Europa y América en la revolución geodemográfica*

Massimo Livi Bacci**

Universitá Degli Studi de Firenze. Correo electrónico: livi@ds.unifi.it.



Resumen

El trabajo establece un parangón entre Europa y América tanto de sus vivencias demográficas en el pasado con el Nuevo Mundo, como de las repercusiones futuras de las demografías de ambas regiones en un mundo globalizado.

Con diversos indicadores el autor ilustra las transiciones en Europa, donde se pasó de una sociedad con abundancia de recursos humanos a otra con escasez de ellos. En este marco cuantitativo cualitativo expone las particularidades y “soluciones” de la crisis del Estado social en el caso europeo y la viabilidad de la aplicación de las políticas para revertir las tendencias de la baja natalidad y las concernientes a la migración, mayoritariamente de ultramar.

Recibido: 15-10-2004; Aceptado: 14-12-2004

Estudios demográficos y urbanos, 2019 Oct 17

Palabras clave: geografía de Europa, América, inmigración, expansión demográfica, Estado social, políticas de natalidad y migración.
Key words: geography of Europe, America, immigration, demographic expansion, social state, birth rate policies and migration.

La Europa de la que voy a hablar es la de los textos de geografía de mi infancia, o sea la comprendida entre los “finis terrae” atlánticos y los Urales, entre el Mediterráneo y el Mar del Norte, diez millones de kilómetros cuadrados, una pequeña parte de las tierras emergidas del planeta, en marcado contraste, podría decirse, con la opinión que los habitantes de Europa tienen de sí mismos. En consecuencia, el discurso sobre las poblaciones europeas podría apoyarse fácilmente en esta definición geográfica si no fuera porque Rusia, en sus diversas formas estatales hegemónicas, con sus habitantes a los que no podemos dejar de llamar europeos, trasciende esta definición extendiéndose hasta el mar del Japón y poniendo en movimiento en su interior, europeo y asiático, etnias, culturas y religiones diversas. En mi discurso conservaré esta Europa geográfica, cuya unión económica y política en buena medida ya existe: intentaré comparar su evolución con la de la América que se extiende al norte de Guatemala y que comprende a México, Estados Unidos de Norteamérica y Canadá.

Paradójicamente América ha avanzado más desde el punto de vista de la integración demográfica, a juzgar por los cerca de cuarenta millones de habitantes de origen latino y en su mayoría mexicanos que se encuentran al norte del Río Bravo.

Si el discurso sobre la geografía de Europa no es tan simple como debería, todavía más complejo lo es el relativo a los europeos como población. Simplificando al máximo: antes de la edad moderna Europa era un continente abierto que fue recibiendo oleadas sucesivas de inmigración por la vía de acceso del Mediterráneo y por su gran puerta de ingreso oriental, entre los Urales y el mar Caspio, pero a partir de las grandes exploraciones atlánticas y de la rápida y sucesiva unificación del mundo, Europa pasó a ser fundamentalmente exportadora de hombres. Aunque todavía tenía que resolver el problema oriental con el cierre de sus puertas de acceso a los tártaros y a los turcos, el continente se convirtió de forma cada vez más marcada en tierra de emigración. Un flujo continuo se dirigía a Occidente, hacia América. El verdadero inicio de ese flujo organizado se produjo cuando Cristóbal Colón y su familia cayeron en desgracia y fueron sustituidos en La Española por el enviado de la Corona, el gobernador Ovando, que arribó a Santo Domingo en abril de 1502 con 31 naves y 2 500 personas. Los avances de la navegación empezaron a hacer posible un tráfico transoceánico ordenado y un intercambio regular de bienes, personas y conocimientos entre las madres patrias y ultramar, indispensable para alimentar la inmigración y la colonización. En tres siglos, entre 1500 y 1800, tal vez un número no superior a dos millones de europeos se trasladó de forma permanente a América (apenas una quinta parte de los esclavos que fueron transportados allí) y provenían, sobre todo, de las islas británicas y de la península ibérica. En 1800, 7 millones de europeos, descendientes de aquellos emigrantes y divididos por partes iguales entre las dos Américas -al norte y al sur del Río Bravo (Río Grande)- vivían en el Nuevo Mundo, además de un número impreciso de mestizos y mulatos. Los europeos también se trasladaban con frecuencia a Oriente, aunque allí los asentamientos tenían un carácter más comercial que de poblamiento. La Compañía Oriental de las Indias Holandesas embarcó cerca de un millón de personas hacia destinos asiáticos en sus dos siglos de vida, entre 1605 y 1792, de las cuales sólo la mitad regresó a su patria. Esta primera fase de expansión extracontinental dio fuerza demográfica, política y económica a los grandes imperios coloniales europeos y sentó las bases para la gran emigración del siglo XIX, que encontró en las áreas de destino culturas, instituciones y estructuras dispuestas a recibirla. Una emigración inducida por el empobrecimiento relativo y por el crecimiento acelerado de las masas rurales, desplazadas por la revolución industrial y atraídas por continentes ricos en capital (tierra) y pobres en mano de obra, que describe un ciclo secular. Entre 1840 y 1930 emigraron unos 60 millones de europeos, y para buen número de ellos se trató de una emigración definitiva. En la parte más alta del ciclo -en las dos décadas que precedieron a la Primera Guerra Mundial- la emigración absorbió casi un tercio del aumento natural europeo y contribuyó de forma importante al crecimiento de los grandes países transoceánicos: Australia, Argentina, Brasil, Canadá, Estados Unidos. Entre las dos guerras mundiales, la crisis económica, el surgimiento de regímenes totalitarios, el cierre de las salidas, la vuelta a políticas nacionalistas y replegadas sobre sí mismas, pusieron fin a la expansión demográfica y geográfica de Europa, iniciada hacía más de cuatro siglos. Y en las últimas décadas se anuncia la apertura de un nuevo ciclo: tras casi medio milenio Europa se convierte de nuevo en importadora neta de recursos humanos. El número de inmigrantes de origen no europeo alcanza alrededor de 15 millones en 2000, una cifra nada desdeñable aunque no demasiado elevada en términos relativos.

Si he recordado estos acontecimientos es porque no tiene sentido hablar de Europa, ni de su población, sin recordar que sus vivencias, incluso demográficas, están estrechamente vinculadas a las de otros mundos que han contribuido a conformar Europa, del mismo modo que es ahistórico y totalmente abstracto pensar en una población europea, actual o futura, en estado de aislamiento geográfico respecto del mundo exterior. Pero sobre esto ya volveremos.

La Europa de la expansión demográfica -la de los cuatro siglos que siguieron al primer contacto americano- fue también un continente que, a pesar de su permanente contribución a la población de las demás regiones, tuvo un peso cada vez mayor en el contexto mundial. Limitémonos sin embargo a la era estadística: alrededor de 1800 la población europea representaba aproximadamente una quinta parte de la mundial. La revolución demográfica que se produjo en el siglo XIX -una reducción de la mortalidad y el retraso en la difusión del control de los nacimientos- provocó una aceleración del crecimiento; a pesar de la emigración, el peso de Europa alcanzó su punto más alto en vísperas de la Primera Guerra Mundial, con cerca de 28% de la población mundial. Este es, casi con seguridad, el máximo “histórico” alcanzado en nuestra era (pues lo ocurrido antes no lo sabemos). Desde entonces el peso europeo ha ido disminuyendo debido a la convergencia demográfica hacia el crecimiento nulo (actual) y negativo (futuro) y a la aceleración de los países extraeuropeos; Europa representa alrededor de 23% en 1950, 13% en 2000 y, si aceptamos las previsiones más recientes de las Naciones Unidas, apenas 7% hacia 2050. La pérdida de la centralidad europea es, naturalmente, también económica. Según las estimaciones del producto bruto en valor constante y del poder adquisitivo comparable, el peso de Europa en la economía mundial era de 32% en 1820 y llegó al máximo en 1913 con 47%, para declinar después gradualmente hasta 19% en 2000 y, de mantenerse las actuales diferencias geográficas de producto per cápita, hasta apenas 10% en 2050.

Una breve comparación con América permite que resalten las dinámicas contrastantes de los dos continentes: en 1820 -antes de que se iniciara la gran migración transoceánica- la población europea era 13 veces mayor que la americana; hacia 1913 esta relación se había reducido a cuatro, en 1950 era de 2.7 y en 2004 es de 1.7 veces. De acuerdo con las proyecciones de las Naciones Unidas, en el año 2050 la relación será de un poco más de 1.07. Estas dinámicas se reflejan también en la relación entre el producto nacional bruto (PNB) de Europa y el de América: el primero es nuevamente 13 veces mayor que el segundo en 1820, pero es apenas 2.3 veces mayor en 1913, 1.3 en 1950 y alcanza un equilibrio perfecto en 2000.

Naturalmente, estos valores se refieren a una Europa estrictamente anclada al territorio que hemos indicado al principio, a la población que vive en él y a lo que allí produce. Es más o menos como si se comparase a la Grecia de Pericles con la de Alejandro, o a la Roma de los Gracos con la de Augusto. De hecho, si en lugar de referirnos a la Europa geográfica nos refiriésemos a los europeos y a sus descendientes, el discurso cambiaría un poco. La población de los países cuyos habitantes tienen un origen mayoritariamente europeo alcanzaba 36% de la población mundial en vísperas de la Primera Guerra Mundial y en ellos se producía 70% del producto mundial; en la actualidad representa casi una cuarta parte de la población mundial y contribuye con 55% del producto del planeta. Pero no quiero divagar, porque considero que lo que aquí nos interesa, sobre todo, es hablar de la casa madre, de la Europa física, con sus ciudadanos. Dejemos por ahora sus filiaciones y descendencias, y veamos brevemente las circunstancias objetivas de la declinación europea en el sistema mundial.

A pesar de que dos sangrientas guerras, una intensa emigración en las tres primeras décadas del siglo, la guerra civil en Rusia, la sucesiva liquidación de los Kulaks y las pérdidas demográficas debidas a la catastrófica carestía de la década de 1930, consecuencia directa del “gran salto adelante” decretado por Stalin, el aniquilamiento de los judíos y de los gitanos y las pérdidas de la guerra civil española, hicieron que la población europea perdiera peso en el contexto mundial, de todos modos pasó de 401 millones a 548 millones en la primera mitad del siglo XX. Las pruebas de autodestrucción -que costaron muchas decenas de millones de muertos y un cúmulo proporcional de sufrimientos a los supervivientes- habían frenado pero no detenido el crecimiento del continente. Una autodestrucción de tal magnitud que, con la excepción de la Revolución Mexicana y las víctimas que causó, no tuvo paralelo en América. En el medio siglo siguiente, que terminó en 2000, la población aumentó un tercio más, hasta alcanzar 727 millones, pero el ciclo de crecimiento se fue atenuando hasta llegar a índices próximos a cero en los últimos años como consecuencia de la marcada caída de la natalidad, que actualmente es incluso bastante menor que el nivel que permite el reemplazo generacional. En medio siglo se produjo un crecimiento, hoy agotado, de 180 millones de habitantes, parte final de aquel ciclo de desarrollo extraordinario iniciado con la Revolución Industrial. Un ciclo que ha multiplicado por cuatro la población del continente y por lo menos por doce la renta real per cápita, que redujo los espacios abiertos y multiplicó por un factor desconocido, pero seguramente muy importante, los espacios construidos, cementados, humanizados; un ciclo que, en definitiva, ha llenado el continente de personas y bienes materiales.

Ahora que he sintetizado el pasado en saltos de medio siglo, intentaré dar un salto hacia adelante. Me apoyo en las previsiones elaboradas y actualizadas periódicamente por las Naciones Unidas, que describen el itinerario trazado por las poblaciones de estados y regiones del mundo en el horizonte de medio siglo, según hipótesis razonables y compartidas por la gran mayoría de los estudiosos. Estas previsiones anuncian una población europea de 632 millones en 2050, casi 100 millones de personas menos que las que hay hoy día, en la hipótesis, por cierto totalmente irreal como diré más adelante, de que Europa tenga un saldo migratorio equivalente a unas 400 000 unidades al año (menos de la mitad del saldo anual del último decenio). Añadiré un solo dato más, aunque sumamente significativo: la edad mediana de los europeos era alrededor de 1950 de 29 años; hoy es de 38, y será de 48 en 2050. El contraste con los tres países americanos mencionados es verdaderamente notable: en 1950 la edad mediana era de 27 años, hoy es de 31, y en 2050 será de 41 años, 7 años menos que en la “vieja” Europa. Naturalmente, Europa no es uniforme y existen variaciones en torno a esta tendencia general. Sin entrar en detalles puede decirse que la depresión demográfica -entendiendo con este término la incapacidad que tienen las generaciones para “sustituirse” aritméticamente unas a otras y, por lo tanto, para determinar una disminución mayor o menor de la población- es menos acentuada en el norte de Europa (Gran Bretaña, Escandinavia, Francia) y más aguda en el centro y en la zona mediterránea: Alemania, la Península Ibérica, Italia. La depresión podría llegar a ser gravísima en las poblaciones de la antigua Unión Soviética si la situación actual se prolongara durante algunos años.

El cambio que estamos viviendo es una transición de una sociedad con abundancia de recursos humanos a otra, la de las próximas décadas, que debería sobrevivir y prosperar con la escasez de estos recursos. Un cambio que introducirá una cascada de otros cambios de suma importancia. Antes de pasar a considerar las implicaciones de este cambio, volveré a referirme por un momento a los enfrentamientos planetarios. Entre los diez países más poblados del mundo se contaban en 1950 cuatro países europeos, Rusia (en el lugar de la actual Federación), Alemania (unificada), Gran Bretaña e Italia; sólo la Federación Rusa se mantiene hoy entre los diez primeros, pero incluso ella quedará fuera de la clasificación en 2050.

Naturalmente, el número de personas es sólo un marco aritmético-por indispensable que sea- en el cual se coloca una colectividad (país, región o continente) para valorar su peso en ámbitos más vastos. Una suma abstracta de culturas e ideas, de capital humano y capital físico, de bienestar social y renta per cápita es, en el fondo, el esquivo concepto de “riqueza de las naciones” al que se refería Adam Smith hace más de dos siglos. Pero entre el número de personas y esta suma o riqueza abstracta existen, obviamente, asociaciones e interacciones que no pueden pasarse por alto. Muchos opinan que una disminución en el número -en una Europa que ha cuadruplicado su población en los últimos doscientos años- puede representar una ventaja, pues reduciría tensiones con el medio ambiente gracias a la recuperación de espacios y de calidad de vida, ahora perdidos por la excesiva concentración humana. Yo compartiría esta opinión si la disminución se produjese mediante un corte abstracto y proporcional para jóvenes, adultos y ancianos, dejando inalterada o casi inalterada la estructura por edades. Pero de todos es sabido que no es así y que el recorte-ateniéndonos a las hipótesis- se acentuará entre los jóvenes y los adultos, mientras que el número de ancianos aumentará notablemente. Si esto fuera así se produciría un desbarajuste muy fuerte en las relaciones numéricas, y por lo tanto sociales, económicas, culturales, entre generaciones. Partiendo de estas premisas parece útil abordar las implicaciones de las tendencias demográficas que he descrito brevemente. Elegiré los tres aspectos que me parecen más pertinentes y que, como veremos, están interrelacionados. El primero tiene que ver con la crisis del Estado social; el segundo, con las posibles políticas para devolver la baja natalidad europea a niveles menos deprimidos; el tercero, con el grado de apertura del continente a los movimientos migratorios.

En Europa la política social y el welfare state estarán en crisis porque ya no son sustentables las reglas que rigen las transferencias de recursos. Estas transferencias provienen de recursos producidos por los perceptores de ingresos y recaudados por el Estado en forma de impuestos, tasas y contribuciones. El Estado toma los recursos producidos por un colectivo que coincide con la población activa y los redistribuye a la población, compuesta en gran parte por ancianos, transformados en atención a la salud, pensiones y subsidios asistenciales. Se trata de un sistema que tiene sus raíces en el estado de Bismarck y que adopta su forma definitiva durante el gobierno laborista de Atlee y Bevan, al fin de la Segunda Guerra Mundial y que se establece en toda Europa durante el cuarto de siglo siguiente. A comienzos del siglo XX los gastos públicos de los estados europeos absorbían una décima parte del producto y, de ésta, sólo una mínima parte era redistribuida mediante un sistema de bienestar todavía embrionario; el resto se dedicaba a sostener la defensa, o a la guerra, a la justicia y a alguna que otra obra de infraestructura. En la actualidad el gasto público equivale a casi la mitad del producto, y dos tercios de esa mitad se destinan a pensiones, asistencia y salud. El problema es que las normas de recaudación y de reparto de los beneficios se establecieron en una época -las décadas de 1950 y 1960- en que la estructura demográfica era favorable, cuando quienes pagaban impuestos estaban en marcada expansión y aquellos a los que estaban destinados los beneficios eran relativamente pocos. Por ejemplo, en esos años Italia experimentaba una marcadísima expansión, con un notable crecimiento de los ocupados y de sus ingresos, y por lo tanto de su capacidad de contribución. Al mismo tiempo, los trabajadores que abandonaban los campos no tenían cobertura de pensiones, del mismo modo que no la tenían los comerciantes ni los artesanos. Los gobiernos -y con ellos la oposición- de buena gana secundaban la fuerte presión social para una extensión de los derechos sociales sin preocuparse demasiado de la generosidad de las normas que se establecían y cuyas consecuencias habrían de recaer sobre las espaldas de las generaciones futuras. Éstas habrían podido (dentro de ciertos límites) sostener dichas consecuencias si la pirámide de edad no hubiera empezado a modificarse hasta amenazar con invertirse por el predominio de los ancianos sobre los jóvenes. Este proceso, que reviste una especial gravedad en Italia -tanto por la generosidad de los legisladores como por la gran velocidad del cambio demográfico iniciado en la década de 1970- afecta también a gran parte de Europa con intensidad variable y es uno de los nudos políticos y sociales más intrincados y sensibles del momento político. Muchas “conquistas” sociales arduamente conseguidas tendrán que ser desmanteladas gradualmente. Entre todas ellas citaré una de alto contenido demográfico: el planteamiento de una esperanza de vida en rápido aumento y de una edad media de jubilación en descenso no es sostenible por la lógica ni por las arcas del Estado. De hecho, todas las reformas tratan de invertir la tendencia histórica, que había sido, hasta ahora, anticipar la jubilación. Hasta aquí sólo me he referido al sistema de pensiones, pero se podrían decir cosas semejantes respecto de la atención a la salud y de las demás formas de asistencia.

Volviendo al plano internacional, la insostenibilidad de las antiguas normas del sistema de bienestar en los países europeos -de la cual es responsable en primer lugar la depresión demográfica- es un factor poderoso que explica la menor competitividad de Europa respecto de Estados Unidos, el único gran país occidental con una demografía en equilibrio y con un sistema de bienestar mucho más ligero que el nuestro (con las desventajas sociales que esto implica) sobre el que no se cierne la amenaza de un rápido envejecimiento.

Si consideramos un indicador demográfico bastante sencillo de la presión ejercida por el sistema de transferencias, la relación entre la población de 65 y más años y la población en edad activa (entre 20 y 64 años), encontramos diferencias impresionantes: en 2000 el valor de esta relación en Europa es 26%, mientras que en los tres países de América es 20% pero en 2050 los valores alcanzarán 56 y 39% respectivamente; la diferencia será mucho mayor.

El segundo y tercer problemas de la demografía europea -las acciones para la recuperación de la natalidad y el grado de apertura del continente a las migraciones- tienen una premisa común. Toda sociedad elabora gradualmente las reglas de reproducción biológica y las de reproducción social. Las primeras se relacionan con la formación y la disolución de las uniones con fines reproductivos, la propensión a tener hijos según la edad, la capacidad de regular los nacimientos con medios “naturales”, con la anticoncepción, con el aborto y, finalmente, con el infanticidio; estas reglas complejas, que cambian continuamente, determinan el flujo de los nacimientos que, a su vez, modela la estructura por edades de una población. Las reglas de reproducción social, en cambio, determinan quién tiene derecho a convertirse en parte de la sociedad, a disfrutar de sus beneficios y a soportar sus cargas. En algunos grupos la reproducción “social” puede realizarse por adopción, por cooptación, por libre admisión de quien solicita formar parte de ella. En las poblaciones reales, que se identifican con un territorio, este proceso de reproducción social resulta de la inmigración. No obstante, es preciso despejar un posible equívoco: no existe una relación inversa necesaria entre los nacimientos y las migraciones, en el sentido de que si son bajos los primeros deben ser altas las segundas, y viceversa. El hecho de que la mayoría de las veces se presente esta relación es irrelevante: en el mismo mundo occidental hay casos opuestos y sorprendentes, como el de Estados Unidos, con una buena reproducción biológica y una alta reproducción social, y el de Japón, donde ambas son poco importantes. Por otra parte, toda sociedad es libre de establecer su propia “combinación” reproductiva: existen sociedades completamente cerradas a la inmigración y otras notablemente abiertas, con costos y beneficios variables para los ciudadanos y para la colectividad.

La reproducción biológica -es decir la natalidad- de Europa es bajísima; en la actualidad no llega a 1.4 hijos por mujer, lo cual representa casi un tercio por debajo del nivel de reemplazo. También en este caso la comparación con los tres países americanos muestra la desventaja europea: Estados Unidos es el único país occidental donde la fecundidad se ha mantenido en el nivel de reemplazo durante las tres últimas décadas, mientras la fecundidad europea se desplomaba. Paradójicamente, si tuviéramos que hacer una proyección es más probable que la fecundidad mexicana, resultado de un proceso de modernización durante el cual el número de hijos por mujer se redujo de 6.5 a 2.5 en los últimos treinta años, pueda descender a rangos similares a los europeos. En muchas zonas de Europa la figura del hijo único representa la modalidad reproductiva más frecuente. También aquí la diferencia ideológica entre América y Europa es sorprendente: en Europa muchas parejas consideran que un solo hijo es suficiente para satisfacer el deseo de maternidad y paternidad de los padres; el tema de la socialización del niño con hermanos y hermanas no se plantea. Se piensa que la socialización con los coetáneos no se da dentro de la familia, sino con los amigos y en la escuela. En América aún se considera necesario que varios hijos crezcan juntos para que se dé la socialización.

¿En qué medida puede haber una intervención pública para que haya un aumento de la natalidad en Europa? Creo que es factible compartir algunos principios: el primero es que las elecciones individuales en materia de reproducción son privadas y es preciso respetarlas y protegerlas; el segundo es que los hijos son un bien privado pero que también tiene una importancia pública: un exceso o un déficit de nacimientos da lugar a “deseconomías”, “negative externalities” que influyen sobre el bienestar de las generaciones futuras frente a las cuales existe un principio de responsabilidad; el tercero es que la colectividad puede intervenir para modificar el contexto en que se producen las elecciones de las parejas con el fin de modificar sus comportamientos y sus expectativas, respetando siempre los derechos individuales. Sin embargo, dado que las decisiones en materia de reproducción son una combinación indisoluble de pulsiones biológicas que hunden sus raíces en varios cientos de miles de años de evolución, de consideraciones ideales, de constreñimientos materiales y económicos, resulta que la acción pública sólo puede tratar de influir sobre estos últimos, influyendo en el balance material y económico de costos y beneficios que hacen los posibles progenitores ante la idea de tener un hijo. Esta acción pública puede asumir diversas formas, pero todas se reducen a una marcada orientación de los recursos públicos para favorecer directamente a los jóvenes y a los muy jóvenes (instrucción y formación, juego y deporte, espacios verdes, seguridad y medio ambiente). Al mejorar el contexto de vida de los hijos se garantiza a los progenitores que los esfuerzos y las inversiones (privadas) hechas en el espacio familiar están sostenidas por la acción (pública) fuera de la familia. Es preciso decir también que puesto que parecen acumularse las evidencias de que el coste (relativo) de los hijos ha experimentado un sensible aumento en las últimas décadas, la reorientación de los recursos públicos hacia los jóvenes y los muy jóvenes debe ser ingente, y que en una época de contención (cuando no de retracción) del gasto público, éste es un desafío político revolucionario y difícil de superar. En definitiva, en los países europeos, cuyo sistema de bienestar es muy costoso y absorbe casi una tercera parte del producto nacional, las transferencias públicas han beneficiado en forma creciente a los ancianos (atención a la salud, pensiones, asistencia social) en detrimento de la familia, de los niños y de los muy jóvenes. En América se ha producido el mismo tiempo de distorsión, pero en una forma distinta y con consecuencias menos graves, porque el sistema de bienestar es más ligero que en Europa y el envejecimiento ha sido bastante menos rápido.

Si se produce un repunte de la natalidad, será gradual, a menos que se modifique de forma radical, rápida y, añadiría yo, impredecible, el sistema de valores vinculados a la reproducción. En el ínterin los factores inerciales harán que la depresión demográfica en Europa siga la trayectoria descrita. Así pues, es de suponerse que el stock de inmigrados aumentará de manera notable en las próximas décadas. Pero ¿cuántos, cuáles y cómo? Comenzaré con el “cuántos” con el ejemplo italiano: en los próximos veinte años (2005-2025) la población de edades comprendidas entre 20 y 40 años disminuirá de 17.3 millones a 11.4 millones de personas. La comparación con México es ilustrativa: aquí la población de 20 a 40 años aumentará de 36 millones a 44 millones en el mismo periodo. Considerando a toda Europa, la población de este grupo de edad disminuirá en 46 millones en los próximos veinte años, contra un aumento de 11 millones en América. Regreso al caso italiano. Se trata de un retroceso de casi seis millones de personas en las edades de mayor productividad, movilidad y flexibilidad, con mejor formación y mayor capacidad de incorporación de la innovación. Obsérvese que esto es más un hecho que una previsión: todos los que dentro de veinte años tendrán entre 20 y 40 años ya nacieron y su mortalidad es próxima a cero. Es evidente que el desarrollo tecnológico, la creciente tasa de actividad de las mujeres, la reabsorción de la desocupación y una mayor movilidad interna pueden atenuar en cierto modo este déficit, pero también es evidente que la compensación no puede ser total y que la alternativa que se presenta es: o bien una compresión del desarrollo (o una regresión del mismo) o una aceleración de la inmigración. Es fácil prever que el número de inmigrados, hoy próximo a tres millones (incluidos los no regulares) -acumulado en dos décadas en las cuales la población en edad activa iba en aumento- tendrá que acrecentarse, con una aportación neta de inmigración bastante superior a las 150 000 unidades anuales de la pasada década. También es fácil prever que dentro de veinte años el número de inmigrados se habrá cuando menos duplicado (o más) respecto a la actualidad. Para los demás países europeos la cuestión es la misma, con las oportunas variaciones locales. La cuestión del “cuánto” puede darse por zanjada: Europa tendrá más inmigrados, a menos que quiera replegarse sobre sí misma con los enormes costos públicos y privados que eso conlleva.

La cuestión de “quiénes”, qué inmigrados, está vinculada también a los modos, es decir, al “cómo”, o sea a las “políticas” de la inmigración. Se trata de una cuestión difícil, erizada de espinas ideológicas y de prejuicios, dominada por el terror al conflicto étnico, religioso, al choque cultural.

Sin embargo tal vez habría que cubrirse las espaldas y recordar que en la primera mitad del siglo XX los europeos se las ingeniaron para destruir -en conflictos, guerras, revoluciones, exterminios, todos de naturaleza intraeuropea y en muchos casos intranacionales e intrarreligiosos- el equivalente a una décima parte del patrimonio humano propio. Esto nos permitiría considerar, dentro de una perspectiva histórica adecuada, las preocupaciones, sin duda legítimas, sobre la posibilidad de aceptación y de integración y la posible conflictividad de uno y otro grupos de inmigrados.

Personalmente no puedo pasar por alto los principios de laicidad en que se basan los estados europeos y que permiten augurar que la cuestión de “cuáles inmigrados” se basará en la consideración de las cualidades individuales de los inmigrantes, en su capacidad, en su adhesión personal al pacto social inherente a la inmigración, y no en marcadores de tipo genético o fenotípico ni en perfiles preconcebidos de naturaleza política, geográfica, étnica o religiosa. Tampoco se puede pasar por alto que si Europa está destinada a funcionar como un único mercado libre de trabajo (en la actualidad bastante bloqueado todavía) al estilo del americano, con libertad de circulación interna, deberá dotarse de una política migratoria guiada por criterios comunes. No veinticinco políticas migratorias diferentes, como hay hoy, ni treinta o treinta y cinco, como pueden ser mañana.

Paso, por último, al tercer aspecto, el “cómo”, es decir, las condiciones de la inmigración, y aquí doy paso a dos teorías polares. La primera trata de minimizar los costes de la inmigración orientándola hacia una rápida rotación -el modelo alemán de la década de 1960 del trabajador huésped- y desalentando las reagrupaciones familiares, con lo cual se hace difícil la inmigración de larga duración. Es un modelo economicista encaminado, sobre todo, a poner remedio al estrangulamiento del mercado del trabajo. El modelo opuesto es la inmigración como forma de “reproducción social”, orientada hacia la larga duración, que alienta la formación de las familias y tiende a transformar a los inmigrantes en ciudadanos. Al inmigrado de corta duración no le interesa la integración, sino la maximización de sus ingresos; no invierte en el aprendizaje de la lengua ni en el conocimiento de las normas y costumbres ni trata de integrarse socialmente con la población que lo acoge. Esta forma de inmigración conlleva grandes riesgos, ya que un número importante y notorio de jóvenes inmigrados de corta residencia y por lo general no insertos en el tejido social, puede comprometer fácilmente la paz social. Es diferente el caso del inmigrado de larga duración cuyo objetivo es la integración, la promoción social propia y, sobre todo, la de sus hijos, y que aspira a convertirse en ciudadano de pleno derecho. Entre las dos formas de inmigración -en poblaciones que sufren la aguda depresión demográfica antes descrita- seguramente es preferible la segunda por consideraciones sociales y también económicas, cuando la perspectiva del breve plazo se sustituye por la del largo plazo.

Sean cuales sean la forma y la dirección de las políticas, hacia el modelo de recambio rápido o el de la migración de largo periodo, el nuevo ciclo abierto en las últimas décadas del siglo XX -una Europa importadora y ya no exportadora de recursos humanos- exige un enorme esfuerzo político, social y económico. Este esfuerzo está hecho de tolerancia, integración y recursos. Muchos recursos -sobre todo inversiones en escuelas, formación, cultura, servicios, vivienda, estructuras-, que de todos modos serán siempre muy inferiores a la aportación económica de los recién llegados, de los nuevos ciudadanos y de sus descendientes.

Creo que la perspectiva de una Europa fortaleza, replegada sobre sí misma, que cultiva la globalización económica y al mismo tiempo refuerza la “segregación”, debe rechazarse. En perspectiva, esta Europa cerrada no sólo será mucho más pequeña que la de hoy en términos demográficos y económicos, sino también con menos dinamismo y arrastre y será menos capaz de exportar su cultura y sus ideas. Si así fuera, la comparación entre Europa y América en el 2050 se inclinará a favor de esta última.





Notas al pie:

*.

fn1Conferencia magistral dictada en el marco del 40º Aniversario de Investigación y Docencia en Demografía y Desarrollo Urbano de El Colegio de México, 30 de septiembre de 2004. Los comentarios a este texto, elaborados por Francisco Alba y Julieta Quilodrán, aparecen en la sección “Notas y comentarios” de este mismo número


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