políticas neoliberales constituye un referente lejano para países como México. El modelo maquilador fue la punta de lanza en la disolución del salario como mecanismo de integración y movilidad social, pues en esta región se inició la tendencia del empleo asalariado en la que la protección social perdió importancia frente a la precarización laboral. En tal contexto los mundos laborales de las maquiladoras se establecen como espacios de creación y recreación de las condiciones de la modernidad tardía.

La vida en la fábrica

Toda producción material conlleva la formación de hábitos, representaciones, valores y normas asociados a una manera particular de organizar la actividad productiva. De esta manera la relación entre la producción material y la producción simbólica o cultura del trabajo se desarrolla siguiendo dos direcciones: por un lado, las prácticas en el trabajo y su significado trascienden el ámbito de la producción para generar cambios en otras esferas de la vida cotidiana de las y los trabajadores; en dirección opuesta, las personas que participan en la producción material aportan modos de percibir, sentir y valorar la actividad productiva desde su experiencia social. Por tanto, en la interacción cotidiana de los agentes productivos se establece un flujo de símbolos en doble dirección (Reygadas, 2002a).

Las dinámicas culturales en las maquiladoras se encuentran ligadas a los procesos de globalización actual, pues se conforman a partir de un mestizaje más intenso debido a los flujos materiales y simbólicos en las sociedades contemporáneas. En estas fábricas las culturas laborales fusionan los estilos de gerencia de otros países con los estilos propios del lugar; junto con ello, el mercado laboral es muy diverso y cambiante (Reygadas, 2002a). En consecuencia, los sistemas de significación del trabajo que permiten adaptarse a las tareas concretas de producción se definen a partir de dos rasgos principales: la diversidad y la ambivalencia.

La diversidad ocurre por doble vía: tanto por la composición de la fuerza de trabajo como por la manera particular de gestión empresarial. En lo que respecta a la fuerza de trabajo, si bien en los primeros años se percibía que estaba integrada fundamentalmente por mujeres jóvenes, con el paso del tiempo este perfil se ha transformado para incluir a mujeres de mayor edad, con distintos estados civiles, antecedentes laborales y cursos de vida. Adicionalmente, desde finales de los ochenta la participación masculina tendió a aumentar y ya para el año 2000 en Tijuana se observaba una relación de un hombre por cada mujer empleada en las empresas maquiladoras.

Las mujeres y los hombres empleados en las fábricas siguen distintas orientaciones y construyen significados propios a partir de la historia laboral y el contexto de vida familiar.12Dado que se trata de un mercado de trabajo abierto, que emplea principalmente a inmigrantes con baja calificación, esta población se incorpora al trabajo en las empresas maquiladoras como parte de un proyecto migratorio y con antecedentes laborales y contextos de vida muy variados, algunos rurales y otros urbanos.

En las empresas se observa una gran heterogeneidad estructural, es decir, sus procesos productivos y sus formas de organización son muy variados, pues se implementan distintas prácticas y grados de flexibilización del trabajo, así como formas de control más o menos autoritarias. Asimismo la individualización de las relaciones laborales conlleva sistemas de control que involucran la subjetividad de las y los trabajadores mediante fórmulas discursivas y rituales que apelan a su sentido de responsabilidad y a su competencia (Reygadas, 2002a).

Como resultado, en estos espacios laborales se configuran prácticas y discursos que contribuyen a la vivencia de procesos tanto de inclusión como de exclusión, de reconocimiento y de no reconocimiento13que invocan sujetos pero que al mismo tiempo cosifican a mujeres y hombres en la interacción diaria. Esta ambivalencia se genera en el proceso conflictivo de construcción de las jerarquías en la fábrica y de establecimiento de la disciplina laboral.

El discurso gerencial que sustenta la flexibilidad del trabajo como un modo de ser autónomo y abierto al aprendizaje es parte fundamental de la construcción del trabajador ideal. Sin embargo este discurso es eficiente para algunas subjetividades y no para otras; por ejemplo, una de las mujeres entrevistadas considera que desde niña ha sido una persona “movida”: siempre está buscando aprender algo nuevo y tiene iniciativa propia; ella ha logrado hacer carrera dentro de la fábrica, pues los supervisores premian su capacidad y disposición al aprendizaje, de ahí que represente el modelo ideal de trabajador que goza pleno reconocimiento. En contraste, otra trabajadora ha tenido una experiencia de exclusión en el trabajo, de no reconocimiento, se percibe incapacitada para aprender y discriminada por su aspecto físico; los bajos salarios en la fábrica y la posibilidad de que la despidan la llevan a imaginar constantemente otros mundos posibles y, en lo cotidiano, a desarrollar distintas estrategias para sobrevivir, como afiliarse a los programas sociales del gobierno o solicitar ayuda a las iglesias y a diversas asociaciones.

Ahora bien, los testimonios contradictorios entre las trabajadoras suscitaron cuestionamientos desde que se realizaron los primeros estudios basados en la experiencia vivida.14Si bien esto puede ser una obviedad en un enfoque centrado en la subjetividad, también nos informa acerca de la relación entre la ambivalencia15y la modernidad, como lo plantea Bauman (1990), quien propone que lo moderno es tal en la medida en que contiene la alternativa de estructura y desorden; por tanto, la ambivalencia es una condición de la modernidad que se origina a partir de la función principal del lenguaje: dotar de estructura mediante operaciones de clasificación que involucran actos tanto de inclusión como de exclusión.

Por otra parte, la individualización de los mundos de vida en la sociedad contemporánea es la condición que enfrenta a los sujetos a tomar decisiones con base en un espectro más amplio de alternativas y a partir de formas semánticas ambivalentes (Jokisch, 2002).

En la búsqueda del trabajador ideal desempeña un papel fundamental la identidad de género, puesto que las organizaciones se estructuran “naturalmente” conforme a la visión masculina; como estrategia para mantener las relaciones de dominación, se construye un trabajador asexuado, aparentemente neutro, pues más bien se trata de una forma de invisibilizar la primacía masculina (Acker, 1990). Sin embargo, como se ha documentado en varios estudios, las maquiladoras han tendido una política de empleo que se sostiene en la idea de que estos espacios laborales son propios de las mujeres.16El argumento central es que ellas son más dóciles y diestras que los hombres, cualidades esenciales para desempeñar eficientemente las tareas que se requieren en estos segmentos del proceso productivo.17

Salzinger (2003), en su trabajo etnográfico en cuatro empresas maquiladoras en Ciudad Juárez, da cuenta de diversos mundos laborales en los que se busca la eficiencia productiva a partir de movilizar subjetividades femeninas de muy distinta manera: algunas con elementos del modelo tradicional femenino o que buscan construir al trabajador asexuado, otras de revaloración de la mujer y emulación a los principios de la autonomía personal. La feminidad en estos contextos requiere entenderse como un conjunto de estructuras de significado siempre emergente, con carácter situado y relativo, por lo que la identidad de género deja de tener como referente un modelo de feminidad o masculinidad hegemónico; en lugar de esto se observa una diversidad de modelos de feminidad y masculinidad.

Las trabajadoras viven e interpretan de distintas maneras los modelos de género que se invocan en la fábrica. Mariana relataba que su hija tendría que desarrollarse como secretaria o trabajar en un banco porque era muy delicada y un trabajo rudo como el que ella desempeñaba en la maquiladora sería poco apropiado para su personalidad. Anabel también deseaba que su hija trabajara en la maquiladora pero no en el área de producción, sino en la administración, donde sí podía presentarse bonita y arreglada. Otra trabajadora manifestaba su incomodidad en un puesto donde debía soldar en frío, pues consideraba que ese trabajo era apropiado para los hombres porque tienen más resistencia física.

Como puede advertirse, para algunas mujeres el trabajo en las fábricas les exige ajustarse a ciertas prácticas y formas de ser masculinas (rudas, peligrosas),18lo cual las hace diferentes a otras que son “privilegiadas”, pues sus ocupaciones les permiten ajustarse a una feminidad más valorada socialmente.

El reconocimiento de que existen distintos modelos de feminidad y masculinidad que se intercambian en los mundos laborales, así como de las propias vivencias y personalidades de las y los trabajadores, lleva a pensar no sólo en plural cuando se trata de estos modelos, sino a recuperar la noción acuñada en psicología social acerca de las personalidades con rasgos femeninos, masculinos y andróginos,19independientemente del sexo de la persona. Así, hombres y mujeres pueden ajustarse a los ambientes en la fábrica desde las formas de ser masculinas o femeninas que cada persona puede desplegar en un contexto de interacción específico.

En suma, las trabajadoras y los trabajadores deben desplegar procesos continuos de negociación de sus identidades de género en ambientes laborales en donde los discursos son ambivalentes y las prácticas son ambiguas. Sharim (2005) observa que en la actualidad se establece una distancia entre los discursos y las prácticas: en algunas ocasiones las prácticas son modernas pero los discursos son tradicionales, y en otras ocurre lo contrario, es decir, hay prácticas tradicionales con discursos modernos. Esta situación se debe a la mayor complejidad de los contextos socioculturales en que hombres y mujeres definen sus identidades. En las fábricas esta complejidad se traduce en la valoración y la centralidad de las identidades flexibles, las cuales se caracterizan por la capacidad personal para traspasar distintas fronteras: de género, de clase, de etnia y otras (Reygadas, 2002b).

Los procesos personales de identificación en la fábrica

En esta sección abordamos una escala de análisis microsocial, pues analizamos las narraciones de un grupo de personas: 22 mujeres y 11 hombres que trabajaban en empresas maquiladoras durante 2005. La aproximación metodológica utilizada para este propósito consistió en la interpretación de los textos que fueron producto de entrevistas a profundidad semiestructuradas. El sustento teórico del ejercicio interpretativo fue la concepción de Dubar (2005) acerca de los procesos de identificación laboral. Para este autor tales procesos tienen un componente diacrónico que considera la experiencia vital, y un componente sincrónico asociado a la identidad para el otro y al reconocimiento. La relación entre la identidad pretendida para uno mismo (componente diacrónico) y la atribuida por los otros (componente sincrónico) implica la vivencia de procesos identitarios de continuidad (cuando hay congruencia y afirmación de la identidad para uno mismo) y de ruptura y reconstrucción (cuando la identidad pretendida difiere de la atribuida).

En este caso de estudio identificamos los tipos de narraciones de continuidad o ruptura siguiendo un procedimiento que consistió en etapas sucesivas de lectura y clasificación, considerando la trayectoria laboral, el modo de vida, el tipo de sociabilidad predominante, los grados de arraigo, las estrategias laborales y la percepción del reconocimiento o no reconocimiento (Solís, 2009).

Para cada uno de los tipos de narraciones se presenta un análisis de los elementos de la historia personal y de la circunstancia de vida que dan lugar a los cambios en la identidad de género y a distintas maneras de construir el sentido de pertenencia al trabajo.

El trabajo en la reconstrucción del género

Las experiencias de vida en el trabajo, más que el trabajo en sí mismo, llevan a las mujeres a elaborar transacciones subjetivas y las conducen en algunos casos al empoderamiento. Así ocurre con aquellas que han participado en asociaciones civiles de defensa de los derechos laborales, espacios que constituyen campos de acción20en donde además de encontrar sociabilidades nuevas, las mujeres emprenden procesos de aprendizaje que las ayudan a reelaborar su historia personal.

Las trabajadoras que participaron en estas asociaciones suelen vivir los procesos de ruptura más intensos. Aunque están conscientes de la necesidad de un cambio y de la importancia de la acción colectiva para lograrlo, se enfrentan a un ambiente adverso en el que los discursos y las prácticas de negación de la identidad obrera -colectiva- son muy efectivos. Además, para ellas la experiencia de trabajo en las maquiladoras ha sido de exclusión, de no reconocimiento. Por ello expresaban en las entrevistas que frecuentemente ante alguna injusticia en la fábrica preferían guardar silencio a manifestar su inconformidad, ya que sentían temor a perder el empleo o a ser señaladas por sus propios compañeros o compañeras.

Otro proceso que se observa en este grupo de mujeres es su participación en la comunidad como líderes, es decir, se desenvuelven como gestoras de los recursos del gobierno para el beneficio de su comunidad. En muchos casos logran transmitir un conocimiento básico acerca de la condición femenina al organizar talleres para la prevención de la violencia intrafamiliar y el cuidado de la salud.

Sin embargo estos campos de acción femenina tienen sentido a partir de sus problemas fuera del trabajo: en el ámbito de la familia y la comunidad. Esta evidencia se relaciona con la idea de Dubet y Martuccelli (1999) acerca de que la cuestión social se ha trasladado de la fábrica a la ciudad, por lo que se constituyen nuevos actores sociales en el ámbito público, mientras que el movimiento obrero pierde capacidad para aglutinar a todos los que han sido marginados o amenazados por la exclusión.

La cuestión femenina como tensión que define hoy día el rumbo del cambio social enfrenta serias limitaciones entre estos sectores de la población. Si bien la autonomía económica que ganan las mujeres con el salario les otorga mayor libertad para tomar decisiones -sobre todo en lo que se refiere al consumo-, no conduce automáticamente a la reconstrucción de la identidad de género, pues las transacciones subjetivas que están implicadas en este proceso son limitadas.

La negociación de los roles de género en la vida cotidiana ocurre de manera parcial y con muchas dificultades, ya que las mujeres se enfrentan a una lucha en que los hombres hacen algunas concesiones que muchas veces son temporales; por ejemplo, las parejas participan del cuidado de los hijos pero sin involucrarse responsablemente o sólo mientras éstos son pequeños. En respuesta, algunas de las mujeres que adquieren mayor capacidad reflexiva prefieren dar por terminada la relación de pareja ante la imposibilidad de romper con las inercias masculinas de control de la mujer.

Mientras las mujeres asumen cada vez mayores responsabilidades al incursionar en el mundo público “masculino”, los hombres no se comprometen recíprocamente en las tareas propias del mundo privado “femenino”. El conflicto que provoca el desigual ritmo en la redefinición de los roles y fronteras de género trae consigo múltiples consecuencias, entre ellas “una serie de comportamientos anímicos en los hombres como la depresión psicológica e incremento de adicciones, la violencia doméstica y el abandono familiar” (Maier, 2006: 412).

También es importante considerar que, como expone esta autora, hay múltiples evidencias de cambios en las relaciones de poder entre géneros, en particular la pérdida de la hegemonía masculina. Una parte de estos cambios se expresa en que las fronteras entre lo que es femenino y lo que es masculino ya no están fijas, se mueven; y la multiplicación de formas en que la masculinidad y la feminidad se construyen y significan, ha llevado a pensar en plural sobre estos conceptos, como ya se mencionó.

Resulta sintomático de dichos cambios en las fronteras de género que entre las mujeres entrevistadas se presente un caso de reconstrucción de la identidad sexual. Estos procesos implican transformaciones profundas de la identidad para uno mismo y para los otros. Así, se observan modificaciones en los roles femeninos: ser madre o esposa adquiere otro significado y pierde centralidad en la estructuración de la vida cotidiana.

Al contexto local marcado por lo fronterizo y sus procesos de desterritorialización y reterritorialización corresponde un papel central en la construcción de formas identitarias en el trabajo y en la reconstrucción de las identidades de género. En este punto coincido con Ramírez (1998), para quien las diferencias regionales en la incorporación de la mujer al trabajo pueden ser determinantes no solamente en la intensidad y las distintas habilidades que se requieren, sino en la naturaleza de esta inserción, ya que los diversos mundos en que se desenvuelven las mujeres condicionan la dirección de los cambios en el hogar y la familia que se gestan por la socialización secundaria que se vive en el trabajo.

Para las mujeres que pertenecen a una comunidad -como las que pueden encontrarse en Yucatán o Michoacán-, y que han sido estudiadas por dicho autor, las normas del grupo de referencia inmediata y del entorno familiar se constituyen en mediadoras del impacto de la experiencia laboral en las transformaciones de las conductas y los valores tradicionales de género, mientras que en la frontera la carencia de estas normas comunitarias y de referentes inmediatos bien definidos da lugar a un proceso de cambio más intenso de la condición femenina, pero también expone a las mujeres a obstáculos y reacciones más frontales a estas transformaciones.

Frente a estos intentos de reconstrucción identitaria de género se observan fuertes resistencias masculinas y concesiones femeninas que restan velocidad a tales cambios, por lo que la transformación en la relación de los géneros se presenta con distintos ritmos y direcciones, de modo que parecen significar un avance pero en momentos también un retroceso, pues hoy día asistimos a un fortalecimiento de la misoginia, a una creciente violencia de género y a la aparición de nuevas vulnerabilidades (Maier, 2006).

La estigmatización de la figura de la trabajadora de la maquiladora es una de estas nuevas condiciones de vulnerabilidad de las mujeres, pues desde los primeros años de conformación de este mercado de trabajo se ha venido sosteniendo. Fernández Kelly (1983) daba cuenta de cómo las trabajadoras eran caricaturizadas en la prensa como mujeres liberales a quienes se dibujaba con minifaldas y el pelo suelto y despeinado. También en las investigaciones más recientes de Quintero (2007) y López (2010) se muestra que la incorporación de las mujeres a los empleos en las fábricas de la frontera ha representado una transgresión social y cultural y que esto ha dado lugar a la construcción de una imagen negativa de ellas asociada a la degradación moral, a la disolución de la familia, y a la pérdida de autoridad masculina.

En las entrevistas, algunas de las propias trabajadoras expresaban preocupación por sus compañeras, pues pensaban que no faltaban quienes descuidaban a sus hijos o pasaban con mucha facilidad de una pareja a otra. Los hombres que venían de otros lugares percibían a las mujeres de la frontera mucho más liberales o “libertinas” que las del centro del país, por lo que consideraban difícil establecerse con una pareja de esta ciudad.

La estigmatización de las mujeres ocurre por triple vía, pues como hemos insistido se trata de un trabajo desvalorizado socialmente, destinado para aquellas personas que cuentan con muy baja calificación y carecen de otras opciones,21como les ocurre a quienes llegan apenas a la ciudad. El estigma entonces se construye por el género, la clase y el lugar de origen.

Las diferencias en los modos de vida, los diversos recursos sociales que se tejen en la ciudad y los distintos grados de arraigo dan cuenta de un espacio sociocultural fragmentado, compuesto por múltiples maneras de construirse una vida en la frontera. Las opciones van desde la reproducción de la vida comunitaria y de los vínculos con el lugar de origen, a otros de formas más urbanas que apuestan al individualismo; de las relaciones de solidaridad familiar o la participación en colectivos, al aislamiento como reacción frente a condiciones precarias y opresivas.

La individualización en el trabajo pone así en una situación ventajosa a aquellos que cuentan con mayores niveles de formación o que se incorporan al mercado laboral como parte de estrategias familiares o comunitarias de vida, mientras que los procesos de exclusión afectan a quienes tienen trayectorias laborales precarizadas y condiciones de vida marcadas por el aislamiento y por la marginación urbana.

Si bien la experiencia laboral puede vivirse como una ruptura en términos de la identidad para las mujeres, se trata de un proceso que depende de múltiples factores, como las formas particulares de enfrentar el poder (modos de conciencia), las resistencias que se presentan en el mundo privado, y los distintos contextos familiares de vida. Además, la transición identitaria de las mujeres no comienza con la inserción laboral ni depende solamente de ésta, sino que se trata de procesos más amplios y con ritmos diferenciados.

Los hombres se enfrentan a conflictos identitarios de género por el no reconocimiento, por la imposibilidad de desempeñar su rol de proveedores, y en algunos casos por recurrir al trabajo de la pareja para completar el ingreso familiar, lo cual puede vivirse como una contradicción.

El sentido de pertenencia al trabajo

El supuesto del que parte el ejercicio interpretativo de las narraciones analizadas en este texto es que los procesos de identificación laboral se viven a partir de distintas circunstancias de vida y que éstas comprenden aspectos del ámbito interno y externo del trabajo. Asimismo, y de acuerdo con la propuesta de Dubar (2005), se plantea que la inserción laboral y la construcción del sentido de pertenencia son diferentes para quienes tienen una narración de continuidad -es decir, que la identidad para uno mismo y para el otro se ajustan- y para aquellos que tienen una narración de ruptura entre la identidad para sí mismos y para el otro. En el caso que nos ocupa analizamos las circunstancias de vida para cada uno de estos tipos de narraciones.

Las narraciones de continuidad dan cuenta de experiencias laborales afirmativas de la identidad, que muestran congruencia entre el mundo fuera y dentro del trabajo. En estos casos se viven en el empleo procesos de promoción cuando se experimenta reconocimiento, o de aislamiento cuando se percibe un no reconocimiento; las formas identitarias en estos casos tienden a ser de empresa o de oficio y suponen la construcción más completa del sentido de pertenencia al trabajo.

Las narraciones de continuidad en las mujeres se relacionan con la inscripción del trabajo en proyectos familiares o colectivos de vida; para este grupo la participación en el trabajo no tiene un elemento personal fuerte, sino que forma parte de una manera colectiva de enfrentar las necesidades de la vida cotidiana.

Las narraciones de ruptura son aquellas que expresan transiciones identitarias, ajustes entre una identidad heredada y otra pretendida. Así, el trabajo en las maquiladoras forma parte de una etapa que se busca superar eventualmente, al menos en el imaginario. Corresponden a estos procesos de identificación laboral formas identitarias flexibles y fuera del empleo. Estas dos formas, como expone Dubar (2005), implican un sentido de pertenencia más difuso o la vivencia de procesos de exclusión en el trabajo.

La vivencia femenina de procesos de identificación laboral flexibles se presenta en los casos analizados cuando se trata de jóvenes que proyectan su vida más allá de su situación actual. Algunas de ellas se encuentran estudiando y este empleo les permite hacerlo. Otras circunstancias de vida son propias de mujeres que se encuentran en etapas más avanzadas del ciclo familiar de vida, en el que la experiencia de la maternidad marca un cambio hacia la doble presencia en el mundo público y privado de la mujer. Las formas identitarias flexibles se construyen por mujeres que no cuentan con las condiciones necesarias para compartir el cuidado de los hijos o que presentan resistencias para delegar esa responsabilidad en la pareja, en otras personas o incluso en las instituciones. Observamos también que hay otras experiencias de vida fuera del trabajo que conllevan una intensa tarea reflexiva y de reconstrucción identitaria, como ocurre con las jefas de hogar o como en un caso singular: el de Lorena, que experimentó cambios en su preferencia sexual.

Un tercer grupo de narraciones de ruptura corresponde a las mujeres que han participado en asociaciones civiles enfocadas en la defensa de los derechos laborales de los trabajadores de la maquiladora. En estos casos también se observa una importante acción reflexiva para elaborar sus relatos de vida partiendo de un modo de conciencia resistente. La negación sistemática de las identidades colectivas en el trabajo por las gerencias, la diversidad que caracteriza al mercado laboral de las maquiladoras, la falta de memoria colectiva y la exclusión laboral hacen difícil emprender un esfuerzo aglutinador y con presencia en el espacio público que contribuya efectivamente a la defensa de las personas frente a las injusticias laborales.

Las narraciones de continuidad entre los hombres se relacionan también con las estrategias familiares de sobrevivencia, con la construcción de su rol como proveedores y con sus mayores oportunidades para trazarse una trayectoria laboral ascendente. Encontramos casos en que el territorio juega un papel importante en su vida, pues el trabajo constituye un medio para apropiarse de un terreno y mantener vivo el ideal del campesino de arraigo y pertenencia a un lugar.

En cambio las narraciones de ruptura de los hombres se caracterizan por lo transitorio: los jóvenes de reciente migración se encuentran en una etapa inicial de construcción de un sentido de pertenencia al lugar y al trabajo, y mientras tanto las vidas de los jóvenes tijuanenses se ven atravesadas por las dinámicas socioculturales propias de la frontera, tales como la migración y el consumo de drogas. Para otro conjunto de hombres el empleo en las maquiladoras es un refugio ante el desempleo y la precarización de sus trayectorias laborales, lo que pareciera dar lugar a formas identitarias fuera del trabajo.

Cuando los hombres viven cambios en la ocupación se enfrentan a una etapa de negociación que algunos superan con más facilidad que otros. En la muestra cualitativa observamos dos casos: un taxista que relató su historia de entrada a este mundo ocupacional en el que los lazos de parentesco son muy importantes para la transferencia del conocimiento tácito y la aceptación del gremio, por lo que ve su empleo actual como temporal; y el de un agricultor y artesano que vivía su inserción laboral en la maquiladora con conflicto debido a su constante propósito de regresar a su origen campesino y a la necesidad de reconocimiento de su oficio.

Conviene mencionar que en los contenidos de las entrevistas es evidente la preocupación por la salud laboral: entre las mujeres se expresa en las referencias a diversas enfermedades y al desgaste físico como consecuencia de la intensidad del trabajo que se requiere en la maquiladora; y entre los hombres encontramos presente la inquietud por los riesgos laborales y la drogadicción.

En las biografías femeninas surge también el problema de la falta de recursos para el cuidado y la educación de los hijos, por lo cual es indispensable que las entidades gubernamentales continúen haciendo esfuerzos para mejorar y ampliar la infraestructura disponible (como guarderías, escuelas y otros espacios públicos) y así apoyar a las madres trabajadoras, especialmente a las jefas de hogar.

En el ámbito familiar encontramos que la violencia doméstica está presente en los hogares de las trabajadoras, lo cual debiera considerarse como parte de los problemas de salud pública de las mujeres de estos sectores de la población.

En las colonias se requiere contribuir a la generación de capital social y cultural que coadyuve al proceso de apropiación del territorio de la población inmigrante y que favorezca una mejor inserción en el empleo de las maquiladoras, lo cual puede llevarse a cabo valiéndose de centros comunitarios que sirvan como instancias mediadoras entre los habitantes y la ciudad.

Conclusiones

Como se ha mostrado a lo largo del artículo, si bien la experiencia laboral de las mujeres en la maquiladora representa ciertos avances en cuanto a su autonomía económica y personal, también puede ser un medio de acceso a campos de acción que las fortalezcan e incorporen de manera directa al espacio público, al constituirse en sujetos sociales más complejos y plurales. Sin embargo la transición entre los modos de vida tradicionales y los modernos sigue múltiples direcciones, pues la desvalorización de su trabajo tiene un peso importante como limitante a las posibilidades de desarrollo de las mujeres. A lo anterior se suma un conjunto de resistencias de carácter simbólico que tienen que ver con las relaciones de pareja y las negociaciones de los roles en la familia, y también con los procesos de estigmatización que ocurren dentro y fuera del trabajo.

El empleo en la industria maquiladora y sus condiciones de precariedad laboral refuerzan la dinámica de la modernidad tardía, ya que por un lado contribuyen a reproducir los modos de vida tradicionales ligados a las estrategias familiares o comunitarias de vida, y por otro crean condiciones propicias para la constitución de modos de vida modernos, sobre todo a partir de la individualización en el trabajo y la importancia de formas flexibles de identificación laboral. Estas últimas pueden acarrear una desventaja para las mujeres, pues las condiciones inestables del empleo debilitan los procesos de construcción de una autonomía económica y personal sólida.

Ahora bien, en el proceso de gestación de los modos de vida modernos las mujeres logran ganancias poco sustantivas en su posición de género, pues sus ingresos son complementarios y siempre con una lógica de adaptación a las necesidades de la familia; si bien las jefas de hogar en estos sectores alcanzan cierta autonomía económica, también enfrentan situaciones de vulnerabilidad; asimismo las mujeres que participan en algunos campos de acción sólo logran avances muy limitados debido a las inercias familiares y a las resistencias masculinas.

Respecto a la construcción y reconstrucción del género, se plantea que desde las gerencias se invocan distintas feminidades o masculinidades en lugar de un solo tipo; al mismo tiempo mujeres y hombres reaccionan movilizando características femeninas o masculinas de su personalidad, según sean sus propios recursos culturales.

El contexto fronterizo tiene un peso importante en las condiciones que enfrentan las mujeres en su transformación sociocultural, pues las expone a situaciones de mayor vulnerabilidad por su carácter de territorio flotante. El balance en cuanto a las posibilidades que genera la industrialización para disminuir la desigualdad de género revela que son limitadas: se trata de un modelo que reproduce el desarrollo dependiente en un plano macrosocial, lo cual se traduce en bases poco sólidas para que mujeres y hombres cuenten con un trabajo digno, mejoren su calidad de vida y construyan rutas de movilidad y cambio social.

La ambivalencia y la ambigüedad de los discursos y las prácticas en las fábricas muestran el debilitamiento del género como eje ordenador de la identidad. Al mismo tiempo es preciso que hombres y mujeres desplieguen más intensamente la acción reflexiva, lo cual puede proporcionarles una oportunidad para desarrollar nuevas capacidades y formas creativas de construir una vida propia en la frontera.




Appendix
Anexo.

CUADRO 1. Principales características sociodemográficas de las mujeres*
*.

TFN1 Se cambiaron los nombres de las entrevistadas por respeto a su confidencialidad.


CUADRO 2. Principales características sociodemográficas de los hombres*
*.

TFN2 Se cambiaron los nombres de los entrevistados por respeto a su confidencialidad.



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Notas al pie:

1.

fn1Marlene Solísrealizó estudios de doctorado en Ciencias Sociales con especialidad en Estudios Regionales en El Colegio de la Frontera Norte y de maestría en Desarrollo Urbano en El Colegio de México. Actualmente es profesora investigadora del Departamento de Estudios Sociales de El Colegio de la Frontera Norte. Sus líneas de investigación son: trabajo, relaciones de género y frontera. Entre sus publicaciones más recientes figuran:Trabajar y vivir en la frontera. Identidades laborales en las maquiladoras de Tijuana, México, Miguel Ángel Porrúa / Colef, 2009; y “La construcción simbólica de un mercado de trabajo feminizado: una aproximación”,Frontera Norte, núm. 43, enero-junio, 2010.


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