Bean, Frank D. y Gillian Stevens, America’s Newcomers and the Dynamics of Diversity, Nueva York, Rusell Sage Foundation, 2003

María Adela Angoa Pérez*

Estudiante del doctorado en Estudios de Población de El Colegio de México. Correo electrónico: mpangoa@colmex.mx.

Estudios demográficos y urbanos, 2019 Oct 30


En una época de frecuente movimiento de personas a lo largo y ancho del orbe, y teniendo como escenario la sociedad estadunidense -la mayor receptora de inmigrantes del mundo-, el libro America’s Newcomers and the Dynamics of Diversity, compilado por Frank D. Bean y Gillian Stevens, marca la compleja relación que se establece entre la sociedad receptora de Estados Unidos y los flujos de personas que arriban. Para justificar la importancia de un libro como éste, los autores destacan la transformación de Estados Unidos en el terreno productivo, que se inició en los albores del siglo XX; esta nación ha inducido la llegada de flujos sustanciales de inmigrantes (estudiantes, trabajadores temporales, turistas, etc.) de forma paralela a su transformación productiva y su inserción a la economía global. Otra razón que justifica el estudio de la inmigración es el incremento de ésta en todo el mundo, pues la gente va de los países pobres hacia los industriales. Bean y Stevens observan que en la última parte del siglo xx se duplicó el número de migrantes internacionales. La División de Población de las Naciones Unidas calculó un aumento de 75 millones a 150 millones de migrantes internacionales entre 1965 y 2000. Para Estados Unidos las cifras indican que 60% del crecimiento anual de la población se debe a la inmigración, ya sea como resultado de la migración directa (vía arribo de nuevos inmigrantes) o indirecta (con la descendencia de estos inmigrantes). Tal crecimiento poblacional va acompañado por una diversidad étnica y cultural.

Un tercer factor se refiere a la planeación y ejecución, e incluso a la modificación de las políticas de inmigración de nuestro vecino país. Bean y Stevens aclaran que para la formulación de dichas políticas y para no cometer los errores del pasado se deben tomar en cuenta los efectos sociales, demográficos y económicos de la inmigración. Las políticas y reformas inmigratorias formuladas durante los últimos 30 años han generado entre los estadunidenses respuestas ambivalentes e incluso tensión social respecto a la inmigración.

Considerando la movilidad de los inmigrantes hacia nuestro vecino país, las políticas adoptadas por éste y el cambio hacia una economía global, en el libro se intenta responder a tres preguntas: ¿cómo y qué clase de personas migran hacia Estados Unidos?, ¿qué sucede con ellas después de que llegan a ese país?, y finalmente ¿qué efectos tienen sobre quienes ya viven en Estados Unidos, incluyendo a los inmigrantes que llegaron previamente?

Para responder a la primera pregunta, los autores consideran que sólo es posible caracterizar a los inmigrantes si se entienden las razones de la migración y los patrones asociados en relación con los cambiantes factores contextuales y coyunturales que experimenta Estados Unidos. Una de las aportaciones del libro es que incorpora las múltiples aristas que implica la migración vista como un proceso heterogéneo. Así, para estudiar a los inmigrantes en Estados Unidos, además de tomar en cuenta el número que ingresa al país, diferenciando por lugar de procedencia, hay que considerar sus características, como la pertenencia a una etnia, el tipo de inmigrante (temporal, refugiado o residente permanente), y su estatus legal. Al estudiar la migración en esta forma se evitarán concepciones erróneas y los prejuicios que suelen asociarse con ella desde mucho tiempo atrás.

Dado que la migración procedente de México, autorizada o no, es un componente importante del flujo hacia Estados Unidos, los autores le dedican buena parte de su atención. Exponen que los flujos de migración provenientes de México han sido continuos, pero actualmente el contingente es más numeroso, predominantemente de naturaleza laboral. Los inmigrantes mexicanos inician su experiencia cobijados por otros más experimentados, y suelen conceder mayor importancia a la obtención de un empleo que a la remuneración del mismo.1 Los autores pronostican que la proporción de inmigrantes mexicanos indocumentados seguirá siendo muy alta e influirá (como incluso ya lo hace) en las percepciones públicas estadunidenses acerca de la inmigración mexicana en general, al asociarla con la inmigración ilegal. Asimismo sostienen que la población de origen mexicano tiene un gran impacto en los demás grupos étnicos, pues es el grupo más grande de las minorías étnicas en Estados Unidos, y su estructura por edad, aún muy joven, contribuirá en mayor medida al crecimiento de la población activa en ese país.

El texto rebate dos ideas acendradas que están asociadas con la inmigración. La primera es la creencia de que la población que arriba a Estados Unidos ejerce un efecto de competencia y despojo de los empleos y oportunidades para los nativos, de ahí que éstos tengan una actitud negativa hacia los recién llegados. Así, dado que la inmigración tiende a generar esos sentimientos e ideas erróneas, los estadunidenses piensan, por ejemplo, que una vez que arriban los inmigrantes reciben asistencia social en mayor medida que los nativos, y tratan de reformar la política de inmigración volviéndola más restrictiva para obstaculizar la entrada de inmigrantes sobre todo de los menos calificados. El resultado de la investigación que presenta este texto indica precisamente lo contrario: los inmigrantes, incluyendo a los mexicanos, cuentan con menores probabilidades de ser elegidos para recibir recursos de asistencia social en comparación con los nativos.2 Bean y Stevens en colaboración con Van Hook sostienen que de todos los inmigrantes residentes, los asiáticos y en especial los ancianos hacen mayor uso de la asistencia social; y añaden que el otorgamiento de ésta depende de ciertas condiciones de “elegibilidad” que suelen cumplir los asiáticos, pero no el resto de los inmigrantes.

En cuanto a que los inmigrantes despojen de los empleos a los nativos, Bean y Stevens matizan tal aseveración; aseguran que los periodos de recesión y estancamiento que sufren los estadunidenses en su economía favorecen la actitud hostil hacia los inmigrantes, pero cuando las condiciones económicas cambian y se viven procesos de crecimiento y consolidación, dicha reacción ya no es tan adversa.

La segunda creencia errónea se refiere a que amenazan la preservación de la identidad nacional. Los estadunidenses manifiestan confusión y ambivalencia por las implicaciones que produce la inmigración para la identidad sociocultural y la economía estadunidenses.3 En general, las variaciones en la identidad que acompañan a la inmigración producen ambivalencia individual y una potencial tensión social entre aquellos cuyo estatus ha mejorado o no se ha reformado.

La rapidez con que los nuevos inmigrantes4 se vuelven parte de los residentes ha constituido uno de los mayores puntos de investigación y ha provocado calurosos debates en los años recientes, con implicaciones sobre la política inmigratoria. Para explorar esta cuestión los autores consideran dos vertientes: la económica y la sociocultural, partiendo de la premisa de que el éxito económico y la incorporación sociocultural pueden producir altos niveles de educación e ingresos, matrimonios interétnicos y un mayor dominio del inglés. Con dicho fin examinan las teorías de incorporación y su aplicabilidad a los nuevos inmigrantes. Opinan que ni el modelo de asimilación lineal ni segmentada, ni el modelo de desventaja étnica, ni el modelo blanco-negro pueden caracterizar las experiencias de los nuevos grupos inmigrantes; concluyen entonces que estas ideas deben ser revisadas si se desea ajustarlas a las experiencias de recepción de muchos de los nuevos grupos. Para ello proponen un nuevo modelo de explicación para la integración de los nuevos inmigrantes, que se mueve dentro de la incorporación económica y la sociocultural. De acuerdo con su modelo, las condiciones raciales y de identidad étnica son menos restrictivas de lo que se ha asumido, y más flexibles y dinámicas que los modelos de asimilación lineal o de pluralidad étnica. Así por ejemplo, los inmigrantes latinos y asiáticos parecen haber adoptado un patrón de “asimilación selectiva” o de “acomodación sin asimilación” que resulta en identidades multirraciales. Esto es, se acepta la diversidad multirracial sin eliminar las diferencias raciales. Este modelo sugiere que la pertenencia a una minoría étnica ya no es fuente de desventajas, como asumía el modelo de asimilación segmentada (los nativos ven a los asiáticos como una minoría “modelo” porque aparentemente son exitosos en su incorporación socioeconómica al mercado estadunidense). Los autores advierten igualmente que el proceso de autoidentificación5 puede interactuar con el estatus socioeconómico de manera compleja y cambiar con el proceso de incorporación que cada minoría lleva a cabo, y que es diferente del de las demás minorías residentes en Estados Unidos.

Bean, Stevens y Wierzbicki sostienen que para estos nuevos inmigrantes la identificación étnica y la racial, los patrones de lenguaje y el matrimonio entre grupos étnicos son los factores clave de la asimilación sociocultural, la cual es construida mediante las experiencias de los inmigrantes y es paralela a la asimilación económica. Por ejemplo, algunos grupos inmigrantes desarrollan una fuerte identidad étnica después de lograr el éxito económico; algunos otros, por el contrario, refuerzan su identidad étnica como una estrategia para maximizar su incorporación económica. Esto indica que los inmigrantes frecuentemente utilizan sus diferencias como una estrategia explícita para facilitar su incorporación económica.

Cualquiera que sea el caso, sostienen los autores, la separación de la asimilación sociocultural y la económica tiene el efecto de confundir a los estudiosos sobre su naturaleza y desarrollo. El grado de éxito de la asimilación no debe centrarse sólo en las múltiples facetas de lo sociocultural (como la adquisición del lenguaje y el matrimonio entre etnias o razas); también se debe considerar que la asimilación económica puede ocurrir independientemente de las formas en que se identifica.

Para identificar cuáles de los nuevos grupos inmigrantes experimentan una incorporación económica exitosa, Bean y Stevens manifiestan que se observan mejoras en salarios e ingresos para los nuevos inmigrantes dependiendo de su origen étnico. Los asiáticos y su descendencia han logrado ventajas sustanciales en términos de ingresos comparables con las de los nativos blancos, lo que no ocurre con los latinos, y en particular con los mexicanos, quienes suelen obtener bajos salarios y consecuentemente exiguos ingresos. También advierten que los hombres de origen mexicano altamente calificados no reciben salarios similares a los de los hombres no hispanos blancos, lo que sugiere que su incorporación económica es aún incompleta. Respecto a la tercera o posteriores generaciones, los ingresos de las mujeres mejoran conforme aumenta su escolaridad (e incluso rebasan los de las mujeres no hispanas blancas), pero no ocurre lo mismo entre los varones; sin embargo se sabe poco de las tendencias de esta generación.

En cuanto a la mejoría de los salarios como una función directa y positiva del tiempo de residencia en Estados Unidos, o la adscripción o pertenencia a un grupo étnico específico, Bean y Stevens advierten que la imposibilidad de alcanzar la paridad de salarios respecto a los nativos refleja mecanismos estructurales que pueden limitar la movilidad en el empleo (tales como la asimilación segmentada y los procesos de reclutamiento en el trabajo). Para los mexicanos la segmentación en el mercado de trabajo estadunidense continúa operando como una barrera que impide el aumento de los ingresos de la primera generación de inmigrantes.

Por lo que a las características del lenguaje como indicadores de un proceso de aculturación, identificación y asimilación se refiere, se presume que en la dinámica de incorporación e integración intervienen características del idioma que difícilmente asimila una población nacida en el extranjero que habla un idioma diferente al de la sociedad de destino. Bean y Stevens refieren que los inmigrantes europeos de principios del siglo pasado adoptaron el idioma inglés de manera permanente, al igual que sus descendientes. Esto no ha ocurrido con los nuevos migrantes, dada la permisividad de Estados Unidos para no imponer su idioma oficial a los recién llegados, lo cual ha propiciado que prolifere una multitud de idiomas que hablan los inmigrantes y que difieren de los hablados por los inmigrantes de antaño; así, los lazos entre el idioma, la raza y el origen étnico pueden ser incluso más fuertes de lo que fueron para los inmigrantes europeos.

El bilingüismo deriva de estas condiciones, donde los beneficios de mantener el idioma nativo y aprender inglés se advierten en el trato con personas que provienen de países con idioma diferente al predominante (en especial el idioma español) y por otro en que las fuerzas económicas y sociales que permanecen detrás de la globalización incrementan el valor del dominio de varios idiomas.

Por último, el número creciente de matrimonios entre etnias o razas (intermarriage), constituye un barómetro de integración a la sociedad estadunidense. Puede reflejar la pérdida o reforzamiento de las barreras raciales y étnicas en la formación de relaciones sociales más íntimas, o acelerar la destrucción de distinciones culturales importantes. En el caso de Estados Unidos, la comparación entre los inmigrantes europeos y los de reciente arribo es inevitable. La integración de los grupos europeos se vio favorecida por la falta de distinciones físicas y por las oportunidades económicas y estructurales para su integración en un periodo específico de tiempo. Si bien esto no ha ocurrido del todo con los nuevos grupos inmigrantes, la política de reunificación familiar ha tenido efectos sobre sus características maritales durante el tiempo de entrada. Entre los mexicanos se alentó la formación o reformación de parejas inmigrantes del mismo origen. En general, los datos de los censos que presentan Beans y Stevens revelan que una tercera parte de las personas nacidas en el extranjero que viven en Estados Unidos tienen cónyuges nacidos en Estados Unidos, y demuestran que los niveles de intermarriage se incrementan en las sucesivas generaciones.

En cuanto a las consecuencias económicas y fiscales que conlleva la inmigración, Bean y Stevens, en combinación con Lee, muestran que los mecanismos que intervienen en atraer y canalizar a estos inmigrantes dentro de mercados de trabajo específicos comprenden la operación de fuerzas adicionales y quizá más complejas que los factores convencionales de oferta y demanda propios de la teoría neoclásica. Esto quiere decir que es insuficiente considerar sólo los efectos provocados por la oferta y la demanda para explicar el asentamiento en ciertas ciudades y áreas de concentración inmigrante. Ahora bien, el National Research Council (NRC) manifiesta que los efectos de la inmigración son positivos para ese país, puesto que generan una ganancia económica neta que lo beneficia, sin embargo también indica que los costos y las ganancias no se distribuyen equitativamente en su territorio. Las regiones con más trabajadores calificados poseen mayores concentraciones de capital, y las personas que cuentan con estas características reciben un reparto desproporcionado de los beneficios económicos de la migración; en cambio los que tienen bajos niveles de educación y un escaso capital se benefician menos e incluso sus costos (derivados de la inmigración) pueden ser suficientes para que su descendencia acumule la educación y el financiamiento necesarios para consolidar su situación en el futuro.

En cuanto a los impactos de la inmigración sobre la contribución fiscal, percibimos dos efectos. Uno de ellos es a corto plazo: el impacto neto fiscal de los hogares inmigrantes respecto a los nativos parece ser negativo, pero su monto es relativamente pequeño.6 A largo plazo se estima que el impacto fiscal es positivo, porque muchos de los inmigrantes recientes son relativamente jóvenes y están en edades activas. Sin embargo Bean y sus colaboradores hacen una aclaración respecto a los impuestos que sufragan los inmigrantes. Estos pagos (dos terceras partes o tres cuartas partes del monto) son canalizados al gobierno federal en la forma de FICA (Federal Insurance Contributions Act), mientras que al menos la mitad de los “costos” de los inmigrantes -educación, salud, y gastos de justicia criminal- los absorben el Estado y el gobierno local. Así, ocurre un serio desequilibrio entre la distribución jurisdiccional de los costos y beneficios fiscales de la inmigración. Esta situación ejerce una tremenda opresión sobre los estados y gobiernos locales, pues ellos asumen directamente los “costos” de la inmigración, y tales costos después no se les redistribuyen adecuadamente, lo cual contribuye a exacerbar la incomodidad respecto a la migración en periodos de recesión económica.

Por otro lado, los impactos sobre los mercados de trabajo en Estados Unidos varían por género, raza, y arreglos estructurales en las ciudades. Los nuevos inmigrantes ejercen efectos negativos sobre los salarios y empleos de otros inmigrantes. El hecho de que los inmigrantes que llegaron con anterioridad no se muden lejos ni eviten las ciudades destino de los nuevos inmigrantes sugiere que los factores que gobiernan la participación en el mercado laboral y las consecuencias de la inmigración son diferentes de las de los nativos.

Al examinar el impacto económico de la inmigración sobre los grupos afroamericanos, los resultados indican que la situación de estos últimos empeora lentamente su ya precaria condición económica, aun a pesar de la acción afirmativa -una de las principales acciones destinadas a mejorar el estatus económico de los afroamericanos-. En resumen, las implicaciones económicas de la inmigración para los afroamericanos parecen ser menos que benignas comparadas con las que afectan al resto de los inmigrantes.

Entre los efectos socioculturales que produce la inmigración, o sea la implicación de la inmigración en la composición étnica y racial, los autores aseguran que las circunstancias para los latinos y asiáticos son diferentes de las de los migrantes europeos. Una de las diferencias pudiera radicar en el entendimiento de raza y etnicidad. Por ejemplo, los procesos de incorporación de los latinos y asiáticos hoy no les exigen una aculturación completa, lo que les otorga mayor libertad de la que tienen sus contrapartes europeos para retener sus particularidades étnicas y culturales.

Los límites étnicos y raciales parecen más indefinidos entre los nuevos inmigrantes y los blancos que respecto de la población afroamericana. La evidencia sustenta que los latinos y asiáticos tienden a converger con los parámetros de la población blanca no hispana, mientras que el proceso se invierte para la población negra. De esta forma, los recién llegados que conforman estos dos grupos de no blancos (asiáticos e hispanos) se ubican en una posición relativamente intermedia entre blancos y negros.

Finalmente, los autores consideran que el futuro de la inmigración hacia Estados Unidos estará determinado fuertemente por las políticas de inmigración, las cuales pueden mantener su carácter restrictivo ante la magnitud de la migración no autorizada, la desigualdad inducida por las disrupciones sociales que ocasiona la diversidad de minorías étnicas, y la creciente hostilidad hacia ellas de los nativos, situaciones que se añaden a las políticas globalizadoras que favorecen la segmentación y las condiciones precarias de los mercados laborales en los países de los migrantes.

El libro está inserto en una línea de investigación dedicada a describir, entender e incluso medir el efecto de la nueva ola de inmigración hacia Estados Unidos. Aunque compendia de manera completa los debates, teorías y explicaciones sobre la inmigración hacia ese país, no se puede ver sólo como una compilación. La sugerencia de observar el fenómeno inmigratorio y sus consecuencias de manera diferenciada, con la intención de lograr una fotografía completa de cada problema “desmenuzando” literalmente cada flujo o stock que se estudia para después reformularlo mediante la inclusión hasta del mínimo factor que pueda incidir en la conformación de dicha fotografía; la postura crítica hacia las líneas teóricas que sobre inmigración e integración existen y la propuesta alternativa a ellas, y la sugerencia de múltiples preguntas por responder y de vacíos por llenar en este campo de investigación hacen de Americas’s Newcomers and the Dynamics of Diversity un libro obligado para todos los estudiosos de la migración internacional hacia Estados Unidos.





Notas al pie:

1.

fn1 Los mexicanos desean insertarse en el mercado laboral pese a los bajos salarios y las precarias condiciones que abundan en los lugares de trabajo.

2.

fn2Se ha manejado la idea de que la asistencia social en Estados Unidos es un imán para atraer migrantes, o volverlos dependientes de estas ayudas, lo que acarrea costos negativos para la sociedad receptora precisamente por los gastos de manutención que ella implica.

3.

fn3Pese a que muchos nativos son descendientes de la primera gran oleada de migración europea ocurrida a finales del siglo XIX y principios del XX.

4.

fn4Se incluye a quienes arribaron en etapas posteriores a 1965 y se excluye a los que llegaron antes de la Segunda Guerra Mundial.

5.

fn5Por autoidentificación estamos entendiendo el proceso de asumirse como parte de la minoría étnica o racial a la que se pertenece.

6.

fn6En promedio es alrededor de 200 dólares anuales superior al de una familia nativa.


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