Desigualdad y procesos de exclusión social. Concentración socioespacial de desventajas en el Gran Buenos Aires y la Ciudad de México

María Cristina Bayón*

Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo electrónico: cristina.bayon@servidor.unam.mx.



Resumen

El deterioro y la disminución de las oportunidades de empleo para los sectores más desfavorecidos y la profundización de la inequidad en el acceso y la calidad de los servicios de salud y educación han ido acompañados de un proceso de crecimiento y agudización de la concentración espacial de la pobreza. En este artículo se exploran estos procesos y las especificidades que asumen en las localidades más pobres de dos áreas metropolitanas latinoamericanas: Florencio Varela en el Gran Buenos Aires y Chimalhuacán en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Pobreza, bajos niveles educativos, precariedad laboral, desempleo y desprotección, inadecuada provisión de infraestructura y acceso a servicios, son las principales dimensiones que se analizan y se destaca el carácter acumulativo y concentrado de estas desventajas. Se hace hincapié en que la retroalimentación y el reforzamiento mutuo de dichas dimensiones contribuyen a consolidar los procesos de quiebre social y a perpetuar las situaciones de privación.

Recibido: 30-10-2006; Aceptado: 05-12-2007

Estudios demográficos y urbanos, 2008

Palabras clave: concentración de desventajas, desigualdad, fragmentación, procesos de exclusión social, Gran Buenos Aires, Ciudad de México.
Key words: concentration of disadvantages, inequality, fragmentation, social exclusion processes, Greater Buenos Aires, Mexico City.

Introducción

Los profundos cambios socioeconómicos que experimentaron las sociedades latinoamericanas en las últimas décadas marcaron el agotamiento del modelo de desarrollo hasta entonces vigente. Esto acarreó una fuerte erosión de los pilares que alimentaban las expectativas de mejoramiento futuro para amplios sectores sociales y afectó con particular crudeza a los sectores más desfavorecidos. A la par de nuevos patrones de inserción en la economía global, la relación de los hogares con el mercado de trabajo, el Estado y el espacio urbano experimentó profundas transformaciones. El mercado de trabajo no sólo fue perdiendo de manera progresiva su potencial integrador y de movilidad social, sino que para vastos y crecientes sectores sociales constituyó uno de los principales mecanismos generadores de vulnerabilidad y exclusión social.

Paralelamente al deterioro del mercado de trabajo, el abandono de los objetivos de universalidad en la provisión de servicios sociales exacerbó las desigualdades resultantes del funcionamiento del mercado. La profundización de la inequidad en el acceso y la creciente diferenciación de la calidad de los servicios de salud y educación contribuyeron a ahondar de manera dramática las distancias sociales entre los sectores más y menos favorecidos. La creciente polarización social fue adquiriendo su expresión espacial en procesos de segregación residencial que rediseñaron y complicaron la geografía social de las ciudades latinoamericanas.

La conjunción de estos procesos contribuyó a consolidar una estructura social no sólo altamente desigual, sino cada vez más rígida, promoviendo de manera simultánea la reproducción intergeneracional de la pobreza y la riqueza.

Las menores -y peores- oportunidades de empleo para los sectores más desfavorecidos fueron acompañadas por un proceso de crecimiento de la concentración espacial de pobreza. Es precisamente el carácter acumulativo de las situaciones de desventaja relacionadas con la precariedad ocupacional y con otras dimensiones de la vida económica y social (familia, ingresos, condiciones de vida, redes sociales, etc.) y su concentración espacial lo que hace a ciertos grupos más vulnerables a experimentar procesos de exclusión social.

La extensión y profundidad del deterioro social que se experimentó en las últimas décadas y sus efectos disruptivos sobre el tejido social adquirieron perfiles diferenciados de acuerdo con las trayectorias nacionales en términos de integración social, tradiciones laborales, desigualdad, provisión de bienestar, extensión y calidad de los derechos de ciudadanía (Bayón, 2006). Es decir, los puntos de partida no fueron los mismos en los diversos contextos, por lo que los procesos y fenómenos similares pueden expresar rupturas en algunos casos y continuidades y profundización de tendencias previas en otros. En este sentido las experiencias de Argentina y México son particularmente relevantes e ilustrativas para analizar las especificidades de tales procesos en contextos diferenciados.1

En este artículo se explora de qué manera y en qué medida los cambios en la estructura social resultantes de la conjunción de los procesos mencionados adquieren su expresión espacial y cuáles son los efectos de dicha reconfiguración en los sectores más pobres. Se argumenta que la profundización de las desigualdades, junto con la creciente acumulación y concentración espacial de desventajas en áreas homogéneamente pobres, obstaculiza fuertemente las posibilidades que tienen los pobres urbanos para superar situaciones de privación.

La pobreza, los bajos niveles educativos, la precariedad laboral, el desempleo y la desprotección, la inadecuada provisión de infraestructura y de acceso a los servicios, la erosión de las redes sociales y el carácter acumulativo y concentrado de estas desventajas son las principales dimensiones que se analizan. Dicho análisis se centra en ciertos contextos urbanos que responden a diversas trayectorias nacionales (Argentina y México), y se destacan las particularidades que asumen en las localidades más pobres de sus principales áreas metropolitanas: la de Florencio Varela en el Gran Buenos Aires (GBA) y Chimalhuacán en la Zona Metropolitana de la Ciudad México (ZMCM).2 Mediante la combinación de varias fuentes de datos se pretende dar cuenta de cómo diversas dimensiones, su retroalimentación y reforzamiento mutuo, contribuyen a consolidar procesos de quiebre social y situaciones de privación persistente en espacios con alta concentración de desventajas.

Desigualdad y distancias sociales: expresiones y características

La distribución de la población en el espacio, el nivel de concentración de determinados grupos en ciertas áreas de la ciudad, y el grado de homogeneidad social de éstas nos remiten no sólo a los procesos de diferenciación, sino también a las expresiones que asume la desigualdad, y tal vez a procesos de exclusión (Saraví, 2006).

Aunque con expresiones e intensidades propias en cada contexto, el nuevo escenario evidencia, con más fuerza que nunca, la constitución y cristalización de ámbitos diferenciados y homogéneos de sociabilidad donde los puntos de “encuentro” entre diversos sectores sociales son cada vez más escasos. El progresivo debilitamiento de espacios pluriclasistas (particularmente donde éstos tuvieron una presencia importante), como las escuelas y los hospitales, el transporte y las plazas, en tanto que fuentes de altruismo, solidaridad y actitudes de aversión a la desigualdad, provoca importantes consecuencias sobre la integración social (Kaztman, 2001).

Si los ricos van a escuelas de ricos, la clase media va a escuelas de clase media y los pobres van a escuelas de pobres, las contribuciones del sistema educativo para promover la integración social y evitar la marginalidad son escasas, pese a sus esfuerzos por ampliar el acceso a la educación de los sectores de menores recursos. Tanto la segregación residencial como la segmentación de los servicios reducen los espacios de encuentro socialmente heterogéneos y con ello debilita la base estructural que sustenta la capacidad de empatía y obligación moral y aumentan los niveles de tolerancia a la desigualdad (idem).

En efecto, el funcionamiento de las instituciones sociales, económicas y políticas, facilita o coarta las oportunidades de una experiencia social compartida, clave en toda práctica de ciudadanía. Los niveles similares de desigualdad en la distribución del ingreso pueden tener diferentes implicaciones en términos de exclusión social, dependiendo del grado en que las oportunidades de hacer y obtener cosas reflejen los niveles de ingreso (Barry, 1998). Así, cuando la provisión de servicios públicos (salud, educación, transporte) es de calidad uniforme y suficientemente alta para que los utilice la amplia mayoría de la población, el ingreso individual resulta menos relevante, por lo que las clases medias y altas tienen pocos incentivos para desertar del ámbito público, lo que las hace “menos tolerantes a la desigualdad”.

La problemática no se limita a la distribución de oportunidades y al debate acerca de las fuentes generadoras de desigualdad, sino que incluye la calidad de dichas oportunidades, las formas que adquieren las relaciones entre los individuos y las que se dan entre éstos y las instituciones. No es sólo una cuestión de oportunidades y resultados, sino de los procesos que conducen a la desigualdad de oportunidades y resultados (Burchardt, 2006). La igualdad de la oferta, como observa Dubet (2005), es una condición elemental de la igualdad de oportunidades; de lo contrario se transforma a los recorridos en destinos.

En América Latina, donde los niveles de desigualdad y de “tolerancia” a ésta son dramáticos, los procesos de exclusión social se expresan precisamente en los términos de la incorporación de vastos sectores sociales, en sus patrones de integración (Faria, 1995), que dan lugar a una inclusión desfavorable (Sen, 2000), a una ciudadanía de segunda clase (Roberts, 2004). Las desventajas no derivan de “estar afuera”, sino precisamente de la segmentación producida por las instituciones del Estado, de una inclusión diferenciada en el sistema social. Como afirma Auyero (2001), en el contexto latinoamericano el Estado se ubica como elemento central en la cadena causal que explica la perpetuación y la agudización de la privación material y de la marginación económica y cultural. En este contexto el espacio se constituye en un componente clave de los procesos de destitución social, y nos remite a la concentración geográfica de la pobreza, o en otros términos, a explorar cómo se acumulan las desventajas en bolsones de intensa privación (Lupton y Power, 2002).

La geografía de la pobreza: concentración espacial de desventajas y procesos de exclusión social

Diversos estudios coinciden en destacar los obstáculos crecientes y acumulativos que enfrentan los residentes de áreas de pobreza homogénea para superar situaciones de desventaja. Llaman la atención acerca de los diversos procesos que contribuyen a alimentar y retroalimentar el entrampamiento en situaciones de privación social en un contexto en que la polarización intraurbana ha experimentado un marcado incremento al exacerbarse los contrastes entre las áreas más pobres y las más prósperas dentro de las ciudades.

Massey (1996) destaca la emergencia de una nueva estructura geográfica de la desigualdad caracterizada por una intensificación espacial sin precedentes tanto del privilegio como de la pobreza, particularmente en las grandes áreas urbanas, donde las divisiones de clase no sólo crecen sino que se hacen más rígidas en la medida en que las amplía y refuerza un poderoso proceso de concentración geográfica. La concentración de la pobreza se explica por la confluencia de diversos procesos que reúnen a los pobres en el espacio y bloquean su movilidad socioeconómica y residencial. 3

En su análisis sobre las formas que adquiere la marginalidad urbana en el nuevo milenio, Wacquant (1999) destaca que la pobreza deja de constituir un problema residual o cíclico, remediable mediante la expansión del mercado. En contraste, se transforma de manera creciente en un problema persistente y de largo plazo desconectado de las tendencias macroeconómicas y concentrado en ciertas áreas relegadas donde el aislamiento social y la alienación se retroalimentan mutuamente a medida que se profundiza el abismo entre sus habitantes y el resto de la sociedad. Así, mientras que antaño el crecimiento económico y la expansión correlativa del sector asalariado representaban la cura universal contra la pobreza, hoy, en un contexto de profundo deterioro e inestabilidad laboral son parte de la enfermedad (idem).

Pobres que viven e interactúan con otros pobres en áreas “pobremente” equipadas, donde y para quienes las posibilidades de acceder a “oportunidades” que permitan superar -no simplemente mitigar- las situaciones de desventaja son escasas, remotas o inexistentes. No es sólo que las áreas más desfavorables tiendan a ser pobladas por los sectores con mayores desventajas, sino que, como advierte Power (2000), los barrios pobres tienden a agruparse y conforman amplios clusters de pobreza, franjas urbanas enteras dominadas por problemas de exclusión. En estos espacios urbanos las desventajas asociadas a situaciones de privación -bajos niveles educativos, precariedad laboral, desempleo, deficientes condiciones de vivienda e infraestructura, etc.- están más concentradas y son más extensivas, por lo que las oportunidades de escapar de ellas disminuyen. En este contexto los enclaves de pobreza urbana están dejando de ser lugares en que se reproducen los segmentos inferiores del mercado de trabajo, lugares transitorios en el -más o menos real, más o menos generalizado- proceso de movilidad ascendente de las clases trabajadoras para convertirse en espacios de supervivencia (Auyero, 2001). El progresivo aislamiento social de los pobres urbanos -que lejos de ser un “dato”, particularmente en las ciudades latinoamericanas, constituye un problema de investigación- representa, como asegura Kaztman (2001), un fuerte obstáculo para la acumulación de los activos necesarios para superar situaciones de privación, lo que hace que la pobreza urbana socialmente aislada constituya un caso paradigmático de la exclusión social.

Cuanto mayor sea el tamaño de las áreas homogéneas en pobreza, los problemas urbanos y sociales para sus residentes se agravarán. Los tiempos de viaje crecen, puesto que es preciso recorrer largas distancias para encontrar algo que no sea viviendas pobres, trátese de lugares de trabajo o viviendas de otros grupos sociales, con servicios y equipamientos de mayor calidad. En lo social, esta segregación de gran escala estimula sentimientos de exclusión y desarraigo territorial que agudizan el problema de la desintegración social y aumentan su malignidad, con lo que se intensifican las consecuencias perjudiciales de la segregación espacial para los pobres (Sabattini et al., 2001).

En los contextos de pobreza homogénea se agrega a tales desventajas el problema de vacuidad o inefectividad de las redes existentes. Si bien las fuentes de capital social (amigos, vecinos, familiares) no desaparecen, las redes sociales, dada su composición, pueden no resultar útiles para proveer los recursos que se necesitan o buscan (tales como las oportunidades de empleo). En los espacios signados por la concentración de la pobreza, el desempleo y el empleo precario, los contactos y las redes disponibles se vuelven poco efectivos y así contribuyen al entrampamiento en circuitos empobrecedores. Además de lidiar con los problemas relacionados con la insuficiencia de ingresos, de manera creciente los pobres deben enfrentar los efectos sociales de un ambiente en el cual la mayoría de sus vecinos son también pobres (Massey, 1996).

Las transformaciones en la experiencia cotidiana de la vida en la comunidad no sólo se asocian a los procesos de creciente aislamiento y al debilitamiento de las redes sociales, también a una reconfiguración del espacio público comunitario. Hoy día la vida en muchos enclaves de pobreza estructural está permeada por nuevos rasgos ausentes en el pasado, al menos en la magnitud actual: la mayor presencia de la violencia y la inseguridad, y el consumo de drogas entre los jóvenes (Saraví, 2004; Arriagada y Rodríguez, 2003; Wacquant, 1999; Auyero, 2001; Sabattini et al., 2001). Estos aspectos, muy relacionados entre sí, sólo pueden entenderse en el contexto de la concentración de desventajas estructurales que caracteriza a estos espacios.

Así, a la par de la concentración espacial de la pobreza se agudizan las dinámicas más adversas de la segregación, que expresan, consolidan y refuerzan las distancias sociales, reducen los ámbitos de interacción de los miembros de diferentes grupos socioeconómicos y erosionan la vida comunitaria. En diversas ciudades latinoamericanas, como Montevideo, Buenos Aires, Santiago de Chile y la Ciudad de México, se han resaltado estos procesos de debilitamiento del espacio comunitario en enclaves de pobreza estructural (Kaztman, 2001; Saraví, 2004; Sabattini et al., 2001; Hiernaux, 1999).

Sin embargo, a fin de evitar explicaciones mecánicas o generalizaciones simplistas acerca de la forma que asumen las relaciones entre la pobreza, la desigualdad y el espacio urbano, es preciso destacar dos elementos importantes. Primero, el panorama de la segregación en las ciudades latinoamericanas presenta importantes claroscuros: mientras las áreas de concentración de las elites se caracterizan por una notable diversidad social (baja segregación), en los espacios donde se concentran los amplios estratos de pobreza “informal” se observa una gran homogeneidad social (alta segregación) (Sabattini et al., 2001; Rodríguez, 2001). El segundo elemento se refiere a las especificidades que estos procesos asumen en los diferentes contextos, lo que plantea la necesidad de emprender abordajes complejos que hagan posible dar cuenta de los procesos que alimentan las continuidades, rupturas y particularidades de la pobreza urbana en América Latina, donde la dimensión espacial adquiere particular relevancia.

El Gran Buenos Aires: desigualdad, fragmentación social y espacio urbano

Las transformaciones macroestructurales que se experimentaron en Argentina durante los años noventa tuvieron su expresión en una profunda modificación del espacio urbano.4 El paralelismo entre los procesos de cambio socioeconómico y de cambio espacial fue particularmente evidente en el Gran Buenos Aires, área metropolitana de la ciudad capital del país, en la cual, según datos censales de 2001, residen 11 460 575 habitantes, casi una tercera parte de su población total.

Los patrones de urbanización, al igual que las prácticas de distribución territorial de los distintos sectores sociales que comenzaron a desarrollarse a partir de los noventa, se tradujeron en un profundo quiebre respecto a las pautas precedentes y acarrearon también la gestación de una nueva configuración urbana. La polarización socioeconómica, particularmente en términos de ingresos, se tradujo en una profunda reconfiguración espacial que dio lugar a dos procesos simultáneos: por un lado un proceso de suburbanización protagonizado por los sectores de altos ingresos, y por el otro, un proceso de consolidación y homogeneización de las áreas de pobreza. En este último aspecto se concentra el presente análisis.5

Durante los últimos quince años se ha observado un claro desplazamiento residencial de los sectores de altos ingresos desde las zonas centrales (particularmente la Ciudad de Buenos Aires) hacia nuevas áreas residenciales periféricas que se ubican en el primero y segundo cordones del Conurbano, en un proceso que diversos estudios han definido como de suburbanización de las elites. 6 Se trata de urbanizaciones cerradas, destinadas a sectores de altos ingresos, que se establecen en áreas intersticiales de los partidos del primero y segundo anillo. Como observa Torres (2001: 14), esta nueva vecindad territorial dramatizó los contrastes socioespaciales e impuso la lógica de la fragmentación urbana. En forma simultánea a este proceso se produjo otro igualmente vertiginoso de homogeneización y consolidación de áreas de pobreza. El segundo cordón, con excepción de las nuevas islas de exclusividad, se ha consolidado como una región homogéneamente pobre, y con una pobreza más intensa.

Al endurecimiento de las viejas oposiciones (centro-periferia, norte-sur, primera corona-segunda corona), como lo muestran los indicadores de ingreso, salud y mortalidad infantil, se superpusieron nuevas “fronteras” ligadas a la difusión de la pobreza y a la pauperización de amplios segmentos sociales, procesos que evolucionaron paralelamente al retiro del Estado: privatización de los grandes servicios urbanos (agua, gas, luz, metro, trenes suburbanos), deterioro de la escuela pública, de los servicios de salud y de los mecanismos de protección social (Prévôt Schapira, 2002). Hoy el Conurbano es un espacio de profundas contradicciones que conjuga una serie de imágenes construidas conforme al modelo sustitutivo de importaciones y de pleno empleo, con una más actual de desempleo, segregación urbana, vulnerabilidad social y violencia que los sectores más perjudicados han significado culturalmente de manera muy diversa a partir de nuevas formas de organización social y política (Álvarez, 2005).

Si bien desde principios de los noventa la pobreza había alcanzado niveles históricos en el Gran Buenos Aires, en la gráfica 1 se advierten las fuertes disparidades en el interior de este gran conglomerado urbano. En el C.B.4, que aglutina a 10 de los 24 partidos del Conurbano, 7 de cada 10 habitantes vivían en hogares pobres en el año 2002. Junto a la extensión de la pobreza, en varios espacios y sectores sociales se observa un fenómeno cualitativamente nuevo: la conformación de zonas de absoluta pobreza, donde prácticamente sólo viven pobres. La pobreza, sin embargo, no es la única característica de estas áreas. Otras desventajas, particularmente asociadas a una precaria inserción en el mercado de trabajo y a los bajos niveles educativos, alcanzan niveles dramáticos. El desempleo afecta a 1 de cada 4 miembros de la población. Entre los ocupados, 1 de cada 4 está subempleado, 3 de cada 5 asalariados no cuentan con beneficios sociales, y casi 3 de cada 5 habitantes en edad de trabajar -sean o no desempleados- buscan activamente un empleo (cuadro 1).


GRÁFICA 1.

Evolución de la incidencia de la pobreza por áreas del Gran Buenos Aires (porcentajes de personas en hogares pobres)


  —NOTA: C.B.1: San Isidro y Vicente López; C.B.2: General San Martín, Tres de Febrero, Morón, Hurlingham, Ituzaingo, Avellaneda y La Matanza 1; C.B.3: Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, Berazategui y Almirante Brown; C.B.4: Moreno, José C. Paz, Malvinas Argentinas, Merlo, Tigre, Florencia Varela, Esteban Echeverría, Ezeiza y La Matanza 2. FUENTE: Encuesta Permanente de Hogares (EPH), INDEC, ondas de octubre (excepto mayo 2002)..

CUADRO 1.

Indicadores seleccionados de participación laboral por áreas del Gran Buenos Aires (porcentajes, 1991 y 2002)


Cd. Bs. As. C.B.1 C.B.2 C.B.3 C.B.4
Desocupación
1991 4.3 3.5 4.9 5.9 6.4
2002 13.5 19.5 18.7 21.9 22.4
Desocupación en jefes de hogar
1991 2.0 3.7 2.5 3.5 3.6
2002 - 12.7 15.3 18.1 18.9
Subocupación horaria
1991 n.d. n.d. n.d. n.d. n.d.
2002 14.2 14.0 16.7 26.1 26.0
Demandantes de empleo
1991 - 13.0 18.1 18.6 17.0
2002 - 41.7 44.5 49.3 56.7
Asalariados sin jubilación
1991 - 22.8 33.7 34.7 41.8
2002 - 32.5 46.1 46.5 56.6
PEA con secundaria inc. o menos
1991 - 41.7 65.7 72.3 81.6
1998 - 45.1 57.2 68.2 77.1

TFN1NOTA: C.B.1: San Isidro y Vicente López; C.B.2: General San Martín, Tres de Febrero, Morón, Hurlingham, Ituzaingo, Avellaneda y La Matanza 1; C.B.3: Lanús, Quilmes, Lomas de Zamora, Berazategui y Almirante Brown; C.B.4: Moreno, José C. Paz, Malvinas Argentinas, Merlo, Tigre, Florencia Varela, Esteban Echeverría, Ezeiza y La Matanza 2.

TFN2FUENTE: EPH, ondas de octubre (excepto mayo 2002).


Respecto al nivel educativo, al finalizar la década pasada aproximadamente 8 de cada 10 miembros de la PEA en el C.B.4 no habían logrado completar el nivel secundario, equivalente a 12 años de educación formal, considerado el capital educativo básico necesario para “aspirar” a obtener un trabajo que les permitirá superar los umbrales de la pobreza (CEPAL, 2004). Este dato es particularmente relevante si tenemos en cuenta que en el nuevo escenario laboral la educación secundaria se ha constituido en una verdadera barrera de entrada para acceder a un empleo protegido y estable, aunque dista de ser una condición suficiente.

Esto significa que para casi 80% de los trabajadores del C.B.4 el acceso a los cada vez más escasos “buenos” empleos -con ciertas condiciones mínimas de calidad- se ha vuelto no sólo una posibilidad remota, sino prácticamente inalcanzable con los actuales patrones de funcionamiento del mercado de trabajo. En síntesis, en esta zona del Conurbano bonaerense 7 de cada 10 habitantes son pobres, en 1 de cada 5 hogares su jefe está desempleado, más de la mitad de los miembros de la población activa busca un empleo, y cerca de 80% de ellos cuenta con menos de 12 años de educación formal. Esta concentración de desventajas es particularmente intensa en algunos partidos de la zona, como es el caso de Florencio Varela, que se analiza a continuación.

Florencio Varela: pobreza, desempleo y segregación

Con una población de 350 000 habitantes y un territorio de 206 km2, 40% del cual es rural, Florencio Varela se encuentra ubicado en el segundo cordón, 24 km al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Forma parte del C.B.4 y sus indicadores en el transcurso de las últimas décadas lo ubican entre las áreas más deprimidas y pobres del Conurbano. Es la que ha experimentado el más acelerado crecimiento demográfico en las últimas tres décadas. Entre 1970 y 2001 la población creció más de tres veces como resultado de la disponibilidad de terrenos, de loteos económicos, y de las ocupaciones de tierras que protagonizaron los migrantes internos recién llegados y los desplazados de las villas miseria erradicadas de la Ciudad de Buenos Aires durante la última dictadura militar. 7

Ante la ausencia de oportunidades de empleo en el ámbito local, la mayoría de sus habitantes tendió a trabajar en localidades vecinas o en la Ciudad de Buenos Aires. En el contexto de un mercado de trabajo dinámico, y con servicios públicos subsidiados, su ubicación geográfica no sólo no representaba una desventaja para obtener empleos, sino que abría la oportunidad de acceder a viviendas. Sin embargo las transformaciones que ocurrieron en los noventa y la crisis de 2001 alteraron radicalmente la estructura de oportunidades, y su ubicación, junto con muchas otras desventajas, condujo a un progresivo aislamiento. La escasez de oportunidades locales se vio agudizada por la imposibilidad de afrontar los costos que conlleva la búsqueda de empleo en la Ciudad de Buenos Aires. 8 La zona fue cayendo de manera creciente no sólo en la concentración de pobreza, sino en la combinación de pobreza y desempleo.

La tasa de desempleo abierto en Florencio Varela creció a un ritmo levemente superior al del conjunto del Conurbano, una de las zonas del país más castigadas por la destrucción de puestos de trabajo en los noventa, y llegó a niveles verdaderamente alarmantes: entre un tercio y la mitad de la PEA en este municipio estaba desocupada en 2001 según datos censales (cuadro 2). Estas proporciones dramáticas las corroboran otras fuentes: según datos de 2002, sobre una PEA de aproximadamente 153 000 personas, en Florencio Varela estaban desempleadas alrededor de 34 000 y 40 000 eran beneficiarias de planes nacionales y provinciales de empleo; nuevamente estamos hablando de la mitad de la población activa.9

CUADRO 2.
Características laborales y de condiciones de vida, Conurbano Bonaerense y Florencio Varela, 2001 (porcentajes)

Conurbano Florencio Varela
Desempleo* 36.4 43.9
Población sin cobertura de salud 52.0 65.3
Población con secundaria incompleta o menos 69.0 82.6
Población 0-14 años 28.0 34.1
Población con NBI 17.6 30.4
Hogares en viviendas deficitarias 22.5 44.8
Hogares con hacinamiento crítico 4.5 8.8
*.

TFN3Las tasas de desempleo obtenidas a partir de los datos censales como las que se reportan en este cuadro son significativamente más altas que las que se obtienen a partir de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Un estudio metodológico efectuado por INDEC (2003) señala que dichas diferencias se centran en la captación de la condición de actividad de las personas de ambos sexos de 14 años y más, y que se deben fundamentalmente a la escasa sensibilidad del censo para captar como ocupados a los que se desempeñan en empleos precarios e inestables, particularmente en épocas de crisis económica como la que acompañó la medición censal.

TFN4FUENTE: Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda, 2001.


Finalmente, algunas características sociodemográficas y de condiciones de vida confirman la alta concentración de desventajas en esta localidad: cerca de la mitad de los hogares habita en viviendas consideradas deficitarias por el tipo de materiales empleados en su construcción, 9% de los hogares sufre de hacinamiento crítico, 2 de cada 3 habitantes son niños menores de 14 años, y más de 82% de la población mayor de 15 años cuenta con menos de 12 años de educación.

Los datos muestran que en estos “nuevos” enclaves de pobreza se concentran y acumulan las desventajas estructurales: pobreza, deficiencia educativa, desempleo, precariedad laboral, desprotección, hacinamiento, inadecuadas condiciones de vivienda, etc. En dicho contexto las “oportunidades” de sus residentes de escapar de los circuitos empobrecedores son ciertamente reducidas.

La Zona Metropolitana de la Ciudad de México: heterogeneidad, segregación y pobreza

Las continuidades y rupturas que experimenta la división social del espacio en la Ciudad de México (Duhau, 2003) difícilmente pueden ser entendidas sin tener en cuenta que la alta incidencia de la pobreza y las abismales desigualdades que hoy caracterizan a la estructura social mexicana son rasgos persistentes y de larga data. 10

De acuerdo con los datos del censo de 2000 la población de la ZMCM asciende a 17 884 829 habitantes, representa 18.3% de la población nacional e incluye 51 localidades (16 delegaciones del DF y 35 municipios conurbados) que ocupan 0.25% de la superficie del país. 11

Si bien algunos indicadores socioeconómicos ubican a esta área en una posición “privilegiada” dentro del país -no así en el mundo-, aquí se pretende destacar la profunda heterogeneidad propia de dicho espacio urbano, con especial atención en el proceso de consolidación de áreas homogéneamente pobres. Un reciente informe de la OECD (2004) sobre la ZMCM advierte que es particularmente preocupante la tendencia a la concentración espacial de los sectores más desfavorecidos en áreas que ofrecen oportunidades reducidas o de muy baja calidad para acceder a los servicios educativos, de salud, transporte, vivienda, etc., lo que genera una creciente polarización de la ciudad en términos de niveles de ingresos y acceso a servicios. No se trata simplemente de un centro rico en términos de niveles de ingreso e infraestructura, y una periferia pobre, sino de una marcada diferenciación entre las localidades accesibles y seguras, donde habitan básicamente los sectores de clases media alta y alta, y localidades pobres que frecuentemente están contiguas a las anteriores (idem).

La creciente complejidad y desigualdad de la estructura urbana de la Ciudad de México (Rubalcava y Schteingart, 2000; Duhau, 2003; Panreiter, 2002 y 2005) es particularmente evidente en algunas áreas de la ciudad donde distintos sectores sociales coexisten en espacios cercanos y muchas veces adyacentes, pero fuertemente contrastantes. Si bien los sectores de mayores ingresos se concentran en pocas colonias, aunque distribuidas en diversas delegaciones del centro, noroeste, oeste, suroeste y sur de la ciudad, no forman un cinturón cerrado: están rodeadas por otras de clase media y baja, de ahí que las distancias espaciales entre ricos y pobres sean en muchas ocasiones mínimas. 12 La ciudad no es dual, sino fragmentada, ya que los rincones ricos están rodeados por barrios pobres y el centro y la periferia se reproducen en una proximidad espacial inmediata (Fischer et al., 2003). Esta proximidad espacial, sin embargo, no debe confundirse con una mayor “mezcla” o interacción de distintas clases sociales: las diferencias sociales y la desigualdad en el acceso a oportunidades (laborales, educativas, de atención de la salud, vivienda, etc.) son cada vez mayores, y la construcción de barrios cerrados indica que cada vez se levantan más barreras entre esos grupos de población.

Si bien en un área metropolitana con alta incidencia de la pobreza como la Ciudad de México, 13 los pobres se distribuyen en toda la ciudad, los grupos más desfavorecidos en términos de empleo, ingresos y niveles educativos no sólo tienden a concentrarse en las zonas con mayores desventajas en cuanto a infraestructura y oportunidades laborales, sino que esas áreas han experimentado el mayor crecimiento poblacional en las últimas dos décadas. Es decir, las áreas de concentración de la pobreza no sólo perviven, sino que crecen y se hacen más densas.

La migración intrametropolitana de los sectores de bajos ingresos desde el Distrito Federal hacia los municipios conurbados del Estado de México muestra una tendencia ascendente, por lo que el proceso de homogeneización de la pobreza en esta franja de la ciudad continuará agudizándose. 14

Extensas zonas de barrios de clases bajas, que concentran alrededor de 40% de la población de la ZMCM, se encuentran en el oriente, desde Tecámac y Ecatepec en el noreste, pasando por Chimalhuacán, Nezahualcóyotl e Iztapalapa al oeste del centro, hasta La Paz, Ixtapaluca, Tláhuac y Chalco en el sureste de la ciudad. En el oriente de la ciudad prácticamente no habitan las clases altas o medias. En las zonas donde se concentran las AGEB (área geoestadística básica) más pobres muy excepcionalmente aparecen estratos que no sean bajos o muy bajos. 15

Dentro de esta extensa área la mayor concentración de pobreza se encuentra en las jurisdicciones periféricas de desarrollo informal (Duhau, 2003): Coyotepec, Teoloyucan, Acolman, Chimalhuacán, La Paz, Chalco, Chicoloapan, Valle de Chalco y Milpa Alta, que casi en su totalidad (con excepción de Milpa Alta) pertenecen al Estado de México. En efecto, 75% de las AGEB de la ZMCM con mayores carencias se encuentra en el Estado de México (OECD, 2004: 54). Son precisamente estas localidades en cuyo proceso de urbanización han predominado las modalidades informales de acceso al suelo -en general salitroso, de escasa permeabilidad, propenso a las inundaciones y de baja resistencia-, las que han alcanzado mayores tasas de crecimiento demográfico en el periodo reciente.

La supresión progresiva de los subsidios y las políticas de libre mercado que se han aplicado desde los ochenta (que ciertamente también han afectado al mercado inmobiliario), junto con una política de depresión salarial, han ido empujando a los sectores más pobres hacia la periferia, donde hay mayor disponibilidad de viviendas baratas, sobre todo en el marco de fraccionamientos ilegales asentados en terrenos de propiedad ejidal (Hiernaux, 1999). No se trata de un desplazamiento forzado de los pobres, sino de estrategias de mercado cuyos efectos son tan extremos como las expulsiones (idem).

En efecto, ante el retiro del Estado la provisión de vivienda y servicios se vuelve más dependiente de los ingresos de la población, y las desigualdades se exacerban. En este sentido Nivón (2005) sostiene que se han construido espacios de segregación social, tanto de altos como de bajos ingresos, como consecuencia del debilitamiento de la gestión pública y del paulatino avance de la privatización. Mientras que los sectores de altos ingresos procuran “construir” sociedades homogéneas por donde no pueda filtrarse la desigualdad, los sectores más pobres se ven arrojados a ambientes ecológicos hostiles en donde el grupo se da a la tarea de crear condiciones de habitabilidad, con lo cual se abren espacios para una participación con diversos grados de verticalidad (idem).

A estas desventajas se suman las escasas oportunidades laborales locales: son los residentes de estas “ciudades dormitorio” quienes deben recorrer distancias más largas para trasladarse a su trabajo. Mientras que para el conjunto de las jurisdicciones metropolitanas 76.6% de la población ocupada trabaja en la jurisdicción en que reside o en alguna adyacente a la misma, en la periferia popular de desarrollo informal dicha proporción se reduce a 66.7% (Duhau, 2003). Los habitantes de estas áreas no sólo recorren cotidianamente largas distancias para trasladarse a sus trabajos, sino que sus niveles de ingreso revelan la alta precariedad de su inserción laboral. Según datos de 2000, en el estrato de ingresos más bajos (hasta 3 salarios mínimos) se ubicaba 42.9% de los hogares de la zona metropolitana, pero la participación de este estrato oscila desde 28.8% en las jurisdicciones centrales, a más del doble, 61.3%, en las periféricas de desarrollo informal (idem).

En contraste con lo que ocurre en el Gran Buenos Aires, donde la fragmentación urbana emerge como una expresión del deterioro y la polarización social que se han experimentado en las últimas dos décadas, en la Ciudad de México, junto a la creciente complejidad de su estructura urbana, las tendencias recientes muestran continuidades y la intensificación de pautas ya existentes. Duhau (2003) sugiere que más que una nueva geografía urbana, en el actual escenario se presenta una acentuación de los rasgos de una geografía urbana preexistente, puesto que la producción de espacios habitacionales suburbanos, la polarización social, la segregación residencial y la fragmentación de la estructura urbana no pueden ser consideradas novedades que emergieron en los últimos años. Fischer et al. (2003) observan dos elementos importantes al respecto. En primer lugar, la segregación residencial de la Ciudad de México nunca ha sido tan pronunciada como la de otras ciudades latinoamericanas. Segundo, si bien destaca la creciente importancia de la segregación a pequeña escala, la forma dominante continúa siendo la segregación a gran escala, determinada fundamentalmente por factores socioeconómicos.

Chimalhuacán: crecimiento y consolidación de áreas homogéneamente pobres

Chimalhuacán es el municipio de la ZMCM en donde se observa una mayor concentración de desventajas, y es también uno de los más pobres del Estado de México. Con una superficie de 57.8 km2 y una población cercana a 500 000 habitantes, es una de las localidades metropolitanas que han experimentado mayor crecimiento poblacional en los últimos años. En el periodo 1995-2000 la tasa de crecimiento poblacional de esta delegación fue 5.1%, tres veces mayor que la de la ZMCM (1.6%) y el doble que la del Estado de México (2.6 por ciento).

El factor de atracción poblacional, como vimos en la sección previa, no es ciertamente el mercado de trabajo local, sino la posibilidad de acceder a una vivienda propia, dada la disponibilidad de lotes a menores precios, generalmente ocupados en asentamientos informales mediante la autoconstrucción de viviendas. El acceso a estos lotes, así como la provisión de servicios públicos como agua, luz, pavimentación, etc., suelen estar ligados a ciertas prácticas clientelares y a los cacicazgos políticos que tienen el “control” de la zona.

En el cuadro 3 se advierte la altísima concentración de desventajas en esta localidad en relación con la ZMCM en su conjunto, y se observan las abismales brechas en términos de empleo, educación, ingresos, vivienda, etc., que separan a sus habitantes de quienes residen en las áreas privilegiadas de la ciudad, como la delegación Benito Juárez, que con Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc forma el núcleo de la “ciudad global” dentro de la Ciudad de México (Parnreiter, 2002). Se trata del contraste entre lo que Hiernaux (1999) denomina una “ciudad de calidad” (con condiciones de vida equivalentes o superiores a las de los países desarrollados) y la “ciudad sin cualidades”, la sociedad informalizada.

CUADRO 3.
Características seleccionadas de la población de la ZMCM, la delegación Benito Juárez y el municipio de Chimalhuacán, 2000

ZMCM Benito Juárez Chimalhuacán
Población
Población total 17 844 829 360 478 490 772
Población de 0-14 años (%) 28.3 17.7 36.4
Población de 65 años y más (%) 4.5 10.5 1.9
Población de 15-64 (%) 64.0 69.3 57.6
Relación niños-mujer 28.9 (DF ) 18.7 44.8
Salud
Población no derechohabiente a servicios de salud (%) 51.8 41.9 71.1
Educación
Población de 18 años y más con educación media superior (%) 22.8 26.7 13.5
Grado promedio de escolaridad (población 15 años o más) (%) 9.61 (DF) 8.03 (Edo. Méx) 12.09 7.1
Trabajo e ingresos
Población desocupada (%) 1.7 1.6 1.7
Población ocupada por cuenta propia (%) 20.3 17.8 23.0
Población que trabajó más de 48 horas semanales (%) 37.9 32.0 49.8
Población que trabajó menos de 32 horas semanales (%) 15.3 17.4 13.9
Población ocupada con 2 salarios mínimos mensuales o menos (%) 48.5 21.6 54.1
Población ocupada con más de 5 salarios mínimos (%) 15.0 41.6 4.3
Vivienda
Viviendas con techos de materiales precarios (%) 15.7 2.1 41.8
Viviendas con drenaje conectado a la red pública (%) 90.2 99.2 68.5
Viviendas que disponen de teléfono (%) 56.9 88.2 20.2
Viviendas que disponen de computadora (%) 17.0 41.7 2.1
Indigencia (pobreza alimentaria)* 5.7 (DF) 24.9% (Edo. Méx) 0.71 53.4

TFN6FUENTE: Elaboración propia con base en datos del Scince por colonias (Sistema para la Consulta de Información Censal), 2000, INEGI.


Como en el caso de Florencio Varela, la magnitud de las privaciones en Chimalhuacán es alarmante: más de la mitad de sus pobladores son indigentes (o “pobres alimentarios”, según datos de la propia Sedesol); la relación de niños por mujer casi duplica las cifras de la zona metropolitana; la población menor de 14 años alcanza 36.4%; 7 de cada 10 habitantes no tienen acceso a los servicios de salud que provee el sistema de seguridad social; casi 9 de cada 10 mayores de 18 años carecen de educación media superior (menos de 12 años de educación); sólo 2.1% de las viviendas dispone de computadora; y 32% no cuenta con drenaje conectado a la red pública. Entre la población ocupada más de la mitad gana menos de dos salarios mínimos (aproximadamente 200 dólares), sólo 4.3% recibe más de cinco salarios mínimos, y 5 de cada 10 trabajan más de 48 horas semanales (cuadro 3).

Al observar los procesos de migración intrametropolitana percibimos que estas desventajas se refuerzan y potencian. Arriagada y Rodríguez (2003) destacan la alta correlación entre la selectividad educativa de los flujos migratorios intrametropolitanos y su destino, lo que tiende a profundizar la segregación residencial socioeconómica. La diferencia entre la escolaridad de los inmigrantes y la de los emigrantes intrametropolitanos en la ZMCM muestra que aumentan las comunas perdedoras netas de recursos humanos. En general las localidades con mayores niveles educativos -como las delegaciones Benito Juárez, Coyoacán y Miguel Hidalgo- tienden a registrar mayores ganancias de capital humano por migración. En las comunas más pobres y de menores niveles educativos se observa una tendencia opuesta (véase el cuadro 4). Así por ejemplo, quienes migran hacia los municipios más pobres (como Chimalhuacán) desde los municipios vecinos (Iztapalapa, Nezahualcóyotl, La Paz, Iztacalco) cuentan con menos años promedio de educación que los no migrantes, mientras los que emigran de Chimalhuacán son precisamente quienes poseen en promedio mayores niveles educativos (idem).

CUADRO 4.
Media de escolaridad de no migrantes, inmigrantes y emigrantes intrametropolitanos en las localidades de mayor y menor escolaridad promedio de la ZMCM, población de 20 a 45 años; 2000

Localidades con mayor promedio de escolaridad Escolaridad inmigrantes intrametropolitanos Escolaridad emigrantes intrametropolitanos Escolaridad no inmigrantes Diferencia escolaridad inmigrantes y emigrantes intrametropolitanos Diferencia escolaridad inmigrantes intrametropolitanos y no migrantes Diferencia escolaridad no migrantes y emigrantes intrametropolitanos
Benito Juárez 13.7 12.6 13.6 1.17 0.14 1.0
Coyoacán 13.7 12.2 11.5 0.95 1.61 0.7
Miguel Hidalgo 12.2 11.9 11.2 0.27 0.98 0.7
Localidades con menor promedio de escolaridad
Tizayuca 7.6 9.3 8.4 -1.76 -0.55 -1.2
Chimalhuacán 7.5 8.0 7.4 -0.47 0.13 -0.6
Valle de Chalco Solidaridad 8.3 7.8 7.1 0.52 1.24 -0.7

Como lo muestra el análisis de esta localidad, los flujos migratorios, a la par de los factores de privación material antes mencionados, contribuyen a consolidar áreas “homogéneamente” pobres donde las desventajas se acumulan y concentran, con lo que evidencian el rol clave que desempeña la dimensión socioterritorial en los procesos de exclusión social.

Conclusiones

Si bien las dos localidades que hemos analizado muestran claramente la concentración de desventajas propias de estos espacios de pobreza homogénea (en términos de ingreso, vivienda, educación, precariedad laboral, etc.), hay algunos contrastes que merecen resaltarse, y que podrían estar indicando diferentes implicaciones en cuanto al “aislamiento” de los pobres urbanos.

Como expone Prévôt Schapira (2001), si bien los procesos relacionados con la “globalización” complican la estructura socioespacial de las ciudades, esto no explica todo: no borra las “viejas historias”, y se incorpora a procesos endógenos agudizando o activando viejas divisiones. Este elemento adquiere particular relevancia para el tema que nos ocupa, y reafirma un argumento clave en este texto: la necesidad de explorar las continuidades y rupturas de la pobreza estructural en el nuevo escenario, donde las trayectorias nacionales tienen una importancia fundamental junto a las realidades locales.

Un elemento de particular relevancia al respecto es la presencia e incidencia del desempleo en estas áreas, ligado a las formas que asume la relación entre el desempleo, la precariedad laboral y la pobreza en los respectivos contextos nacionales, donde el ajuste del mercado de trabajo ha seguido caminos sumadamente contrastantes. 16

En el Gran Buenos Aires, y particularmente en Florencio Varela, la combinación de la pobreza y el desempleo limita fuertemente las posibilidades de movimiento o salida de la localidad y genera situaciones de progresivo aislamiento. Así, al problema de los trabajos precarios (inestables, bajos salarios, desprotegidos, etc.) se suma el de la falta de trabajo. No es sólo un problema de ingresos insuficientes, sino de ausencia de ingresos ante la alternancia de empleos precarios y de recurrentes periodos de desempleo. Tal alternancia, como ya dijimos, ha constituido un verdadero punto de ruptura para los residentes de estos enclaves de pobreza.

En contraste, en el caso de Chimalhuacán en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México la alta concentración y homogeneidad de la pobreza no se asocia con una fuerte presencia del desempleo. Aquí los pobres “activos” trabajan largas jornadas y recorren grandes distancias durante varias horas para llegar a sus empleos, en general precarios, desprotegidos y muy mal remunerados. Esta realidad da cuenta de los circuitos de empleo informales y de baja calidad en que se inserta la mayor parte de los trabajadores residentes en la zona. En otros términos, en los contextos donde los problemas de empleo son de larga data, la economía informal y los lazos de solidaridad primaria pueden ser un sostén y una forma de integrarse a la sociedad, aunque a la sociedad subalterna (Estivill, 2003). Estas áreas tienden a presentar ciertas características que algunos autores asocian a la creciente malignidad de la segregación en áreas de pobreza homogénea: deserción o retraso escolar, embarazo adolescente, violencia, actividades delictivas, inseguridad, consumo de drogas y alcohol, etcétera.

Sin embargo, como manifiestan Arriagada y Rodríguez (2003), el espacio residencial no es el único en donde interactúan los individuos o grupos sociales, y en Chimalhuacán es probable que muchos de sus residentes, dados los largos tiempos de traslado a sus trabajos, pasen la mayor parte del día fuera de su localidad. En términos generales no parece tratarse de un aislamiento en cuanto a falta de encuentros y comunicación entre los miembros de un grupo en particular, sino fundamentalmente entre grupos. El aislamiento social puede expresarse mejor como la construcción de muros entre sectores sociales, es decir, la coexistencia de grupos diferentes pero sin interacción (Saraví, 2006). Es necesario profundizar el trabajo cualitativo al respecto a fin de explorar las dimensiones subjetivas de estos procesos y las formas que éstos adquieren en contextos específicos. La privación persistente y el aislamiento social no necesariamente coinciden, y sus implicaciones en las “realidades” de la pobreza pueden ser diferentes.

Si bien los diversos contextos imprimen su sello particular a estas realidades, pretendemos resaltar que la concentración espacial de desventajas no constituye un fenómeno coyuntural. Los bajos niveles educativos y las restricciones que imponen las redes sociales, independientemente de los niveles de desempleo y de la intensidad del crecimiento económico, bloquean el acceso de los habitantes de estas zonas a los puestos de trabajo que les permitirían superar los umbrales de pobreza. El empleo no sólo es un bien cada vez más escaso, sino de muy baja calidad. El acceso a mejores oportunidades ocupacionales está fuertemente determinado por la posesión de habilidades y destrezas cognitivas, a las cuales amplios sectores tienen bloqueado el acceso.

En este escenario emergen, se consolidan y profundizan patrones de integración y pertenencia social altamente segmentados y polarizados. La multiplicación de situaciones de desventaja difícilmente puede abordarse desde perspectivas y políticas que reducen lo social a los sectores de extrema pobreza, y que profundizan el dualismo y la segmentación social. Las políticas públicas no pueden seguir “esquivando” el problema de la desigualdad y sus implicaciones en términos de ciudadanía. Esto plantea la necesidad de repensar y rediseñar tales políticas desde una perspectiva integral e incluyente orientada a reducir las desigualdades permanentes y autorreproductivas, tanto por medio del fortalecimiento de la ciudadanía como de la asistencia a los grupos social y económicamente más vulnerables.





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Notas al pie:

1.

fn1 Ambos países presentaban notables diferencias respecto a sus condiciones iniciales a comienzos de los noventa en términos de desigualdad y pobreza, en la importancia de las clases medias en su estructura social, sus tradiciones laborales y niveles de protección social, mecanismos de ajuste del mercado de trabajo y modos de inserción en la economía internacional. Sin embargo, como resultado del profundo y extendido deterioro del empleo, de los niveles inéditos de pobreza y desigualdad alcanzados en Argentina en los noventa -y su agudización resultante de la crisis de 2001- y de la persistencia y profundización de una estructura social altamente segmentada e inequitativa en México, ambas sociedades presentan hoy mayores similitudes que a inicios de la década en términos de inequidad distributiva (idem).

2.

fn2 Este trabajo se inscribe en un proyecto de investigación más amplio actualmente en curso que analiza desde una perspectiva comparada y multidimensional las formas que asume la precariedad social en el nuevo escenario económico de México y Argentina, básicamente a partir de la década de los noventa.

3.

fn3 Massey (1996) destaca entre los procesos que bloquean la movilidad social la emergencia de una estructura económica caracterizada por el estancamiento de los ingresos medios, una creciente desigualdad, y una notable rigidez de la estructura social. Coarta la movilidad espacial una marcada segregación de clase que en algunos lugares resulta exacerbada por una deliberada exclusión racial y étnica (idem).

4.

fn4 El mercado de trabajo experimentó niveles de desempleo y precariedad previamente desconocidos; la pobreza se extendió aceleradamente hasta alcanzar grados sin precedentes en la historia reciente del país, y el dramático incremento de la desigualdad convirtió al país de la “extensa clase media” en una típica sociedad dual con un profundo vacío entre ricos y pobres. Entre 1980 y 2001 el desempleo en el Gran Buenos Aires creció más de ocho veces, pues pasó de 2.3 a 19.0%; los hogares con ingresos inferiores a la línea de pobreza pasaron de 6.1 al 25.5%, y el índice de Gini se incrementó de 0.385 a 0.516 en sólo dos décadas (INDEC, EPH, varios años).

5.

fn5 El Gran Buenos Aires es un aglomerado urbano sin límites de continuidad integrado por la Ciudad de Buenos Aires (capital del país) y 24 partidos de la Provincia de Buenos Aires. Estos partidos conforman el Conurbano Bonaerense, el cual puede a su vez subdividirse conforme a dos criterios distintos. Una primera clasificación se basa en la ubicación geográfica de los partidos respecto a la Ciudad de Buenos Aires. Se distingue así entre la primera corona o cordón, integrada por los partidos que limitan con la Ciudad de Buenos Aires, y los que se encuentran más allá de este primer anillo que rodea a la capital, que forman el segundo cordón. El segundo criterio se basa en un conjunto de indicadores socioeconómicos con que se agrupa a dichos partidos en cuatro categorías: C.B.1, C.B.2, C.B.3 y C.B.4. Mientras la primera de estas clasificaciones facilita una mejor contextualización del nuevo proceso de suburbanización, la segunda contribuye al análisis del proceso de consolidación y homogeneización de la pobreza.

6.

fn6 Este proceso fue relativamente tardío en Buenos Aires si se le compara con los fenómenos del mismo tipo que se presentaron en otras metrópolis norteamericanas y latinoamericanas, donde adquirieron relevancia a partir de los años noventa (Torres, 2001).

7.

fn7 Mientras el ritmo de crecimiento se desaceleró en todo el Conurbano, en Florencio Varela la desaceleración fue más lenta, por lo que el crecimiento que experimentó en el último periodo intercensal fue aún muy intenso. Entre 1970 y 1980 la tasa de incremento medio anual por mil habitantes fue de 24.3 en el Conurbano y de 57.9 en Florencio Varela; entre 1980 y 1990 de 14.5 y 37.2; y entre 1991 y 2001 de 8.2 y 29.9 respectivamente.

8.

fn8 La política de transporte público tuvo fuertes efectos en la producción de desigualdades económicas y territoriales al agudizar las dinámicas excluyentes de los procesos de reestructuración económica. Junto a la privatización de los servicios ferroviarios y de la red de subterráneos y a la desregulación del sistema de autotransporte metropolitano llevadas a cabo entre 1994 y 1995, las tarifas de todos los medios de transporte público ascendieron considerablemente: entre 1991 y 1998 la tarifa media de autotransporte de jurisdicción nacional aumentó 242%, la del subterráneo 61%, y la del ferrocarril 32% (Gutiérrez, 2000). En el actual escenario las nuevas formas de suburbanización no se desarrollan dentro del perímetro de influencia de la extensa red de de ferrocarriles suburbanos de Buenos Aires, sino fuera de él. En los ejes de influencia de las nuevas autopistas ya no son protagonistas los trabajadores urbanos, sino los grupos de más altos ingresos (Torres, 2001).

9.

fn9 Información proveniente del Idel (Instituto para el Desarrollo Local), Municipalidad de Florencio Varela <http://www.idel.gov.ar/municipio/infopartido.asp>.

10.

fn10 La extensión de la cobertura de servicios básicos -como la educación y la atención de la salud- fue acompañada por menores niveles de calidad (en comparación con los países del cono sur) y grandes disparidades regionales en su provisión, tanto en términos cuantitativos como cualitativos. La segmentación de los servicios sociales fue más profunda, no sólo por la menor cobertura de los servicios básicos, sino por la mayor extensión del sector informal. Junto a los menores niveles de asalarización, los ingresos y beneficios vinculados al empleo formal no fueron tan significativos como en los países de desarrollo temprano (Bayón, 2006). A pesar de que se redujo la desigualdad en la distribución del ingreso entre 1963 y 1984, la inequidad en la distribución de los beneficios del crecimiento persistió aun en los “años dorados”, y al finalizar el periodo el 20% más rico percibía más de 50% del ingreso disponible, y casi 6 de cada 10 mexicanos seguían viviendo en condiciones de pobreza (Moreno Brid y Ros, 2004). Una visión de la década de los noventa en su conjunto muestra la transferencia de ingresos de los hogares más pobres a los más ricos, en tanto que la posición relativa de los hogares con ingresos intermedios no experimentó variaciones notables. A partir de la entrada en el TLCAN, y como producto de la crisis de 1995 y sus secuelas, no sólo se redujo el dinamismo del crecimiento del poder adquisitivo de los mexicanos, sino que sólo favoreció a 10%, los más ricos, a costa del deterioro de las percepciones reales del resto de los hogares, especialmente del 30% más pobre de la población. Así, hacia el año 2000 la desigualdad era semejante a la de los años sesenta (Hernández Laos, 2003).

11.

fn11 Esta definición de la ZMCM se basa en el Marco Geoestadístico del XII Censo General de Población y Vivienda 2000.

12.

fn12 En el oeste (Naucalpan, Huixquilucan, Álvaro Obregón, Cuajimalpa), junto a los barrios pobres han ido surgiendo zonas residenciales para la clase alta (generalmente como barrios cerrados) y también modernos complejos de oficinas. En el centro de la ciudad, por ejemplo en Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc, o en Coyoacán al sur, colindan las zonas residenciales de diferentes grupos sociales (Parneiter, 2005).

13.

fn13 Según datos de Boltvinik (2002), de acuerdo con el MMIP (método de medición integrada de la pobreza) la población pobre (pobres extremos y moderados) en la ZMCM creció de 53.8% en 1984 a 61.3% en 2000.

14.

fn14 Se prevé que el componente de la ZMCM que no corresponde al Distrito Federal incrementará su participación en la población regional de 51.9% en 2000 a 55.3% en 2010 y 56.2% en 2020 (OECD, 2004).

15.

fn15 Según datos censales de 1990, en las tres delegaciones correspondientes al estrato alto (Miguel Hidalgo, Benito Juarez y Cuauhtémoc) 36.4% de la población pertenecía a las unidades de estrato alto de las AGEB y 63.1% estaba ubicada en los estratos medios. En cambio, en los nueve municipios y una delegación clasificados como muy bajos, 79.4% de la población se encontraba en las AGEB correspondientes al estrato muy bajo y 18% al estrato bajo (Rubalcava y Schteingart, 2000: 294).

16.

fn16 Si bien en Argentina los niveles de pobreza en la población total superaron a los de México en 2002, la incidencia de la pobreza entre los ocupados fue similar en ambos países, lo que estaría indicando una más fuerte asociación entre el empleo y la pobreza en México, y una mayor incidencia del desempleo en los sectores de menores ingresos en Argentina. Para un análisis más detallado véase Bayón (2006).


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ESTUDIOS DEMOGRÁFICOS Y URBANOS, vol. 34, núm. 3 (102), septiembre-diciembre, 2019, es una publicación electrónica cuatrimestral editada por El Colegio de México, A.C., con domicilio en Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, alcaldía Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, tel. +52 (55) 5449 3031, página web: www.colmex.mx, correo electrónico: ceddurev@colmex.mx. Editor responsable: Manuel Ángel Castillo. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo: 04-2016-031810381800-203, ISSN impreso: 0186-7210, ISSN electrónico: 2448-6515, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Leticia Argüelles, Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, alcaldía Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México. Fecha de última modificación, 09 de septiembre de 2019.

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