Cosse: La emergencia de un nuevo modelo de paternidad en Argentina (1950-1975)10
Vol. 24, Num. 2, Año. 2009
Recibido: 2008 12 16
Aceptado: 2009 05 12



Introducción

“¿Cómo puede superarse un padre autoritario, gritón y nervioso?”; “¿puede tener alguna importancia que el padre suplante algunos roles de la madre que trabaja?”; “¿es conveniente la presencia del padre en el parto?” (Archivo Eva Giberti, listado de preguntas del público; en adelante AEG-PP.- SOB9E; p. 51; L.SOB4e; p. 11; L.SOBEF1E, p. 20; L.SOB9E, p. 9). Éstas fueron algunas de las preguntas que plantearon los padres y las madres que asistían en los años sesenta a las charlas de Florencio Escardó y Eva Giberti, dos de las figuras más reconocidas en la promoción de un nuevo modelo de crianza y relaciones familiares en Argentina. Allí se advierte el desconcierto que producían las nuevas ideas sobre las responsabilidades de los padres y su relación con sus hijos en los interesados en conocerlas.1

En este artículo se analiza el surgimiento de un nuevo modelo de paternidad en Argentina ubicándolo en el marco de una interrogación más amplia sobre la ruptura generacional del modelo de familia y pareja que se instituyó entre 1950 y 1975. En estas páginas se considera que la nueva paternidad fue parte de la reconfiguración de los roles de género que, atravesada por las nuevas aspiraciones femeninas de equidad, constituye uno de los elementos centrales de los cambios culturales de la familia que caracterizaron a ese periodo.

En particular, los cambios en la masculinidad deben inscribirse en el contexto de las reivindicaciones feministas (Grammáttico, 2005: 19-38; Vasallo, 2005: 45-88; Gil Lozano, 2006: 881-902 y Barrancos, 2007: 209-264) y del nuevo estilo de la mujer “liberada” (Nari y Feijoó, 1996 y Cosse, 2006) que implicaba la reformulación de las relaciones de género y de la vida familiar y conyugal en función del ideal de equidad. La noción de equidad comenzó a integrarse a las aspiraciones de las mujeres y también de algunos varones que se enfrentaron a un nuevo estilo femenino que cuestionaba la división de género naturalizada hasta ese momento. En este planteamiento los sesenta y los setenta se consideran una etapa “bisagra” (Wainerman, 2005) de cambios culturales entre el auge del modelo de domesticidad (Maynes, 2003) basado en el matrimonio indisoluble, la pauta nuclear, la condición de ama de casa de la mujer y del hombre proveedor, la doble moral sexual (Míguez, 1999; Nari, 2004; Barrancos, 1999) y la consolidación de pautas de organización familiar sobre nuevos presupuestos, como el divorcio, la integración de la mujer al mercado de trabajo, la difusión de las uniones consensuales y la natalidad fuera del matrimonio, en las realidades contemporáneas (Wainerman y Geldstein, 1994; Jelin, 1998; Torrado, 2003: 240-329, entre otros).

En la Argentina de los años sesenta, las transformaciones de los modelos familiares se enmarcaron en los cambios culturales que afectaron en especial a la clase media y a los trabajadores abiertos a la modernización de las costumbres, una posición que escindió a la sociedad de la época, en la cual el avance de la renovación coexistió con fuertes cruzadas moralistas y tradicionalistas (Terán, 1993; Manzano, 2005). La noción de la nueva paternidad se nutría de los cambios culturales a escala trasnacional (Giddens, 2003: 6-19 y 51-66; Hobsbawm, 1995: 328-329; Zolov, 1999; Cosse, 2006) pero les otorgaba significados particulares.

En este país, al igual que en otras latitudes, el nuevo modelo paterno se legitimó en su oposición a las imágenes de autoridad, a un escaso compromiso afectivo y a la distancia emocional en las relaciones paterno-filiales que supuestamente dominaban en las sociedades consideradas tradicionales, antiguas y de viejo orden, pero esta oposición adquirió una peculiar significación.2 A partir de esta confrontación la nueva paternidad proponía que los padres tuviesen una relación afectuosa, fluida y próxima con sus hijos, que realizasen actividades en conjunto (como juegos, paseos y arreglos en el hogar) y que asumiesen una mayor responsabilidad y atención en los cuidados de los niños (Rotundo, 1994: 225-246; LaRossa, 1997: 6-23).

Con el fin de entender la forma peculiar que ha adoptado el surgimiento de este modelo de paternidad en Argentina se recurrió a un análisis de las ideas, las convenciones y las imágenes que proveen los manuales de puericultura, las revistas (femeninas, de actualidad y sobre la crianza de los hijos), los melodramas costumbristas radiales y las comedias familiares televisivas de gran popularidad. A estas fuentes, que resultan especialmente útiles para estudiar la diseminación de los nuevos valores y patrones de conducta, se suma la consulta del archivo de Eva Giberti, dentro del cual se preservaron algunas de las preguntas que el público planteó en las conferencias que dictaron ella y su marido, Florencio Escardó -un reconocido pediatra, que ocupó el decanato de la Facultad de Medicina (1958) y el vicerrectorado de la Universidad de Buenos Aires- dos figuras centrales en la difusión del nuevo modelo de crianza en Argentina. Este material, que abarca el periodo comprendido entre 1957 y 1973, tiene especial valor para entender la significación que pudo haber tenido el nuevo modelo entre los padres y las madres interesados en ponerlo en práctica (Cosse, 2006 y 2009).

Estas fuentes permiten mostrar que el nuevo modelo paterno surgió de la mano del nuevo paradigma de crianza de corte psicológico, por el cual la conducta de los niños se comprendía atendiendo a su psicología. La crianza perseguía como objetivo el equilibrio mental (sustituyendo al paradigma biológico y médico) y enfatizaba la importancia de tomar en cuenta sus necesidades, derechos y formas de actuar y pensar propios. El nuevo modelo de paternidad fue promovido por los medios de comunicación: comenzó a circular desde mediados de los cincuenta, se difundió ampliamente en los sesenta, y asumió un carácter normativo a principios de los setenta. El análisis de este proceso muestra que el nuevo modelo exigía un mayor compromiso de los padres con el cuidado y la atención afectiva de sus hijos, de ahí que surgiera una importante brecha entre el modelo y las prácticas cotidianas. Se pueden intuir las dudas, la consternación y las limitaciones que provocó.

Antecedentes

Los antecedentes de esta investigación llevan a pensar que el papel de la masculinidad en la vida cotidiana de las familias ha sido oscurecido por el largo predominio de la división de género, que otorga a la mujer el papel de ama de casa y madre y al varón el de proveedor. De allí que en Argentina la historiografía feminista haya hecho de la maternidad uno de los tópicos más estudiados (Nari, 2004; Guy, 1997; Ruggiero, 2000), pero, en contraste, son escasos los estudios sobre la paternidad.

Múltiples investigaciones realizadas en Estados Unidos y Europa han mostrado la importancia del estudio de la masculinidad para la comprensión del modelo de familia y han observado un proceso de conformación de una domesticidad masculina, según el término acuñado por Marsh (1988). Con esta noción la autora conceptúa la redefinición de la masculinidad, que tiende ahora a centrarse en la familia, el matrimonio y el hogar, sin que esto implique la modificación de la existencia de esferas separadas, dentro de las cuales el varón tiene potestades en el espacio público y detenta la autoridad en el privado. Tal domesticidad masculina, por supuesto, no fue consustancial a la naturaleza de los varones, sino que surgió en Estados Unidos entre fines del siglo XIX y principios del XX, cuando el mejoramiento de los salarios permitió satisfacer los estándares de la clase media, cuando el aumento de la oferta de empleos les brindó la posibilidad de disponer de tiempo para dedicárselo diariamente a la familia, y cuando creció el acceso a viviendas con espacio para la recreación dentro del hogar (véase Rotundo, 1994: 247-255).

Las investigaciones actuales han detectado que entre 1920 y 1930 surgieron los primeros impulsos del modelo de la nueva paternidad, el cual promovía que los padres asumiesen una mayor dedicación al cuidado de los hijos y al ocio compartido, y estableciesen con ellos una relación afectiva más intensa y expresiva (LaRossa, 1997: 6-23). Hay consenso en que fue apenas en las décadas de 1960 y 1970 cuando la nueva paternidad se convirtió en norma, en el contexto del avance del nuevo paradigma psicológico y del resquebrajamiento del modelo de la domesticidad. Por ese entonces se amplió el espectro de actividades en que debía involucrarse el padre y se incrementó la importancia que se concedía a la paternidad con relación a la masculinidad y a su papel en el desarrollo de los niños (Pleck, 1987: 83-97; Singly y Vicenzo, 2004: 451-461; Mintz y Kellogg, 1988: 219-221).

Las escasas investigaciones históricas sobre la domesticidad masculina en América Latina se han interesado más por el papel de los estados que por los dilemas y características específicas de la nueva paternidad (Kay Vaughan, 2000; Rosemblatt, 2000; Power, 1998; una reflexión teórica en Minello, 2002). Para Argentina los desarrollos también son limitados. Catalina Wainerman ha mostrado, mediante el estudio de las representaciones de los libros de texto a lo largo del siglo XX, que hasta entrados los años ochenta fueron dominantes los mandatos de género del varón proveedor con escaso compromiso en el cuidado de los hijos (Wainerman y Heredia, 1998: 103-122, 137-158). En concordancia, otros estudios aseguran que a mediados del siglo XX el ideal instituido de masculinidad suponía la obtención de un trabajo que asegurase independencia a los varones y les permitiese casarse y mantener a una familia. En ese contexto la masculinidad implicaba el ejercicio de la autoridad en el hogar y la capacidad de convertirse en padre (Acha, 2000; Cosse, 2006 y 2007a). Finalmente, Wainerman encuentra que en la década de 1970 existía una “cultura de domesticidad segregada”, que fue el contexto en donde se criaron las generaciones actuales, entre las cuales los varones asumieron más responsabilidades en el cuidado de los hijos, aun cuando se esté lejos de la equidad, pues sigue siendo menor el aporte del varón a las tareas domésticas. La incorporación de este patrón está más extendida entre los varones de los sectores medios que entre los de los sectores populares o en la generación anterior (Wainerman, 2005: 119-182).

En resumen, conforme a estos antecedentes la nueva paternidad se erigió en otras latitudes como un modelo hegemónico a partir de 1960. Para la Argentina de mediados del siglo XX, según los estudios de las representaciones, la condición de padre había adquirido ya un papel importante para la definición de la identidad masculina, y el nuevo modelo de paternidad que se promovió en las décadas siguientes, apenas ha logrado plena aceptación en la actualidad en las familias compuestas por parejas jóvenes de clase media, aunque esto no haya implicado la equidad de género.

Impulsos renovadores de los años cincuenta

Desde 1930 algunas películas argentinas mostraban imágenes de padres que jugaban y paseaban con su prole (Cosse, 2006). Un poco más adelante, en los años cuarenta, la recordada comedia costumbrista de Los Pérez García enaltecía la figura paterna, remarcaba la importancia del diálogo con los hijos, y reconocía la autoridad emanada de la capacidad de comprender sus problemas.3 Esto resulta especialmente significativo porque, como sostiene Terrero, el éxito de la comedia familiar depende de la capacidad de interpelar los valores y las visiones del mundo de su público. Los Pérez García, con su amplia difusión, canalizó ciertos estereotipos de clase media que movieron al público a identificarse con la ficción en un sentido natural y escasamente dramático (Terrero, 1981: 3-4). En este contexto, según algunos episodios transmitidos antes de 1952, don Pedro, el jefe de familia, representaba a un hombre en la mitad de su vida, un padre de “tiernos y sinceros sentimientos” y “verdadero hombre de hogar” cuya autoridad emanaba de sus valores morales. Él, según explicaba el libretista en 1952, podía ser visto como un “héroe moderno”, sin complicaciones, figura a la que podía aspirar cualquier padre de familia con “una mentalidad común”. Las responsabilidades del padre implicaban los deberes del proveedor y también la capacidad de estar presente en el hogar acompañando a los hijos en forma cotidiana: compartiendo entretenimientos y salidas (como tomar un helado en la plaza del barrio), conociendo sus dilemas y ofreciéndoles consuelo, como hizo don Pedro cuando su hijo se sintió fracasado ante la imposibilidad de ahorrar suficiente dinero para casarse (Grau, 1952: 17-18 y 40-59). La amplia audiencia de esta producción cultural indica que la noción de que los padres debían ofrecerles tiempo y atención a los hijos estaba bastante difundida.

Ahora bien, estos mismos registros evidencian que tal perspectiva coexistía con otra en la cual la paternidad remitía al sostenimiento de la autoridad firme que no puede cuestionarse. Así se lo explicaba la esposa de don Pedro a su hijo cuando él juzgaba equivocada la conducta de su padre: “Aquí, el dueño y el responsable de su conducta es tu padre y ninguno de nosotros tenemos nada que decir” (Grau, 1952: 137). De igual modo las contradicciones eran visibles en las referencias al día del padre. Esta celebración, que según los estudios constituyó en Estados Unidos un hito del surgimiento de la nueva paternidad, se instauró en Argentina apenas en 1957 (La Rossa, 1997: 172), y cuando esto sucedió, según las representaciones de la revista femenina Para Ti, la pionera en su género, que por entonces vendía más de 150 mil ejemplares mensuales, se apoyó en los valores de autoridad y distancia del paterfamilias respecto a sus hijos (Hebee Boyer, Para Ti, 11 de junio de 1957: 21).

A principios de los años cincuenta el modelo de la nueva paternidad aún estaba escasamente afirmado, pero este panorama cambió en las dos décadas siguientes, durante las cuales se fortaleció y expandió, coincidiendo con el resquebrajamiento del modelo de domesticidad.

Un primer indicio de la emergencia de un nuevo modelo de paternidad lo ofrece Anatomía de la familia, libro que publicara en 1954 Florencio Escardó, un reconocido médico abierto a la interpretación psicológica y a las ciencias sociales, con una larga trayectoria en los medios de comunicación, que lo habían promovido como referencia indiscutible en el campo de la pediatría y de la renovación de los métodos de crianza (Borinsky, 2006; Rustoyburu, 2008). La primera edición del libro, que luego fue obra de consulta en la cátedra de pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, se agotó en sólo cinco meses. Condensaba ideas que habían circulado con anterioridad en la larga prédica de Escardó en los medios de comunicación y ofrecía más que una guía práctica, una visión general de carácter interpretativo sobre la crianza de los niños y las “funciones familiares” en una clara perspectiva influida por la sociología (y especialmente el funcionalismo) y la psicología (Escardó, 1954: 11-14).

Según Escardó, para la sociedad el papel del padre no resultaba tan importante como el de la madre; contradiciendo esta visión planteaba que la figura paterna era central para la “integración biosocial” y el “equilibrio anímico” de los niños, pero eso no implicaba que se supusiera que el padre debía ocuparse en demasía de sus cuidados: tenía que apoyar y acompañar a su esposa durante el embarazo, pero con el nacimiento era mejor que no interfiriese o sustituyese a la madre en las funciones que le eran “específicas”, como darle la mamadera o cambiarle los pañales, aunque en ocasiones era conveniente que lo hiciese. Pero sí debía cargar y atender al niño al llegar a casa y tratarlo con respeto y comprensión, sin recurrir nunca a las burlas o los castigos con vejaciones, considerando que, al igual que en el caso de la madre, importaba más la calidad que la cantidad de la atención. Lo primordial era que le ofreciese a su hijo una imagen del padre fuerte y protectora, una guía que pudiese servirle de modelo, en el marco de una división de género que atribuía a la madre la gratificación afectiva y al padre la transmisión de seguridad y apoyo (Escardó, 1954: 11 y 61-69). Esta moderada revaloración de la figura paterna representaba, de todos modos, un salto notable para los padres de sus pacientes que no entendían otra forma de lograr que sus hijos los obedecieran sino con castigos físicos (Escardó, 1969: 577).

Un segundo intento de modificar el modelo paterno apeló al compromiso de los padres con la promoción de un nuevo paradigma de crianza de los hijos en los medios masivos de comunicación.

En 1950 apareció una columna titulada “Escuela para padres” firmada con el seudónimo de Amparo Vega en la revista Vea y Lea. La publicación aparecía quincenalmente. Era un magazine fino de actualidad cultural y social (con reseñas de arte, artículos científicos, crónica social, etc.) y claro tinte antiperonista que apuntaba a un público masculino y femenino imaginado “culto” y con alto poder adquisitivo, según mostraban los anuncios de pasajes aéreos, seguros, perfumes y joyas.

La propuesta de una “escuela para padres” en sí misma implicaba la aceptación de que éstos podían colocarse en un espacio semejante al de los niños con relación al conocimiento. Esta posibilidad era novedosa, aunque la idea de que los progenitores (en especial las madres) necesitaban contar con una guía para educar a sus hijos entroncaba con la larga prédica de las políticas del Estado, la corporación médica y los manuales de puericultura, entre otros medios (Nari, 2004).

La columna, que se publicó a lo largo de un año, muestra una nueva percepción sobre la crianza de los hijos que presuponía la necesidad de aprender y modificar los patrones vigentes en función de un nuevo paradigma de corte psicológico que se difundía a partir del tratamiento de problemas cotidianos y de las preguntas de los lectores (Vega, Vea y Lea, 2 de noviembre de 1950: 37). Conforme a este esquema, Amparo Vega explicaba que la paternidad exigía un compromiso emocional y psicológico entre padres e hijos, imprescindible para garantizar la salud física y mental de la descendencia. El argumento central radicaba en la idea de que ningún niño obedecería a un padre que basaba su autoridad en el “gesto amenazador”. En forma contraria, se recomendaba obtener la cooperación y confianza de los hijos mediante las confidencias y la comprensión de sus problemas. Por eso se le indicaba a los padres que se olvidaran de las pautas conforme a las cuales habían sido educados y renunciaran a pensar que la crianza exigía conseguir la “consideración y el respeto” de los hijos, pues debían permitirles crecer con independencia (Vega, Vea y Lea, 7 de diciembre de 1950: 42 y 16 de noviembre de 1950: 37).

Poco después, en 1954, apareció la revista Nuestros Hijos, pionera en la formulación de un nuevo paradigma de la paternidad y la crianza de los niños. La publicación fue impulsada por un grupo de médicos jóvenes entre los que figuraba Raúl López Biel, cuyo tío, Mariano Biel Helguera, era el editor, en asociación con la poderosa editorial Korn.4 La empresa se apoyaba en una visión científico-médica cobijada en la moral católica. Sin profundizar en las complicadas consecuencias que tuvo este dual posicionamiento, es necesario subrayar que la tensión entre la ciencia y la religión marcó profundamente el proyecto editorial. No obstante, desde ambas vertientes los editores procuraron reforzar el papel de los padres en la crianza de los hijos y la vida hogareña, sin quitar centralidad a las madres, principales destinatarias de la publicación (Nuestros Hijos, diciembre de 1954: 1).

Por sus propias características, la publicación estaba dirigida a hombres y mujeres interesados en contar con conocimientos nuevos para manejar la crianza de los hijos y las relaciones familiares. La asesoraban psiquiatras, pediatras, ginecólogos y pedagogos, como Telma Reca, Ovidio H. Senet, Luisa R. Goldenberg y Carlota D. de Rascovsky. A los lectores también podía interesarles conocer historias moralizantes sobre los peligros que suponía para una mujer tratar de realizarse fuera de la familia. Las notas daban por supuesto que los lectores habían obtenido cierto estándar de vida que les permitía enviar al colegio a los hijos adolescentes y pensar que después seguirían, por lo menos los varones, una carrera universitaria (Goldenberg, Nuestros Hijos, marzo de 1955: 12-15; abril de 1955: 30-33 y 36-37). Es decir, al menos en el primer lustro -porque la revista cambió, al igual que su público, en los años sesenta y setenta- los lectores eran inquietos, interesados en mejorar sus conocimientos para criar sus hijos, pero no extremadamente osados.

Nuestros Hijos explicitó desde su primer editorial que los padres eran parte del público al que se dirigía. Desde la óptica de la revista, como mostraban las fotografías -por ejemplo con la imagen de un varón dándole la mamadera y cambiando a un bebé-, los padres no sólo debían ofrecer tiempo y atención a los hijos, también participar de los cuidados que le correspondían a la madre, para favorecer el surgimiento de un lazo afectivo basado en el cariño y la amistad (Nuestros Hijos, octubre de 1955: 84-85; Merani, Nuestros Hijos, enero de 1958: 4-7). Pero las mismas imágenes transmitían distancia y ajenidad, dado que, como la revista compraba las fotografías a una agencia extranjera, el padre de la ilustración era un fiel representante de la clase media blanca estadounidense.

Desde la perspectiva de la revista, la nueva paternidad era un oficio indelegable, tan valioso como el empleo, que era necesario aprender estudiando al niño y aceptando la ayuda de la ciencia. El lazo entre el padre y sus hijos no se entendía en términos de instinto sino como producto de la cultura y de la sociedad (Goldenberg, Nuestros Hijos, agosto de 1958: 2-4). Por eso las nuevas disposiciones de la paternidad estaban recubiertas de una connotación de ruptura con el tipo de relaciones paterno-filiales que supuestamente había predominado en el pasado, en las cuales las bases de la autoridad del padre estaban asociadas al temor y a un poder desmedido. Por el contrario, en el horizonte de entonces la autoridad del padre debía ser el resultado natural del cariño, la confianza y el respeto.

Esta nueva percepción de la paternidad significaba un cambio drástico en las formas de entender el orden familiar y el papel que desempeñaba en él el padre. La propuesta de la revista presuponía resistencias y conflictos, como mostraba la insistencia en que esta nueva forma de autoridad no menoscababa la figura paterna. De allí que junto con la promoción de una mayor compenetración del padre en la crianza, se enfatizase la importancia de mantener la diferenciación de roles de ambos progenitores en el marco de lo que podría llamarse una pedagogía basada en la “complementariedad” de las diferencias de género. Por otro lado, el cambio en la noción de autoridad revelaba una nueva percepción de la naturaleza infantil que potenciaba la importancia del respeto a la individualidad y la autonomía de los niños. En palabras de Telma Reca, una reconocida psiquiatra infantil, la función de los padres era ayudar a crecer a los hijos considerando que poseían una personalidad distinta que los haría elegir su propio destino. La médica Luisa R. Goldenberg explicaba que al coartar la independencia de los hijos se les provocaban problemas serios de carácter. Se rechazaba una de las más antiguas modalidades de los sentimientos paternos mediante la cual se proyectaba sobre los hijos la expectativa de que cumplieran con superar las frustraciones e insatisfacciones propias (Goldenberg, Nuestros Hijos, agosto de 1958: 2-4).

Si bien en la década de 1950 aparecieron las primeras propuestas que incluyeron a los padres como objeto central de una pedagogía de la paternidad, el nuevo paradigma de crianza de los hijos estaba enmarcado en un modelo familiar de diferenciación de roles que enfatizaba la importancia de la presencia de los padres (canalizada mediante el juego, las actividades compartidas y la afectividad) y su comprensión y diálogo en el ejercicio de la autoridad. Este modelo se difundió entre un segmento social reducido que se suponía culto y de alto poder adquisitivo, y sus promotores se posicionaron al impulsar un nuevo proyecto, desconocido por sus lectores, que conmocionaba los parámetros instituidos.

Los años sesenta: un nuevo paradigma de crianza y una nueva paternidad

En los años sesenta con los avances de la psicología y el psicoanálisis (Plotkin, 2003) se reconoció la importancia de la infancia para la formación de la personalidad adulta y se contribuyó a afianzar el nuevo paradigma de crianza de corte psicológico, por el cual los niños dejaron de verse en función de determinantes “biológicos”, desde la perspectiva del darwinismo, para serlo desde una faceta “psicológica”, con lo cual su conducta dejó de evaluarse como buena o mala en el plano moral para serlo como normal o patológica en términos del desarrollo psicológico. Incluso, conforme a esa perspectiva muchas enfermedades solían explicarse en función de problemas de orden psicológico, ya fueran del niño o de su familia. La finalidad de una buena crianza era ya la estabilidad psicológica de los niños, para lo cual cobraron renovada importancia la autonomía y el rechazo a la violencia física (Borinsky, 2006).

Dentro del flamante paradigma de crianza se promovió la nueva paternidad, que adquirió en los años sesenta creciente difusión en amplios segmentos del público. Los promotores minimizaron los costos en tiempo y tareas que ésta requería y recalcaron, una y otra vez, que las nuevas pautas no herían la virilidad, ni significaban que los padres reemplazasen a las madres en las tareas consideradas naturalmente femeninas, revelando las aristas más perturbadoras que podían generar resistencia entre los padres.

Este movimiento doble de diseminación y de limitación de la nueva paternidad cristalizó en forma paradigmática en el nuevo giro que asumió en los años sesenta la noción de Escuela para padres. Eva Giberti convirtió esta idea en un éxito masivo, aunque no fue la única que utilizó tal noción. La autora era una asistente social, pareja de Florencio Escardó, que comenzó a publicar una columna titulada “Escuela para padres” en el diario La Razón, de gran popularidad. Esta experiencia fue el preludio de una carrera periodística que incluyó su participación como columnista en las revistas Vosotras, Nuestros Hijos, Para Ti y Mamina, a lo que se sumó la conducción de programas de televisión (como Tribunal de Apelaciones, que en 1968 se emitía diariamente), en forma paralela a su actividad profesional. Ésta incluyó la coordinación del programa “Escuela para padres”, que contaba con cursos y asesoramiento sobre los problemas familiares, el cual impartía inicialmente en el Hospital de Niños. Además atendía su consultorio privado, dictaba conferencias y publicaba libros (Giberti, 1977: 15-16; AEG, CEP, Escuela para padres, s.f., “Estatutos” y Boletín Informativo, ca. marzo y mayo de 1966).

En 1961 publicó la primera edición de su serie Escuela para padres, que se agotó en pocos meses. La obra, prologada por Florencio Escardó, se reeditó en los años siguientes y fue completada en 1968 con Adolescencia y educación sexual. Estos libros condensaban la actividad periodística y profesional de la autora, y entre ambos títulos vendieron sólo en Argentina aproximadamente 200 mil ejemplares, sin contar las ediciones no autorizadas (Giberti, 1963 y 1977; Giberti, entrevista, 12 de diciembre de 2004).5

A diferencia de la columna de Amparo Vega en Vea y Lea, Giberti se dirigía a un público amplio y masivo. Con su estilo coloquial y llano no requería un lector entrenado y exigente (Plotkin, 2003: 169-175). Las familias que ejemplificaban los problemas que abordaba en las notas estaban compuestas por una pareja frecuentemente integrada por la mujer ama de casa, el varón proveedor y sus hijos, quienes mostraban una imagen que la autora debía considerar conveniente para dirigirse a su público, más allá de la concordancia entre esa representación y la realidad familiar de los hogares (Giberti, 1963, tomo 1: 24-25, 52-53; 1977: 533).

Giberti propuso un programa de corte psicológico para la educación de los niños basado en la aceptación de la individualidad y la autonomía infantiles y el rechazo de la violencia y el autoritarismo en las relaciones familiares. Dado que, según explicaba, los niños exteriorizaban las patologías de su entorno, la educación de los hijos exigía de los padres una introspección acerca de su vida, su relación de pareja y la forma en que ellos habían sido criados. Este programa no cuestionaba la división de género de la domesticidad ni la definición de la identidad femenina en función de la maternidad, pero proponía modificaciones en este plano que significaban cambios en las formas establecidas de ser mujer y madre. Justamente la mujer tenía un papel central en la reformulación de las relaciones familiares propuestas por el nuevo paradigma psicológico (Cosse, 2006).

Pero al padre también le correspondía una tarea específica. En Escuela para padres (1961) se explicaba, con el registro psicológico, que la figura del padre representaba un rival para el hijo varón y catalizaba las proyecciones amorosas de la niña. Esta matriz congeniaba con una mirada en la que se asociaba al padre con la autoridad, la seguridad, la fuerza y la decisión en la familia. Desde esta noción tradicional de los roles de género se insistía en que la autoridad paterna ya no debía basarse en la imposición y la fuerza, sino en el diálogo y la comprensión, en forma concordante con las transformaciones modernas de la familia, en las cuales el pater podía compartir con la mujer el trabajo fuera del hogar y las responsabilidades políticas en la sociedad, pero esto no significaba que la figura del padre pudiese ser transferible (Giberti, 1963, tomo 1: 175-192). Este nuevo papel tampoco implicaba muchas exigencias. Bastaba, en palabras de la autora, con “un poco de presencia cordial, un poco de interés, un poco de compañía y también un poco de juego brusco” (Giberti, 1963, tomo 1: 180>).

Podría pensarse que la imagen del padre en la familia no había variado mucho respecto a la perspectiva de los años cincuenta, pero debe recordarse que por entonces el nuevo modelo estaba escasamente formalizado y era privativo de algunos sectores restringidos del público. En cambio en los años sesenta, como ha mostrado el ejemplo de Giberti, el modelo adoptó un carácter masivo y estructurado. Incluso, puede decirse que el libro expresó un nuevo sentido común desde el cual se rechazaban la violencia física, el autoritarismo y la disciplina férrea, métodos para lograr el respeto paterno que, como se verá más adelante, en ese momento eran comportamientos bastante extendidos.

Es necesario decir que esta visión moderada no estaba muy alejada de la que circulaba en las traducciones de Benjamín Spock, la figura que representó el progresismo en la crianza de los hijos y cuyas obras fueron puestas a disposición de los lectores de habla hispana en 1954, con continuas reediciones de la editorial española Daimón. En Argentina la obra de Spock se convirtió en el manual de cabecera de los sectores que pretendían estar al tanto de las últimas novedades del extranjero y diferenciarse del estándar medio (Primera Plana, 22 de octubre de 1963: 31).6

La imagen de Spock ha quedado asociada a la permisividad en la crianza de los niños, pero las investigaciones actuales han mostrado que en los tempranos años sesenta sus libros enfatizaban en el papel de los límites y la autoridad de los padres, aunque en forma imaginable ésta debía surgir del cariño y la comprensión. Los consejos de este médico se dirigían fundamentalmente a las madres y validaban una división de género dentro de la cual la tarea principal de la mujer era el cuidado del hogar y el niño (Spock, 1963: 473-475). El libro subrayaba los inconvenientes de una educación basada en la violencia, las humillaciones y los castigos “demasiado radicales”, aunque admitía que un “cachete” a tiempo podía “descargar la atmósfera” tanto para el padre como para el niño. La postura ante la paternidad también era ambigua: se enfatizaba la importancia del cariño, de la atención y del afecto paterno, aunque se planteaba que “un padre consciente” no debía “sacrificarse más de lo razonable”. Sólo era necesario que jugase con el niño quince minutos diarios. Después, era recomendable leer tranquilamente el diario (Spock, 1963: 13-17, 30-32, 271-272 y 289). La postura de Spock sobre los roles de género no sufrió modificaciones sustanciales hasta la revisión de 1976 (LaRossa, 2004: 52).

Como se planteó, para 1963 la visión de Giberti respecto a las tareas paternas tampoco era muy exigente, pero con posterioridad, como muestran las notas compiladas en 1968 en Adolescencia y educación sexual, este papel adquirió más complejidad. El padre debía sortear una serie de amenazas para cumplir el equilibrio psicológico de su prole, las cuales iban desde los efectos de la ausencia hasta los de la permisividad excesiva, pasando por los peligros derivados del padre autoritario y del padre débil. En cualquier caso, estas “desviaciones” exponían a la prole a “confusiones” en la formación de los roles sexuales que podían conducir a la homosexualidad, fundamentalmente de los varones, y a la soltería de las mujeres (Giberti, 1969: 231-239).

En pocas palabras, los padres de adolescentes tenían que encontrar un punto medio, situado entre el diálogo y la firmeza, los límites y la comprensión, para convertirse en una guía segura que ayudase a su prole a crecer, desenvolverse en forma libre e independiente y asumir la normatividad heterosexual (Giberti, 1977: 95 y 146).

Según puede observarse, esta perspectiva no difería radicalmente de la que ofreció Florencio Escardó en su Anatomía de la familia editada en 1954, que el autor no modificó en lo relativo a la figura paterna en la edición revisada y ampliada de 1962 (Escardó, 1962: 11-14). Lo interesante es que cuando Escardó publicó en 1968 un manual de puericultura, Mis padres y… yo. Nueva puericultura para mamás (agotado cuatro veces en el mismo año), moderó el componente funcionalista y la separación de tareas de la madre y el padre. Así, fueron omitidas las cursivas cuando se sentenciaba que dar la mamadera, bañar o cambiarle los pañales al niño no eran funciones del padre, aunque quedaba intacto el párrafo por el cual se planteaba que eran tareas que el padre podía realizar ocasionalmente. Aún en estos términos, el médico sintió la necesidad de explicar que era “falsa” la idea de que estas labores, concebidas socialmente como femeninas, devaluaban la condición viril de los padres, y sostuvo que tales temores revelaban, en realidad, inseguridades en la propia condición de varón. Esta inflexión no suponía que se hubiese modificado su idea de que los cuidados del niño recaían fundamentalmente sobre las madres -como delataba el título de la obra-, ni de la promoción de una división de roles plasmada en la idea del papel “interno” de la madre y el “externo” del padre, aunque era consciente de que tal idea comenzaba a quedar descalificada. En ese sentido, al igual que antes, resaltaba la importancia de que los padres tuviesen en brazos a sus hijos, jugasen, paseasen y compartiesen los trabajos escolares con ellos, pero estimaba que estas tareas podían llevarle media hora diaria (Escardó, 1968, tomo 2: 245-262, 264 y 270).

La percepción de Escardó y Giberti sobre el rol paterno estaba permeada por ciertas explicaciones que atribuían la delincuencia juvenil a la debilidad de la figura paterna (en sintonía con la literatura proveniente de Estados Unidos y Europa), a lo que se sumaban ciertos desarrollos locales como los de Pichón Rivière y León Pérez, preocupados por los efectos de la debilidad paterna sobre la personalidad de los niños y la modelación de su identidad de género (Kimmel, 1996: 223-228; Gillis, 1981: 132-181; Pichon Rivière y Pérez, Primera Plana, 15 de junio de 1965: 35-37).

Del mismo modo, ambos autores suponían que el nuevo modelo paternal era parte de los cambios que atravesaban las sociedades modernas y urbanas. Asumían la interpretación de Gino Germani, considerado el fundador de la sociología “científica” en Argentina, respecto a que el país se encontraba en un proceso de cambio, profundamente conflictivo y contradictorio, como consecuencia de que estaba transitando de la sociedad tradicional, concebida como patriarcal y autoritaria, hacia la sociedad moderna, en la que supuestamente dominarían unas relaciones familiares más democráticas y más igualitarias. La nueva paternidad podía ser concebida como una manifestación de los cambios sociales impuestos por el desarrollo histórico, algo hasta cierto punto irremediable (Germani, 1962).

La prédica de promotores como Giberti y Escardó respecto a un nuevo modelo de crianza fue reforzada por la difusión de la nueva paternidad en los medios de comunicación masiva. Allí es posible registrar los diferentes sentidos que ésta asumía cuando los mensajes apuntaban a diferentes segmentos de público.

Las publicaciones del nuevo periodismo habían sido dirigidas a un público supuestamente más inquieto y de más poder adquisitivo, como la revista de actualidad Primera Plana, fundada por Jacobo Timerman en 1962, que asumió la misión de modernizar a la sociedad argentina y moldear los gustos de una clase media en ascenso. Con este objetivo la revista mantuvo un contradictorio posicionamiento. En el plano político apoyó el derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illia (1963-1966) por las Fuerzas Armadas, con lo cual se inició la dictadura del general Juan Carlos Onganía (1966-1969), reconocida por su carácter moralista y tradicionalista, lo cual finalmente derivó en que la revista fuera censurada por los sectores golpistas a los que había promovido. En cambio, en el plano cultural impulsó las vanguardias -como las actividades del Instituto Di Tella que promovían el arte contemporáneo con perturbadores happening, el cine nouvelle vague y la literatura latinoamericana-, y en el intelectual apoyó el psicoanálisis, la sociología científica, el existencialismo y el estructuralismo, suponiéndolos un marco que compartía con sus lectores (Mazzei, 1997; Pujol, 2002: 82-88; Plotkin, 2003: 183-191; Mochkofsky, 2003: 90-114).

En Primera Plana, al igual que en las otras revistas de actualidad, se promovía la figura del “padre democrático: informal, comprensible y participativo”. Así, los lectores podían conocer interpretaciones acerca del impacto psicológico de convertirse en padre, enterarse de que se publicitaban actividades (como campamentos) cuya finalidad era facilitar la comunicación entre “las generaciones”, y de que se desacreditaba a los padres que forzaban la elección de la carrera de los hijos, y se festejaba que los niños criticasen a los padres (Primera Plana, 14 de enero de 1964: 40-41; 28 de abril de 1964: 25-27; 7 de enero de 1964: 34; Escardó, Primera Plana, 25 de febrero de 1964: 30).

En cierto modo tal composición era similar a la emanada de la pluma de Quino, quien retrató inmejorablemente el avance de este nuevo ideal paterno. Bajo ese seudónimo el humorista Joaquín Salvador Lavado ofreció un fino retrato de los cambios culturales y los dilemas políticos de la época en la tira que apareció en 1964 en Primera Plana y luego en El Mundo (1965) y Siete Días (1967). El éxito de la historieta, dada su capacidad para ofrecer a los estratos medios un espejo en donde mirarse, dio lugar a volúmenes independientes que se editaron anualmente; la primera edición, publicada en 1967, se agotó en sólo 48 horas, y la siguiente demoró 72; en sólo ocho meses se alcanzaron a vender 49 mil ejemplares. El padre de la Mafalda intelectualizada era un hombre de algo más de treinta años, empleado de oficina que cuidaba obsesivamente las plantas y que continuamente quedaba desconcertado por las preguntas de su primogénita, quien parecía ser la que educaba al padre. En ese hogar, donde la mamá era ama de casa y el padre proveedor, él asumía un fuerte compromiso afectivo -no así en los cuidados-, que expresaba en la tensión emocional y en la consternación que le provocaba el reconocer que su hija tenía un mundo de ideas propias. La fuerza de Mafalda radicaba en su capacidad de interpelar a los padres que intentaban convertirse en papás blandos y cariñosos con sus hijos (Primera Plana, 31 de octubre de 1967: 48; Quino, Mafalda, 10 volúmenes, 1964 y 1973 y Mafalda inédita, 1988: 1).

La televisión también mostraba un estilo paterno con ciertos tintes nuevos que revelaba la difusión que habían adquirido los nuevos mandatos y, al mismo tiempo, daba cuenta de sus limitaciones. La imagen paradigmática de un nuevo padre en la televisión estuvo encarnada por un viudo, el padre de La Nena, una comedia de gran audiencia que emitió el Canal 13, entre 1965 y 1969. Al igual que las radiales, las comedias televisivas se situaban en un espacio liminal entre la ficción y la realidad, recreaban prototipos sociales y abordaban problemas de actualidad que interpelaban al público al enfrentarlo con los dilemas, conflictos y temores que le eran propios. En especial las comedias familiares mostraban en un momento de cambios la permanencia de esta institución y representaban a la clase media, que asumía una “modernidad recatada” (Varela, 2005: 148-149). La Nena estaba centrada en los enredos cotidianos de una adolescente (protagonizada por la reconocida Marilina Ross) y su padre viudo, cuyo estado civil permitía aludir a una familia en cierto modo atípica (por la falta de la madre) dentro de los marcos aceptados.7 El padre de La Nena era comprensivo y tolerante. Dejaba que invadieran la casa las esculturas de vanguardia de su hija, aceptaba las visitas del novio y se granjeaba el respeto de ella con el afecto y la dedicación que le dispensaba. Los atrevimientos de la chica ciertamente no eran demasiado disruptivos, sino simpáticas salidas de una joven que estaba bien lejos de los “melenudos” que invadían la recoleta Plaza Francia, o de los “violentos” que mostraban las noticias. Del mismo modo, su padre encarnaba una nueva paternidad bastante tímida, pues sus ocupaciones paternas no incluían los sartenes y la ropa. En otras palabras, el programa reflejaba una relación paterno-filial renovada pero no demasiado disruptiva frente a los mandatos de género de la domesticidad, y presentaba una imagen de los jóvenes tranquilizadora para los padres.

De este modo, el examen de varios registros lleva a afirmar que a lo largo de 1960 la nueva paternidad fue ganando presencia y fuerza en los principales medios destinados a divulgar el paradigma psicológico y progresista de crianza de los niños, los cuales se engarzaron con la diseminación de las imágenes paternas supuestamente renovadas que difundían los medios masivos de comunicación. El modelo propuesto por los promotores y los medios masivos apuntaba, fundamentalmente, al establecimiento de relaciones afectivas basadas en el diálogo y la comprensión (por oposición al autoritarismo y la imposición por la fuerza). Se omitían o dejaban en un segundo plano los cuidados que se consideraban naturalmente femeninos, como dar la mamadera, cambiar pañales, etc. Adicionalmente, los promotores explicaban que dichas tareas podían cumplirse a ratos, dejando espacio para las responsabilidades y el ocio propios del hombre proveedor. En suma, la difusión de la nueva paternidad en los años sesenta alcanzó a un público masivo, pero el modelo propugnado no era demasiado exigente ni en las tareas ni en el tiempo, y tampoco impugnó decididamente la división de género de la domesticidad.

Los comienzos de los años setenta: la normalización del nuevo modelo

En los tempranos años setenta la promoción de la nueva paternidad se potenció en dos sentidos. Por un lado, el modelo se incluyó en publicaciones dirigidas a otros segmentos del público. Por otro, los nuevos mandatos implicaron una exigencia mayor en la dedicación, el esfuerzo, el compromiso afectivo y el espectro de tareas que debía cumplir un padre de nuevo tipo, incitándolo a traspasar la división de los roles de género de la domesticidad.

Tales transformaciones en el modelo pueden observarse en el tratamiento que dio a la paternidad la revista Padres. Esta publicación apareció en 1973 de la mano de Muchnik Editores; contaba con una versión televisiva y apuntaba a un público que había crecido con la amplificación cultural y el aumento de la matrícula universitaria, interesado en incorporar las nuevas pautas de vida que pocos años atrás eran privativas de los estratos profesionales e intelectuales. Así lo muestra el hecho de que la revista divulgase los valores culturales que en la década anterior daban el sello de exclusividad a Primera Plana (como el psicoanálisis, el divorcio, la sexualidad, etc.), pero que lo hiciese en términos prescriptivos. Originalmente el proyecto de Padres contó con el asesoramiento de la reconocida psicoanalista infantil Arminda Aberastury (Borinsky, 2003) que, truncado por su muerte en 1972, quedó en manos de Mauricio Knobel, miembro de su equipo y especialista en cuestiones relativas a la adolescencia.8 La revista trató de identificarse por el profesionalismo de los columnistas, la influencia del psicoanálisis y una óptica abierta y directa.

Padres dio cuenta del avance del nuevo paradigma de crianza y promovió un compromiso redoblado de los padres con sus hijos tanto en los cuidados como en la construcción de un lazo afectivo. A diferencia de Nuestros Hijos en su etapa pionera, las imágenes de los progenitores habían dejado de ilustrar ocasionalmente las portadas para tener un lugar relevante en toda la publicación. De hecho, la paternidad comenzó a tener amplia cobertura: se incluyó una columna periódica denominada “Carta a un papá” cuyo título establecía de entrada la sintonía con una imagen paterna próxima, tierna y afectiva. En esta columna se interpelaba a los padres en forma íntima y directa. Mauricio Knobel se dirigía al lector en calidad de “amigo”, explicándole que su intención era acompañarlo en la enorme responsabilidad y el disfrute que se iniciaban con la espera de un hijo (Knobel, Padres, mayo de 1973: 13; julio de 1973: 21; enero de 1973: 13).

Pero no se trataba sólo de esta columna. En el conjunto de la revista la nueva tendencia era evidente, como muestra el contenido de las interpelaciones a los padres. La revista promovía que el padre tuviese la misma implicación en relación con los hijos que la madre y una visión de la paternidad centrada en el placer y el disfrute, como mostraban las fotografías de bebés a quienes atendían sus progenitores y de chicos trepados sobre sus hombros. Se trataba de un estilo paterno activo, espontáneo y comprometido que se expresaba en cada detalle del trato con el niño (Padres, abril de 1973, Editorial: 1; Knobel, Padres, enero de 1973: 13). La responsabilidad también se valoraba desde el ángulo afectivo y psicológico al considerar que la paternidad exigía la entrega de “uno mismo a cualquier hora y en cualquier momento”, con el fin de garantizar que los niños creciesen seguros de sí mismos. De este modo la importancia de la figura paterna ya no se apoyaba en las peligrosas consecuencias que podría tener su ausencia, sino en las positivas influencias del padre y en las gratificaciones de la tarea en sí misma (Dielev de Baretto, Padres, julio de 1973: 5-7). Es decir, el avance de la nueva paternidad había traspasado las divisiones de género, requería de una entrega completa de los padres y se legitimaba en el placer más que en las obligaciones.

En pocas palabras, en los años setenta la nueva paternidad se había instalado como un paradigma preciso y potente que enfatizaba la importancia de la compenetración afectiva de los padres en las actividades de los niños (juegos, escuela y paseos), en el ejercicio de una autoridad basada en el diálogo y el respeto que contuviesen y pusiesen límites a los hijos, pero que también suponía que los progenitores se ocupasen de tareas que solían considerarse femeninas, generando así una ruptura al orden de género instituido.

El nuevo modelo: entre el desconcierto y las renuencias

Según algunos indicios, la nueva paternidad fue una plataforma que despertó una fuerte conmoción en la vida de los hogares porteños. Incluso esto pudo haber ocurrido en los años sesenta cuando los planteamientos eran bastante moderados si se les compara con los de los años siguientes.

En un principio los progenitores de ambos sexos estaban profundamente consternados frente al cambio de paradigma de crianza de los niños (Plotkin, 2003: 169). Resultan reveladoras las dudas que planteó el público en las conferencias de Giberti y Escardó entre 1957 y 1973, auspiciadas por diferentes tipos de organizaciones, entre las cuales se contaron organizaciones laicas católicas (como la Liga de Madres de Familia), instituciones culturales judías (como la escuela Sholem Aleijem) y otras organizaciones civiles como el Rotary Club.

La audiencia estaba formada por matrimonios y progenitores solos (probablemente madres en mayor proporción que padres) que estaban preocupados por el nuevo paradigma de crianza. Pertenecían a diferentes segmentos sociales, como lo revelan las referencias a la empleada doméstica, a los colegios de doble turno, a las dificultades económicas y al limitado espacio en las viviendas. Predominaba un público escolarizado, como revela la escasez de faltas de ortografía. Las preguntas, conservadas en el Archivo de Giberti, las planteaba el público por escrito, para lo cual se hacía un impasseen la charla, y luego las respondían los conferencistas. Dichas preguntas muestran que el nuevo paradigma de crianza introdujo fuertes dudas y desconciertos entre los padres, lo que lleva a pensar en una pérdida de sentido común. Los progenitores no sabían cómo actuar frente a las preguntas sobre la sexualidad y los juegos violentos, temas que habían emergido como problemas en los años sesenta, pero tampoco frente a otras situaciones, como la negativa a comer, las rabietas, o los celos entre los hermanos, problemas que ya eran habituales en el pasado. Indudablemente las pautas conforme a las cuales ellos habían sido criados estaban completamente desautorizadas, pero no era fácil conocer, entender e incorporar las nuevas. De allí la reiteración de ciertos giros (“¿es normal?”, “¿qué significa?” y “¿cómo explicaría?”) en las preguntas que evidenciaban la falta de parámetros propios (Cosse, 2009).

Ahora bien, reconocer el cambio de paradigma y tratar de conocer los nuevos mandatos y las teorías psicológicas sobre la paternidad no era suficiente. Al contrario, parecía provocar un completo desconcierto que abría ante cada situación el dilema de cómo actuar correctamente. Así, por ejemplo, ante el nuevo mandato que ordenaba explicarle a los niños cómo se hacían los bebés, surgían temores frente a la posi-bilidad de que los chicos quisiesen experimentar por sí mismos la sexualidad, y la recomendación de hablar en forma abierta sobre la fisiología sexual conducía a preguntar sobre la conveniencia de mostrarse desnudos frente a los hijos (AEG-LPP, SOBB10E; ca. 1966: p. 2 y SOBB4E; ca. 1966: p. 7).

Las dudas abarcaban los más variados aspectos, como revelan las preguntas de una persona: “¿Cuál es la edad para sacarles pañales y chupetes? ¿Cuál debe ser la actitud conveniente? ¿Hay problemas en el núcleo familiar si la madre trabaja? ¿Es conveniente la idea de dos colegios? ¿Es necesario iniciarlos en conocimientos musicales?” (AEG-CPP, SOBRE 6E, Sholem Aleijeim, 1964: p. 32.)

En las consultas del público el nuevo mandato paterno ocupaba un lugar especial. El tópico evidenciaba la amplia brecha que se había abierto entre los ideales que habían estado vigentes cuando los progenitores de los años sesenta eran pequeños y los que se consideraban válidos cuando ellos criaban a sus hijos. No faltaban padres conscientes de este problema. Muchos de ellos incluso se lanzaron a tratar de entender cómo debían criar a su descendencia, en un proceso crítico de los parámetros en que habían sido educados. Así lo expresaba Juan V., un lector de La Razón, al pedirle a Giberti que publicase una compilación con sus notas, ya que éstas reflejaban con tal nitidez su propia infancia (y la carencia de “comprensión”, “amistad” y “sabiduría” de los padres) que deseaba tenerlas como guía para evitar repetir su propia historia (AEG-LC, carta de J. V. dirigida a Eva Giberti, fechada en Buenos Aires, 20 de julio de 1962).

Pero el interés por la nueva paternidad despertaba múltiples dudas y planteaba problemas. Según las preguntas de los padres y las madres que asistieron a las conferencias de Giberti y Escardó en 1965 y 1966, les preocupaba la distancia entre las pautas vigentes en sus hogares y las que aconsejaban los expertos y les generaba dificultades llevarlas a la práctica. Así, por ejemplo, la importancia que se otorgaba a la presencia del padre daba lugar a nuevas incertidumbres acerca de los efectos concretos que la ausencia del mismo ocasionaría sobre la conducta de los hijos en términos del tiempo mínimo de contacto diario que requerían y la forma posible de sustituirlo. Nada de esto era fácil de precisar: una madre consultaba cómo llegar a “lo perfecto”, es decir, a lo propuesto por los expertos, si cada quince días el padre se ausentaba dos o tres meses del hogar, y otra si el bebé de catorce meses debía esperar despierto al padre que llegaba muy tarde (AEG-LPP, SOBE6E; ca. 1965: p. 15; sobre E, p. 4; SOB9E; 1966: p.16).

Las vacilaciones también se hacían sentir con relación a los contradictorios mensajes que exigían reforzar la autoridad del padre y asumir la nueva paternidad, que desde la óptica instituida requería cumplir con tareas tradicionalmente femeninas. No faltaban maridos que habiendo aceptado el “papel moderno” de la mujer, ayudando en la crianza, preguntaban si esto no generaría problemas en la masculinidad de los hijos, cuando ellos notasen las diferencias entre lo que ocurría en su hogar y en el de sus amigos; y otros que interrogaban sobre la posibilidad de que los hijos no aprendiesen los roles de cada sexo si en la casa no predominaban las decisiones del padre. Estos ejemplos hablan sobre las renuencias y los problemas que el nuevo modelo introducía en los hogares de estos padres, preocupados por entender el nuevo paradigma de crianza de los hijos (AEG-LPP, SOBEF1E; 1959: p. 9; SOB9E; 1966: p. 19 y p. 22; SOB6E: ca. 1965, p. 16).

Por otra parte, el nuevo paradigma implicaba la incorporación de nociones de raigambre psicoanalítica que introducían el problema de la apropiación de tales conceptos. En especial las categorías freudianas descubrían un mundo de problemas, explicaciones y causalidades que eran cruciales para estos padres, pero que les resultaban inquietantes y difíciles de aprehender cabalmente, y que a la vez extendían la revisión de las prácticas de crianza del presente hacia las que habían vivido los padres en el pasado. Así lo muestran las preguntas del público a Giberti y Escardó sobre el complejo de Edipo: ¿Se agravaba si la madre trabajaba?, ¿cómo se manifestaba el Edipo no superado de los padres? (AEG-LPP, SOB9E: p. 15; SOB9E, p. 18; SOB9E: p. 17).

En definitiva, para los interesados la paternidad se había vuelto una tarea difícil. El nuevo modelo producía enorme desconcierto. No bastaba con incorporar las principales ideas; era necesario aprender todo un sistema de pensamiento que no se basaba en mandatos taxativos sino en la capacidad de realizar conexiones y sacar conclusiones propias. Por ello, una asistente de una conferencia podía pensar en obligar por ley a tomar un curso para aprender a ser padre y otra en contratar pupilos para evitarles a los hijos los efectos de la neurosis de los padres (AEG-LPP: p. 9; SOB6E y p. 30).

Pero las dudas del público llevan a pensar que en muchos hogares era escaso el interés de los padres o de las madres por poner en práctica el nuevo ideal paterno. Así lo mostraban las madres que preguntaban cómo actuar frente a los progenitores “irascibles”, y los padres que se quejaban frente a la condescendencia de la madre. Cierto es que también estaban las esposas que reclamaban más carácter de su marido porque él se negaba a ser terminante e imponer disciplina en la mesa (AEG-LPP, SOB6E: p. 50; SOBE6E: p. 12; SOBE6E: p. 13).

El énfasis de los promotores de la nueva paternidad sobre la necesidad de que padres e hijos estableciesen una relación basada en la comprensión, el contacto cotidiano, el respeto y la fluidez afectiva parecían bastante distantes de la realidad en muchos hogares. Las limitaciones resultaban patentes en los escritos sobre los padres que redactaron más de trescientos chicos de distintos sectores sociales, según un artículo que difundió Primera Plana. Según este material, todos los chicos creían que sus papás eran buenos, pero entre los de la “burguesía” el juicio aludía a las compras y salidas, mientras que entre el “proletariado” se refería a las actitudes ante el “trabajo”, los “vicios” y la violencia contra la madre (Primera Plana, 16 de febrero de 1965: 22). De tal modo que en diferentes sentidos se pensaba que en los dos extremos de la pirámide social los padres no acataban el nuevo modelo.

Otro tipo de limitaciones del nuevo mandato paterno puede observarse en los patrones de algunos segmentos de los sectores de cuño moralista que protagonizaron lo que Óscar Terán ha llamado el “bloqueo tradicionalista” a la subversión, que incluía el avance de la izquierda y el comunismo, y también los cambios en las costumbres y la moral. Recientemente Valeria Manzano ha subrayado el enraizamiento de las fuerzas conservadoras en el Estado y en la sociedad y sugiere que fueron un factor permanente y central que influyó en el proceso de cambio y que estuvo presente desde muy temprano (2005). En estos espectros moralistas, en donde se ubicaban por ejemplo La Liga de Madres y la de Padres de Familia, organizaciones de laicos que dependían de la Iglesia, la cabal asunción de las responsabilidades paternas (y también maternas, por cierto) se concebía como una barrera de contención al comunismo y la nueva moral sexual (Boletín de la Agencia Informativa Católica, 29 de septiembre de 1964, “Noticias argentinas”, Carlos Ray, 1963: 414-417).

Pero hubo otros actores que revitalizaron la noción de la paternidad “tradicional” con diferentes manifestaciones. Podía encontrarse, por ejemplo, que los analistas políticos de la revista Primera Plana argumentaban que la clase media, que atravesaba un acelerado proceso de cambio, necesitaba de una figura paterna que transmitiese orden y seguridad como parte de la preparación del apoyo social al golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía (1966). Pero los mismos periodistas aclaraban que no era conveniente un estilo totalmente autoritario (como el que representaba Franco, una figura con la que solía compararse a la del general Onganía) porque en la Argentina, supuestamente “cosmopolita” y “liberal”, nadie aceptaría un padre “reaccionario” (Primera Plana, 4 de junio de 1963: 6).

Pero las contradicciones no sólo aparecían en esta adecuación política de la figura paterna. Otros registros también mostraban que las apelaciones al viejo estilo paterno estaban contagiadas de aureolas renovadoras. Así sucedía con la comedia televisiva La familia Falcón, emitida entre 1962 y 1969, cuya gran audiencia la situó en el cuarto lugar en el raiting en 1967 (Primera Plana, 3 de enero de 1967: 66).9 Retrataba la vida cotidiana de una familia que habitaba un departamento amplio y confortable pero que no pertenecía a los estratos acomodados; que podía ostentar modernidad en la decoración y en las preocupaciones que manifestaba, como las relaciones intergeneracionales (Varela, 2005: 149-152), pero cuya conformación se identificaba en la época con la de las familias tradicionales. El matrimonio tenía cuatro hijos (un número que seguramente tenía connotaciones respecto al control de la natalidad); los integrantes de la familia convivían “todos juntitos”, como decía la cortina musical, exceptuando a la hija mayor que estaba casada y vivía en su propio hogar. Así, la familia incluía al matrimonio, los tres hijos, el tío “solterón” y el abuelo (cuando estaba en la capital). Se retrataba, entonces, a una familia extensa en la cual se cumplía con la división de roles del hombre que era el sostén del hogar y la mujer que fungía como ama de casa.

En este marco las imágenes paternas se desempeñaban en dos sentidos. Por un lado, el abuelo y el padre estaban presentes en la vida cotidiana de sus hogares; el padre podía ponerse ocasionalmente el delantal para secar los platos y estaba atento al desarrollo y los problemas de su prole, mostrándose comprensivo y comunicativo. Por otro, tras esta empatía, los episodios retrataban la importancia de la autoridad patriarcal, representada por el padre y el abuelo, que condensaban el eje moral de la familia. Esta visión resulta especialmente significativa, dado que el programa tendía a modelar la identidad de ciertos segmentos de los sectores medios, al ofrecerles la ilusión de observar, supuestamente, sus preocupaciones y realidades retratadas en la ficción.

Finalmente, a la incorporación del nuevo mandato se oponía el problema de las condiciones de vida de las familias. Para llevar a la práctica la “nueva paternidad” se requerían la presencia y el tiempo de los padres. No casualmente una de las preguntas que formulaba reiteradamente el público de las conferencias de Giberti y Escardó apuntaba a discernir las consecuencias de la ausencia de los progenitores en el hogar. Las situaciones retratadas abarcaban un amplio abanico: desde los padres que trabajaban lejos de su hogar hasta los que salían cuando los hijos no se habían despertado y que llegaban cuando ya estaban durmiendo (AEG-LPP, P8SOB9E: p. 15; SOBD2E: p. 3; SOBE5E: p. 27: SOB1E: p. 21).

El problema de la ausencia del progenitor adquirió especial relieve en los años sesenta, cuando el crecimiento del consumo, la marca de estatus y las nuevas culturas laborales (como la de los mandos medios de las empresas, a quienes se intentó dotar de una identidad en calidad de “ejecutivos”) influyeron sobre las costumbres laborales de los varones de los segmentos medios porteños. Como explicaba Primera Plana, basándose en una encuesta de cincuenta casos, los progenitores desempeñaban largas jornadas de trabajo, de allí que para ellos la paternidad quedara reducida al fin de semana a raíz de la doble jornada de los empleados y el trabajo de tiempo completo de los ejecutivos (Primera Plana, 15 de junio de 196: 35-375). Lo mismo reflejaba un estudio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina cuando explicaba que 80% de los “ejecutivos intermedios” tenía dos hijos menores de 13 años y frecuentemente debía quedarse después de hora en la oficina o continuar el trabajo después del fin de la jornada laboral en fiestas, en reuniones y en la casa. Según estos retratos la vida laboral se oponía al ejercicio de la nueva paternidad (Villar Araujo, Adán, marzo de 1967: 108-115).

De acuerdo con estos indicios la relación filial en los hogares porteños parecía bastante alejada del nuevo mandato paterno. Sin embargo conviene recordar que la realidad no siempre concuerda con los deseos y creencias. En ese sentido puede pensarse que a principios de los años setenta la nueva paternidad ganó más terreno en el orden de los mandatos que en el de las prácticas.

Así, en concordancia con el carácter “bisagra” del periodo existía una considerable distancia entre el nuevo mandato de los médicos y psicólogos, la opinión considerada correcta por los jóvenes, y los prejuicios que éstos enfrentaban. Como denotó el acto “fallido” de un joven estudiante de psicología, que rápidamente detectó el entrevistador, el hecho de ponerle “talquito en la cola al nene” mostraba afeminamiento. Al hacerlo consciente de la cuestión, el estudiante explicó inmediatamente que se trataba de prejuicios ajenos (Padres, abril de 1973: 70-74).

Ahora bien, más allá del problema de la incorporación a las prácticas cotidianas, las actitudes paternas del nuevo modelo comenzaron a quedar integradas en las autorrepresentaciones de ciertos padres. Así lo muestran las respuestas a las entrevistas que realizó Nocturno, una revista de fotonovelas de editorial Abril que en 1968 vendía poco más de 220 mil ejemplares mensuales, dirigida a un público de mujeres adultas, como muestra la mayor importancia que otorga a temas relacionados con la familia, el hogar y la crianza en los sectores modestos, como se desprende de que la columna sentimental estuviese a cargo de Tita Merello, una reconocida actriz a quien se identificaba por su imagen popular, y de que hubiera secciones donde se ofrecían cursos de jardinería, relaciones humanas y comportamiento social que permitían “ganarse la vida” y “sentirse satisfecha” (Nocturno, junio de 1965: 12-13; 1ª quincena de marzo de 1970: s/p.; 2ª quincena de octubre de 1971: 9-10).

Desde este posicionamiento, en 1972 la revista presentaba a algunos padres complacidos de haber establecido con su prole un lazo afectivo, basado en la comprensión, y en la comunicación mediante charlas, juegos y paseos. Incluso puede pensarse que la ostentación de estos atributos hubiese estado integrada a una identidad generacional. Así, Hugo Paz, un entrevistado de veinte años, se jactaba de ser menos inflexible y menos rígido de lo que había sido su padre con él. De modo que en esta publicación, dirigida a un público amplio de recursos modestos, el nuevo ideal paterno adquiría connotaciones generacionales (Zanotto, Nocturno, núm. 277, 1ª quincena de junio de 1972: 74-77).

De modo tal que el recambio del estilo en la figura paterna introducía dudas y desconciertos que ponían al descubierto la fuerza del nuevo mandato, pero también las dificultades para crear un nuevo sentido común, dado que la modificación de los parámetros de la autoridad en el hogar era un desafío que cuestionaba los cimientos del modelo familiar y social. Pero en forma simultánea el nuevo modelo paterno parecía haberse conectado con ciertas autorrepresentaciones generacionales de los padres.

Conclusiones

En primer lugar, el análisis de la nueva paternidad muestra la complejidad de los cambios culturales en los modelos familiares y el papel que tuvo en ellos la articulación de los expertos con los medios de comunicación. En estas páginas se ha mostrado la confluencia entre los promotores de un nuevo paradigma de crianza de corte psicológico y ciertos medios de comunicación de masas que se comprometieron con lo que denominaban la modernización de las costumbres. Estos discursos muestran la fuerte influencia de la psicología en la reflexión sobre los cambios en las relaciones familiares y la legitimación de una renovación que asumía un carácter de inexorabilidad a la luz de la interpretación sociológica.

En segundo lugar, la reconstrucción de las estrategias de los promotores del nuevo modelo refleja la importancia de las propuestas de cambio discretas o moderadas pero que incitaban a reflexionar sobre el tema a amplios segmentos de la población. Se puede pensar que este tipo de discursos contribuyó a una rápida difusión de las nuevas ideas y favoreció el surgimiento de perspectivas más radicales.

En tercer lugar, el estudio de la emergencia de una nueva paternidad confirma la conveniencia de considerar que los años sesenta y setenta fueran una etapa bisagra en la cual surgieron modelos culturales que más adelante se expresaron en las conductas familiares. En el periodo estudiado adquirieron especial relevancia los desconciertos, dificultades y resistencias que generaron el nuevo modelo paterno y la distancia entre éste y la vida cotidiana de padres e hijos producto de sus condiciones de vida.

Por último, en su versión más radical el nuevo modelo atacaba las bases del modelo de la domesticidad al exigir a los varones que realizaran tareas que solían considerarse femeninas y de este modo reconfigurar la identidad masculina. Si bien la nueva paternidad resultaba la vía menos conflictiva para incorporar en cierto modo la noción de equidad, incluso en las versiones más moderadas, el nuevo estilo paterno suponía una reformulación de género en sintonía con las aspiraciones de equidad en la pareja de mujeres que se consideraban “modernas” o “liberadas” que fueron asumidas, con fuertes contradicciones, por ciertos varones abiertos al cambio cultural. Esto favoreció que el cambio de paradigma se procesara en términos generacionales, suponiendo que identificaba a los jóvenes.

Según lo planteado en las páginas anteriores, las transformaciones fueron complejas, duales y conflictivas y se desplegaron en un proceso lento, contradictorio y sinuoso. Pero esto no debe oscurecer que para principios de los años setenta el hecho de ser padre tenía significados muy distintos de los que predominaban dos décadas atrás. Como se ha mostrado, en ese lapso surgió un nuevo ideal basado en el compromiso de los padres de colaborar en la vida cotidiana de su descendencia, a la que debían educar mediante la comunicación, la comprensión y el diálogo en una relación cotidiana afectuosa y próxima que, incluso, podía demandar un trastrocamiento de los roles de género.

Fuentes Archivos

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Entrevistas

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Notas

1 Las preguntas del público, conservadas en el Archivo de Eva Giberti (AEG) eran parte de las dinámicas de las charlas, y se realizaban en forma escrita. Fueron conservadas por esta especialista con el fin de comprender los problemas que enfrentaban los padres. Están organizadas en 37 agrupamientos de preguntas correspondientes a diferentes conferencias y cursos dictados entre 1958 y 1973, aunque la fecha casi siempre es estimada. Realicé un análisis específico de esta fuente (Cosse, 2009).

2 Sobre la importancia de este tipo de argumentos en la legitimación de los cambios en los familiares véase Míguez, 1999. Específicamente una de las características de la “nueva paternidad” radicaba en presentarse recurrentemente como una innovación a los mandatos instituidos (LaRossa, 1997; Weiss, 1999).

3 Los Pérez García fue un programa radial que emitió la radiodifusora El Mundo entre 1940 y 1966. El momento de su máxima popularidad se sitúa en los años cuarenta y principios de los cincuenta. Los guiones fueron escritos por Óscar Luis Massa y luego por Luis María Grau. Los episodios referidos en el texto fueron extraídos de una compilación de los más exitosos que realizó el guionista Luis María Grau en 1952. También se han consultado registros grabados en Archivo Eter, CD 11, 13 programas.

4 Sobre la noción de infancia que promovía la revista, véase Borinsky, 2006.

5 Entrevista de la autora con Eva Giberti, realizada en Buenos Aires el 12 de diciembre de 2004 y grabada en audio.

6 Para una caracterización de esta revista véase: Pujol, 2002: 82-88; Plotkin, 2003: 183-191, Mochkofsky, 2003: 90-114; Mazzei, 1997.

7 El programa La Nena fue emitido por Canal 13 entre 1965 y 1969, dirigido por María Inés Andrés con libretos de Gerardo Martino, y protagonizado por Osvaldo Miranda, Marilina Ross y Jose Rígoli.

8 Entrevista de la autora con Annamaría Muchnick, conductora del programa televisivo y parte de la familia propietaria de la editorial Muchnik, en Buenos Aires, 20 de septiembre de 2005.

9 La familia Falcón, dirección de Davis Stivel y libretos de Hugo Moser, Buenos Aires, emitido por el Canal 13, de 1962 a 1969.

10 En este trabajo presento una parte de los resultados de mi tesis de doctorado Familia, pareja y sexualidad en Buenos Aires (1950-1975). Patrones, convenciones y modelos en una época de cambio cultural, Universidad de San Andrés, Buenos Aires, 2008. Para su realización conté con el apoyo de la Fundación Ford (en el marco del proyecto “Sexualidades, Salud y Derechos Humanos en América Latina”, de la Universidad Cayetano Heredia), de la Fundación San Andrés (con el apoyo de The William and Flora Hewlett Foundation) y de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, que me permitió usufructuar de una estancia de investigación en El Colegio de México. Agradezco las sucesivas discusiones sobre las ideas aquí planteadas a Eduardo Míguez, director de la tesis, y los comentarios de Roy Hora y de los integrantes del taller de tesis a versiones anteriores; así como las conversaciones mantenidas con Catalina Wainerman, las recomendaciones de Nelson Minello y la incisiva lectura de Elizabeth Jelin. También he de expresar toda mi gratitud a Eva Giberti, quien me permitió consultar su archivo privado, y a Mirta Varela, que me abrió la consulta de su archivo de programas televisivos. Finalmente he de dar las gracias por sus comentarios a los evaluadores de la revista, quienes me impulsaron para mejorar este texto.



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