Castillo, Manuel Ángel, Mónica Toussaint y Mario Vázquez Olivera, Espacios diversos, historia en común. México, Guatemala y Belice: la construcción de una frontera, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2006, 288 p.

Gustavo Palma Murga*

Investigador en la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales (Avancso) y profesor de Historia de Guatemala en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Correo electrónico: enrique28pm@google.com.

Estudios demográficos y urbanos, 2007


El objetivo central del libro

La constatación inicial de este libro es que las actuales fronteras entre México y Guatemala son el resultado de los tratados firmados en 1882 entre ambas naciones. ¿Cómo se llegó a esos tratados? ¿Qué ocurrió antes, durante y después de tales negociaciones?

En sus 284 páginas, intercaladas con abundante e interesante iconografía, encontramos una exposición cronológica bastante detallada que con la mayor claridad posible busca problematizar los distintos momentos por los que se transitó en la búsqueda del establecimiento de esos límites internacionales, con un evidente énfasis en la perspectiva mexicana.

De manera general, y como se indica en la parte conclusiva del libro, los autores identifican tres etapas principales en las dinámicas que se dieron en el ámbito de la definición de la frontera, obviamente desde la mencionada perspectiva:

Una primera en la que el factor determinante continuó siendo la tensión existente entre las partes, debida a cierta insatisfacción ante la manera en que habían sido resueltos los diferendos territoriales de forma inicial. Tales procedimientos dificultaron el establecimiento de mecanismos conjuntos de supervisión, conciliación de diferencias y cooperación en temas fronterizos, produciéndose algunos incidentes en esas zonas.
Una segunda en la que las preocupaciones en torno a la frontera giraron alrededor de los posibles efectos de la crisis guatemalteca y centroamericana de los años setenta y ochenta del siglo xx, con repercusiones específicas en el sureste mexicano.
Una tercera, más reciente, en la que el acento se ha puesto en encarar los retos de la geopolítica contemporánea. Aquí confluyen factores como el conflicto chiapaneco, las propuestas de integración económica regional, el problemático tema del manejo de los recursos naturales, al igual que la adopción de nuevos criterios de seguridad.

A lo largo del libro encontramos interesante información mediada por un análisis que busca situarse de manera equilibrada entre ambos polos en tensión. En tal sentido, debe mencionarse que la documentación consultada -bibliográfica y documental- es bastante amplia y compleja. Aunque, y sin que ello signifique desmedro de la calidad del trabajo, es evidente que la mayoría de fuentes consultadas es de proveniencia mexicana, sin haber descuidado por supuesto algunas existentes del lado guatemalteco. Quizás el análisis hubiese sido mucho más rico si se hubiesen explorado más fuentes guatemaltecas que hubieran permitido contrastar aún más las distintas perspectivas en torno a la problemática tratada.

A este respecto vale la pena mencionar que aunque del lado guatemalteco no son muchos los aportes historiográficos existentes relacionados con el tratamiento histórico de este tema, la cita de los más importantes de ellos hubiese permitido entrar en mayores detalles al momento de “leer” la perspectiva guatemalteca sobre este problema. Por ejemplo, no fueron citados en este trabajo obras como: Límites entre Guatemala y México,1La memoria sobre la cuestión de límites entre Guatemala y México presentada al Señor Ministro de Relaciones Exteriores por el Jefe de la Comisión Guatemalteca Claudio Urrutia,2 así como el artículo que en el tomo iv de la Historia general de Guatemala escribió don Luis Aycinena Salazar sobre este tema.3 Sin embargo, y sin temor a equivocarme, puedo asegurar que el estudio serio y sistemático de este asunto es una “asignatura pendiente” que tiene la historiografía guatemalteca.

Sobre la problematización conceptual del tema de estudio

Como punto de partida del libro son importantes las preguntas problematizadoras iniciales que en él se plantean relacionadas con lo que se ha de entender por frontera. A este respecto es central la propuesta de una definición general que identifica la frontera como “estructuras espaciales elementales de forma lineal, con función de discontinuidad geopolítica y de realización, de referencia en los tres registros de lo real, lo simbólico y lo imaginario”. Con esta definición se nos está indicando la complejidad de ámbitos que se cruzan e interactúan de manera permanente en la misma.

De manera estrechamente vinculada, y como un resultado natural de esos procesos de conformación de zonas fronterizas, está el tema de la región. En este libro queda ampliamente evidenciado cómo de ambos lados de la línea divisoria se generaron y reprodujeron una serie de dinámicas económicas, políticas, sociales y culturales que tenían como eje promotor y aglutinador la zona misma de frontera. Es interesante la constatación que hacen los autores sobre las diversas regiones que en ese entorno se conformaron. Además, y es un dato importante a retener, se evidencia que tales procesos se dieron desde una doble dinámica: por un lado, como resultado de las políticas generales promovidas desde los ejes centrales de poder político -el Estado y sus instituciones-, así como desde los “grandes intereses económicos nacionales”; y, por otro, a partir de las dinámicas económicas y políticas específicas de las regiones aledañas a la zona fronteriza.

Son ampliamente abordadas en el libro las diferencias que registraron los procesos ocurridos en la zona soconusquense-chiapaneca y en la zona vecina a El Petén. En ambos casos éstas estuvieron fuertemente imbricadas con anteriores procesos históricos que ocurrieron de manera diferenciada en esos territorios.

En ese sentido es importante la opción que se tomó en este libro al considerar que las regiones tienen dinámicas asociadas en parte a su ubicación territorial y a su condición de límite, pero también a la dimensión que adquieren por los vínculos que se establecen a partir de la función de vecindad que cumplen, de manera más o menos intensa e interactiva, con el territorio y sociedad contiguos. En el libro hay un apartado relacionado con la frontera sur y sus regiones. No contamos con estudios que permitan establecer cuál era la situación -desde una perspectiva histórica- para el caso guatemalteco, aunque sí existen algunos aportes recientes sobre las actuales dinámicas allí existentes.

También es importante la entrada propuesta por los autores en cuanto a “las visiones sobre la frontera”, en especial al considerar que resulta insuficiente el concepto de frontera límite para describir y analizar procesos dinámicos que han sido parte de la historia de la conformación de la misma. En ese sentido consideran importante el trascender la visión de “frontera frente”, definida desde el poder central, hacia otra en la que se plantee que si bien se trata de delimitaciones oficiales, no por ello dejan de existir estrechas dinámicas entre ambas zonas de frontera.

En esa dirección se hace una crítica a la perspectiva que -desde los centros de poder- visualiza a la frontera como “espacio limítrofe de uno de los lados”, contraponiéndola con otra en la que subyacen procesos que le otorgan identidades -a partir de complejos procesos- que no necesariamente responde a la perspectiva centralista y centralizadora.

También vale la pena señalar la imbricación que en el libro se destaca entre determinantes geográficas y la diversidad de fronteras construidas. A este respecto los autores señalan que casi siempre el concepto de territorios fronterizos está relacionado con los vínculos de comunicación entre territorios vecinos. En el caso estudiado quedan evidenciadas las particularidades que estas características presentan, diferenciando las dinámicas generadas en el sureste chiapaneco, que fueron bastante distintas de las ocurridas en la zona norte petenera.

Otro elemento abordado es el demográfico, como un requisito para el desarrollo de dinámicas económicas, políticas, sociales y culturales. En ese sentido son nuevamente palpables las diferencias históricas entre los espacios antes mencionados. Mientras que el sureste chiapaneco-guatemalteco siempre ha registrado importante presencia humana, en la zona adyacente a Petén, ésta ha sido -hasta muy recientemente- bastante escasa y dispersa. Tales asimetrías poblacionales se tradujeron y condicionaron el desarrollo de procesos específicos de dinamización de los intercambios materiales y sociales.

A este respecto es importante detenerse en dos aportes investigativos recientes que desde la historia y la etnohistoria nos ilustran sobre la trashumancia humana que de larga data ha existido en esas zonas. Por un lado, están los estudios que se han venido haciendo en torno al denominado “Lienzo de Quauhquecholan”, elaborado en la primera mitad del siglo XVI por dos pueblos de indios localizados en los contornos de la ciudad mexicana de Puebla, y en el que se ilustra -entre otras cosas y de manera interesante- el conocimiento que ya entonces se tenía sobre la existencia de vías de comunicación entre el altiplano mexicano y el guatemalteco.4 Por otro lado, están las investigaciones y publicaciones que la doctora Laura Caso ha venido realizando sobre la población itzá establecida desde tiempos inmemoriales en las tierras bajas peteneras, en las que ilustra acuciosamente las dinámicas bajo las que interactuaban estos grupos antiguos a lo largo y ancho de buena parte de la plataforma continental que ahora comprende El Petén, Campeche, Tabasco y Quintana Roo.5 Ambos estudios aportan al conocimiento de los constantes desplazamientos de población que existieron en tan vastos territorios. En ellos se demuestra el activo papel que los grupos de población local de esas zonas jugaron desde mucho tiempo atrás. Procesos que, a partir de la proclamación de las respectivas independencias, fueron paulatinamente “nacionalizados”.

En cuanto a la gestación de la frontera, los autores la hacen coincidir con los procesos de conformación de los estados que surgieron como consecuencia de la independencia política de España. Haría falta profundizar el estudio sobre el proceso de conformación de las fronteras territoriales ocurrido durante el periodo antiguo y el colonial. A partir de los estudios realizados al respecto es posible inferir que, en términos generales, éstos se asentaron con base en viejas delimitaciones territoriales originadas durante la época antigua. Un caso ilustrativo al respecto es el de la antigua alcaldía mayor de Ciudad Real de Chiapa que aglutinó a gran número de pueblos que, sobre todo durante el periodo próximo anterior a la invasión europea, habían guardado cierta distancia del centro de poder originado en Tenochtitlan y que mantenían más lazos de identificación con las entidades políticas establecidas en las tierras altas guatemaltecas. En el caso de El Petén, los estudios de la doctora Caso apuntan a establecer que el llamado Petén Itzá fue el corazón desde donde, sobre todo durante el llamado periodo posclásico, se produjeron importantes migraciones hacia la actual península de Yucatán, manteniéndose durante el periodo colonial débiles vínculos económicos con Guatemala y más continuos con el norte peninsular yucateco.

Sobre los procesos históricos

El libro es bastante prolijo en dar cuenta de los procesos ocurridos a partir de 1821 en torno a la cuestión del establecimiento de límites. Sin ser el interés central del estudio, se proporcionan elementos que permiten comprender lo esencial de los vaivenes que caracterizaron a la política guatemalteca durante todo el siglo XIX en torno a este problema.

En Guatemala, y desde una visión historiográfica tradicional, se insiste en la pérdida de los territorios de Chiapas y Soconusco. Pocos, pero sobre todo poco divulgados, han sido los estudios históricos que permitan construir argumentos para sustentar tal interpretación. En ese sentido es interesante la lectura histórica que en el libro se hace sobre el proceder de Rafael Carrera y sobre todo de Barrios en ese asunto.

Una revisión somera de la producción historiográfica sobre la temática de la construcción de las fronteras internacionales de Guatemala revelaría que ésta no ha sido privilegiada como objeto de estudio. Y tal vez por mojigatería nacionalista siempre se han ocultado, porque se han investigado muy poco, las razones que llevaron a estos gobernantes a proceder de la manera en que lo hicieron, especialmente en el caso de Barrios. En el caso de Carrera y la negociación de límites con Belice, aún hasta hoy se sigue esgrimiendo el incumplimiento, por parte de Inglaterra, de lo acordado en los tratados suscritos entre ambos gobiernos en la década de 1850. Sin embargo muy poco se han divulgado -en términos generales- los respectivos procesos de argumentación y negociación por parte de Guatemala. En el caso de Barrios, en el libro se plantea que su proceder estuvo estrechamente vinculado a sus intereses expansionistas hacia el resto de la región centroamericana, por lo que éste consideró imprescindible sellar las diferencias limítrofes con México para evitar cualquier problema en ese flanco territorial. No tenemos en la producción historiográfica guatemalteca obras que nos ilustren de manera profunda y detallada sobre esos procesos, y que nos permitan superar perspectivas puramente nacionalistas.

En todo caso es interesante constatar en las páginas del libro cómo la cuestión de límites entre ambas entidades fue un asunto que ocupó parte de la agenda política de los primeros gobernantes centroamericanos y guatemaltecos a partir de 1821. No obstante, y quizá por falta de pericia para negociar o por los altibajos políticos que se vivieron durante casi todo el siglo xix en Guatemala y Centroamérica, no se lograron promover políticas activas, continuas y enérgicas al respecto.

En el libro se ilustran de manera pormenorizada los sucesivos procesos llevados a cabo durante el siglo XIX con el propósito de dirimir el conflicto de límites, quedando bastante claro que la iniciativa casi siempre fue tomada por la parte mexicana. Por la parte guatemalteca se resaltan las contradicciones en las que se incurrió -sobre todo durante el periodo gubernativo de Barrios- en dicho proceso. Nuevas investigaciones por parte de historiadores guatemaltecos podrían darnos luces para establecer si tales contradicciones obedecían a una política definida o si, por el contrario, fueron resultado del poco interés acordado al tema en cuestión, dado que sus intereses se encontraban focalizados hacia la región centroamericana.

Es interesante leer y enterarse de la diversidad de iniciativas -no siempre coincidentes- que se generaron en territorio mexicano en torno a la cuestión de los límites y los derechos reclamados por México sobre esos territorios, bastante vinculadas a los procesos de consolidación de los poderes centrales y centralizadores en dicha nación. En todo caso, a mediados del siglo xix el discurso oficial de la “mexicanidad” de Chiapas y Soconusco era más que evidente en esos territorios. ¿Qué pensaba la élite política y económica guatemalteca al respecto? ¿Qué opiniones se vertían en los medios de comunicación guatemaltecos? ¿Cuál fue el impacto del efímero Estado de los Altos en ese problema? Preguntas cuyas respuestas podrían enriquecer una nueva lectura sobre esta temática.

Sin embargo es importante no olvidar las evidentes asimetrías que acompañaron a esos procesos. En el caso mexicano, la secesión de Tejas fue un factor decisivo para que no se repitiera otra experiencia similar. Mientras que del lado guatemalteco podría hipotetizarse que la falta de audacia para resolver favorablemente tales diferendos estuvo estrechamente vinculada a la precariedad institucional y económica que este país vivió a lo largo de prácticamente todo el siglo XIX.

Por otro lado, llaman la atención las diversas estrategias que México implementó en el proceso de delimitación fronteriza con Guatemala. Mientras que desde un principio la nación vecina mostró un claro interés por definir y afirmar los intereses mexicanos sobre Chiapas y Soconusco, no ocurrió lo mismo ni con la misma intensidad -en principio- con el caso de la frontera adyacente con El Petén. Más preocupación le causó la definición de límites con Belice, en donde la otra parte implicada era Inglaterra. Quedaba de por medio un vasto territorio que más bien se fue definiendo en términos limítrofes a partir del establecimiento de las compañías madereras en ese amplio espacio. También resulta interesante informarse sobre las consecuencias que la llamada “Guerra de Castas”, que sacudió a buena parte de la península yucateca, tuvo en las relaciones mexicano-inglesas, más que con Guatemala.

En otro nivel de análisis, es interesante informarse sobre los entrecruces, no siempre armoniosos, entre los intereses políticos y económicos regionalistas y los de carácter nacional. Esto es más que evidente en el caso chiapaneco, en donde durante cierto tiempo se difundió la idea de la autonomía. Frente a estas tendencias, el gobierno central mexicano reaccionó con energía para impedir que tales iniciativas pudieran tener resultados positivos. La frase “aquí sabemos obedecer” resume el éxito de la perspectiva centralizadora mexicana en una región en la que el separatismo podía tener algunas posibilidades de éxito. Otro tanto, aunque mediante otros mecanismos, puede decirse de los eficaces esfuerzos de Carrera por impedir la consolidación del Estado de los Altos.

Otro aspecto que queda bastante bien dibujado en este libro es el de que a pesar de los esfuerzos estatales para fijar de manera definitiva los límites entre ambas repúblicas, se registró la pervivencia de antiguos vínculos y relaciones sociales y económicas que trascendían los linderos estatales. Tal el caso de las complejas redes comerciales formales e informales que operaban -y siguen operando- en ambas direcciones y, de manera más evidente y continuada, el trasiego permanente de personas -sobre todo desde las zonas aledañas guatemaltecas- hacia Chiapas y Soconusco por razones laborales. En este segundo aspecto queda claro el importante papel que desempeñó el desarrollo del cultivo del café en ambos lados de la frontera soconusquense-guatemalteca. En el caso de la frontera petenero-mexicana privaron más los conflictos suscitados a partir de la ya mencionada “Guerra de Castas” que amenazó con segregar y autonomizar a buena porción de ese territorio, al igual que los conflictos originados debido a la presencia de las compañías extractoras de madera. En tal sentido, para el gobierno mexicano ello le implicó otro tipo de preocupaciones, más vinculadas con su interés por afianzar la “mexicanidad” de esos territorios.

Una vez iniciado el proceso formal de establecimiento de límites, quedaron claros los intereses económicos que subyacían y que se hacía necesario acotar y delimitar. Mientras en el caso chiapaneco se trató de intereses más vinculados a las dinámicas poblacionales allí existentes, en el caso de la parte correspondiente a Petén lo fueron los intereses económicos que esas vastas zonas ofrecían.

No fue sino hasta finales del siglo XIX que se encaminaron procesos diplomáticos formales y sostenidos con el propósito de llegar a acuerdos concretos. Procesos que culminaron con la firma del Tratado de Límites entre México y Guatemala en 1882. En consecuencia, las reclamaciones territoriales y monetarias que Guatemala había planteado fueron condenadas a nunca prosperar. ¿Falta de capacidad negociadora por parte de la diplomacia guatemalteca? ¿Realismo político por la parte guatemalteca ante el peso real que imponían las asimetrías implícitas entre las partes negociadoras? ¿La primacía de los intereses políticos anexionistas de Barrios respecto a Centroamérica? ¿La esperanza por parte de Guatemala de recibir un apoyo más directo y decidido por parte de Washington? Éstas y otras preguntas más están aún pendientes de respuesta por parte de la historiografía guatemalteca. Preguntas a las que se podrían agregar otras relacionadas con el juego de intereses económicos que se desarrolló en torno al cultivo del café en el caso de la frontera sur guatemalteco-mexicana. ¿Siendo alemanes provenientes de Guatemala, importantes promotores del café en el Soconusco y en el occidente de Guatemala, no llegaron a desarrollar intereses nacionalistas de uno y otro lado de esa frontera por su condición de inmigrantes? ¿Pesaron de igual manera intereses personales -el caso de Matías Romero en Soconusco y de Barrios en San Marcos- para encauzar de determinada manera esos procesos y las soluciones acordadas?

Como balance de tales negociaciones, para Guatemala vale la pena establecer -y el libro lo plantea así- que éstas implicaron la pérdida de territorio y población. Mientras que México apenas perdió un solo pueblo y alrededor de 2 500 habitantes, Guatemala perdió 10 360 km2 así como 14 pueblos, 19 aldeas y 54 caseríos con más de 15 mil habitantes. La pérdida más grande para Guatemala fue el territorio de El Lacandón (cerca de 5 000 km2).

En todo caso, y como lo plantea el libro,

hasta bien entrado el siglo xx la construcción social de aquellos territorios estuvo dominada por dinámicas locales e intereses privados que se habían consolidado -para el caso mexicano- durante el porfiriato, concentrados mayormente en torno de los latifundios cafetaleros, en el caso de Soconusco -y también del lado guatemalteco aledaño-, y la explotación intensiva de recursos silvícolas y forestales, actividad que abarcaba la Selva Lacandona y los bosques tropicales de Campeche y Quintana Roo -y de El Petén para el caso guatemalteco.

Vuelo a citar del libro:

El fracaso de México en hacerse de aliados duraderos entre las repúblicas centroamericanas, la inviabilidad de sus iniciativas económicas, así como el declive de su influencia política en el área, minimizaron el papel de la frontera chiapaneca como puerta de acceso a dicha región. En esa misma medida tampoco interesó demasiado mejorar la infraestructura para el tránsito internacional, ni las comunicaciones terrestres con las remotas localidades fronterizas, con lo cual tendió a perpetuarse su proverbial aislamiento.
A su vez, la inexistencia de una articulación económica México-Centroamérica que trascendiera el ámbito del Soconusco circunscribió los alcances de la interacción fronteriza a un espacio local, sumamente reducido. Si bien aquel enclave funcionaba -y continuó funcionando- de manera eficaz como generador de divisas para el estado de Chiapas y la hacienda pública mexicana, nunca trascendió como plataforma de proyección de las iniciativas del país para Centroamérica sino hasta muy recientemente.
A ello también contribuyó, ya entrado el siglo xx, la política seguida por el dictador Ubico, quien, cito:
capitalizó los sentimientos de agravio que numerosos guatemaltecos abrigaban aún por el diferendo territorial del siglo xix. Su inclinación antimexicana contribuyó a que las mencionadas iniciativas en materia económica no tuvieran una acogida favorable en Guatemala. Asimismo, la actitud del dictador generó un ambiente negativo de tensiones y protestas por incidentes fronterizos, pero sobre todo impidió llegar a acuerdos (o aplicarlos) en aspectos sustantivos como la migración laboral, la explotación del chicle o la conexión ferroviaria a través del Suchiate.

De tal manera que en la primera mitad del siglo xx la frontera fue asumiendo cada vez más su carácter estricto de acotación divisoria y, en consecuencia, en un surtidor de conflictos y desacuerdos.

Contrariamente, durante la segunda mitad de este siglo, se registró bastante dinamismo en la zona fronteriza debido al surgimiento de nuevos conflictos e intereses como los provocados por el aprovechamiento de los recursos naturales y marítimos contiguos a la zona de frontera, lo que haciendo una generalización un tanto abusiva, llevó a la creación de la Comisión Internacional de Límites y Aguas de México y Guatemala como mecanismo ad hoc para dirimir de manera política esos diferendos.

Más adelante, durante los años 1970-1990 la zona de frontera mexicano-guatemalteca fue escenario del surgimiento y desarrollo de conflictos armados cuyas secuelas traspasaron las fronteras, que generaron situaciones de terror y angustia, pero también de esperanza y auxilio, sobre todo entre la población indígena guatemalteca del altiplano occidental. De manera especial destaca la acogida que la región chiapaneca dio a los miles de refugiados guatemaltecos que buscaron esa frontera como única posibilidad para salvar sus vidas. De igual manera, el posterior levantamiento zapatista alteró las coordenadas políticas y sociales de Chiapas. ¿Concatenación de procesos? ¿Similares búsquedas de solución a añejos y endémicos problemas sociales? Son preguntas que reclaman respuestas aún más profundas que las que hasta ahora se han dado. Sobre todo por el hecho de que se trata de un universo indígena subalterno que se convierte en actor luego de siglos de subordinación y explotación.

Más recientemente el Estado mexicano comenzó a desplegar iniciativas diplomáticas y económicas para afianzar lazos económicos y políticos no sólo con Guatemala sino con el resto de la región centroamericana, aún cuando se han enfrentado dificultades concretas como la falta de infraestructura adecuada, así como porque en buena medida las economías de la región han estado inmersas en una franca competencia en torno a la agroexportación.

De igual manera, en los últimos años hemos asistido al desarrollo y puesta en marcha de ambiciosos planes y proyectos que ahora sí van más allá de la frontera guatemalteca para incluir al resto de la región centroamericana. Los diferentes tratados comerciales a escala general que se vienen impulsando dan cuenta de las nuevas dinámicas que desde el norte se quieren promover a nivel regional. A lo que se añade el importante carácter geopolítico que ha adquirido la frontera sur de México en términos de las nuevas relaciones económicas establecidas desde Estados Unidos. En este sentido vale la pena revisar las agudas reflexiones del doctor César Ordóñez en su libro Tendencias de la integración económica en Guatemala y el Sureste mexicano,6 las cuales parten de un análisis complejo realizado in situ y plantean interesantes preguntas en relación a tales procesos.

Los argumentos más difundidos en torno a los recientes tratados van en la línea de que son instrumentos y mecanismos que permitirán el desarrollo de los países involucrados a una escala que superará los esquemas de las tradicionales fronteras nacionales estatales. Es, considero, una voz, una perspectiva. Pero hace falta oír -porque existen y están siendo planteadas- otras voces, otras perspectivas sobre estos procesos. De igual manera es necesario conocer y establecer balances equilibrados sobre el camino hasta ahora recorrido en esa dirección. Sólo así se podrá rectificar positivamente la ruta a seguir. Y ante estos nuevos procesos en los que nos encontramos inmersos -y teniendo en cuenta los procesos históricos que los han precedido- vale la pena preguntarse, ¿cuál será en el futuro el carácter y la función de las fronteras? ¿Cuáles serán los argumentos y mecanismos de las nuevas disputas que se puedan generar?





Notas al pie:

1.

fn1Guatemala, José de Pineda Ibarra, 1964.

2.

fn2Guatemala, José de Pineda Ibarra, 1964.

3.

fn3“Guatemala y México”, en Historia general de Guatemala, Guatemala, Asociación de Amigos del País, Fundación para la Cultura y el Desarrollo, t. 4, pp. 193-216.

4.

fn4Florine Asselbergs, “La conquista de Guatemala: nuevas perspectivas del Lienzo de Quauhquecholan”, Mesoamérica, vol. 23, núm. 44, Guatemala, Plumsock Mesoamerican Studies/Centro de Estudios Regionales de Mesoamérica (CIRMA), 2002, pp. 1-53.

5.

fn5Laura Caso, Caminos en la selva. Migración, comercio y resistencia. Mayas yucatecos e itzaes, siglos XVII-XIX, México, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, 2002.

6.

fn6Guatemala, Avancso/Universidad de San Carlos de Guatemala, Facultad de Ciencias Económicas, 2006.


Métricas de artículo

Vistas Resumen.
Número total de vistas al resumen de este artículo.
a description of the source 345
Esta revista








Cargando métricas ...

Metrics powered by PLOS ALM

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.


Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

 

Información legal

ESTUDIOS DEMOGRÁFICOS Y URBANOS, vol. 34, núm. 3 (102), septiembre-diciembre, 2019, es una publicación electrónica cuatrimestral editada por El Colegio de México, A.C., con domicilio en Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, alcaldía Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México, tel. +52 (55) 5449 3031, página web: www.colmex.mx, correo electrónico: ceddurev@colmex.mx. Editor responsable: Manuel Ángel Castillo. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo: 04-2016-031810381800-203, ISSN impreso: 0186-7210, ISSN electrónico: 2448-6515, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Leticia Argüelles, Carretera Picacho Ajusco núm. 20, col. Ampliación Fuentes del Pedregal, alcaldía Tlalpan, C.P. 14110, Ciudad de México. Fecha de última modificación, 09 de septiembre de 2019.

El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de El Colegio de México, A.C. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando sea sin fines de lucro o para usos estrictamente académicos, citando invariablemente la fuente sin alteración del contenido y dando los créditos autorales.

Licencia de Creative Commons Licencia de Creative Commons Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional