Dinámica de una metrópoli periférica en Brasil*

InaiáMaria Moreira de Carvalho**; Gilberto Corso Pereira***

**. Docente en la Maestría en Políticas Sociales y Ciudadanía de la Universidad Católica de Salvador y del Programa de Posgrado en Ciencias Sociales de la Universidad  Federal de Bahía (UFBA). Investigadora del Centro de Recursos Humanos de la Universidad Federal de Bahía y del  CNPQ  de  Brasil. Correo electrónico: inaiammc@ufba.br., Universidade Federal da Bahia, Centro de Recursos Humanos, Universidad Federal de Bahía, Brazil, E-mail: , ***. Docente del Programa de Posgrado en Arquitectura y Urbanismo y de la Maestría en Geografía de la Universidad Federal de Bahía, Brasil. Correo electrónico: corso@ufba.br., Universidade Federal da Bahia, Universidad Federal de Bahía, Brazil



Resumen:

En este artículo se analiza la evolución reciente de la segregación socioespacial y la de la conformación urbana en la ciudad de Salvador, a la luz del debate sobre las transformaciones de las metrópolis dentro del capital globalizado. Si bien se reconoce que todas las grandes ciudades terminan siendo alcanzadas por la globalización, en el texto se resalta, sin embargo, que los efectos de ese proceso no son uniformes ni convergen en un modelo único de ciudad. Es necesario considerar la conformación histórica de cada una de ellas, sus instituciones, actores y decisiones políticas locales dentro de una dinámica definida por la continuidad/transformación, donde lo que ya existía condiciona la irrupción de lo nuevo, que en muchos casos ya había comenzado a delinearse en el pasado. Mediante la demostración de la conformación de una metrópoli extremadamente desigual y segregada y la medida en que las transformaciones han agravado tales alteraciones al paso de los últimos años, esta revisión del caso de Salvador se propone exponer algunas reflexiones para entender mejor los efectos del proceso de globalización sobre las grandes ciudades de América Latina.

Recibido: 26-03-2009; Aceptado: 27-08-2009

Estudios demográficos y urbanos, 2010

Palabras clave: metrópolis, segregación socioespacial, estructuras urbanas, transformaciones urbanas, Brasil.
Key words: metropolis, socio-spatial segregation, urban structures, urban transformations, Brazil.

Introducción

En este artículo se analiza la evolución reciente de los modelos de segregación socioespacial y la de la conformación del espacio urbano de Salvador, que fue la primera capital de Brasil y en la actualidad es la tercera más poblada, con cerca de 3 750 000 habitantes en su región metropolitana. Así, se inserta en el debate sobre los efectos de la globalización en las grandes ciudades por la construcción de un sistema urbano globalizado y la formación de un nuevo orden socioespacial en las áreas metropolitanas.

Con las contribuciones teóricas de autores como Sassen (1991), Veltz (1996), Borja y Castels (1997) o Marcuse y Kempen (2000), en este debate se aborda la forma en que el espectacular desarrollo de ciertas técnicas que comprimen el tiempo y casi llegan a eliminar la distancia ha convertido la riqueza en una fuente financiera; asimismo se examinan otras características de la denominada sociedad “postindustrial” que han abierto el camino para crear un espacio mundial de acumulación. Se ha conformado una nueva geografía y una arquitectura productiva que califica y descalifica los espacios en función de los flujos globalizados, en los cuales las ciudades, los polos y las regiones integran una red inmensa y globalizada en donde las grandes empresas valorizan sus capitales en un número creciente de áreas y actividades, lo que ocasiona cambios acelerados en la división territorial del trabajo.

Dentro de esa red algunas aglomeraciones han adquirido una renovada importancia para transformarse en lugares estratégicos en donde la economía global ha encontrado un nicho que concentra el poder económico, la avaricia de las grandes corporaciones, el control de los medios de comunicación, los servicios modernos y la difusión de los mensajes dominantes, dando pie a una polarización creciente entre tales espacios y el resto del mundo, y a un aumento de las diferencias internas en cada una de las áreas involucradas.

Tras analizar las transformaciones en curso en esas ciudades, con el descenso de las actividades industriales y la expansión de las actividades financieras y de los servicios, Sassen planteó la hipótesis de que pudieran existir vínculos estructurales y necesarios entre los procesos asociados a la globalización y a la dualidad social de las metrópolis. Con un mercado de trabajo segmentado, tales transformaciones empezaron a producir una nueva estructura social, marcada por la polarización entre las categorías superiores y las inferiores de la jerarquía social y por la concentración del ingreso, así como por la reducción de los grupos medios. Esos procesos, al reflejarse en el plano espacial, iban a generar también la dualidad de las estructuras urbanas. Marcuse y Kempen consideran asimismo que la globalización llevó a la conformación de un nuevo orden espacial en las ciudades contemporáneas que afectó los antiguos patrones de distribución de las actividades económicas y de las clases sociales en el espacio urbano, con un aumento de las divisiones, las distancia, los muros físicos y sociales, así como la segregación entre las clases, con la intención de producir ciudades cada vez más fraccionadas.

La difusión de tales hipótesis ha influido en los análisis de las transformaciones recientes de las grandes ciudades, incluidas las de América Latina. Sin embargo las investigaciones que se han efectuado en metrópolis de Europa y de América Latina no han confirmado, sino más bien han revelado, que no es posible considerar la existencia de una única trayectoria y de tendencias universales para las áreas metropolitanas, toda vez que la globalización ha significado un proceso contradictorio e inacabado, con efectos bastante selectivos sobre los diferentes territorios y con dinámicas que incluyen la uniformidad, la diferenciación, la singularidad y la misma marginalización. Este proceso, comandado por las fuerzas transnacionales, no elimina la influencia de las instituciones, los actores y las decisiones políticas nacionales y locales y, mucho menos, de la conformación histórica sobre la cual inciden las transformaciones mencionadas.

Si bien el proceso de globalización alcanza de alguna manera a casi todas las grandes ciudades, su evolución depende de la naturaleza y alcance de tal proceso (que no es uniforme ni converge en un modelo único de ciudad) y su dinámica está definida por la continuidad/transformación, donde lo ya existente condiciona la irrupción de lo nuevo, que en muchos casos ya había comenzado a delinearse en el pasado (Mattos, 2004). En cuanto a las estructuras urbanas, Préteceille (2003) expone atinadamente que no pueden interpretarse como un efecto directo de las transformaciones recientes en virtud de que constituyen una herencia histórica de los efectos de la economía y de la sociedad en el largo plazo, centralizada tanto en las estructuras materiales del espacio construido como en las formas sociales de la valorización simbólica y de apropiación.

Por ello al discutir hasta qué punto se habría conformado ya un nuevo patrón de segregación e incluso un nuevo orden social y espacial en esas ciudades, varios estudios sobre las grandes metrópolis de Brasil y de América Latina han evidenciado, principalmente, la relativa estabilidad de sus estructuras social y urbana (Ribeiro, 2000; Taschner y Bógus, 1999; Mattos, 1999 y 2004, Shapira, 2000; Janoschka, 2002; Sabatini, 2003; Sabatini, Cáceres y Cerda, 2004; Bosdor, 2003; Duhau, 2005; Bayón, 2008). Se han intensificado las desigualdades, pero aún existe a larga escala el modelo de segregación que marcó la etapa desarrollista, de cara a algunas tendencias y transformaciones nuevas, según se observará en el caso de la ciudad de Salvador.

La conformación urbana y metropolitana de Salvador

Fundada por los portugueses en 1549 con funciones político administrativas y mercantiles, Salvador fungió como sede del gobierno general de Brasil hasta 1763 y fue la ciudad más importante del país. Sin embargo, a raíz de la transferencia de la capital a Río de Janeiro todavía durante el periodo colonial, el descenso de la base exportadora local, el predominio económico del centro sur del país y, principalmente, la constitución de un mercado nacional unificado y la concentración industrial en esa región en el proceso de desarrollo brasileño, Salvador se vio afectada de manera negativa y experimentó un largo periodo de estancamiento en su economía y su población. Ese periodo se extendió hasta casi la mitad del siglo  XX, cuando la ciudad empezó a sufrir intensas transformaciones.

Como consecuencia de la crisis agropecuaria de su región de influencia, a partir de la década de 1940 se dirigieron a ella contingentes significativos de migrantes de bajos ingresos, lo que acarreó incremento poblacional, aumento de la demanda de vivienda y presión sobre la estructura urbana, en especial en las áreas que ocupaban los grupos populares. La estructura de la tenencia de la tierra de la ciudad se distinguía por su fuerte concentración en poder de algunas familias y órdenes religiosas o bajo el dominio del municipio. Esto representó un obstáculo para abrir nuevas áreas de ocupación y se reflejó en las formas de acceso al suelo urbano, lo que perjudicó gravemente a los grupos más pobres de la población. En virtud de que la ciudad urbanizada no ofrecía un espacio habitacional compatible con su ingreso (mejor dicho, con su falta de ingreso), empezaron a multiplicarse las ocupaciones colectivas por “invasión”, como se designó a las áreas de habitación popular que se fueron formando o creciendo por “ocupación espontánea” directa y, sobre todo, de forma colectiva, iniciadas por familias carentes de recursos y sin habitación, “en rebeldía al propietario latifundista, sin ningún tipo de consentimiento, intermediación o comercialización” (Souza, 2000). Ese procedimiento llegó a constituir una práctica común y, siguiendo su propia denominación, terminó por ser absorbido popularmente por los  moradores  de la ciudad, quienes reconocían que respondía a una necesidad básica de aquellos que no contaban con ninguna otra alternativa. Con la ocupación de terrenos de propiedad pública, particular o de origen dudoso, se multiplicaron “las invasiones”, y con el crecimiento y la modernización de la ciudad se reconocieron como un problema, por lo que el Estado empezó a reprimirlas y a reasignar a los invasores en áreas periféricas desocupadas y distantes, situación que contribuyó de manera decisiva a conformar el patrón de ocupación del espacio en Salvador y su región metropolitana.

En la década de 1950, y a raíz del descubrimiento y explotación de yacimientos de petróleo en municipios de su área de influencia (que por algunas décadas fue responsable de la mayor parte de la producción nacional), se estimuló el crecimiento de la población en la ciudad y algunos municipios que hoy integran su región metropolitana. En la década de 1960 esa región se vio privilegiada con las inversiones industriales que derivaron de las políticas nacionales de desarrollo regional, y de 1970 a 1980 se implantó un gran Polo Petroquímico en el municipio vecino de Camaçari como resultado de los esfuerzos desarrollistas del gobierno federal para complementar la matriz industrial brasileña mediante la producción de insumos básicos y bienes intermedios, además de una gran industria de beneficio de cobre.

Tales inversiones y otras adicionales tuvieron un efecto extraordinario sobre la vieja capital bahiana: hicieron de la industria el foco dinámico de la economía regional y ampliaron las articulaciones entre Salvador y los municipios vecinos para abrigar los nuevos desarrollos que llevaron a la construcción de la Región Metropolitana de Salvador (RMS). A pesar de sus reducidos vínculos con los sectores tradicionales de la economía del área, tales inversiones estimularon el nacimiento de nuevas actividades y la expansión y modernización de otras, y propiciaron de mediados de la década de 1970 a la primera mitad de 1980 un crecimiento del  PIB  en el estado de Bahía (Salvador su capital) a tasas que superaron las que obtuvo Brasil en su conjunto. Desde el punto de vista de la ocupación y del empleo, sin embargo, los efectos de la industrialización no representaron un impacto tan elevado. La opción de una industria de bienes intermedios centrada en grandes plantas automatizadas de producción continua, la escasez en el mercado de consumo regional (poco atractivo para inversiones con mayor capacidad de absorción de mano de obra, como la industria de bienes de consumo final) y la centralización espacial y empresarial mantuvieron más reducido al grupo de trabajadores ocupados por ese sector, a diferencia de lo que sucedía en otras metrópolis brasileñas.1

Con todo, los efectos de tal crecimiento sobre la construcción civil, sobre las actividades gubernamentales y sobre el comercio y los servicios, cambiaron la estructura social de la región al ampliar y diversificar las clases medias y favorecer el surgimiento de un reducido grupo modernizado de operarios industriales. Sin embargo tales transformaciones incidieron sobre un mercado de trabajo marcado por el exceso de oferta de mano de obra de baja calificación, reforzado por la atracción de flujos migratorios y por un manifiesto crecimiento de la población en la ciudad de Salvador y en su área metropolitana. Ello se debió a la vinculación de gran parte de la fuerza de trabajo a ocupaciones precarias y de baja remuneración, y a una reducida oferta de puestos de trabajo de calidad, lo que tuvo efectos sobre las condiciones de pobreza y las características de la vivienda de una amplia gama de la población (Carvalho y Souza, 1980; Carvalho, Almeida y Azevedo, 2001).

Como era de esperarse, tales cambios ocasionaron transformaciones radicales en el tejido urbano. La expansión y la modernización económica mencionadas incidieron sobre una región urbana pobre e incipiente, polarizada por una ciudad prácticamente estancada durante varias décadas. Esto ocurrió en forma rápida y abrupta en las décadas de 1960, cuando Brasil en su conjunto se convirtió en urbano predominantemente, y 1970, cuando el Estado desarrolló un programa de grandes obras, las cuales acompañaron y anticiparon los vectores  de expansión urbana y una intensa ocupación informal de familias en la periferia de bajos ingresos.

La Prefectura de Salvador, que estaba comprometida con una modernización excluyente y con los intereses del capital inmobiliario y que retenía en su poder la mayoría de las tierras del municipio, depositó su propiedad en muy pocas manos privadas, promovió una gran expansión del sistema de carreteras, transfirió ciertos órganos públicos de las áreas centrales, extirpó del tejido urbano de valor más elevado a un conjunto significativo de la población pobre y apartó a sus moradores a la periferia más distante y desvalorizada, y adoptó otras iniciativas que, conjuntamente con el capital inmobiliario, cambiaron la dirección de la expansión de la ciudad y su modelo de ocupación. Con todo ello la llamada Orla Atlántica empezó a concentrar las inversiones de ese capital, la infraestructura, equipamientos, servicios y algunos condominios horizontales cerrados para transformarse en el área donde se asientan las residencias de las clases altas y medias de Salvador y de su región metropolitana. En paralelo a la revalorización de la orla, el encarecimiento del suelo urbano en la capital comenzó a empujar a la población más pobre a un centro geográfico y a los bordes de Bahía de Todos Santos en Salvador, así como a algunos municipios vecinos del polo metropolitano. La orla marítima de uno de ellos, Lauro de Freitas, como parte conurbada de éste, empezó a ser sede de la lotificación de terrenos y de condominios horizontales cerrados para los grupos de ingresos medios y altos, dando así continuidad al área “noble” de la capital de Bahía.

Ese conjunto de procesos llevó a que se conformara un espacio urbano donde, partiendo del centro tradicional, en el litoral de la Bahía de Todos Santos se configuraron tres vectores de expansión perfectamente diferenciados: la Orla Marítima Norte, el “Miolo” y el Suburbio Ferroviario. El primero constituía el área “noble” de la ciudad de Salvador, que se extendía hasta la Orla Marítima de Lauro de Freitas, local privilegiado de residencias con servicios y esparcimiento, lugar que concentra la riqueza, las inversiones públicas, el equipamiento urbano, los puntos de atracción turística y los intereses del capital inmobiliario. El segundo, que se ubica en el centro geográfico del municipio, comenzó a ser ocupado por conjuntos habitacionales que financió el Banco Nacional de Habitación para la llamada “clase media baja”. Gran parte de esa área se consideró “no edificable” por su gran declive, de modo que ahí continuó la expansión de asentamientos populares e “invasiones” sucesivas, con equipamiento y servicios bastante reducidos. El Suburbio Ferroviario tuvo su ocupación primera desde 1860, impulsada inicialmente por la construcción del ferrocarril, y a partir de la década de 1940 se transformó en una zona de grandes asentamientos populares que se ampliaron en las décadas subsiguientes sin ningún control urbanístico e invadieron también sus áreas libres. Se volvió una de las áreas con más carencias y problemáticas de la ciudad, que concentraba a una población muy pobre y estaba marcada por su enorme falta de vivienda derivada de las deficiencias de infraestructura, equipamiento y servicios y, más recientemente, por sus elevados índices de violencia. El mapa 1 presenta la distribución aquí referida.


[Figure ID: f1] MAPA I.

Región Metropolitana de Salvador. Vectores de expansión urbana


  —FUENTE:  IBGE, Censo Demográfico de 1991. Elaboración de los autores..

Estructura urbana y segregación

La apropiación diferenciada del espacio en la  RMS  se detalló y analizó mediante una metodología que el Observatorio de las Metrópolis (Ribeiro y Lago, 2000)2  ha venido utilizando con base en la información de los censos de 1991 y 2000 relativa a la ocupación de la población económicamente activa (PEA). Las ocupaciones se clasificaron y agregaron en categorías más incluyentes -denominadas  CAT- a partir del supuesto teórico de que el trabajo constituye la variable básica para entender las jerarquías y la estructura social, y traducen así, en gran medida, el lugar que las personas ocupan en las relaciones económicas y el peso simbólico que tiene ese lugar (Bourdieu, 1989).

En un segundo momento se analizó la distribución de esas categorías en el espacio de la metrópoli, y para ello se usaron como corte territorial las áreas definidas por una agregación de sectores censales que utilizó el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE)3  en el censo demográfico de 2000 y que adaptó de otros sectores censales empleados en el censo demográfico anterior, el de 1991. Se tomó en cuenta la forma de representación de las diversas categorías ocupacionales en esas diversas áreas de la Región Metropolitana de Salvador, y así se elaboró una tipología que las clasificó en superior, media-superior, media, media-popular, popular, popular-inferior, popular de trabajadores agrícolas y popular-agrícola,4  siguiendo la composición de sus moradores.

En la categoría  superior  predominan los grandes empresarios locales, los dirigentes del sector público y los del sector privado, y el grupo de los denominado intelectuales (es decir, profesionales de nivel superior, autónomos o empleados); en la  media-superior  el predominio correspondió a los intelectuales; en la  media  se mezclaban los profesionales de nivel superior con los pequeños empresarios y los trabajadores empleados en funciones técnicas, de supervisión, de oficina, ocupaciones medias de educación y salud y actividades similares; la  media-popular  (que aparece únicamente en el análisis de los datos censales de 1991) contiene índices considerables de las llamadas ocupaciones medias, pero existe también una gran presencia de categorías populares, como la de trabajadores manuales de la industria y de servicios auxiliares y la de trabajadores del comercio; en las áreas de  carácter  popular  predominan los trabajadores manuales de la industria y del comercio, así como los prestadores de servicios con alguna calificación; en las clasificadas como  popular-inferior  existe una conjugación de esos trabajadores con los prestadores de servicios no calificados, los trabajadores domésticos, los ambulantes y los de poca monta. En la de  trabajadores agrícolas  se incluyeron aquellas áreas que integran con cierta frecuencia a trabajadores rurales; esas áreas están menos urbanizadas, su densidad demográfica es baja y se ubican en municipios periféricos de la  RMS. Por su trayectoria económica y las características de su industrialización reciente, Salvador y su región metropolitana no llegaron a contar con una clase trabajadora que significara un impacto numérico o con barrios que tuvieran esa composición. Sin embargo, en algunas localidades de carácter popular-agrícola el peso relativo de ciertos trabajadores de la industria moderna (de Petrobrás y del Polo Petroquímico) y de la construcción civil, en su reducida población ocupada, llevó a que se las clasificara como  popular de trabajadores agrícolas.

Siguiendo con esa clasificación, en 1991, cuando el patrón de desarrollo anterior de Brasil ya se había agotado pero la economía del país permanecía relativamente cerrada y poco articulada a la dinámica de la globalización, se observa que la ocupación por grandes empresarios, dirigentes y trabajadores intelectuales de la Orla Atlántica de Salvador y Lauro de Freitas era una mancha prácticamente continua, con algunos enclaves de población de bajos ingresos, como se muestra en el mapa 2. Ya se mencionó que en esos espacios superiores se concentran los equipamientos públicos y privados más importantes, centros modernos de comercio y servicios, grandes establecimientos urbanos (centros comerciales, multiplex, parques y centros de convenciones), las oportunidades de trabajo y de obtención de ingresos. Los sectores medios también se sitúan en esas áreas, así como el centro tradicional y las zonas más antiguas de la ciudad. Las áreas populares albergan a la población que no tiene posibilidades de consumir el espacio de la ciudad moderna ni de la ciudad tradicional y se aloja, como lo ha hecho siempre, en lotes clandestinos y habitaciones construidas de manera precaria en el Miolo, o en el Suburbio Ferroviario de Salvador y en sus municipios vecinos. Es fuerte la presencia de los trabajadores de subsistencia en esas áreas y en algunos pequeños intersticios de la Orla Atlántica.


[Figure ID: f2] MAPA 2.

Salvador, 1991. Tipología social y espacial


  —FUENTE:  IBGE, Censo Demográfico de 1991. Elaboración de los autores..

Las transformaciones de los últimos veinte años

Se ha observado que de la década de 1960 a la de 1980 Salvador y su región metropolitana experimentaron un crecimiento económico vigoroso costeado por la industrialización, para transformarse en una de las metrópolis más dinámicas del país. En la segunda mitad de los ochenta, sin embargo, con el agotamiento del patrón desarrollista en el país tal crecimiento sufrió una desaceleración.

Por otro lado, en los noventa, más tardíamente que en otros países de América Latina, el gobierno de Brasil se adhirió al Consenso de Washington e implantó un conjunto de políticas convergentes que recomendaban las agencias internacionales. Tales medidas, denominadas “ajuste estructural”, “reformas estructurales” o “reformas orientadas al mercado”, perseguían la apertura comercial acelerada, un proceso de reestructuración productiva, un amplio programa de privatizaciones, la reducción del papel económico y de las responsabilidades sociales del Estado y ponían un gran énfasis en los mecanismos de mercado. Sin mayores consideraciones sobre las especificidades de esos fenómenos en Brasil, conviene mencionar que su inserción pasiva y subordinada a la dinámica de la economía global y la aplicación de políticas conservadoras asociadas a ellas, agravaron de manera significativa el cuadro social del país, en un periodo marcado por los bajos niveles de crecimiento económico, el deterioro de las condiciones laborales y del ingreso de la población, el aumento de las desigualdades sociales y espaciales y la reorientación regresiva de las políticas sociales.

El efecto de esos problemas fue especialmente adverso en las grandes regiones metropolitanas. A pesar de su diversidad, y en un país donde las desigualdades inter e intrarregionales son extremadamente acentuadas, tales desigualdades concentran la producción, la riqueza, las oportunidades de trabajo y las actividades asociadas a las exigencias de lo que Mattos (2004) denomina “circuito superior de acumulación” y del proceso de globalización en la economía nacional, así como a una parte importante de la población.5  Entonces, las transformaciones que referimos ocasionaron que se redujera la dinámica económica y se presentara una notable destrucción de los puestos de trabajo (en especial en el sector industrial), que se debilitaran los vínculos de ocupación, que se observara un enorme crecimiento del desempleo y que cayera el ingreso de quienes pudieron conservar su trabajo.

Entre 1991 y 2000, por ejemplo, la informalidad entre la población ocupada pasó de 35.5 a 47.2% en Río de Janeiro; de 19.2 a 34.9% en São Paulo; de 24.9 a 29.9% en Belo Horizonte; 38.7 a 43% en Recife, y de 29.7 a 37% en Salvador, según las estimaciones de Pasternak (2009). La tasa de desempleo alcanzó 17.8% de la PEA en São Paulo, 18.9% en Río de Janeiro, 18.6% en Belo Horizonte, 17.3% en Brasilia, 14.7% en  Curitiba, 17.2% en Fortaleza, 14.9% en Porto Alegre, 23.3% en Recife, y 25.2% en Salvador.

La reestructuración productiva y las transformaciones en el mundo del trabajo incidieron sobre las ciudades con estructuras productivas y condiciones de ocupación significativamente diferenciadas, pero con efectos similares en las diversas regiones metropolitanas. En regiones más industrializadas y desarrolladas del sudeste y sur de Brasil, como São Paulo, Belo Horizonte, Curitiba y Porto Alegre, la introducción de las nuevas tecnologías y los formatos de organización que efectuaron las empresas para ser capaces de competir con los productos importados llevó a la pérdida acentuada de los puestos de trabajo, sobre todo en la industria de transformación, a pesar de que el sector secundario aún se considera importante y es responsable de más de 20% del empleo formal en esas regiones (Pasternak, 2009). En las metrópolis menos industrializadas y desarrolladas del noreste de Brasil, como Recife, Fortaleza y Salvador, estos considerables cambios ocasionaron que se ampliaran notablemente el ya precario trabajo, la informalidad y el desempleo.

En el caso de Salvador esos problemas se agravaron por factores como el abandono de las políticas nacionales de desarrollo regional, la concentración extrema de la riqueza del estado en su región metropolitana,6  el perfil de su industria y la conformación y fragilidad de su estructura de ocupación, que ya existían con anterioridad. La  RMS, con más de tres millones de habitantes y una larga historia de problemas de empleo, experimentó una verdadera caída en la estructuración de su mercado de trabajo (Borges, 2003) derivada del carácter y de la intensidad de los cambios en la estructura de ocupación, que no fueron desagregados de ciertos procesos endógenos ni de la identidad particular de cada área. El proletariado industrial, ya no tan numeroso, se redujo drásticamente con las privatizaciones, y en especial porque se dirigían al sector terciario, lo que interrumpió el proceso de formación de una clase trabajadora moderna que venía conformándose a partir del polo petroquímico de Camaçari. El fenómeno de la “terciarización” avanzó también en otros ramos importantes de la economía urbana, como los servicios financieros y de utilidad pública (Carvalho, Almeida y Azevedo, 2001). La precariedad de la ocupación se generalizó y sorpresivamente alcanzó a segmentos antes protegidos como los trabajadores con más escolaridad y experiencia, con lo cual se amplió el contingente de trabajadores en condiciones de sobrevivencia; los niveles de remuneración descendieron y, para explicar los cortos límites de incorporación productiva de la economía de Salvador y de su región metropolitana (ahora bajo cualquier condición), el desempleo se elevó grandemente.

No sorprende que dentro de tales circunstancias el censo del año 2000 haya comprobado que 28% de los desocupados en la  RMS  recibió un ingreso promedio mensual en todos los trabajos de apenas un salario mínimo; 56.7% de hasta dos salarios mínimos, y 68.9% de hasta tres salarios mínimos; que el grupo de moradores en condiciones de pobreza alcanzó 46% y el de quienes estaban en condiciones de indigencia 23.1%, lo que mostró que en esa área entre 1991 y 20007  la pobreza y la indigencia se intensificaron y que el ingreso adquirió una nueva forma de concentración. Si en 1991 el grupo de 20% más pobre detentaba 27% del ingreso, en el año 2000 se apropió de únicamente 1.7%, mientras que el grupo de 10% de los más ricos pasó de 45.7 a 48.3% del ingreso total.

Si bien el aumento de las desigualdades se dio en otras ciudades grandes de Brasil, no conllevó allí una dualidad. Con base en las tabulaciones especiales de los censos de 1991 y 2000 Pasternak (2009) analizó las transformaciones que se llevaron a cabo en la estructura social de las metrópolis brasileñas más importantes y comprobó que en casi todas ellas se dio un crecimiento de las categorías superiores e inferiores de esa estructura (asociada tanto al aumento de los profesionales de nivel superior como al de los empleados en servicios no especializados), pero a pesar de que los grupos medios mostraron cierta caída, mantuvieron una participación bastante significativa. En Río de Janeiro, por ejemplo, su peso cambió de 30.3 a 27.7%; en São Paulo de 32 a 28.1%; en Belo Horizonte de 29 a 28.1%; en Fortaleza de 23.1 a 22.8%; en Recife de 26.6 a 26.4%, al igual que en Salvador.

Conviene mencionar que en los primeros años de este nuevo milenio, y en especial a partir de 2005, la economía brasileña recuperó cierto dinamismo y el proceso de pérdida de estructuración y precariedad del mercado de trabajo que marcó la década de los noventa se interrumpió al lograrse un crecimiento de la ocupación y del empleo formal, y una reducción del desempleo. Pero, como era de esperarse, esto tuvo efectos diferenciados en el territorio brasileño porque se ampliaron las desigualdades regionales y se vieron más favorecidas las áreas que poseen una estructura productiva más amplia y diversificada y una mayor disponibilidad de servicios especializados, como São Paulo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre, frente a la concentración industrial. Inclusive porque, con el proceso de reorganización de la producción, las sedes de las grandes corporaciones tendieron a mudarse y a concentrarse en São Paulo, en detrimento de metrópolis como Salvador.

No fue posible que la  RMS  recuperara su antiguo dinamismo por causa de las dificultades tradicionales, la ausencia de políticas de desarrollo regional y las pesadas inversiones estatales que financiaron su desarrollo. A pesar de que los gobiernos estatal y local han acudido a la “guerra fiscal”8  para atraer nuevas inversiones industriales, los resultados han sido limitados. Se están buscando otras oportunidades económicas para incentivar el desarrollo de los servicios especializados y el turismo, pero la región continúa acumulando un gran excedente de mano de obra y problemas de empleo. En 2007, por ejemplo, los asalariados formales no llegaban a 40%, contra 44.6% en Belo Horizonte, 45.0% en São Paulo y 46% en Porto Alegre; la vulnerabilidad del empleo alcanzaba a la cuarta parte de los ocupados y el desempleo abierto era el más elevado entre las metrópolis brasileñas, pues llegaba a 13.8% para el conjunto de la PEA con tasas más bien elevadas entre las mujeres, los negros y los jóvenes. Además, el ingreso promedio real de los ocupados no iba más allá de 828 reales contra 993 en Belo Horizonte, 1 036 en Porto Alegre y 1 153 en São Paulo, donde los ingresos de los trabajadores van experimentando una mayor recuperación.

Estudios como los de Ribeiro (2000), Mattos (2004), Duhau (2005), Veiga (2005), Andrade (2009), Mammarella (2009), Pasternak y Bógus (2009a y 2009b), y Souza, Miranda y Bitoun (2009), entre otros ya mencionados, han comprobado que en las metrópolis de Brasil y de América Latina aún pervive, en lo que se refiere al espacio urbano y en gran escala, el patrón tradicional de segregación donde los grupos de ingresos medios y altos se concentran en las zonas centrales o en una dirección geográfica determinada, mientras que los de ingresos más bajos se aglomeran en extensas áreas de pobreza, en especial en las periferias más distantes y de menor equipamiento. En Buenos Aires, por ejemplo, los grupos medios y superiores se concentran en el área central y en la costa oeste; en Montevideo, en el centro y en la costa este; en la Ciudad de México, en el centro y en los ejes oeste y sureste del centro histórico; en Belo Horizonte, en el área central y en la Pampulha, al norte, con condominios cerrados que se extienden en la dirección sur; en Recife, en el centro y a lo largo del litoral norte, según los análisis de Mattos (2004), Veiga (2005), Bayón (2008) y Souza, Miranda y Bitoun (2009).

Perviven o surgen especificidades locales como la concentración de “cortiços”9  en el centro tradicional de São Paulo, la cercanía entre los moradores de las favelas y de las áreas superiores en la zona sur de Río de Janeiro, o la expansión del llamado “turismo inmobiliario” por la construcción de grandes hoteles y de segundas residencias para europeos en las asoleadas capitales del litoral del noreste, como Natal. En las metrópolis más afectadas por la caída del empleo en la industria, como São Paulo y Porto Alegre, los barrios que eran típicos de trabajadores han cambiado de rostro o se han deteriorado. Por ello, en las discusiones relativas a las transformaciones recientes que han sufrido las metrópolis los estudios resaltan en especial:

  • El abandono por parte del Estado de la mayoría de sus funciones tradicionales de planeación y gestión, que ha transferido a actores privados; además se va afirmando día con día la lógica del capital inmobiliario en la producción y reproducción metropolitanas, lo cual ha ido cambiando el paisaje y las condiciones urbanas.
  • El descenso demográfico y el empobrecimiento de antiguas áreas centrales han ocasionado que ciertas áreas tradicionales de negocios se hayan desarticulado y en su lugar hayan surgido nuevos centros de operación muchas veces asociados a la proliferación de nuevas construcciones, que provocan un fuerte impacto en la estructuración del espacio metropolitano, como los complejos empresariales, los grandes hospitales y centros de comercio y servicio, los  resorts, los mercados gigantescos, y los centros de convenciones.
  • La proliferación de nuevos patrones de vivienda e inversiones inmobiliarias destinados a los grupos de ingresos medios y altos mediante la propagación de condominios horizontales o verticales cerrados y protegidos, que muchas veces se construyen en zonas populares pero cuya fragmentación más acentuada se manifiesta en dispositivos explícitos de separación física y simbólica como las cercas, los muros y complicados aparatos de seguridad.
  • El progresivo aumento de la segregación de los ricos por la apropiación cada vez más exclusiva de los espacios de mayor valor gracias a los mecanismos de los mercados de la tierra e inmobiliario.
  • La expansión de las metrópolis a las orillas o a la periferia urbana, donde predominan los grupos más pobres de la población.

En el caso de Salvador, fenómenos de tal orden han ido interfiriendo, también, en la conformación del espacio y en la apropiación diferenciada por las diversas categorías sociales. Como se observó, a lo largo de la urbanización de esa ciudad y el surgimiento de su región metropolitana se desarrolló una metrópoli desigual y segmentada que arrojaba a las áreas de la periferia, precarias y sin servicios, a la mayoría de su población, con una notable contribución del poder local en ese sentido. Por ello puede decirse que en el periodo reciente no ha habido cambios profundos, y se ha comprobado que aún persisten las grandes tendencias del pasado, asociadas a las transformaciones similares que se observan en las grandes ciudades brasileñas y latinoamericanas.

Salvador ha entrado al siglo  XXI  con los territorios del polo y del municipio vecino de Lauro de Freitas (con el cual está conurbado) ya totalmente urbanizados y con una metrópoli que se expande en dirección norte, con la ocupación de los últimos espacios de la vieja capital y su crecimiento desmesurado hacia los bordes y la periferia urbana; se mantienen en esencia los mismos patrones de apropiación del territorio y de segregación, como se advierte claramente en el mapa 3.


[Figure ID: f3] MAPA 3.

Salvador, 2000. Tipología social y espacial


  —FUENTE:  IBGE, Censo Demográfico de 2000. Elaboración de los autores..

Si continúan la desocupación y el deterioro del viejo centro, seguirá expandiéndose el nuevo corazón económico de la metrópoli que comenzó a surgir en los años ochenta, más aún con la multiplicación de grandes  shoppings  más modernos y lujosos, centros de negocios y servicios, centros médicos, “edificios inteligentes” y otros instrumentos de la globalización que reforzarán el aumento del valor inmobiliario del eje urbano del litoral norte.

Para confirmar la tendencia de un mayor aislamiento y autosegregación de los grupos de ingresos más elevados, los espacios superiores y medio-superiores localizados junto al antiguo centro en la Orla Norte permanecieron como tales, con el aumento de un crecimiento vertical y de la elitización. Las viejas mansiones en las áreas tradicionales de élite están siendo sustituidas por elevados y lujosos condominios, verticales y cerrados, que ofrecen seguridad, espacios de esparcimiento y otras comodidades a sus habitantes, lo cual les permite permanecer más tiempo en esas áreas exclusivas y protegidas de la violencia y de otros problemas urbanos. Los condominios horizontales cerrados que se concentran en la Orla Marítima de Salvador y de Lauro de Freitas también se han venido multiplicando conforme al mismo perfil de habitantes y motivaciones.

Como observa Amendola (2000), la violencia y el miedo a la violencia se han transformado en uno de los principios que han organizado a las ciudades contemporáneas. A raíz de la decadencia de los criterios de regulación en la distribución territorial de la violencia y la mezcla de la violencia real con la construida por los medios de comunicación y por el imaginario, los ciudadanos han buscado vivir en el interior de la ciudad en una burbuja protegida, que procuran mantener igualmente protegida, y permanecen lo más posible en el interior de esas áreas fortificadas, blindando sus casa y sus propias vidas. Tal fenómeno se ha intensificado en Salvador, al igual que en otras grandes ciudades, en la medida en que la crisis social ha ocasionado el crecimiento de una criminalidad violenta, y en que la ineficiencia de los mecanismos institucionales responsables de controlarla ha transformado la seguridad, de un atributo público indivisible, en una protección individual o de grupo ligada al poder adquisitivo personal. El capital inmobiliario, aprovechándose de esa realidad, ha efectuado grandes inversiones en la construcción de condominios cerrados y exclusivos: elogia la calidad de vida y la protección que supuestamente ellos garantizan para promover su incuestionable éxito de ventas.

Así han surgido algunos nuevos espacios de élite, y los que ocupan los sectores medios suelen preservar esa composición, mientras que las áreas donde se concentra la población de ingresos más bajos han sufrido una evolución más compleja y diferenciada.10  Como muestra el mapa 4, algunos barrios populares antiguos, cercanos al centro y bien consolidados, aglutinan en la actualidad a moradores de condición un poco más favorable, mientras que otros experimentan cambios negativos derivados de los efectos de la crisis social, el aumento de los trabajadores vulnerables, el desempleo y el empobrecimiento entre sus residentes, además de la degradación de las condiciones de vida y del ambiente urbano. En Salvador se acentuó la concentración de los más pobres en la periferia más distante y carente de servicios, o en los  espacios pobres e inestables de los municipios vecinos, incluso como resultado de factores como la escasez y el enorme crecimiento del precio del suelo en el polo metropolitano, o porque el capital inmobiliario se ha apropiado de la periferia más próxima a este polo en su afán de construir condominios horizontales y cerrados.


[Figure ID: f4] MAPA 4.

Salvador, 1991-2000. Evolución de la tipología social y espacial


  —FUENTE:  IBGE, Censos Demográficos de 1991 y 2000. Elaboración de los autores..

No obstante, los patrones de apropiación del suelo de las metrópolis en el año 2000 se mantuvieron en lo fundamental, según se observa en el mapa 4. En lo que va de este nuevo milenio no se han manifestado transformaciones sustanciales.11  Al examinar esa posibilidad, y con base en la información de la Compañía de Energía Eléctrica sobre el consumo por clase de consumidor residencial en relación con la concesión de subsidios a los consumidores de bajos ingresos, Franco (2008) comprobó que los niveles superiores de consumo en 2005 continuaban concentrados en los espacios (pudientes) del litoral de Salvador y Lauro de Freitas, mientras que en el interior de la capital y en su entorno predominaba el consumo bajo, lo que evidencia la pobreza y la inestabilidad de su población.

Siguiendo la conformación aquí presentada y en una lectura un tanto esquemática puede decirse que Salvador es una metrópoli que se comporta como una ciudad “tradicional”, una ciudad “moderna” y una ciudad “precaria”. En la ciudad tradicional el tejido urbano es compacto, relativamente homogéneo, la población tiene un crecimiento poco significativo y está compuesta casi en su totalidad por los sectores medios. Es una ciudad que se construyó a partir del centro antiguo y de su entorno. En la ciudad moderna el tejido urbano ha sido modificado por la construcción de nuevas habitaciones y centros de consumo y servicios edificados dentro de patrones arquitectónicos y urbanísticos de nivel elevado, con un proceso avanzado de construcción vertical en las áreas más densas o próximas al centro. A partir del centro, y ocupando las áreas próximas a la Orla Atlántica, con un crecimiento en dirección al litoral norte, la ciudad está habitada casi en su totalidad por los grupos más elevados de la pirámide social.

Para finalizar, el tejido urbano en la ciudad precaria, que ocupan fundamentalmente los sectores populares, se caracteriza por la dispersión y por una expansión continua derivada del crecimiento de habitaciones inadecuadas, erigidas en gran parte mediante autoconstrucción, sin ningún patrón arquitectónico o urbanístico, con ocupación horizontal, exceptuando a las áreas cercanas a las vías de mayor circulación y a las más consolidadas en términos de ocupación del suelo, donde están en curso procesos de construcción vertical, de más densa concentración, conforme a un patrón de mayor estructura.

Como se observó, tanto la ciudad moderna como la precaria no son del todo homogéneas en términos de tejido urbano, equipamiento y habitación. En la ciudad moderna existen algunas islas, si bien raras, con pobreza e inestabilidad; en la ciudad pobre se halla alguna isla de relativa prosperidad. Ambas han crecido más allá del municipio  de Salvador; la primera sigue el vector de la Orla Atlántica y se expande, inclusive, traspasando los límites institucionales de la  RMS  dentro de un patrón de urbanización que Reis (2006) denominó “urbanización dispersa”. La segunda se ha dirigido a Simões Filho y va ocupando la franja interna de Lauro de Freitas, municipio totalmente integrado a Salvador tanto del lado “moderno” como del “precario”.

Se ha comprobado que en otras metrópolis de Brasil y de América Latina la tendencia a la suburbanización y a la ocupación de los límites metropolitanos se ha acentuado por algunas especificidades locales. Resalta entre éstas el crecimiento de lo que en la actualidad se ha llamado “turismo inmobiliario” en los espacios metropolitanos de la Orla Atlántica, por la continua construcción de equipamiento y servicios de consumo, cultura y esparcimiento, elementos que se suman al surgimiento de un segmento inmobiliario de segunda residencia para los europeos, capitaneado por grandes grupos hoteleros de corte internacional.

Haciendo de lado al “turismo inmobiliario”, no puede decirse que los cambios referidos guarden una relación más directa o necesaria con la dinámica de la globalización. El caso de Salvador hace evidente que en el proceso de urbanización y desarrollo brasileño las desigualdades sociales y espaciales tienen una larga trayectoria y un carácter exagerado, en donde a la intervención estatal le ha correspondido un papel muy importante. Hace más de dos décadas que Kowarick (1979) llamaba la atención sobre lo que denominó “expoliación urbana”, es decir, los mecanismos por los cuales el poder público aumentaba la concentración de riqueza e ingresos de los grupos dominantes por medio de la distribución desigual de las inversiones que debían proporcionar bienestar social urbano, lo que de manera simultánea llevaba a tolerar las prácticas de especulación inmobiliaria mediante las cuales ciertos segmentos se apropiaban de manera improductiva de buena parte del excedente económico. Así, facilitaban que descendiera el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo, la que se apoyaba en salarios que podían ser deprimidos una y otra vez.

Lessa (s.f.) destacó la construcción de poderosos circuitos de acumulación con base en la escasez relativa del suelo urbano y resaltó la forma en que la economía brasileña, dentro del proceso de industrialización y desarrollo, fue haciéndose cada vez más internacional y convalidada por una “sagrada alianza” que garantizaba que se complementaran los intereses y una solidaridad entre los capitales internacionales y los capitales nacionales dominantes en las órbitas no industrializadas. El Estado, avalando tal alianza, cuidó que se diera una división de órbitas de actuación y una distribución horizontal del excedente a modo de asegurar la igualdad en la rentabilidad de las inversiones que se efectuaban en las diferentes órbitas; reservó el sector inmobiliario al capital nacional, adoptó una postura permisiva frente a los movimientos especulativos y tomó otras iniciativas que sometieron la organización del espacio urbano a los intereses y demandas del capital inmobiliario. Si los tiempos, los actores y los mecanismos del despojo urbano se transformaran, el poder del capital inmobiliario permanecería igual e incluso se fortalecería más.

El proceso de urbanización de Salvador y el papel del Estado en su conformación metropolitana, así como la reciente aprobación del Plan Director [Rector] de Desarrollo Urbano de la ciudad dejan muy clara esta situación. A pesar de la fuerte resistencia de la sociedad civil organizada e incluso del Ministerio Público, ese Plan fue aprobado en 2007 --pese a que su contenido es totalmente contrario a los intereses sociales y a la preservación del medio ambiente- gracias a la enorme presión que ejercieron los grandes especuladores y constructores frente al poder local.

Es necesario reconocer, además, que en las metrópolis regionales de la periferia los efectos de la globalización son más indirectos y restringidos porque están asociados básicamente a los efectos de la reestructuración productiva y de la apertura económica que se ejerce sobre el desarrollo y las desigualdades regionales, a los nuevos patrones de intervención estatal, a las modernas formas de producción y distribución de la riqueza, y a las transformaciones del mercado de trabajo.

En el caso de Salvador tales transformaciones, como ya vimos, resultaron muy nocivas porque acarrearon una gran precariedad e inestabilidad en los puestos de trabajo, un desempleo masivo persistente y crónico, y el empobrecimiento de amplios contingentes de la población, que alcanzó primordialmente a los barrios populares. Con base en los datos del Censo de 2000, en 33.5% de los domicilios de las áreas de tipo popular en Salvador sus moradores vivían en situación de pobreza; en 14.3% en situación de indigencia, y en 5.4% no contaban con ningún ingreso. En las áreas de tipo popular inferior tales cifras ascendían a 44.3, 19.9 y 6.4% respectivamente, y el número de personas de referencia del domicilio que no practicaban actividad remunerada alguna y de jóvenes que no estudiaban, ni trabajaban o buscaban trabajo era particularmente elevado, pues en algunos casos alcanzaba más de 30%. Y si bien a partir de 2005 se vivió una cierta mejoría en las condiciones de trabajo y en las sociales en las regiones metropolitanas de Brasil, no fue posible cambiar tales cifras de manera significativa.

Ello se debió entre otros motivos a que, como aseguran diversos estudios (Bourdieu, 1999; Katzman, 2001; Wacquant, 2001; Marques y Torres, 2005; Ribeiro, 2005), la concentración de la pobreza en áreas homogéneas muy pobladas y con carencia de servicios contribuyó a que se agravara y reprodujera tal situación, la que de igual manera se confirmó en Salvador (Carvalho, 2008; Carvalho y Pereira, 2008). El sitio en donde se ubica la vivienda afecta las condiciones de vida y la red de relaciones sociales de cada persona, la calidad de los servicios públicos a los que tiene acceso, su probabilidad de conseguir trabajo y el tipo de ocupación que desempeña. En las áreas con elevada concentración de pobreza se presentan por lo general una baja escolaridad, deserción escolar y embarazos tempranos. Las escuelas y centros de salud localizados en esas áreas funcionan con grandes deficiencias, incluso porque por la distancia y la carencia de seguridad en esas áreas los profesionales (como médicos y profesores) tienden a evitarlas. Las redes sociales que son más homogéneas dificultan el acceso al trabajo y reducen las posibilidades de movilidad social, y además un estigma alcanza a ciertos barrios y sus moradores.

Los problemas de transporte no deben dejarse de lado. Los habitantes de las periferias se ven sometidos a un enorme desgaste por la distancia y sufren un sistema de transporte público precario cuyo costo ha sido cada vez más incompatible con el ingreso de ese gran segmento de la población, lo que restringe su movilidad a límites estrechos o la obliga caminar grandes distancias. Un estudio que llevó a cabo el  IPEA  comprobó que 37 millones de brasileños no utilizaban el transporte público en 2004 por falta de dinero para pagar el pasaje. En la región metropolitana de Salvador este problema afectaba a 921 140 personas, 35% de la población.

El aumento de las desigualdades y la superposición de carencias, asociados a la expansión de los territorios dominados por el tráfico de drogas, han contribuido a la degradación de los patrones de socialización y al aumento de los conflictos y la violencia en las áreas objeto de discusión, que se han transformado “en territorios penalizadores y penalizados situados en el más bajo nivel de la estructura urbana y portadores de un estigma residencial poderoso” (Wacquant, 2001: 120). Si bien no es posible descartar una cierta mejoría en los registros, y no por casualidad de la información del Datasus, la tasa de homicidios por 100 000 habitantes aumentó drásticamente entre 2000 y 2004 en Salvador y en los municipios aledaños, pues pasó de 11.8 a 27.9% en  el polo metropolitano, de 5.3 a 24.3% en Simões Filho, de 11.7 a 33.7% en Camaçari, de 8.8 a 37.3% en Lauro Freitas. En el grupo de muertes por causas externas (es decir, muertes por causas no naturales), donde antes se destacaban los accidentes de tránsito, aumentó también la proporción por asesinatos de 18.5 a 39.6% en Salvador, de 10.9 a 27.2% en Simões Filho, de 12.2 a 37.4% en Lauro de Freitas, y de 20 a 45.9% en Camaçari (Franco, 2008).

Al concentrarnos en los barrios de bajos ingresos advertimos que esa violencia ha victimado en especial a los jóvenes moradores. Como el sistema educativo no logra retenerlos y el mercado de trabajo no los incorpora, una gran mayoría de ellos abandona la escuela, carece de ocupación alguna y no desempeña el papel de estudiante o trabajador que la sociedad le atribuye. En el caso de Salvador, por ejemplo, la proporción de jóvenes que no trabajaba ni estudiaba ascendía a 34% en áreas de tipo popular, y a 37.9% en las de tipo popular-inferior, según la información especializada del censo de 2000. En 2006, en la faja de 15 a 24 años de edad 10.9% de los jóvenes residentes en la RMS permanecía en esa inactividad, la cual muchas veces es precursora de la delincuencia porque para los jóvenes sin ninguna perspectiva representa el único camino posible para acceder a determinados patrones de consumo y a una existencia que los reconozca socialmente. Todo ello ha contribuido a un enorme crecimiento de la violencia (asociada al tráfico de drogas) en algunos barrios de ingresos bajos. Allí los jóvenes figuran como víctimas y agentes principales, lo que explica las altas tasas de homicidio y de muertes por causas externas aquí presentadas.

Algunas consideraciones finales

Tras resumir los análisis aquí presentados se puede decir que la dinámica reciente de Salvador ilustra las transformaciones derivadas de la articulación de la economía brasileña al proceso de globalización que han afectado las metrópolis de la periferia. Se observa que la apertura, el ajuste, el abandono de las políticas industriales y de desarrollo regional, así como la nueva orientación del Estado, han provocado efectos importantes en la división interregional del trabajo, y en la organización de la producción y las relaciones de trabajo, con efectos adversos sobre la dinámica económica y las condiciones sociales de esas grandes ciudades. En el caso de Salvador, el que se hayan agravado las dificultades históricas de la absorción de la fuerza de trabajo llevó a la ruptura de la estructuración del mercado laboral, a hacer más flexible la relación salarial y a una caída en la remuneración que alcanzó, y hasta empobreció, a los grupos de las clases medias, ocasionando que se ampliara significativamente el excedente de mano de obra y creciera enormemente el desempleo, pero sin llevar a una dualidad social.

En lo que se refiere a la estructura urbana, al igual que en otras metrópolis de Brasil y de América Latina es posible afirmar que aún persiste el patrón periférico de apropiación y utilización del territorio conformado históricamente y, a la vez, se han profundizado de manera paralela las tendencias anteriores con algunas transformaciones de nuevo cuño. Se ha acentuado el descenso demográfico y económico del centro tradicional, con el consecuente deterioro de diversas áreas donde se encuentra un valioso patrimonio histórico, pese a que existen iniciativas o propuestas para revitalizar algunas de ellas. La ciudad “moderna”, siempre atenta a las demandas de los sectores económicos de punta y de los grupos de altos ingresos, se ha expandido y diversificado en la Orla y en el nuevo corazón de la metrópoli, lo que ha multiplicado el equipamiento de gran impacto en la dinámica y en la imagen metropolitanas, siguiendo el ejemplo de los ya mencionados  shopping centers, de los edificios corporativos y los grandes hoteles. La proliferación de condominios cerrados, el incremento del turismo y los complejos inmobiliarios asociados (incluida ahora la perspectiva de la oferta de una segunda residencia en los trópicos para los europeos) han contribuido a la expansión de tales equipamientos allende los propios límites institucionales de la Región Metropolitana de Salvador.

El patrón de segregación se mantiene. Dentro de grandes líneas se prevé que continuará acentuando las diferencias y desigualdades entre el Centro, la Orla, el Miolo y el Suburbio, entre la ciudad “tradicional”, la ciudad “moderna” y la ciudad “precaria”. Se ha acentuado la propia segregación de los grupos altos y medios porque han proliferado los condominios verticales u horizontales cerrados y protegidos en las áreas superior y media-superior. Se han convertido, cada vez más, en un privilegio de los grandes empresarios, de los dirigentes y de los profesionales de estrato superior. Las áreas ocupadas mayormente por los grupos medios tienden a mantenerse como tales, mientras que en los espacios de carácter popular se advierte una evolución diferenciada. Algunos de ellos han atraído otro tipo de moradores que provocan la diversificación de su ocupación. Otros han sido particularmente afectados por los problemas de habitación, de desempleo, de expansión del territorio que está en manos del tráfico de drogas y de la superposición de carencias, con un notable deterioro de sus condiciones y con el crecimiento de la anomia, los conflictos y la violencia.

Si bien las transformaciones del presente no conducen del todo a una polarización, han actualizado viejos procesos y han avivado la molestia de las desigualdades sociales y espaciales, y los vicios de segregación. Es cierto que todo esto no se debe tanto a las necesidades y determinantes inherentes al proceso de globalización, sino más bien a los intereses y a las opciones de las élites nacionales y regionales que han venido orientando la articulación de Brasil al capital globalizado y al desarrollo de sus regiones metropolitanas.




Agradecimientos

Los autores agradecen las valiosas sugerencias de dos colaboradores anónimos de la revista Estudios Demográficos y Urbanos,  que fueron incorporadas al texto en la medida de lo posible. Traducción de Graciela Salazar J.

Appendix


[Figure ID: f5] ANEXO I. Región metropolitana de Salvador y su localización en el territorio brasileño
  —FUENTE:  IBGE, Censo Demográfico de 1991. Elaboración de los autores..


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Notas al pie:

1.

fn1En el Polo Petroquímico de Camaçari, por ejemplo, la secuela de una inversión de 8 billones de dólares de Estados Unidos al inicio de los años 1990, fue 24 mil trabajadores empleados directamente. Es decir, tres puestos por cada millón de dólares invertidos.


2.

fn2El Observatorio de las Metrópolis es una red de investigadores de universidades y otras instituciones brasileñas (a las que pertenecen los autores) que, con el liderazgo del Instituto de Planeación Urbana y Regional de la  UFRJ, ha venido realizando un amplio estudio comparativo sobre la conformación y evolución reciente de las metrópolis del país.


3.

fn3 Las Áreas de Expansión Domiciliaria (AED, o áreas de ponderación) “conjugan criterios tales como tamaño, contigüidad (por ser construidas por sectores limítrofes con sentido geográfico) y homogeneidad en relación a un conjunto de características poblacionales y de infraestructura conocida” (IBGE, 2002). Representan la unidad mínima territorial requerida para que el  IBGE  las incluyera entre los datos de la muestra del Censo Demográfico de 2000. El proceso de construcción de áreas de ponderación consistió en agregar sectores censales de 1991 tomando como referencia de recorte espacial las áreas de 2000, de manera que fuera posible la comparación entre la tipología socioespacial de 1991 y la de 2000.


4.

fn4Tal clasificación se llevó a cabo mediante técnicas como el Análisis Factorial por Correspondencia Binaria y el Sistema de Clasificación Jerárquica Ascendente (CHA). La primera genera factores por el orden de explicación del problema, lo cual favorece la disminución de la dimensionalidad del universo con que se está trabajando y el conocimiento de la importancia de cada variable en la composición de la variación de los factores principales. La segunda es un instrumento para definir agrupamientos a partir de las informaciones de los factores extraídos del análisis factorial, tomando en cuenta la proximidad de los perfiles de las áreas y su distancia en relación con el perfil medio. Para llegar al resultado final, tras la identificación de los siete tipos de área y resultados más refinados, fue necesario proceder a una secuencia de análisis factoriales y operaciones de clasificaciones, toda vez que, fuera de los espacios donde predominan los grupos superiores o los grupos popular y agrícola, en las demás áreas el perfil social no se observa con claridad, en virtud del elevado grado de mezcla social que presentan.


5.

fn5Las regiones metropolitanas de São Paulo y Río de Janeiro (ya con indicios cosmopolitas) en el año 2000 abrigaban a 28.6 millones de personas, que representa 17% de la población de Brasil. En las regiones metropolitanas polarizadas por metrópolis “nacionales” (Salvador, Fortaleza, Recife, Belo Horizonte, Curitiba y Porto Alegre) y por el Distrito Federal, residían otros 23.1 millones de habitantes, número que corresponde a 13.6% de la población. Las informaciones que ha divulgado recientemente el  IBGE  muestran que en 2009 únicamente las tres ciudades más grandes de Brasil (São Paulo, Río de Janeiro y Salvador) concentran a 20 222 359 habitantes, es decir, más de 10% de una población nacional estimada en 191.5 millones de personas. Si se tomaran en consideración sus regiones metropolitanas el porcentaje sería mayor, porque sólo el gran São Paulo abriga cerca de 19.7 millones de personas.


6.

fn6 Salvador es la capital de Bahía, un estado populoso de base agrícola y de menor desarrollo que presenta diversas zonas estancadas o deprimidas; además carece de ciudades medias más dinámicas en su interior que pudiesen absorber los contingentes de migrantes de su (todavía) numerosa población rural.


7.

fn7El salario mínimo legal en Brasil es uno de los más bajos entre los llamados “países emergentes”. A pesar de una cierta recuperación en los últimos años, en la actualidad su valor es de 510 reales, que corresponde a cerca de 210 dólares de Estados Unidos. Se considera que se encuentran en condición de pobreza todas las personas que sobreviven con un ingreso familiar mensual per cápita de hasta medio salario mínimo, y en condiciones de indigencia quienes reciben un ingreso de hasta la cuarta parte de ese salario. La intensidad de la pobreza y la indigencia se calculó a partir del ingreso medio de las personas que están en esa condición. Se ha observado un crecimiento de la distancia entre los ingresos medios y las líneas de pobreza y de indigencia. En lo que se refiere a la concentración del ingreso, se advierte que si 20% de los más pobres en 1991 representaba 2.7% del ingreso, en el año 2000 se aproximaba apenas a 1.7%, mientras que el grupo de 10% más ricos pasó de 45.7 a 48.3% del ingreso total.


8.

fn8Esa expresión muestra la cerrada competencia entre los estados y los municipios brasileños por atraer nuevas inversiones industriales mediante la exención de impuestos y otros subsidios. En la  RMS  el resultado más representativo de esa política fue la instalación de una subsidiaria de la Ford en el polo industrial de Camaçari. Dicha empresa empezó a producir automóviles de exportación a América Latina y generó con ello cerca de 6 mil empleos directos, pero con salarios inferiores a los que pagan otras empresas automovilísticas en Brasil.


9.

fn9Edificios pequeños que albergan a muchas familias [T.].


10.

fn10Tras analizar la estructura social de la metrópoli parisina, Preteicelle (2006) comprobó que las categorías superiores corresponden a las más segregadas y que tal segregación se ha acentuado; que en las demás áreas existe una evolución más diversificada y una mezcla social más frecuente, mientras que en los espacios populares el tejido social se ve amenazado por el empobrecimiento y el desempleo. Guardadas las grandes diferencias (por ejemplo, la ausencia de espacios típicos de trabajadores), las transformaciones que se observan en Salvador presentan una cierta semejanza con esa evolución, así como con la de otras ciudades de Brasil y América Latina.


11.

fn11En ausencia de información especializada y con la metodología que utilizó el Observatorio en 1991 y 2000, el análisis de tales transformaciones y la (prevista) continuidad de las investigaciones, podría ser depurado si se contara con los microdatos del Censo de 2010. En cuanto a la comparación entre las diferentes metrópolis brasileñas, se está elaborando una relatoría, que será divulgada en breve.


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ESTUDIOS DEMOGRÁFICOS Y URBANOS, vol. 34, núm. 1 (100), enero-abril, 2019, es una publicación electrónica cuatrimestral editada por El Colegio de México, A.C., con domicilio en Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, tel. +52 (55) 5449 3031, página web: www.colmex.mx, correo electrónico: ceddurev@colmex.mx. Editor responsable: Manuel Ángel Castillo. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo: 04-2016-031810381800-203, ISSN impreso: 0186-7210, ISSN electrónico: 2448-6515, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Leticia Argüelles, Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, delegación Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México. Fecha de última modificación, 10 de diciembre de 2018.

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