Alba: Experiencia urbana e imágenes colectivas de la Ciudad de México*
Vol. 21, Num. 3, Año. 2006
Recibido: 2005 02 23
Aceptado: 2006 03 23



Introducción

El objetivo de este trabajo es analizar el universo simbólico que evoca la Ciudad de México. Un mundo imaginario que se alimenta de nuestra experiencia directa del espacio así como de otras representaciones provenientes de los medios de comunicación y de una amplia gama de discursos sociales y políticos. Antes de abordar este tema expondremos las razones por las que nos parece importante ocuparnos de las representaciones de esta megaurbe, pues no se trata de cualquier ciudad, sino de un espacio cuyas particulares características lo hacen un interesante objeto de estudio. Se nos plantea, en primer lugar, el problema de su definición territorial, ocasionado por el crecimiento constante de la mancha urbana que impide volver a trazar sus límites con precisión. Por otro lado, la Zona Metropolitana se encuentra distribuida en los territorios del Distrito Federal y del Estado de México, lo cual tiene fuertes consecuencias no sólo para su delimitación, sino para cuestiones mucho más importantes como la planeación y la gestión urbanas, relacionadas con el aprovisionamiento de servicios e infraestructura para toda el área metropolitana. Los habitantes de la ciudad entera (cerca de 18 millones según el censo del año 2000) se ven imposibilitados de tener una identidad citadina única, de ejercer sus derechos de pertenencia a una ciudadanía única en la Zona Metropolitana, y de beneficiarse de un gobierno que conciba a la ciudad como totalidad. Otro rasgo importante de la Ciudad de México es que en ella se pueden distinguir los diferentes momentos de su desarrollo representados por formas urbanísticas propias de cada época. La ciudad alberga desde las ruinas prehispánicas hasta una arquitectura de punta y un urbanismo que agiliza la comunicación requerida por la economía global en que se inserta. Los barrios antiguos se esconden en un entramado de vías rápidas de circulación, de líneas aéreas de metro y de zonas cuya arquitectura poco tiene que ver con la cultura local, pues podrían estar en cualquier ciudad del mundo. Los rasgos que dominan el paisaje urbano de la Ciudad de México nos invitan a preguntarnos si la Zona Metropolitana no constituye un ejemplo de lo que Choay (1994) llama la “no ciudad” por oposición a la pequeña ciudad tradicional. Es decir, un espacio de fluctuaciones permanentes de personas, informaciones, imágenes y cosas, donde los “no lugares”1 sustituyen a los territorios de identidad, de arraigo, de sociabilidad o de historia. Además, la Ciudad de México reviste la imagen de “monstruópoli”, propia de las grandes urbes contemporáneas como El Cairo, Singapur, Los Ángeles o Sao Paulo (Monnet, 1993). Basta con observar el peso que dan los medios a la inseguridad, y la descomposición social que se muestra en el actual cine urbano para darnos cuenta de que las descripciones mediáticas o literarias de la Ciudad de México podrían constituir una antología del horror urbano. Esta concepción de la metrópoli nos lleva a interrogarnos sobre la manera en que las “no ciudades” o “monstruópolis” son vividas, practicadas e imaginadas por sus residentes; sobre el lugar que ocupa la memoria histórica en el desarrollo moderno de la Zona Metropolitana; sobre el papel que desempeñan los medios en la construcción de la imagen de la ciudad monstruo; así como sobre la necesidad de analizar la experiencia urbana en el contexto histórico, cultural y político de la urbe.

Por todo ello la Ciudad de México, entendida como la totalidad de la Zona Metropolitana, parece un terreno propicio para analizar la experiencia urbana de las grandes metrópolis contemporáneas. Nos abocaremos a examinar en este trabajo la representación de la Ciudad de México en su complejidad y dinamismo: como marco de vida, como objeto de afectos y emociones, como ciudad de gran riqueza cultural (histórica, social, arquitectónica...), como centro de poder y lugar de movilización política, y como fuente de identidades individuales y colectivas. Otro objetivo de este estudio es analizar la experiencia y la construcción simbólica de la urbe desde dos perspectivas complementarias: por un lado, la visión que tienen quienes viven la ciudad diariamente como residentes y usuarios cotidianos del espacio urbano; por el otro, la perspectiva de los funcionarios de gobierno, quienes la afrontan como responsables de su administración.

Las representaciones de la ciudad no son sólo construcciones simbólicas que realizamos en nuestra cabeza de manera individual, sino formas de pensamiento social que se nutren de diversas fuentes: la experiencia presente y pasada, el conocimiento adquirido en las aulas y a través de obras literarias, científicas o de divulgación, la tradición conservada en las costumbres y las creencias, la prensa escrita, la radio y la televisión. De acuerdo con Moscovici (1961), el hombre de hoy construye representaciones sociales para entender el mundo en el que se encuentra. Formula una suerte de teorías ingenuas de la realidad que cumplen varias funciones, como la de orientar nuestras decisiones y acciones o permitir la comunicación con los otros mediante un intercambio de representaciones insertas en un sistema similar de valores, normas y costumbres. Las representaciones son dinámicas, se crean y recrean con el paso del tiempo, con nuevas experiencias, con nuevos conocimientos o con ideas recibidas, o bien mediante el acto creativo de combinar ideas, recuerdos y sensaciones en el sinfín de posibilidades que la imaginación permite.

Metodología

La ciudad es un objeto de representación complejo que implica una reflexión elaborada sobre un espacio cargado de significados, así como una serie de imágenes pictóricas y cartográficas por las cuales navegamos en nuestra imaginación. ¿Cómo materializar estas distintas formas de expresión de la representación socioespacial? Para abordarlas diseñamos un estudio de corte cualitativo cuyo principal objetivo es realizar un análisis a profundidad de la construcción simbólica de la ciudad.2 Se pretende observar los componentes de esta imagen, es decir cuáles son la estructura y el contenido de la representación, así como ahondar sobre la relación que existe entre las formas semánticas de representación del espacio y las de orden pictórico y cartográfico. Elaboramos entrevistas que comprendían diferentes fases. En una primera etapa solicitamos a los entrevistados que dibujaran en una hoja doble carta un mapa de la Ciudad de México tal y como ellos la imaginaban, anotando los lugares que iban dibujando, así como el orden en que éstos aparecían. Enseguida se les presentaron varios mapas de la Zona Metropolitana (mapa Guía Roji, 1998) para que indicaran en ellos las zonas de la ciudad que más les gustaban o que más les disgustaban (indicándonos las razones para cada caso), las que mejor conocían o las que desconocían, y para que trazaran sus recorridos favoritos en la ciudad. También se les pidió que indicaran los sitios que más frecuentaban y los que mostrarían a un visitante que no conociera la ciudad. En una segunda etapa se realizó una entrevista a profundidad sobre la Ciudad de México, y finalmente se les pidió que hablaran de lo que les evocaba una serie de fotografías de lugares emblemáticos de la ciudad.

Por la complejidad del material de observación de las representaciones socioespaciales y la dificultad del análisis, no se pretendió realizar un estudio con una muestra numerosa de residentes de la ciudad. Se eligió a un grupo pequeño cuyas respuestas permitieran analizar detalladamente la experiencia y las imágenes de esta gran urbe. Realizamos 60 entrevistas con residentes de diferentes puntos del Distrito Federal3 prototípicos del usuario del espacio urbano, del itinerante que hace el trayecto cotidiano del hogar al trabajo o a lugares de consumo. Se trata de hombres y mujeres de nivel socioeconómico medio, con estudios de bachillerato, de licenciatura y posgrado, y con una antigüedad de residencia en el Distrito Federal de 10 años como mínimo. Las representaciones de esta muestra de residentes fueron comparadas con las de un grupo de 20 funcionarios que laboraban en diferentes dependencias del gobierno del Distrito Federal o en instituciones relacionadas con la gestión urbana. Estos grupos son comparables en cuanto a rangos de edad (entre 25 y 50 años) y niveles educativos. El trabajo de campo para este estudio se llevó a cabo de 1998 al año 2000.4

Uno de los principales objetivos al comparar a estos dos grupos era contrastar las representaciones de la ciudad que elabora quien ocupa una posición de responsabilidad en la gestión urbana frente a las del ciudadano medio que vive directamente los efectos de las políticas de desarrollo urbano. Ledrut (1973) sostiene que en el discurso del urbanista es posible observar un modelo urbano coherente, una imagen racional, relativamente sistematizada del mundo urbano. Por el contrario, la imagen del no urbanista puede expresar un modelo urbano menos racional y sistematizado. ¿Podremos suponer que encontraremos en el discurso de los funcionarios encargados de la gestión urbana un modelo urbano sistemático, opuesto al del habitante de la ciudad?

Se consideró que el discurso era la principal herramienta para comparar las representaciones de los funcionarios con las de los residentes, por lo que las técnicas de observación de las imágenes cartográficas sólo fueron aplicadas a este segundo grupo. En tal comparación se procuraba privilegiar el discurso sobre la ciudad más que la práctica de la misma expresada en forma de mapas cognitivos. Esta decisión obedeció también a una razón práctica: la aplicación de la totalidad de los materiales (discursivos y gráficos) tuvo una duración promedio de 2:30 horas, tiempo que difícilmente podían concedernos los funcionarios entrevistados.

Los significados de la ciudad

Como sugiere De Certeau (1980), existe una experiencia de la ciudad que sólo puede manifestarse por medio de la palabra. La palabra es el instrumento esencial con el cual comunicamos nuestras representaciones, nuestras vivencias simples y complejas, racionales o emocionales, impregnadas de recuerdos íntimos y compartidos en varios sentidos de lo social. El discurso que genera la pregunta “¿Qué significa para usted la Ciudad de México?” comienza a construirse desde la esfera personal. Se inicia con el lugar de referencia de identidad individual para pasar posteriormente a un trabajo de reflexión sobre la dinámica urbana, que es más abstracto y que engloba las esferas política, económica, histórica y social. Cada persona crea su propia representación del espacio y sin embargo existe un sinnúmero de opiniones compartidas y de estereotipos que impregnan estas construcciones simbólicas de la realidad urbana. Los análisis de estos discursos, examinados con la lupa del análisis de contenido temático (Bardin, 1977) y con ayuda del programa de tratamiento de textos Alceste (Reinert, 1993),5 muestran que la representación semántica de la Ciudad de México constituye una imagen compleja polarizada en dos grandes dimensiones, como se puede apreciar en el resultado del análisis jerárquico descendente que aparece en la gráfica 1.

GRÁFICA 1.

Análisis jerárquico descendente del discurso sobre el signifcado de la ciudad

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* UCE: unidad de contexto elemental (unidad compuesta por una sucesión de 10 a 12 palabras que el programa de análisis de textos Alceste selecciona a manera de frases del texto analizado).

La gráfica debe leerse de izquierda a derecha. La lógica de su análisis es parecida a las ramificaciones de un árbol. En la raíz, el discurso sobre la ciudad se divide en dos grandes categorías: la ciudad como espacio vivido y la ciudad como territorio político administrativo. La primera categoría abarca tres subcategorías que agrupan los discursos sobre identidad urbana, problemas urbanos y vida sociocultural. La segunda categoría comprende dos grandes subcategorías que se refieren al desarrollo urbano por un lado, y a la política y gestión de la ciudad por el otro. Las listas de temas que aparecen en el extremo derecho corresponden al contenido de las subcategorías con las que termina la ramificación del árbol.

Volviendo a la raíz del árbol, vemos que la representación de la Ciudad de México se construye a partir de dos tipos de discursos que reflejan diferentes niveles de construcción simbólica, como una graduación que va de la reflexión racional a la expresión del apego emocional al lugar de pertenencia. Esta polarización de perspectivas respecto a la ciudad indica que las representaciones están marcadas por la perspectiva en que se posiciona el sujeto que la percibe: sea como usuario cotidiano de su espacio de vida o como ciudadano que ocupa un territorio políticamente definido. La muestra de residentes centra su representación de la Ciudad de México en la experiencia urbana, mientras que en la muestra de funcionarios prima la perspectiva del ciudadano con responsabilidades y obligaciones políticas y es determinante su posición como gestores de la ciudad. Ello no implica que estos discursos sean excluyentes, sino que deben verse como dos extremos de un continuo que va desde la esfera personal y afectiva hasta la esfera sociopolítica. El habitante vive la ciudad desde la perspectiva política, aunque no centra en ella su discurso, de la misma manera que el funcionario la experimenta cotidianamente como usuario, pero no ve los problemas urbanos sólo como fuentes de malestar sino como cuestiones relacionadas con las políticas urbanas.

El programa Alceste muestra las diferencias en la representación de la Ciudad de México que tiene cada grupo. Los funcionarios anclan su representación de la urbe en su contexto histórico, político y económico, a partir del cual formulan las explicaciones que dan al desarrollo urbano y sociodemográfico. Se posicionan en tanto que actores activos en la toma de decisiones administrativas y en los procesos de apertura democrática que vivió la ciudad en la última década. Los residentes entrevistados de nivel educativo elevado comparten esta visión analítica de la ciudad, aunque dan mayor importancia en su discurso a los aspectos socioculturales que se expresan en ella (historia y tradiciones, actividades culturales, composición social heterogénea, diversidad de barrios y de formas arquitectónicas, etc.), así como a los problemas urbanos que afrontan diariamente (dificultades de desplazamiento, contaminación, inseguridad, basura, estrés, etc.). Es bastante claro que la muestra de residentes construye su imagen de la Ciudad de México a partir de la experiencia de vida del espacio y del lazo afectivo que han tejido con ella. La ciudad para ellos es una referencia personal: el lugar de nacimiento, que ha estado ligado a su historia familiar y a su formación a lo largo de su vida.

Un análisis más detallado de los contenidos del discurso sobre la ciudad muestra que su representación tiene una estructura más compleja. No sólo se encuentra polarizada entre las dimensiones de la experiencia vivida del espacio y de la política y el desarrollo urbano, sino que existe otro eje que muestra una visión ambivalente de la ciudad que va desde lo positivo hasta lo negativo. En la gráfica 2 se muestra la representación de la ciudad estructurada según estos dos ejes, así como los contenidos del cruce entre ellos. El contenido es una síntesis de los conceptos utilizados por los entrevistados para describir la ciudad.

GRÁFICA 2

Estructura de la representación de la ciudad

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*Las frasesque se presentan en esta gráfica corresponden a fragmentos de entrevista; son las categorías que utilizaron los entrevistados para describir a la Ciudad de México.

Desde el punto de vista de la experiencia urbana, la relación personal y afectiva con la ciudad está mediada por la vivencia del contexto urbano y sociocultural que la caracteriza actualmente: por un ambiente urbano definido como “problemático”, “caótico” y hasta “apocalíptico”, por una riqueza histórica y cultural propia, y por las condiciones de precariedad económica que provocan grandes diferencias sociales. Todos estos aspectos son vividos en dos sentidos opuestos, entre la aceptación y el rechazo. Por ejemplo, las diferencias sociales pueden verse como un elemento doloroso al mismo tiempo que como un factor que enriquece la diversidad cultural de la ciudad.

La segunda dimensión es de orden más analítico o racional. En ella se expresa el discurso de un ciudadano consciente y activo políticamente, preocupado por las políticas de desarrollo económico del país en general, y por las de planeación urbana dirigidas a la ciudad específicamente. Este otro polo de la representación de la ciudad también se encuentra atravesado por el eje positivo negativo, pues si bien se admite que la ciudad cuenta con los beneficios de la centralización de poderes políticos y económicos, paralelamente esta concentración ha tenido consecuencias negativas.

Dentro de la perspectiva de la urbe como espacio vivido, la Ciudad de México representa antes que nada el contexto en el que el citadino nace, crece y se desarrolla. A pesar de todos sus conflictos y diferencias, sociales o espaciales, la gran ciudad ha constituido su hábitat desde una edad temprana y, por lo tanto, se encuentra en estrecha relación con sus recuerdos personales, afectivos e íntimos. Las diferentes etapas de su vida familiar y escolar han transcurrido en una megaurbe que lo transformó en un citadino que navega como “pez en el agua” por los ejes viales, el periférico, el circuito y el metro, a la velocidad que se lo permitan los congestionamientos. Esta dimensión de la representación de la ciudad refleja lo que Proshansky (1978 y Proshansky et al., 1983) denomina identidad de lugar, es decir, una subestructura de la identidad de sí constituida por un conjunto de cogniciones relacionadas con el mundo físico en el que vive cada persona. Estas cogniciones están formadas de recuerdos, ideas, sentimientos, actitudes, valores, preferencias, significados y concepciones del comportamiento, asociados al contexto físico complejo y variado que define la existencia cotidiana de todo ser humano. El “pasado ambiental” es importante para la formación de la identidad de lugar porque hace referencia a los lugares que sirvieron para la satisfacción de una amplia gama de necesidades biológicas, psicológicas, sociales y culturales de la persona. El concepto de identidad de lugar se refiere al hecho de que la definición del yo no se construye únicamente a partir de la relación con otros y de los papeles que desempeña el niño conforme se va insertando en distintos grupos sociales. El contexto físico en que se desarrolla la persona desde su nacimiento también interviene para definir quién es, es decir, para formar su identidad socioespacial. La identidad de lugar se transforma mediante una serie de cambios en distintas esferas: en la vida personal, social (al insertarse en nuevos grupos, cambiar de estatus o medio social), ambiental (reestructuración de su espacio residencial, cambio de casa, de barrio o de ciudad) o cultural (movimientos que transforman los valores y costumbres de cada pueblo o etnia). El espacio, ambiente o lugar es concebido por Proshansky como un conjunto de elementos significantes. Es decir, como ambientes impregnados de la existencia social y cultural de los grupos que los ocupan, la cual se manifiesta en las actividades y papeles desempeñados en los espacios. La identidad de lugar va asociada con un sentimiento de pertenencia a los lugares que designan un lazo afectivo a los contextos físicos importantes para su vida. Cuando esta vida transcurre principalmente en la ciudad, la identidad de lugar se define como identidad urbana; es una definición de sí que se relaciona con un espacio físico y social complejo por su variedad y heterogeneidad, así como con un estilo de vida propio de las grandes ciudades. Al interiorizar las reglas de uso de los diferentes espacios urbanos, el citadino desarrolla una serie de estrategias para afrontar los espacios sobrecargados de gente, de estímulos, de peligros y de atractivos.

Los siguientes fragmentos de entrevista dan cuenta del desarrollo de esta identidad urbana, pues en ellos se observa cómo la compleja experiencia de la ciudad conforma la base para la definición de lo que se es, así como los lazos afectivos que se mantienen con ella:

Soy un citadino puro y duro en todos los sentidos, estoy acostumbrado a vivir aquí aunque la ciudad sea muy absurda; la ciudad me ha marcado y dondequiera que vaya tendré su huella en mí [músico, 29 años].

La Ciudad de México es para mí el lugar donde nací, donde he vivido toda mi vida. Me gusta vivir aquí porque es mi casa y por casa quiero decir el lugar donde vive mi familia, donde crecí, donde he aprendido todo lo que soy [técnico de laboratorio, 23 años].

En este discurso, de formación de personalidad citadina, la historia personal y la urbana se confunden en una mezcla de rasgos de la ciudad actual con la ciudad histórica. Los barrios, los monumentos, las calles y hasta las estaciones del metro por las que se ha circulado recuerdan no sólo los lugares en donde se vivió algo personal, sino donde ocurrieron acontecimientos históricos. El espacio de vida pasa así a formar parte de una memoria colectiva vinculada con la identidad nacional.

Yo regreso siempre al Zócalo, porque creo que el centro es poético, íntimo, bello y caótico a la vez. Es el lugar de la ciudad que más me gusta porque el centro es la ventana de México, ahí se encuentran reflejadas todas sus carencias, sus deseos, su vida política... Las calles del centro son poéticas, te evocan las épocas pasadas; los muros viejos han visto pasar toda la historia, desde los aztecas hasta la época revolucionaria. Todas las leyendas del México antiguo. Me gusta caminar por ahí porque escuchas los ecos conservados en los muros... [informático, 36 años].

La identidad del citadino se encuentra también fuertemente relacionada con un estilo de vida que describen los entrevistados como propio de la Ciudad de México, lo que quizás se pueda extrapolar a la experiencia de otras grandes ciudades. Se trata de aprender a luchar por la vida, de saber vivir en medio de las adversidades, así como de la mezcla del mundo globalizado con tradiciones arcaicas. Se describe a la ciudad como jungla de asfalto y al residente como sobreviviente.

El caos de la Ciudad de México nos hace vivir en la jungla de asfalto donde sobrevive el más fuerte, el que llega primero o tiene éxito; es un método brutal de selección natural [arquitecta, INVI-GDF, 45 años].

El chilango es un ser altamente preparado para afrontar las adversidades naturales y sociales, es resistente. Nos definimos como seres mutantes acostumbrados ya a vivir en la contaminación, la inseguridad, la competencia y la violencia. Aceptamos las circunstancias tal y como nos llegan; es más, somos el producto de ellas [psicólogo, ALDF, 41 años].

Pareciera que las condiciones de vida de la Ciudad de México generaran un tipo especial de ciudadano: el chilango. Así como existe un sentimiento ambivalente hacia la Ciudad de México, dividido entre el afecto y el rechazo, también se tiene una actitud compleja ante el residente de la ciudad, plagada de cualidades y defectos. Suele describirse al chilango como tramposo, desconfiado, competitivo, egoísta, que fácilmente abusa de los demás; al mismo tiempo que como dinámico, trabajador, creativo, ingenioso, valiente y apasionado.

En esta ciudad aprendes muchas cosas, te vuelves hábil, listo, desconfiado; es que tienes que tener la habilidad de reaccionar rápido a todo en todo momento, estar despierto, atento, desde cuidarte de los coches hasta vigilar que nadie te venga siguiendo [técnico de laboratorio, 23 años].

La ciudad hace a las personas hábiles, te prepara al fraude, a utilizar toda suerte de artificios de persuasión... hay gente capaz de venderte aire de Acapulco en un frasquito [psicólogo, ALDF, 41 años].

Esta forma de ser del capitalino no es necesariamente negativa, pues existe una suerte de orgullo ante esa vivacidad: “me gusta la forma de ser del chilango, es capaz de sonreír ante la vida y ante la muerte”. Pareciera que los problemas urbanos y la pobreza producen este tipo de habitante de las grandes ciudades dispuesto a enfrentar una vida difícil, a aprender a viajar en un sistema de transporte deficiente, a padecer la carencia de servicios básicos y a sustituirlos como se pueda, a sobrevivir al desempleo con toda suerte de malabares cotidianos, entre ellos el comercio ambulante. Esta experiencia urbana, aunada al crecimiento demográfico de la Zona Metropolitana y a un desarrollo urbano precariamente planificado, genera miedos urbanos con los que hay que aprender a vivir: la inseguridad, los peligros de la contaminación atmosférica, el riesgo del agotamiento del agua y la agudización cada vez mayor de las diferencias sociales. Es entonces cuando emerge el discurso de la ciudad monstruosa: México es la ciudad más poblada del mundo, la más contaminada, la más insegura y violenta. Se crea un imaginario urbano que presenta una ciudad al borde del colapso en todos los sentidos: ambiental, económico, político, social y demográfico. Una ciudad en crisis, caótica, y con un futuro incierto, pues se piensa que si no se hace algo pronto no sobreviviremos aquí.

La ciudad ha sido tratada con mucho desdén. El descuido, el abandono que la ha hecho crecer a pesar de tener administradores, y digo a pesar porque parece que la ciudad ha crecido de manera silvestre, de manera anárquica, y quizá por eso se encuentra al borde del colapso desde el punto de vista ecológico y de la sustentabilidad en general; está en serio predicamento la posibilidad de que esta ciudad pueda mantenerse 30 o 40 años si siguen las cosas como van [psicólogo, Participación Ciudadana, GDF, 35 años].

Así, vemos que la identidad urbana en el caso de las ciudades “monstruo” no sólo está asociada a emociones positivas como el sentimiento de pertenencia, sino también a los miedos que genera una gran metrópoli. Emociones “urbanas” que se materializan en discursos que circulan en las conversaciones de café tanto como en el cine, y ya no digamos en los medios de comunicación, para los cuales el sentimiento de inseguridad y el escándalo urbano son una fuente privilegiada de recursos informativos. Monsiváis (1995) plantea que existe una especie de “chauvinismo del caos” del que los habitantes de la Ciudad de México se enorgullecen, como si fuera toda una hazaña sobrevivir en ella. Esta experiencia del caos de la ciudad da lugar a leyendas urbanas que se crean y recrean en los discursos. Todos han oído hablar de asaltos espectaculares, de actos de violencia o de secuestros en las múltiples formas posibles. Aunque estos hechos sucedan diariamente en la ciudad, algunos toman formas escandalosas en la imaginación, hasta ser recreadas en el cine de ficción. Por ejemplo, desde la década de los noventa el cine mexicano se ha centrado en la vida citadina y particularmente en la violencia y la inseguridad que se viven en la Ciudad de México.

La vivencia de los problemas de la urbe se relaciona con un discurso más analítico que intenta explicar lo que sucede en la Ciudad de México. Tales explicaciones se basan en la percepción del sistema político y de las sucesivas administraciones encargadas del gobierno de la ciudad que han guiado su desarrollo. La experiencia urbana se inserta en un contexto económico y político que el citadino usa como referente para explicar lo que allí pasa. De tal forma que establece una relación entre su contexto cotidiano y la toma de decisiones de carácter gubernamental. La siguiente cita no sólo constituye un ejemplo de la forma en que se establece esta relación, sino de la desconfianza en las instituciones:

El principal problema de la ciudad son los dirigentes corruptos. Nada más se benefician de nuestros impuestos sin dar nada a cambio; el dinero no está destinado a resolver los problemas, por ejemplo hay muchas zonas pobres y marginadas que necesitan servicios, pavimentación para elevar su nivel de vida y el presupuesto no se destina a eso. Se la pasan haciendo obras para justificar un gasto que en gran parte es ganancia para el que propone las obras. Nuestros dirigentes enmascaran la corrupción con trabajos que no tienen sentido; ¡cuántas colonias están sin agua y en lugar de proporcionar el servicio gastan en una construcción innecesaria! [abogada, 41 años].

La relación de causa y efecto entre la esfera política y social se expresa más en la representación de la ciudad de la muestra de funcionarios locales. No sólo porque están insertos en la burocracia administrativa sino porque muchos de ellos han sido actores dinámicos en el proceso de democratización de la ciudad, como luchadores sociales o como analistas del desarrollo urbano. El polo de la representación de la ciudad guiado por un discurso sobre la política y las formas de administración de ésta toma en cuenta las consecuencias tanto positivas como negativas de la concentración de poderes económicos y políticos en la capital.6 Por ejemplo, se piensa que el capitalino se benefició durante años de más y mejores servicios que el resto de los habitantes de los estados de la República Mexicana. Pero a cambio tuvo que ver a su ciudad convertirse en una “monstruópoli” que crecía en tamaño y en extensión. Una ciudad que se hacía cada vez menos abarcable, en la que era difícil conservar el gusto por los recorridos urbanos y fácil perderse en zonas inhóspitas en donde la marginación toca sus límites. Una megaurbe producida por un sistema de partido único vigente durante más de 70 años y que estaba basado, a juzgar por los entrevistados, en el autoritarismo, la corrupción, el clientelismo y el corporativismo. La carencia de una ciudad democrática también representa para ellos una fuerte amenaza para la apropiación de los espacios urbanos por parte de la ciudadanía, y por lo tanto una desmotivación a la participación social para mejorar su entorno. El siguiente fragmento de entrevista muestra que los referentes políticos, sociales y económicos se mezclan con la vivencia cotidiana de la ciudad. Tales referentes no sólo la explican, sino que también funcionan como guías para una acción respecto al futuro de la ciudad:

Para empezar, esta ciudad representa mi biografía personal, yo nací aquí, representa una historia de crecimiento, representa procesos sociales que me ha tocado compartir, representa la madurez de un movimiento social, la madurez de la ciudadanía en aspectos que nadie había imaginado, representa una complejidad urbana, una falta de planeación urbana, mucha improvisación en su crecimiento y mucha anarquía. También representa muchas potencialidades: en esta ciudad están concentrados una diversidad de pensamientos, de ideas, de antecedentes. Representa muchos retos a futuro para la gente que nos está tocando enfrentar los problemas cotidianos en esta ciudad, los problemas que tienen que ver con pobreza, y pobreza extrema, los problemas que tienen que ver con crecimiento demográfico, con necesidades básicas de educación, salud, vivienda. Es muy complejo, porque es una ciudad con muchísimas problemáticas entrecruzadas y con muchísimos retos. En ese sentido, sí es un reto muy importante elaborar la planeación de la ciudad [comunicóloga, DIF-DF, 36 años].

Observamos una fuerte influencia de la actividad profesional y del compromiso político de los funcionarios en su representación de la ciudad. Hablan más de temas que conciernen directamente a las políticas de gestión urbana y dan una especial importancia al tema de la participación ciudadana. El concepto de participación ciudadana que observamos en las entrevistas no se limita únicamente a la actuación política, sino que se entiende en un sentido más amplio: se trata de diversas formas de organización vecinal para intervenir en distintos asuntos de interés general relacionados con el espacio urbano y con la vida social de la ciudad. Citamos algunos ejemplos: “La solución de los problemas requiere de la colaboración de todos, depende del grado en que la gente participe y colabore” [arquitecto, consejero en la ALDF, 45 años]. Una funcionaria del Instituto de Capacitación Penitenciaria agrega: “Por medio de una participación ciudadana activa debemos recuperar los espacios y actividades perdidos por la inseguridad y la sobrepoblación. No se puede dejar toda la solución de los problemas al gobierno” [criminóloga, INCAPE, 47 años].

A pesar de la que la Ciudad de México se ve y vive como un espacio de gran complejidad, con problemas desbordantes que parecen sobrepasar las capacidades de cualquier gobierno, la democracia y la participación ciudadana aparecen en la representación entre los principales recursos de los que depende el futuro de la urbe. Esta perspectiva no sólo es propia de los funcionarios entrevistados, sino que la comparte el grupo de residentes, principalmente los que cuentan con mayores niveles de instrucción.

Hasta aquí hemos observado que la representación socioespacial de una megaurbe como la Ciudad de México se compone de elementos que van desde lo vivido en forma personal, hasta la participación social o colectiva que convierte al citadino en ciudadano. Ya dijimos que el imaginario urbano no se materializa únicamente en los discursos, sino que también se expresa por medio de imágenes cartográficas del espacio vivido. A continuación abordaremos este segundo aspecto de las representaciones de la Ciudad de México.

Cartografías mentales

En los discursos la representación de la Ciudad de México se expresa en una variedad de contenidos organizados en una estructura compleja. Dos cuestiones nos parecen pertinentes ahora, por un lado saber cómo se manifiesta la representación social de la metrópoli en su contraparte cartográfica; y por el otro, saber cómo se relacionan las representaciones socioespaciales de la ciudad con la práctica del espacio, es decir, con la concurrencia a ciertos lugares, con los recorridos urbanos, con el conocimiento del territorio y con la evaluación de sitios de la Zona Metropolitana.

Las representaciones cartográficas son de naturaleza distinta a las representaciones semánticas de la ciudad porque se materializan de otra manera: mientras las semánticas se expresan en los discursos, las cartográficas se manifiestan en forma de mapas cognitivos. El concepto de mapa cognitivo proviene de la psicología (Tolman, 1948) y hace referencia al proceso por medio del cual construimos imágenes del espacio en forma de mapas cartográficos. La idea central es que tenemos la capacidad de formar un mapa imaginario en nuestra cabeza y deambular por éste de la misma manera que en el espacio real. Desde esta propuesta original, el concepto ha sido redefinido de diferentes formas y con distintos enfoques en las ciencias sociales (Kitchin, 1994). Por ejemplo, Kevin Lynch (1960) utilizó el concepto para estudiar la imagen que producen las grandes ciudades en sus residentes, abriendo con ello una nueva perspectiva de análisis de espacios urbanos de gran extensión. En los años setenta Downs y Stea (1973) sistematizaron el concepto al proponer la definición de mapas cognitivos como: “el proceso compuesto por una serie de transformaciones psicológicas por medio de las cuales un individuo adquiere, codifica, almacena, recuerda e interpreta información sobre lugares precisos y sobre los atributos de los fenómenos existentes en su ambiente espacial cotidiano” (p. 9). Se trata de una definición que parte únicamente de una perspectiva cognitiva, centrada en el proceso intraindividual de tratamiento mental de las imágenes espaciales, dejando de lado los aspectos sociales propios de quien construye los mapas cognitivos y el espacio representado. Pese a ello, éste ha sido el enfoque de análisis dominante de los mapas cognitivos y han sido pocos los estudios que los abordan desde una perspectiva sociológica. Milgram y Jodelet (1976), en una investigación sobre los mapas cognitivos de París, propusieron analizarlos conforme a la óptica de la teoría de las representaciones sociales, poniendo el acento en las pertenencias sociales de los individuos entrevistados, así como en el significado del espacio urbano. En continuidad con esta perspectiva analizamos los mapas cognitivos de la Ciudad de México como representaciones socioespaciales, es decir, como construcciones sociales sobre esta ciudad que son socialmente compartidas, ancladas en el contexto histórico y cultural que caracteriza a la capital mexicana.

Como ya se mencionó, recurrimos a varias técnicas para observar los mapas cognitivos de la Ciudad de México: dibujos, trazos sobre mapas de la Zona Metropolitana y evocaciones ante fotografías.7 Recordemos también que por razones metodológicas este tipo de instrumentos de observación sólo fue aplicado a la muestra de 60 residentes de diferentes delegaciones del Distrito Federal.

El análisis de los dibujos muestra que el mapa cognitivo de una urbe tan grande como la Ciudad de México se simplifica en un conjunto reducido de elementos urbanos (18 en promedio), que comprende sitios prestigiosos con fuerte significado simbólico e histórico; lugares funcionales, como las grandes avenidas y equipamientos; y en menor medida lugares que hacen referencia a la vida personal del dibujante, como su lugar de residencia y trabajo. Se trata de una imagen simplificada que permite representar en su conjunto ese espacio de gran tamaño y complejidad que es la Ciudad de México. Es una imagen que tiene también funcionalidad en su operación, pues permite deambular imaginariamente por un espacio fragmentado por su heterogeneidad pero que en su representación mental aparece como continuo. Es una representación social en el sentido de que comparte elementos simbólicos valorados y reconocidos por todos que dan la posibilidad de comunicarlos a los demás. El mapa cognitivo de la Ciudad de México se focaliza en las delegaciones centrales del Distrito Federal y excluye el resto de la zona metropolitana. Es una representación espacial organizada en torno a la fuerza simbólica del Centro Histórico, pues éste no sólo es el sitio más dibujado en los mapas, sino el primero a partir del cual se desarrolla el resto del dibujo. Ello indica que la representación de la ciudad se realiza más en función de una identidad de lugar colectiva que de una identidad individual anclada en el espacio de vida inmediato o de referencia personal desde el punto de vista práctico o afectivo.

La representación de la ciudad es más compleja en los discursos que en las representaciones cartográficas. En ellas se presenta como un espacio simplificado, continuo y reducido a sus mínimos elementos. Cabría preguntar ahora si estas imágenes de la Ciudad de México están basadas en un conocimiento y una práctica reales de la zona metropolitana o se alimentan de fuentes indirectas, es decir de un imaginario urbano que circula por diferentes vías de comunicación.

Para saber si las representaciones corresponden a las prácticas del espacio indagamos sobre los lugares que frecuentan los entrevistados de manera general con diversos fines, así como los que son inevitables para ellos, como los de residencia, trabajo y estudio. También se les pidió que señalaran en un mapa de la zona metropolitana las áreas que estiman conocer más y menos en la Ciudad de México, y que indicaran cuáles apreciaban más y cuáles menos. Dada la gran variedad de sitios precisos señalados, decidimos analizarlos por zonas más generales, como las delegaciones y los municipios de la zona metropolitana. En el cuadro 1 se presentan los porcentajes de sujetos que viven, trabajan o estudian en las delegaciones y municipios. En el cuadro 2 se especifican los porcentajes de lugares que los entrevistados dicen frecuentar en cada delegación o municipio.

CUADRO 1

Sujetos que viven, trabajan o estudian en cada delegación o municipio

Delegación o municipio Porcentajes
Iztapalapa 31
Benito Juárez 28
Coyoacán 28
Cuauhtémoc 26
Venustiano Carranza 19
Miguel Hidalgo 13
Gustavo A. Madero 7
La Magdalena Contreras 7
Azcapotzalco 6
Iztacalco 6
Tlalpan 6
Álvaro Obregón 4
Xochimilco 4
Nezahualcóyotl 4
Ecatepec 2
Total de entrevistados 60

CUADRO 2

Delegaciones más frecuentadas

Delegación o municipio Porcentajes
Cuauhtémoc 70
Coyoacán 59
Iztapalapa 26
Miguel Hidalgo 24
Tlalpan 19
Benito Juárez 17
xochimilco 13
venustiano Carranza 11
Álvaro Obregón 9
Gustavo A. Madero 7
Iztacalco 6
La Magdalena Contreras 6
Tláhuac 6
Total de entrevistados 60

Entre 25 y 31% de los entrevistados tiene nexos con las delegaciones Iztapalapa, Benito Juárez, Coyoacán y Cuauhtémoc porque viven ahí, por motivos de trabajo o de estudio. Una proporción menor, entre 13 y 19%, va a las delegaciones Venustiano Carranza y Miguel Hidalgo por estos motivos. Entre 6 y 7% vive, trabaja o estudia en las delegaciones Gustavo A. Madero, La Magdalena Contreras, Azcapotzalco, Iztacalco y Tlalpan. Muy pocos de ellos, de 2 a 4%, se relacionan con las delegaciones Álvaro Obregón y Xochimilco o con los municipios Nezahualcóyotl y Ecatepec. La muestra estuvo integrada únicamente por personas residentes en el Distrito Federal,8 por lo que se observa que son muy pocos los entrevistados (3) que trabajan y estudian en los municipios conurbados del Estado de México. Por otro lado, cuando se pide a los entrevistados indicar los lugares de la ciudad que visitan con más frecuencia ya no mencionan ningún municipio del Estado de México ni las delegaciones Cuajimalpa y Milpa Alta, lo cual indica que sus principales actividades de entretenimiento o vida social se llevan a cabo principalmente en la zona central del Distrito Federal. Las delegaciones Cuauhtémoc y Coyoacán son las más frecuentadas. De acuerdo con algunos estudios que examinan la oferta cultural en la ciudad (García Canclini, 1998), las delegaciones Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo y Coyoacán concentran el mayor número de equipamientos culturales, lo cual explica que sean las delegaciones más frecuentadas por nuestros entrevistados. Aunque en el caso de los mapas de nuestros entrevistados, el triángulo cultural formado por el Bosque de Chapultepec, el Centro Histórico y la Ciudad Universitaria se extiende hacia Tlalpan y Xochimilco. Cabe advertir que las delegaciones Benito Juárez y Venustiano Carranza suelen frecuentarse principalmente por razones formales (trabajo o estudio) o porque se vive en ellas, pero no por otros motivos. En los mapas cognitivos de la ciudad o en los itinerarios preferidos que se marcaron sobre un mapa, la delegación Benito Juárez aparecía principalmente como una zona de tránsito entre las delegaciones Cuauhtémoc y Coyoacán, principalmente entre sus centros históricos, lo cual indica que probablemente nuestros entrevistados atraviesen esa zona sin detenerse en sus recorridos por la ciudad.

En general se observa una coincidencia entre las zonas mejor conocidas y las más frecuentadas. Ello sugiere que el conocimiento de la ciudad está basado en el uso directo que los entrevistados hacen de un territorio restringido a las zonas centrales y que tal vez no tiendan a aventurarse a conocer otras áreas de la Zona Metropolitana. En el mapa 1 se observan las proporciones del territorio de las delegaciones y municipios que los entrevistados señalaron en un mapa de la Zona Metropolitana como áreas que consideraban conocer mejor en la Ciudad de México.9 En términos generales conocen un territorio restringido de la Zona Metropolitana, principalmente cuatro delegaciones centrales: Cuauhtémoc, Coyoacán, Benito Juárez y Venustiano Carranza. La delegación Cuauhtémoc es la zona más conocida de toda la ciudad; los entrevistados indican que conocen bien cerca de la mitad de su territorio, principalmente el Centro Histórico, la Zona Rosa, así como las colonias Condesa y Roma. En las demás delegaciones las superficies señaladas como bien conocidas son 30% o menos: un tercio de las delegaciones Coyoacán (sobre todo la parte antigua) y Benito Juárez; alrededor de 20% de Venustiano Carranza, Iztacalco y Miguel Hidalgo; 16% de Álvaro Obregón; 11% de Iztapalapa y de Azcapotzalco.

MAPA 1

Zonas más conocidas por delegación o municipio

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Los entrevistados señalan las zonas que estiman conocer bien en la ciudad, pero de ello no se infiere que desconozcan todo lo que no indicaron como conocido, de ahí que les solicitáramos que marcaran también las zonas que consideran conocer menos de la ciudad. En el mapa 2 se presenta el porcentaje de superficie de cada delegación y municipio que señalaron como menos conocido.

MAPA 2

Zonas menos conocidas por delegación o municipio

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Lo que se estima conocer menos se encuentra en las delegaciones y municipios de Azcapotzalco, Tlalnepantla, Gustavo A. Madero, Nezahualcóyotl, Tláhuac, Ecatepec, Álvaro Obregón, entre otros. En la lista de porcentajes que presentamos a un costado del mapa 2 se observa que las zonas que los entrevistados estiman conocer menos no son los municipios del Estado de México más alejados del Distrito Federal, sino las delegaciones y municipios que constituyen la periferia inmediata del conjunto de delegaciones mejor conocidas. Al superponer los mapas 1 y 2 se hace evidente que el conocimiento de la ciudad está regido por una lógica que va del centro a la periferia, aunque esta periferia parece limitarse a las zonas limítrofes del Distrito Federal. Tal resultado refuerza el hallazgo de que los mapas cognitivos de la Ciudad de México no comprenden la Zona Metropolitana en su totalidad sino que se restringen a las zonas centrales. Únicamente los municipios del Estado de México contiguos al Distrito Federal se incluyen en la representación, aun cuando se trata de indicar las zonas menos conocidas de la ciudad en general.

La interrogante que se presenta ahora es saber si las zonas en donde se concentra la representación socioespacial de la Ciudad de México corresponden a los lugares mejor evaluados. En el mapa 3 se presentan los porcentajes del territorio de cada delegación y municipio señalados por los sujetos como las zonas de la ciudad que más apreciaban. Un primer resultado que salta a la vista es que nuevamente la parte más valorada de la ciudad se concentra en tres delegaciones: Cuauhtémoc, Coyoacán y Miguel Hidalgo. Una vez más se reafirma la importancia de estas zonas para la construcción de las representaciones cartográficas de la Ciudad de México. También se observa la exclusión de los municipios del Estado de México en los mapas cognitivos de la urbe. Ello está sin duda relacionado con el hecho de que nuestros entrevistados frecuentan poco las zonas periféricas de la ciudad, pues todos residen en el Distrito Federal. Sin embargo, no deja de ser notable que al pedirles que realicen mapas de la Ciudad de México o que evalúen las zonas que la componen, no conciban la mancha urbana en su totalidad, sino sólo la parte que corresponde al Distrito Federal. Cuando incluyen a los municipios conurbados se trata únicamente de aquellos que se incorporaron a la mancha urbana en los años setenta (Negrete, Graizbord y Ruiz, 1993), pero en sus mapas imaginarios no consideran que los municipios que se han incorporado desde entonces formen parte de la Ciudad de México.

MAPA 3

Zonas evaluadas favorablemente por delegación o municipio

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Otro dato interesante es que las zonas mejor evaluadas de las delegaciones Venustiano Carranza e Iztacalco son las que se encuentran en los límites de la delegación Cuauhtémoc. Ello indica que la presencia de estas delegaciones en la representación de la ciudad se debe a su proximidad con el Centro Histórico; de hecho una parte de éste se ubica en el extremo oeste de Venustiano Carranza. Nuevamente encontramos que la fuerza simbólica del Centro Histórico es un elemento crucial para la formación de mapas imaginarios del espacio extenso y complejo de la Ciudad de México. Los criterios de apreciación de las zonas mejor evaluadas proporcionados por los entrevistados fueron los siguientes: a) zonas en donde la historia y la tradición están presentes, sitios depositarios de una memoria colectiva, como los barrios antiguos y los monumentos; b) lugares que cuentan con una infraestructura cultural: centros educativos, museos, cines, teatros, salas de conciertos y de espectáculos, parques de diversión, etc.; c) zonas verdes donde la vegetación es abundante; d) lugares asociados a ciertos grupos sociales bien valorados o a categorías socioeconómicas favorecidas; e)sitios con una arquitectura atractiva (antigua o moderna) que crea un paisaje urbano agradable; f) zonas que cuentan con una oferta importante de comercios y restaurantes; g) lugares que inspiran tranquilidad y seguridad; h) sitios con un buen mantenimiento, con adecuados servicios públicos como limpieza e iluminación.

¿Cuáles son los lugares más apreciados de cada delegación y por qué? Los mejor evaluados en la delegación Cuauhtémoc son: el Centro Histórico, las colonias aledañas a los ejes de Insurgentes y Reforma, como Juárez, Cuauhtémoc, Roma, Condesa y Santa María la Ribera. Se trata de barrios valorados por su significado histórico, por su arquitectura decimonónica, por sus equipamientos culturales, de servicios y comerciales.

En Coyoacán lo más apreciado es también su casco histórico; podríamos decir que constituye un segundo centro simbólico para la ciudad y un punto de atracción tan importante como el Centro Histórico. Coyoacán es atractivo por su arquitectura, su importancia histórica, su infraestructura cultural y turística. La diferencia más importante respecto al Centro Histórico es que se le percibe esencialmente como un barrio residencial (donde a la tercera parte de los entrevistados le gustaría vivir) asociado a las clases favorecidas y a los intelectuales. En cambio al Centro Histórico se le ve principalmente como un polo comercial diversificado en donde se puede encontrar todo tipo de productos y servicios. Prácticamente ningún entrevistado eligió al Centro Histórico como lugar de residencia en el momento de esta encuesta (1998-2000).10 La Ciudad Universitaria es la segunda zona más apreciada de la delegación Coyoacán debido a su diseño arquitectónico, que incluye grandes áreas verdes, y a su amplia oferta cultural.

Las zonas mejor evaluadas en Miguel Hidalgo se ubican a lo largo del eje de Reforma, principalmente el bosque de Chapultepec (considerado el “pulmón de la ciudad”, ofrece posibilidades de diversión y educativas), Polanco y Lomas de Chapultepec. Cabe advertir que estas zonas son apreciadas por su mantenimiento, por su urbanización y por la arquitectura de las casonas ubicadas en ellas, pero no son atractivas para los entrevistados como lugar de residencia, aun cuando hipotéticamente no pondrían objeciones para mudarse allá.

Las colonias Del Valle, Nápoles y Narvarte fueron los lugares mejor evaluados de la delegación Benito Juárez. Se trata de barrios que fueron elegidos por los entrevistados como lugares de residencia atractivos porque consideran que son zonas “tranquilas y agradables”, con un buen mantenimiento y aceptable calidad de servicios, además de que cuentan con una buena ubicación porque se encuentran entre el Centro Histórico y Coyoacán.

La zona de las chinampas es el sitio mejor evaluado de la delegación Xochimilco. Observamos que la combinación de vegetación, historia y vida tradicional despierta en los entrevistados una imagen rural donde las fiestas tradicionales refuerzan la identidad local. Los sitios que más agradan de las otras delegaciones son muy precisos: se trata de centros históricos como San Ángel, Tlalpan y Azcapotzalco, o bien de zonas verdes como las de Tlalpan, La Magdalena Contreras y Milpa Alta.

Las zonas mejor evaluadas de la Ciudad de México se ubican en el suroeste de la Zona Metropolitana, mientras que las menos apreciadas se ubican en el noreste, como se puede apreciar en el mapa 4. En él se presentan las proporciones de superficie evaluada desfavorablemente por los entrevistados en cada delegación o municipio: 19% de Nezahualcóyotl, 18% de Azcapotzalco, 15% de Gustavo A. Madero y de Iztapalapa. Las razones de rechazo que dieron los entrevistados en su evaluación negativa de algunos lugares de la Zona Metropolitana coinciden en cuatro aspectos: carencia de servicios urbanos y culturales; un espacio de vida inconveniente (zonas industriales, contaminación, falta de vegetación, tráfico abundante, etc.); la condición social desfavorecida de los residentes de la zona; y la inseguridad. Estas características se atribuyeron a todas las zonas que los entrevistados no aprecian, aunque a algunas más que a otras; por ejemplo, Nezahualcóyotl fue considerada una zona de alta pobreza, carente de servicios urbanos básicos (agua, limpieza, drenaje, etc.) e insegura. La inseguridad es menos importante para Nezahualcóyotl que para Iztapalapa, en donde se menciona como primer criterio de rechazo, mientras la pobreza y la falta de servicios son secundarias.

MAPA 4

Zonas evaluadas desfavorablemente por delegación o municipio

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Azcapotzalco y Gustavo A. Madero se perciben como zonas industriales altamente contaminadas, pobres y descuidadas. Se considera desagradable de 10 a 14% del territorio de los municipios de Tlalnepantla, Chimalhuacán, Los Reyes, Tultitlán, Cuautitlán, Ecatepec y de la delegación Iztacalco. Tlalnepantla se percibe como una zona industrial contaminada, descuidada y sin servicios. Los otros municipios son vistos como zonas pobres, alejadas, relativamente peligrosas, donde la falta de servicios y transporte complica la vida de sus habitantes. La delegación Iztacalco genera un sentimiento de inseguridad. Finalmente, las zonas en que proporciones más bajas (entre 5 y 9%) de su territorio se consideran poco atractivas son Naucalpan, Atizapán, Coacalco, Venustiano Carranza, Cuauhtémoc y Tláhuac. Naucalpan está asociada a la presencia de zonas industriales y a la contaminación; Atizapán, Coacalco y Tláhuac a la pobreza y a la falta de servicios urbanos. Las zonas señaladas en Venustiano Carranza (la terminal de autobuses del poniente tapo y los alrededores de la avenida Zaragoza) son percibidas como peligrosas y descuidadas. Ciertos barrios populares como Tepito, La Merced, Guerrero y Buenos Aires constituyen las zonas más desacreditadas de la delegación Cuauhtémoc; se consideran altamente inseguros y se rechazan como lugar de residencia. En general las zonas menos apreciadas por los entrevistados corresponden a aquellas en donde no les gustaría vivir.

Si consideramos que sólo la parte oeste de las delegaciones Venustiano Carranza e Iztacalco fue evaluada positivamente, veremos con mayor claridad la lógica que rige el proceso de representación espacial de esta ciudad: una división socioespacial entre el suroeste privilegiado y el noreste desfavorecido. La bipolaridad de la representación semántica observada en el análisis del discurso sobre la ciudad se traduce en la imagen cartográfica en una división de la ciudad en suroeste y noreste. Las zonas mejor apreciadas por su mantenimiento, servicios, equipamiento y nivel socioeconómico se encuentran en el suroeste; mientras que las menos apreciadas se sitúan en las delegaciones y municipios del noreste de la Zona Metropolitana, calificadas como pobres, contaminadas, peligrosas, carentes de servicios y de equipamientos culturales. En los discursos se describe la ciudad como bonita y fea a la vez, mientras en los mapas se observa que sólo se evalúa favorablemente una parte reducida de la zona metropolitana. Cabe mencionar, sin embargo, que estas características de la Zona Metropolitana no están repartidas de una manera tan homogénea en la realidad como en los mapas mentales, pues la distribución de las zonas de miseria y mayor índice de criminalidad no sigue esta lógica espacial este- oeste. De acuerdo con ciertos estudios publicados por el Gobierno del DF (GDF, 2000), hay zonas de alto nivel de pobreza repartidas en estos dos polos de la Zona Metropolitana. También se observa que los distritos centrales más valorados por nuestros sujetos presentan tasas de criminalidad tanto o más elevadas que los rechazados por ellos. Encontramos entonces que por un efecto de generalización o de halo, las características favorables asociadas a ciertos barrios se atribuyen a todo el suroeste de la ciudad, y los rasgos desfavorables de algunos barrios específicos se extienden sobre toda la parte noreste. Ya mencionamos que la apreciación o el rechazo de una zona no necesariamente dependen de que se le conozca o frecuente, sino que las imágenes de la ciudad son también construidas a partir de estereotipos, de generalizaciones y de ideas vagas basadas en representaciones preexistentes, o en categorías de clasificación preestablecidas. Estas imágenes tienen consecuencias importantes no sólo en lo que concierne a las prácticas individuales o colectivas de los residentes, sino también en lo tocante a las decisiones de inversión pública y privada. Tales representaciones, prácticas e inversiones contribuyen a acentuar las diferencias en el espacio, como es el caso de la división entre el suroeste y el noreste de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.

Consideraciones finales

Tanto en los mapas mentales, como en las representaciones semánticas, la Ciudad de México se concibe como un espacio complejo, global y continuo cuando se trata de hablar de ella o de dibujarla en un mapa, pero resulta inasible en su totalidad cuando se hace referencia a su práctica y conocimiento. Suele representarse de una manera sintética y esquemática; en su imagen cartográfica aparece un número bastante reducido de sitios prestigiosos que se concentran en un territorio muy restringido. Las zonas más representadas en los mapas mentales, las mejor evaluadas, más conocidas y frecuentadas se concentran en tres delegaciones únicamente: Cuauhtémoc, Coyoacán y Miguel Hidalgo, a pesar de que nuestros entrevistados no se limitan a usar a la zona central del Distrito Federal. En las representaciones socioespaciales de la Ciudad de México se excluye la mayor parte de la Zona Metropolitana. Las zonas menos apreciadas (Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Nezahualcóyotl) se encuentran próximas a las más valoradas, lo que marca el contraste entre ellas. El resto de las delegaciones y municipios cuenta poco para la construcción de la representación de la ciudad. Estas vastas zonas constituyen lo que podríamos denominar una “antirrepresentación” de la ciudad integrada por territorios excluidos de los mapas mentales, desconocidos y rechazados en principio. La periferia urbana de la Zona Metropolitana sólo se hace presente cuando se trata de describir lo que los entrevistados no aprecian o no conocen de su ciudad. Nuestros resultados confirman la idea de que un espacio grande y complejo suele representarse en una imagen simplificada y estereotipada, producida más por informaciones indirectas (medios, panfletos turísticos, mapas administrativos, etc.) que por una práctica directa del espacio (Pinheiro, 1998).

Otros estudios sobre imágenes del espacio (Jodelet, 1982) han mostrado que las representaciones de la ciudad no sólo son el producto de la experiencia directa del área urbana, sino que se encuentran igualmente marcadas por las características de la historia y el poblamiento de la ciudad. Las propiedades de la representación de la Ciudad de México pueden ser explicadas por el proceso de crecimiento y de configuración territorial de ésta en la medida en que algunas características del desarrollo de la Zona Metropolitana se reflejan en su representación espacial. Los resultados expuestos en este trabajo muestran dos lógicas de construcción de la representación socioespacial de la Ciudad de México relacionadas con su desarrollo histórico: una va del centro a la periferia y se encuentra reflejada en los dibujos de los mapas de la ciudad y en la estimación del conocimiento de ésta; y la otra, que divide la ciudad en suroeste y noreste, rige la evaluación de la zona metropolitana produciendo una bipolarización positiva o negativa de su representación cartográfica.

La lógica centro-periferia tiene que ver con el desarrollo urbano concéntrico que ha presentado la Zona Metropolitana (Negrete, Graizbord y Ruiz, 1993). A la ciudad central que ocupaba el actual territorio de las delegaciones Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Venustiano Carranza, se fueron agregando gradualmente las delegaciones y municipios periféricos hasta formar la extensión de la Zona Metropolitana que actualmente conocemos. El desarrollo del mapa imaginario de la ciudad sigue este crecimiento concéntrico pero se limita al territorio correspondiente a la mancha urbana de los años setenta, pues la mayoría de los lugares evocados en las distintas preguntas se halla en las delegaciones centrales del Distrito Federal y en los municipios incorporados a la Zona Metropolitana antes de los años setenta. Esto resulta particularmente claro en el desarrollo del dibujo y en la estimación del conocimiento de la ciudad: las zonas mejor conocidas se encuentran en las delegaciones centrales y las menos conocidas en las periferias inmediata y lejana.

La lógica suroeste-noreste se relaciona con un desarrollo desequilibrado de la Zona Metropolitana que ha sido reconocido por varios autores (García Canclini, 1998; Monnet, 1993; Cisneros, 1993). Es una lógica que rige la evaluación de la ciudad desde el punto de vista afectivo: las zonas mejor apreciadas se ubican en el suroeste de la Zona Metropolitana y las menos apreciadas en el noreste. Las razones de rechazo de estas zonas que exponen los entrevistados son la inseguridad, la pobreza, la presencia de parques industriales, y la falta de equipamientos y servicios urbanos. Las zonas del suroeste son apreciadas por su adecuado mantenimiento, la buena calidad de los servicios, su oferta cultural y de entretenimiento, sus espacios verdes, sus sitios históricos y su arquitectura. Monnet (1993) plantea una posible explicación al desarrollo urbano desigual que presenta la Ciudad de México: “en la capital mexicana la centralidad se extendió y se multiplicó a lo largo de un eje este-oeste” (p. 150); el desarrollo de la ciudad hacia el suroeste que fue el resultado de la creación de centros contiguos que se sucedieron en el tiempo y en sus funciones. El primer centro fue la Plaza de la Constitución, alrededor de la cual se concentraron las principales actividades políticas, religiosas y económicas de la ciudad. Hacia mediados del siglo XIX estas actividades se desplazaron al oeste, al seguir la emigración de los sectores privilegiados que se fueron instalando a lo largo del eje de Reforma en dirección del bosque de Chapultepec. Un tercer centro surgió en los años cincuenta sobre la avenida Juárez (entre el Centro Histórico y Reforma), el cual constituyó un central business district simbolizado por la Torre Latinoamericana. La centralidad de la Ciudad de México continuó proyectándose hacia el oeste sobre la prolongación del eje de Reforma en las zonas de Polanco y Lomas de Chapultepec, y en dirección sur sobre el eje de Insurgentes, hacia las zonas de Coyoacán y San Ángel. Esta evolución ha creado una cadena de centros especializados que no ha disminuido la diversidad de actividades del Centro Histórico.

La división desigual del espacio que comenzara desde la expansión de la ciudad en el siglo XIX se ha visto reforzada por políticas de desarrollo urbano que han continuado favoreciendo al sur y al oeste de la Zona Metropolitana. Las zonas industriales de los años setenta se instalaron en las delegaciones y municipios del noreste, mientras que las delegaciones del suroeste se transformaron en zonas residenciales y de servicios para clases medias y altas (Garza, 1987). La calidad de los servicios es mejor en estas zonas, que reciben más agua y de mejor calidad que las zonas del noreste (Gamboa de Buen, 1994). El periférico fue construido únicamente en la parte suroeste, funcionó en ella durante más de 20 años, y actualmente el segundo piso del periférico sólo fue construido en esta parte. Esta zona cuenta con los mejores equipamientos culturales de la ciudad (García Canclini, 1998). Este desarrollo desigual de la ciudad se refleja en las representaciones de ésta y en las prácticas de utilización del espacio. Tales representaciones no sólo rigen las prácticas de los residentes sino también las de quienes toman las decisiones importantes para el desarrollo urbano, como los funcionarios y los inversionistas, que al continuar impulsando el mejoramiento del espacio sólo en el suroeste han reforzado las diferencias socioespaciales ya existentes.

Es notable otro resultado que arrojan los mapas cognitivos de los residentes: que existe un desconocimiento general de la Ciudad de México, particularmente de la periferia, aunque ello no impida que los entrevistados formulen un juicio negativo sobre vastas regiones de la zona metropolitana. Esto sugiere que sus representaciones de gran parte de la urbe están fundadas más en otros imaginarios urbanos que sobre una práctica real del espacio. Imaginarios que a través de los medios de comunicación y el sentido común transmiten ideas generales, estigmas y estereotipos asociados a ciertas zonas y barrios. García Canclini, Castellanos y Mantecón (1996) plantean que como la amplitud de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México impide que los residentes puedan conocerla en su totalidad, es sólo gracias a las imágenes que transmiten los medios de comunicación que pueden llegar a formarse una idea de lo que pasa en las zonas que no frecuentan. Al parecer éste es el caso de nuestros entrevistados, quienes completan con las imágenes que ofrecen los medios sobre la mayor parte de la Zona Metropolitana su representación de la ciudad formada a partir de la experiencia cotidiana de un espacio relativamente reducido de la urbe.

La proyección de las representaciones de la ciudad sobre mapas o soportes gráficos proporciona un índice incompleto de las imágenes del espacio, pues de acuerdo con De Certeau (1980), el trazo sobre el papel sólo expresa una parte de la experiencia urbana que las han creado: la proyección de la imagen del espacio en forma cartográfica “manifiesta la propiedad voraz que posee el sistema geográfico para metamorfosear la acción en algo lisible, pero esta forma de expresión hace olvidar la manera de ser en el mundo” (p. 148). En efecto, el análisis del discurso sobre la ciudad nos muestra que las representaciones cartográficas son complementarias de las representaciones semánticas de la ciudad. En las cartográficas se observan, como propone Jodelet (1982), las huellas que ha dejado la base material, arquitectónica y urbanística en la conciencia colectiva, uniformando con ello las imágenes de la ciudad que sus residentes interiorizan. Las semánticas expresan una experiencia urbana más individual, marcada por las pertenencias grupales, que proyecta sobre el espacio los valores a los que se adhiere cada individuo, los signos de su identidad y de una diferenciación social. Observamos así que la bipolarización de la representación semántica de la ciudad entre lo positivo y lo negativo se expresa en forma cartográfica en una división socioespacial que separa la ciudad en el suroeste privilegiado y el noreste desfavorecido. Sin embargo la representación de la Ciudad de México no se limita a una actitud ambivalente entre la aceptación y el rechazo, sino que comprende varias facetas que van desde la experiencia urbana más afectiva y personal hasta un análisis de lo urbano que hace referencia a la ciudad como un territorio político y administrativo. La teoría de las representaciones sociales establece que la imagen de un objeto depende de la posición que el sujeto ocupa en la estructura social. De esta manera, esperábamos encontrar una diferencia entre la representación de la ciudad de los habitantes del Distrito Federal y la de los funcionarios del gobierno local. Mientras la de los primeros se encuentra mayormente construida en función de la experiencia urbana, la de los segundos está más centrada en los aspectos políticos, como el cambio de gobierno, su responsabilidad profesional y su compromiso político. Encontramos que en los funcionarios la mirada sobre la Ciudad de México es más propia del político que del especialista, contrariamente a lo que habríamos podido esperar.

Nuestros resultados nos ponen en guardia contra las concepciones de las metrópolis gigantes como “no ciudades”, como ciudades monstruo o como ambientes urbanos patológicos, como proponen algunos teóricos contemporáneos. Los partidarios de la Escuela de Chicago han percibido a la gran urbe como un medio generador de una forma de vida patológica que alienta la individualidad y la soledad, en donde las relaciones sociales son superficiales y el arraigo al territorio urbano se ve obstaculizado por la movilidad constante, y en el cual las relaciones con el otro y con el espacio son reguladas por los principios de la competencia y de la sobrevivencia (Grafmeyer y Joseph, 1979). Es importante reconocer que si bien la Ciudad de México se vive de esta manera, su imagen no se reduce al aspecto desorganizador o patológico; la experiencia urbana incorpora otros elementos como la historia, la tradición cultural, la participación política y un fuerte lazo afectivo.

Algunos autores sugieren que los espacios de sociabilidad, las referencias a la identidad o a la historia en la urbe contemporánea desaparecen progresivamente al ritmo del desarrollo de la ciudad “comunicacional” o “informacional” (Castells, 1996; García Canclini, 1998). En efecto, nuestros entrevistados han visto a su ciudad transformarse rápidamente en una metrópoli moderna de gran dimensión, pero en su representación el peso de la historia es importante. En los mapas mentales de esta ciudad los “no lugares” como las vías rápidas, el metro, las terminales terrestres o aéreas, los centros comerciales y los equipamientos se mezclan con los vestigios de la ciudad prehispánica, colonial y los del siglo xix, así como con los barrios tradicionales de rasgos rurales. Las referencias a la ciudad histórica y tradicional fueron asociadas por nuestros entrevistados a una identidad espacial de barrio donde la solidaridad se expresa en las fiestas religiosas o paganas, por ejemplo, y de carácter nacional en el caso de ciertos monumentos, especialmente la Plaza de la Constitución en el Centro Histórico. Sin embargo, el análisis de los significados de los principales sitios que constituyen los mapas mentales nos muestra que la lectura de los monumentos urbanos no solamente se hace en función de la historia oficial o del poder político, sino igualmente de una apropiación y de usos espontáneos y vivos del espacio por individuos y grupos.

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Notas

1 Augé (1992) define al no lugar como un espacio de flujo constante que imposibilita el arraigo, la convivencia social, el desarrollo de una identidad ligada a una historia social anclada en un sitio. Ejemplos de no lugares para este autor son las autopistas, los centros comerciales, los sitios de transferencia como los aeropuertos o las redes de vías rápidas.

2 Este trabajo ha sido elaborado a partir de la tesis de doctorado “Las representaciones socioespaciales de la Ciudad de México. Experiencia urbana, imágenes colectivas y mediáticas de una metrópolis gigante”, que presentó la autora en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) en Francia (2002).

3 Los entrevistados residían en las delegaciones Iztapalapa (10), V. Carranza (9), B. Juárez (8), Cuauhtémoc (6), Coyoacán (5), G. A. Madero (4), M. Contreras (3), M. Hidalgo (3), Azcapotzalco (2), Iztacalco (2), Tlalpan (1) y en los municipios de Ecatepec (1) y Nezahualcóyotl (2); los demás sujetos no especificaron su lugar de residencia.

4 Los funcionarios entrevistados desempeñaban puestos de dirección o subdirección en instituciones encargadas de diversos aspectos de la gestión urbana (desarrollo urbano, vivienda, seguridad, aspectos sociales y jurídicos): GDF (10), ALDF (4), CDHDF (1), FONHAPO (3), otras instituciones (2). La mayoría (13) formaba parte de la administración electa en 1997.

5 El programa de análisis de textos Alceste clasifica las oraciones o fragmentos de discursos en función de la coocurrencia de las palabras principales que los componen. Asigna a la misma clase los fragmentos que comparten un vocabulario frecuentemente repetido. La frecuencia de la coocurrencia del vocabulario en los fragmentos de texto será la base matemática para realizar la clasificación jerárquica descendente (véase la gráfica 1) del discurso analizado. Para mayor información sobre este programa véase Reinert, 1993 y Alba, 2004, versión en español.

6 Cabe mencionar que la mayoría de los funcionarios entrevistados pertenecía al primer gobierno electo del Distrito Federal. Existe entre ellos, aunque no exclusivamente, una tendencia marcada a responsabilizar a la administración del PRI de los problemas de la urbe. También se observa su orgullo por haber participado en el proceso de democratización del Distrito Federal, así como una actitud desafiante ante el futuro de la ciudad.

7 Un análisis detallado de los dibujos de mapas de la ciudad y de los significados de la misma presentada en fotografías ha sido realizado en publicaciones precedentes (De Alba, 2004 a y 2004b), por lo que aquí sólo presentaremos una síntesis de los resultados de los dibujos, centrándonos en el uso, conocimiento y valoración de la ciudad valiéndose de recorridos y trazos en mapas de la Zona Metropolitana.

8 Esto por dos razones: 1) porque las representaciones de la ciudad fueron analizadas tomando en cuenta el contexto de la transición política del Distrito Federal y por lo tanto los residentes del Estado de México no estaban concernidos directamente, y 2)para hacer la muestra comparable con la de los funcionarios encargados de la gestión del Distrito Federal.

9 Se le pidió a cada entrevistado que señalara en un mapa de la Zona Metropolitana las zonas que mejor conocía de la ciudad. El análisis se basó en el conteo de la superficie señalada como conocida en el mapa en cada delegación y municipio.

10 Cabe mencionar que entonces el Centro Histórico no constituía una opción residencial dentro de la ciudad como ha ocurrido a partir de su remodelación, desde el año 2000 hasta la fecha.



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