La recepción e impacto de las ideas de Malthus sobre la población*

Mauricio Schoijet**

Departamento El Hombre y su Ambiente, Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco. Correo electrónico: schoijet@prodigy.net.mx.



RESUMEN

En este artículo se analizan varios elementos de la obra de Thomas Malthus sobre población, en particular la recepción de su teoría y su posición política. Se resumen las críticas políticas, ideológicas y científicas que ha recibido, y se examinan asuntos hasta ahora no tratados por otros comentaristas, como es el caso de las excepciones admitidas por Malthus respecto al papel de las relaciones sociales feudales en la agricultura de Polonia y Rusia. Se sugiere que pese a que su teoría tendía a reforzar la pesada represión social y sexual existente, Malthus no fue apoyado por la burguesía británica (contrariamente a la apreciación de Marx). Se deduce que Malthus no percibió cabalmente los avances de la agricultura, y se refuta la tesis de Donald Winch de que habría sido un liberal de izquierda en política pues si bien en algunos aspectos se le puede considerar progresista, en otros, esenciales, conservador extremadamente represivo o protofascista, incluso precursor de la teoría de los golpes de Estado.

Recibido: 24-01-2004; Aceptado: 09-11-2004

Estudios demográficos y urbanos, 2019 Oct 30

Palabras clave: población, agricultura, ideología, represión, política.
Key words: population, agriculture, ideology, repression, politics.

Objetivos

Thomas R. Malthus (1766-1834) fue el primer economista que tuvo a su cargo una cátedra de Economía, en el East India College, una escuela privada dirigida a la formación de administradores británicos para la administración colonial en la India. Sin embargo es mucho más conocido como demógrafo, autor de la conocida teoría que sostiene que la población tiende a crecer más allá de los medios de subsistencia, y que su exceso sería eventualmente disminuido por el hambre, las epidemias y las guerras. Malthus es un autor muy importante en la historia de las ideas por la influencia que ejerció sobre los fundadores de la teoría de la evolución, y por su desempeño en el campo de las políticas públicas, puesto que de todos los autores clásicos en economía y otras ciencias sociales fue quien puso un mayor énfasis en lo relativo a la población. Eric Ross menciona que ya desde la segunda mitad del siglo XIX había autoridades británicas en la India que expresaban puntos de vista maltusianos (Ross, 1997). Desde la década de los cincuenta sus ideas se han convertido en fuente de políticas gubernamentales en muchas naciones, y en ello han influido indudablemente las altas tasas de natalidad que se han presentado en la mayor parte de los países menos desarrollados. Aunque la posibilidad de una catástrofe demográfica debida a que la población aumente más rápidamente que la producción de alimentos, que se difundió ampliamente, por ejemplo en la obra Límites del crecimiento (Meadows et al., 1972), parece haberse desvanecido porque un cambio cultural está reduciendo las tasas de natalidad en la mayor parte del mundo, algunos datos objetivos parecían darle la razón a Malthus, por ejemplo, en la disminución de los tiempos necesarios para duplicar la población mundial, que pasaron de siglos a sólo décadas, y en la disminución del número de países autosuficientes en la producción de alimentos. Ello no significa que la situación actual sea buena, en tanto que una parte considerable de la producción de alimentos es probablemente insostenible a largo plazo debido a la sobreexplotación de los recursos acuíferos y a los fenómenos concomitantes de la desertificación, la salinización, etc.; asimismo a que los saldos exportables de algunos alimentos esenciales, como por ejemplo el arroz, son relativamente pequeños, por lo cual se prevé que el aumento de las importaciones, particularmente las de China, hará más difícil la situación de los países pobres que dependen de éstas.

Si bien es enorme la bibliografía sobre Malthus, hay una razón para escribir un artículo más: no hay un texto que resuma de manera adecuada su posición política e ideológica ni la recepción del Ensayo. En cuanto a lo político, apenas en 1996 apareció un libro, el de Donald Winch, que presentó un documento muy importante, una carta de 1819 de Malthus al economista David Ricardo, y una interpretación novedosa pero en mi opinión insuficientemente fundada de la posición política de nuestro autor en su etapa temprana. Los mejores textos que se ocupan del tema son probablemente el citado, los de William Petersen y la biografía que elaboró Patricia James, en la que hay mucha información pero no sistematizada, sino dispersa en varios capítulos.

Puede considerarse que el presente artículo es en parte de investigación y en parte de divulgación. En el primer aspecto cabe la ubicación de Malthus en el contexto político e ideológico de su época, cuando la dura represión social, sexual y política era probablemente más severa en Gran Bretaña que en ningún otro país europeo. Otros elementos, que pueden considerarse de investigación, se refieren al cuestionamiento de la ubicación política de Malthus que presenta Winch, a la valoración de la carta de 1819 de Malthus a Ricardo, y a algunas de sus opiniones que se encuentran en la versión final del Ensayo y que aparentemente no fueron comentadas hasta ahora. En cuanto a la divulgación me baso fundamentalmente en la mencionada biografía para proporcionar una versión más matizada del conservadurismo de Malthus. Ordeno y sistematizo las críticas que se le hicieron en las décadas posteriores a la publicación del Ensayo, pues considero que es una tarea importante, porque a pesar de que el texto ha tenido gran difusión, no se encuentra en la literatura una descripción cabal sobre la reacción de la burguesía británica, es decir, de los intelectuales y los dirigentes políticos a quienes se podría atribuir una visión de clase.

No sólo no existe un texto que resuma de una manera ordenada las opiniones con que fue recibido el Ensayo hay información equivocada o poco clara, incluyendo una afirmación totalmente errónea de Marx. He tratado de reseñar aquí la mayoría de las críticas, mostrando que hubo unas científicas y otras basadas en creencias religiosas o visiones éticas.

He comenzado por esbozar una caracterización de la política y la ideología de Malthus dentro de la coyuntura que se vivió en Gran Bretaña en la época en que publicó su Ensayo. La mayor parte de los trabajos sobre nuestro autor se refieren a la primera versión de esta obra; aquí intento analizar algunos de los elementos menos conocidos contenidos en la versión final. También mencionaré la falta de percepción de Malthus respecto a los cambios que se habían producido en la agricultura en Inglaterra y que en las primeras décadas del siglo XIX permitían alimentar una población que duplicaba a la de mediados del siglo XVIII. Trato de diferenciar entre la teoría tal como fue planteada en su época, que considero prematura, y la posibilidad de un maltusianismo moderado que podía prever situaciones futuras en que efectivamente el aumento de la producción de alimentos fuera incapaz de seguir el ritmo del incremento de la población.

La coyuntura política e ideológica de la aparición de la teoría de Malthus

Las luchas democráticas y la represión

Thomas Malthus lanzó la primera versión de su Ensayo sobre la población en 1798, en pleno auge de la Revolución Industrial. En el momento en que se publicó, y durante las casi cuatro décadas en que Malthus presentó versiones sucesivas fue despiadada la represión contra los pobres, de ahí que emergiera un importante movimiento democrático que también fue severamente reprimido.

La Revolución Industrial es conocida como el movimiento toral de la segunda mitad del siglo XVIII. Su rasgo más importante fue el dramático desarrollo de las fuerzas productivas en Inglaterra, que entonces era el país donde el capitalismo se había desarrollado más en cuanto a la producción de textiles, hierro y carbón; al crecimiento numérico del proletariado y de las ciudades industriales, como Manchester y Birmingham; y a la aparición de la máquina de vapor y la maquinaria para la industria, particularmente la textil.

La imagen convencional sobre Inglaterra la presenta como un país con instituciones sumamente estables. Sin embargo su historia ha transitado al menos por dos épocas muy turbulentas. La primera fue la de la revolución burguesa de Cromwell en el siglo XVII; la segunda la de la gran agitación democrática que va de 1792 a 1848. Durante la gran revolución, entre 1646 y 1650, aparecieron los llamados Diggers (cavadores), que representaron una forma de protocomunismo, y los Levellers (niveladores), que personificaban la democracia radical y que alcanzaron una considerable influencia en el ejército. Frente a la demanda de los soldados, que exigían el derecho al sufragio, los representantes del gobierno de Cromwell se oponían con el argumento de que al darle el derecho al voto a los desposeídos se pondría en peligro el derecho de propiedad de los poseedores. Los Levellers fueron derrotados y sus dirigentes ejecutados.

Aunque durante el largo periodo que va desde la aniquilación de éstos hasta la reaparición de un movimiento democrático radical en 1792 no hubo ninguna lucha democrática organizada, sí existieron corrientes de este signo bajo formas religiosas en las varias denominaciones protestantes disidentes de la Iglesia oficial. Una primera señal de un cambio en el terreno ideológico se dio en forma simultánea con la guerra de la independencia de los Estados y con la publicación del folleto “Observations on Civil Liberty” de Richard Price, sacerdote de la Iglesia unitaria, que alcanzó la notable difusión de 60 000 ejemplares en unos meses.

La teoría de Malthus apareció justamente cuando la clase dominante británica se encontraba aterrorizada por la posibilidad de una invasión francesa, y las clases subordinadas de Gran Bretaña se rebelaban por influencia de las ideas de la Revolución de aquel país, lo que llevó a los gobernantes a aplicar medidas represivas contra los individuos y grupos que pretendían mantener contactos con Francia (James, 1979: 19-20).

Hubo varios motines anteriores a 1792, algunos ocasionados por los altos precios de los medios de subsistencia, y otros contrarrevolucionarios y seguramente instigados por las autoridades: en no pocos casos ocurrieron ataques contra personajes sospechosos de simpatizar con la Revolución Francesa, por ejemplo, en 1791 en Birmingham fueron atacados elementos liberales que habían celebrado la caída de La Bastilla en Francia (Thompson, 1964: 73); también fue agredido el científico Joseph Priestley, uno de los pioneros de la química, cuya biblioteca y laboratorio destruyó en 1791 una turba de las llamadas “del rey y de la Iglesia” (Church and King). Algunos de los individuos señalados fueron encarcelados o tuvieron que exiliarse.

En 1792 se fundó en Londres una primera Sociedad de Correspondencia, de composición plebeya, que se propuso luchar para que se ampliara el derecho al sufragio, en esa época limitado a 5% de la población. Tal organización consiguió agrupar 2 000 miembros en seis meses. También se formaron sociedades similares en otras ciudades: la de Sheffield reunió un número similar, y en 1793 condenó la guerra contra Francia.

La demanda del sufragio retomaba la de los Levellers, planteada casi un siglo y medio antes. La clase dominante la resistió enérgicamente durante más de tres cuartos de siglo, ya que el sufragio universal fue concedido apenas en la segunda mitad del siglo XIX, en una situación de reflujo del movimiento democrático.

Las sociedades democráticas sufrieron persecuciones desde los primeros meses de 1793. En 1794 se arrestó a los dirigentes de la mencionada Sociedad londinense, que se consideró ilegal; nada menos que el primer ministro en persona participó en los interrogatorios. Se restringieron severamente las libertades democráticas, se prohibieron los textos de contenido democrático, como el folleto “Los derechos del hombre” de Thomas Paine, que llegó a alcanzar una extraordinaria difusión de 200 000 ejemplares, cuando la población era de menos de diez millones -no hay datos sobre la proporción de analfabetos-. A William Frend, un tutor de la Universidad de Cambridge, se le separó de su cargo porque publicó en 1793 un folleto en el que planteaba varias reformas moderadas de este signo. Sin embargo cabe mencionar que el gobierno no pudo aplicar una represión tan generalizada como hubiera querido porque se lo impidió la tradición democrática que sobrevivía a pesar de las políticas represivas. El jurado absolvió a los mencionados dirigentes de la Sociedad de Correspondencia de Londres en el juicio por alta traición que se les siguió. En octubre y noviembre de 1795 dicha agrupación organizó dos manifestaciones de masas sin precedentes en la historia, con una asistencia de entre 100 000 y 200 000 personas (téngase en cuenta que la ciudad tenía menos de un millón) (Thompson, 1964: 18-19 y 114-144). Durante los años 1795 a 1797, es decir, inmediatamente antes de la publicación del Ensayo de Malthus, esta represión conservadora alcanzó su punto máximo.

En el Parlamento estaban representados los partidos conservador y liberal (whig), que no eran aún partidos en el sentido actual de la palabra, sino fracciones parlamentarias. La extrema izquierda de los whigs, encabezada por Charles J. Fox, propuso una ampliación limitada del sufragio universal y una ley sobre publicaciones subversivas (Libel Act) que trataba de atenuar la represión, y además se opuso a la guerra contra Francia. La mayoría del partido se alineó con el gobierno. En protesta contra la suspensión del habeas corpus y la guerra, Fox y Earl Grey, otro parlamentario que lo apoyó, se retiraron del Parlamento. No hubo un solo miembro de éste que se pronunciara a favor del sufragio universal.

Entre 1811 y 1815 se produjo el primer movimiento proletario, el de los luditas (seguidores de un mítico general Ludd), que destruyeron algunas máquinas como protesta por el desempleo que ocasionaban. Después del aplastamiento de los luditas hubo un auge de luchas democráticas masivas que se prolongó con altibajos hasta 1848. William Cobbett, un legislador y periodista (1763-1835), fue el más influyente de los líderes radicales. Denunció las acciones represivas, los bajos salarios y la corrupción, y también se opuso a las leyes que hacían del matrimonio un lujo, puesto que restringían el derecho de los pobres al matrimonio. Atacó a Malthus desde 1816. En 1819 el gobierno desató una represión extremadamente violenta contra un mitin al que asistieron decenas de miles en Peterloo, cerca de Birmingham; fue disuelto por una carga de caballería que causó numerosas víctimas.

A partir de 1830 se formaron asociaciones políticas democráticas (Political Unions) que organizaron mítines de masas en los que llegaron a participar 80 000 personas en Birmingham. Su líder, Thomas Atwood, fue elegido miembro del Parlamento en 1838. En ese mismo año la Birmingham Political Union comenzó a colaborar con una asociación de trabajadores formada en Londres, la London Working Men Association. De ahí nacería el partido cartista (de charter, en el sentido de petición), primer partido político de composición obrera, el cual también puede considerarse una continuación de la tradición de los Levellers, ya que reiteró la demanda de ampliación del derecho al sufragio. En 1839 presentó una petición al Parlamento con más de un millón de firmas. Tal movimiento se prolongó hasta 1848.

La represión social y sexual

Aunque existe una amplia literatura sobre la historia de la Revolución Industrial del siglo XVIII, se refiere escasamente a la represión, con la excepción de la obra de E. Thompson y de un capítulo del libro de David Philips (O’Brien, 1993).

Las tendencias represivas de la clase dominante se intensificaron durante la Revolución Industrial, con medidas como la expulsión de campesinos de las áreas rurales y el aumento de la población proletaria encerrada en las workhouses.

Marx menciona en el capítulo sobre “La acumulación primitiva” de El capital algunos de los aspectos sociales negativos, como la expulsión masiva de campesinos, que optarían por integrarse al proletariado industrial; Engels describe en su libro sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra las condiciones pavorosas en que vivían sus integrantes, pero ambos se quedaron cortos. La expulsión de la población campesina contribuyó al nacimiento del proletariado, elemento fundamental del capitalismo. Para ello, entre 1700 y 1760 se aprobaron 200 Leyes de Cercados (Enclosure Acts), y otras 2 000 desde entonces hasta 1800. Con ello un millón y medio de hectáreas de las mejores tierras comunales se les arrebataron a los campesinos.

Marx y Engels no parecen haber notado la magnitud de la represión contra los pobres que acompañó a la Revolución Industrial, de la que la represión sexual fue un ingrediente esencial. Se trata de cuestiones aún insuficientemente conocidas.

El Estado británico había institucionalizado la ayuda a los pobres desde comienzos del siglo XVII. Desde 1687, es decir después de la revolución burguesa y en la época de represión que siguió a ésta, comenzó a tomar medidas represivas contra ellos, por ejemplo forzando a los que recibían ayuda a llevar un distintivo con la letra P (de poor, pobre).

En 1723 comienza a construir un aparato de opresión específicamente destinado contra los pobres, las llamadas workhouses. La traducción literal sería “casas de trabajo”, pero no existe una palabra de significado equivalente en nuestro idioma, aunque se trata de algo similar a un hospicio. Allí se encerraba a los indigentes y a sus familias y se les obligaba a trabajar en condiciones deplorables, además se separaba por sexos para evitar la procreación. Se pusieron en operación 700 workhouses, y en 1776 eran más de 2 000 en Inglaterra y Gales. Hacia finales de la década de 1830 se construyeron varios centenares más.

Uno de los aspectos más paradójicos que se dieron durante el siglo XVIII con relación a este problema fue la coexistencia de una ideología de la multiplicación reproductiva, que la veía no sólo como mandato divino sino como un hecho positivo para el bienestar general (como en el caso de James Steuart, que puede ser considerado un precursor de Malthus), con la práctica de una severa represión sexual, que tendía a disminuirla, lo cual también se aplicaba en varios países europeos.

Aunque en la primera edición de su Ensayo Malthus no se refería a las restricciones a los derechos de los pobres a reproducirse, es decir, a las reglamentaciones que coartaban su derecho al matrimonio existentes en varios países europeos, lo hizo en ediciones posteriores, pero paradójicamente no hablaban de su país sino de otros, como Noruega y Suiza (Malthus, 1998). Cabe aclarar que se manifestó en contra de ellas; si bien estaba a favor de desalentar los matrimonios tempranos, nunca propuso prohibirlos.

Hay mucha información sobre el tema en un artículo de William L. Langer (1972) . Aunque este autor se refiere a varios países europeos, aquí sólo mencionaré lo relativo a Gran Bretaña. Hacia fines del siglo XVIII el infanticidio y el abandono de los recién nacidos eran prácticas generalizadas y ampliamente toleradas. En Inglaterra, aun en una fecha tan tardía como 1878, de las muertes violentas 6% eran infanticidios. Se fundaron orfanatos en 1741, y en sólo cuatro años fueron aceptados 1 500 niños en un establecimiento para expósitos, el Foundling Hospital.

Una importante proporción de la población nunca se casaba (el historiador Angus McLaren la estima en 20%) y esto venía de la época feudal. Varios economistas germanos apoyaron esa legislación represiva con el argumento de que nadie tenía derecho a procrear hijos que no podría mantener, posición que apoyaron asimismo Malthus y el presidente de una Comisión de la Ley de Pobres del Parlamento Británico (Poor Law Commission), e incluso el autor liberal, economista y filósofo John Stuart Mill (1806-1873).

Después de la aludida gran revolución de Cromwell, que logró varias e importantes conquistas democráticas, se produjo la Restauración, o sea el restablecimiento de la monarquía en 1660. En esa época se desencadenaron políticas represivas que pretendían poner fin a la indisciplina social del periodo revolucionario. Hasta 1810 hubo un constante incremento de la legislación represiva, particularmente la imposición de la pena de muerte por crímenes contra la propiedad (incluyendo los robos de poca monta) que incluso se aplicó a adolescentes; y también por ciertas formas de protesta social, como la destrucción de cercados o de telares. El historiador E. P. Thompson califica con toda razón al código penal como “sanguinario” (1964: 60-61 y 80) . El sistema de workhouses representó la culminación de estas tendencias represivas.

La construcción de workhouses en Inglaterra y Gales desde comienzos del siglo XVII y las leyes de pobres constituyeron probablemente el más elaborado sistema de opresión clasista que se haya dado en algún país europeo de la época; mostraba una refinada crueldad en que la represión sexual era un ingrediente esencial.

La reforma a la Ley de Pobres aprobada en 1834 debe verse en el contexto de estas luchas democráticas como una medida que tendía a ampliar y a hacer más represivo aún al sistema de workhouses. Varios ideólogos conservadores sostenían que era necesaria, pues alegaban que los indigentes tenían un alto costo.

Después de 1834 las autoridades intentaban hacer que las condiciones en estas casas de trabajo fueran peores que las de los trabajadores que se encontraban en una pésima situación fuera de ellas. Un funcionario declaró que “nuestra intención” era “hacer de las workhouses lo más parecido a prisiones que sea posible”, y otro que el objetivo era establecer una disciplina tan severa y repulsiva que creara terror entre los pobres. Un cierto doctor Kay mencionaba que entre las condiciones impuestas figuraba una reducción de la dieta, ejercicios religiosos, silencio en las comidas, obediencia pronta, separación de familias aun de personas del mismo sexo, trabajo, y confinamiento total. El sistema operó como un mecanismo de chantaje contra los trabajadores, para que aceptaran emplearse en cualquier sitio, por mal pagados que fueran y por deficientes que fueran las condiciones, porque todo era preferible a ser arrojados en tales antros.

Los datos que hay sobre el número de personas en las workhouses son incompletos, pero muestran un gran aumento, de 78 000 en 1838 a 197 000 para 1843 (Thompson, 1964: 267-268 y 620-621).

En relación con este aumento dramático, corresponde mencionar que el partido cartista, al cual me referiré en el próximo capítulo, estuvo en contra de la reforma de la Ley de Pobres en 1834, y que la agitación a favor de las reformas democráticas fue acompañada por rebeliones de algunos trabajadores, como los rurales en las décadas de 1830 y 1840 (información de internet).

No conozco datos sobre la población carcelaria fuera de las work-houses, ni creo que los haya para otros países europeos, pero si se considera que la población de Inglaterra en esa época probablemente no llegaba a diez millones, entonces la proporción de los que se hallaban encerrados en instituciones de este tipo puede considerarse extraordinariamente alta; quizás la más alta del mundo en esa época. En la actualidad Estados Unidos parece ser el país que tiene mayor población encarcelada, y ésta es de dos millones, o sea de menos de 1% de la total (World Socialist World Web del 11 de abril de 2003; Alan Travis en The Guardian del 13 de febrero de 2002).

Las razones para la represión social inicialmente se fundaron en la necesidad de desposeer a los campesinos y forzar su desplazamiento para crear una clase de trabajadores que no tuvieran otra opción que incorporarse al naciente proletariado, pero debe ser vista asimismo como una acción preventiva como respuesta al movimiento a favor de reformas democráticas. Las razones que explicarían la amplitud de la represión sexual deben ser buscadas en el sistema de tenencia de la tierra y en las prácticas relativas a las herencias. La tierra aún no estaba en el mercado, y las leyes locales acerca de la herencia y las costumbres determinaban las estrategias por las cuales los campesinos transferían su patrimonio a sus descendientes. La mayor parte de los matrimonios debían esperar hasta que tuvieran tierra disponible, de ahí que muchos adultos jóvenes se emplearan como sirvientes. Los terratenientes no tenían interés en alimentar bocas adicionales y por consiguiente mantenían a sus sirvientes en el celibato. El resultado era que la fecundidad estaba regulada por el carácter tardío de los matrimonios.

La política e ideología de Thomas Malthus

La política

En 1796 Malthus escribió un texto sobre la situación política que nunca se publicó y que se ha perdido. Comentó su intención de publicarlo a su padre y a dos amigos, William Otter y William Empson. Ambos publicaron folletos de homenaje a Malthus después de la muerte de éste; en ellos incluyen fragmentos y comentarios sobre el texto perdido. James comenta algunas partes del escrito de Empson, sin mencionar a Fox, ni la represión, ni la guerra. Según James, criticaba la política del gobierno de Pitt, aunque no especifica cuáles aspectos; se declaraba whig, proponía “orden y moderación”, se pronunciaba contra la discriminación por motivos religiosos, y proponía “arbitrar entre partidos extremos” (arbitrate between extreme parties) (James, 1979: 47-49).

Winch se refiere a la política de Malthus en dos textos; el primero es un prólogo a una selección de textos de la versión final del Ensayo, y el segundo el libro antes mencionado. Aparentemente se basa en los mismos documentos que James, pero lo llama “whig moderado” y “una especie de whig foxista” (partidario de Fox), afirmando que el texto perdido habría apoyado a los foxistas y a aquellos que “se opusieron a las políticas represivas de Pitt durante los primeros años de la guerra contra Francia”. No cita el texto de Otter ni el de Empson para sustentar estas afirmaciones (Winch, 1992 y 1996). En el primero de sus textos Winch expresa su desacuerdo con Marx, quien caracterizó a Malthus como conservador y contrarrevolucionario, porque habría lamentado “la forma en que la guerra con Francia, en conjunción con una agitación popular descaminada (misguided), habría sido el pretexto para limitar las libertades civiles”. O sea, que no habría sido partidario de Burke, el ideólogo más connotado de la burguesía británica en esa época, sino que habría buscado un término medio entre éste y Godwin, el ideólogo de la democracia radical (Winch, 1996: 253). Tampoco en este texto se molesta Winch en citar los documentos que sustentarían su tesis. Cabe agregar que tal argumentación está en oposición directa a Poursin y Dupuy, quienes llaman a Malthus un “epígono de Burke” (Poursin, 1975: 79) .

Winch también pretende blanquear a Malthus enfatizando su religiosidad y mostrando que en, efecto, alguno de sus textos es más suave o menos despiadado que otros. Parece un autor sumamente prejuiciado en su estimación de que las masas no tenían motivos para rebelarse. En cuanto a la posición contrarrevolucionaria de Malthus, él mismo cita su pronunciamiento en los términos más duros e inequívocos contra la Revolución Francesa. No entiendo cuál es el significado que le da a la palabra “contrarrevolucionario”.

Desconocemos la razón por la que Malthus no publicó su folleto de 1796. Pudo haber cambiado de opinión, o preferido actuar con prudencia teniendo en cuenta el clima represivo que se vivía, y que se había manifestado por ejemplo en el cese de Frend. Pero Winch tiene el gran mérito de haber publicado otro texto de Malthus, que lo muestra más que como un conservador despiadado, como un verdadero protofascista, aunque aparentemente no se da cuenta de que ello socava su propuesta de que habría sido una especie de liberal de izquierda. Este escrito data de 1819, y es evidente que en 23 años Malthus pudo haber cambiado sus opiniones. James Mill y David Ricardo, ambos conservadores, aunque probablemente el primero con un matiz más liberal, manifestaban su preocupación por la mencionada masacre de Peterloo, que consideraban resultado de una restricción arbitraria de las libertades públicas. Malthus la aprobó, pero además planteó una profecía que es una notable anticipación de las ideologías y políticas contrarrevolucionarias que justificarían la represión masiva contra el proletariado y la democracia que se dio en varios países en el siglo xx. El argumento de Malthus es que el sufragio universal que pedían los manifestantes en Peterloo llevaría a la dictadura del pro-letariado o gobierno de las turbas cuya actuación sería necesariamente sangrienta y requeriría como solución un golpe de estado militar o, usando sus palabras, el “despotismo militar” (Winch, 1996: 340-341). Por supuesto que muchas de las rebeliones contrarrevolucionarias del siglo xx, de la del general Kornilov en Rusia en 1917, a la rebelión del general Franco en España en 1936, el golpe militar contra el gobierno de Goulart en Brasil en 1964, varios levantamientos de los militares argentinos, y el del general Augusto Pinochet en Chile, se inscriben dentro de la lógica de la dictadura militar como freno a los horrores de la democracia que Malthus previó en 1819.

Hay un dato que sugiere que ésa no fue una posición aislada. En efecto, en la segunda edición de su Ensayo, que data de 1803, escribió que “una turba, que es generalmente el (resultado) de una población redundante [...] es de todos los monstruos el más fatal para la libertad” (citado por Winch, 1996: 254). Lo cual evidencia que compartía el temor a las masas del sector mayoritario de la burguesía.

La ideología

Malthus ocupa un lugar incierto en la historia de las ideas en lo que se refiere al elemento de su obra que tuvo y sigue teniendo mayor resonancia: su teoría de la población.

Independientemente de su validez, la teoría de Malthus es sumamente importante porque constituyó el primer ataque serio contra la ideología del progreso que plantearon filósofos como Francis Bacon y René Descartes en el siglo XVII y que fue absolutamente dominante durante varios siglos.

Malthus, ideólogo del capitalismo, fue el iniciador de una línea de pensamiento que continuó Herbert Spencer desde mediados del siglo XIX y siguió posteriormente Francis Galton, ambos representantes de una burguesía que tras abandonar sus reivindicaciones democráticas se había embarcado en la represión contra los pobres y los étnicamente diferentes. Su lógica lleva en última instancia a la aplicación masiva de las esterilizaciones forzadas que se practicaron en Estados Unidos desde comienzos del siglo XX y continuaron hasta la década de 1970, y en Alemania bajo el régimen de Hitler. Los hornos crematorios creados por este personaje constituyeron la muestra más criminal de esta tendencia.

Es probable que Malthus se hubiera horrorizado ante posibilidades de este tipo, pero ello no cambia las cosas; seguramente en otros muchos casos determinados personajes no son conscientes de las consecuencias que en última instancia pueden tener sus ideas. A pesar del carácter despiadado de sus propuestas, Malthus no logró desprenderse de las ideologías tradicionales, por ejemplo de la benevolencia divina, a diferencia de Charles Darwin, que aceptó la visión del mundo natural propuesta por Malthus pero fue más coherente, ya que al admitirla abandonó la religión.

Malthus fue un pensador extremadamente conservador y en cierta medida también un fideísta. Ya mencioné que fue enemigo acérrimo de la Revolución Francesa. Un ejemplo de su fideísmo se encuentra en su afirmación sobre la intención del Creador de poblar la tierra. No sólo lo fue en lo referente a la población, sino en el terreno de la economía, en cuanto sostuvo que la renta de la tierra debía ser considerada efecto natural de una cualidad dada a ésta por Dios (Poursin, 1975: 107). El carácter extremo de su conservadurismo se muestra en una proposición que hoy suena absolutamente ridícula, en el sentido de que la utilización de medios “artificiales” y “contrarios a las leyes de la naturaleza” para controlar la natalidad resultaría en nada menos que en “eliminar lo que mueve al trabajo y la industria” (segunda edición de 1803: 491, citado por Flew, 1963). Poursin acepta que Malthus fue un precursor de otros pensadores conservadores, enemigos de la democracia y del liberalismo que predicaban la falta de confianza en el progreso, alabando al inmovilismo social y al pesimismo, como De Maistre y el citado Burke; y que su Ensayo fue una especie de “máquina de guerra” contra los utopistas del progreso del siglo XVIII. Como veremos más adelante, su teoría no sólo fue una máquina de guerra contra éstos, sino contra la clase trabajadora, como lo planteó Marx, un dispositivo para reforzar la severa represión social y sexual ya existente. Se puede también plantear que la teoría de Malthus sirvió para justificar uno de los hechos fundamentales de la historia de esa época: la miseria de las masas en una situación de auge económico sin precedentes.

El carácter extremo del pesimismo de Malthus aparece en sus comentarios acerca del futuro de la salud pública. En efecto, reprueba a los médicos que diseñan medicinas específicas para enfermedades devastadoras, y a “aquellos benévolos, pero muy equivocados hombres, que han pensado que estaban haciendo un servicio a la humanidad proyectando esquemas para la extirpación total de desórdenes particulares” (citado por Chase, 1977). Malthus incluyó lo anterior en la edición de 1816 de su Ensayo. Parece improbable que no hubiera conocido el reporte sobre la vacunación contra la viruela, publicado por Edward Jenner en el mismo año 1816. Esta práctica se extendió rápidamente, y fue un gran paso hacia la erradicación de una de las enfermedades más terribles que habían azotado a la humanidad durante milenios. ¿Estaba criticando veladamente a Jenner porque el control de las epidemias favorecía el aumento de la población?

La teoría de Malthus constituye una de las formas más tempranas de una explotación ideológica de la ciencia, en tanto que representa una forma de articulación indebida entre proposiciones científicas -sobre el potencial de crecimiento exponencial-, válidas no sólo para la especie humana sino para cualquier otra, y una caracterización incorrecta de la situación existente en cuanto a la relación entre la tasa de crecimiento de la población y los medios de subsistencia.

Malthus inventó el argumento totalmente contrarrevolucionario de que cualquier sistema igualitario evolucionaría naturalmente hacia situaciones de mayor desigualdad. Fue un predicador del conformismo, ya que estaba en contra de atribuirles los males sociales a los gobiernos. Elogió los supuestos esfuerzos de las clases poseedoras para mejorar la situación de los pobres, en circunstancias en que habían creado un sistema ferozmente represivo contra éstos. Estuvo en contra de la ayuda a los pobres porque ésta aumentaría el precio de los medios de subsistencia y disminuiría el “precio real del trabajo” (Malthus, 1968: 95-97 y 103-104). Su visión del mundo es una visión despiadada recubierta de santurronería. En una de las ediciones del Ensayo afirmó que los hijos de los “imprudentes” debían ser abandonados a su suerte, aunque posteriormente eliminó esta propuesta. Se manifestó en contra de aumentar la miserable ayuda que se daba a los indigentes. Fue totalmente conservador en su oposición a toda acción colectiva de los trabajadores para exigir aumentos de salarios, y lo expresó ante una comisión parlamentaria en 1824. También lo fue en su objeción a las obras públicas para dar trabajo a los desempleados porque esto mejoraría su situación de manera temporal, les permitiría casarse y tener hijos y con ello quedarían en peores condiciones una vez terminadas las obras en que trabajaban (James, 1979: 391-394).

Sin embargo no fue consecuente en su fideísmo en un aspecto esencial, es decir, en que su teoría de la población era una teoría materialista donde reconocía que la especie humana estaba sujeta a las mismas limitaciones que cualquier especie biológica.

En relación con otras temáticas también mostró contradicciones. Por ejemplo criticó las largas jornadas de trabajo y se opuso al trabajo infantil; se manifestó a favor de la educación pública y de la atención médica gratuita; apoyó la igualdad de derechos para los católicos; estuvo a favor de un impuesto sobre la propiedad, medida aprobada como temporal en 1799 y suprimida en 1816; también se opuso a los diezmos (Petersen, s. f.). Con base en estas posiciones su biógrafa Patricia James desmiente la opinión de quienes -Marx entre ellos- lo consideraron un lacayo de los terratenientes.

Aquí corresponde diferenciar entre la defensa de las clases dominantes y la de los terratenientes. En lo primero creo que no puede haber dudas. En cuanto a los terratenientes, en su segundo folleto sobre las Leyes de Cereales (Corn Laws), los defendió en cuanto propuso mantener los altos aranceles a la importación de cereales. Pero además esta defensa lo llevó a una contradicción flagrante, pues creyó posible que su país se proveyera de sus medios de subsistencia con sus propios recursos “para un gran aumento de la población [...] y de la felicidad” (James, 1979: 263). ¿Gran aumento de una población feliz y no miserable? Parece increíble que esto lo haya escrito el autor del Ensayo sobre la población.

Una evaluación correcta implica necesariamente la determinación del peso e impacto de los diferentes aspectos de la obra de un autor. En este caso su teoría de la población tuvo un peso abrumador, en tanto que sus posiciones liberales fueron poco conocidas, porque él mismo no se tomó la molestia de hacerlas públicas. Por ejemplo su postura sobre el impuesto a la propiedad sólo la expresó en su correspondencia (James, 1979: 432). Se podría entonces concluir que Malthus fue un ideólogo de la contrarrevolución que de manera marginal y menos visible también propuso algunas medidas reformistas. Pero la opinión de Marx sobre la recepción de su Ensayo, que como veremos más adelante es errónea, implica que fue muy apreciado por las clases dominantes británicas. No cabe duda de que lo consideraban uno de los suyos, no sólo por el hecho de que fue profesor de una institución estrechamente ligada al aparato del Estado, sino porque era miembro de una especie de Academia, la Royal Society of Literature, que le pagaba un salario, y porque se le llamó a declarar ante una comisión parlamentaria. También corresponde mencionar que el Ensayo se tradujo al francés y al alemán, y que a su autor se le nombró miembro de las academias de ciencias de París y de Berlín. Pero no hay evidencia de que los medios intelectuales o los líderes políticos hubieran recibido sus ideas de manera favorable, y además otros elementos indican falta de aprecio, por ejemplo los obituarios que se publicaron cuando falleció. El único político importante que tuvo relación con Malthus fue Lord Henry Brougham, pero aparentemente sólo en un pronunciamiento público aludió a la teoría de la población. Lo hizo en el debate sobre la Ley de Pobres en 1834, o sea 36 años después de la publicación de la primera edición del Ensayo (James, 1979: 455). Pero también habría que tomar en cuenta que tres miembros del Parlamento publicaron críticas contra el Ensayo, lo que detallaré más adelante.

El primer Ensayo de Malthus

Antes de Malthus, varios autores -como Robert Wallace, Benjamin Franklin, Joseph Townsend, James Steuart y Georges Buffon- habían aludido a la posibilidad de un aumento de la población más rápido que la producción de alimentos (Hardin, 1973; Eiseley, 1961). Marx acusó a Malthus de plagiar a Wallace, cargo que implícitamente acepta James. No me interesa discutir este punto, ya que el impacto de Malthus es independiente de que haya o no sido un plagiario, sino sólo mencionar una diferencia importante entre éste y Wallace: lo que el segundo veía como una situación probable para “algún futuro”, al primero le parecía inmediato e inminente (citado por Winch, 1996: 234).

La primera edición del Ensayo sobre la población hizo una contribución fundamental a la notoriedad de la problemática demográfica. Aunque hay casos en que los autores introducen cambios en ediciones sucesivas, no es nada frecuente que el volumen de la última edición sea varias veces mayor que el de la primera. Nuestro autor ha sido muy mencionado en la literatura, pero su caso es poco común puesto que en que en general los comentarios se refieren a la primera edición de su obra y no a la final. Probablemente ello no sea casual, ya que la primera es bastante más legible (Poursin y Dupuy hablan de un texto “pesado”). Comenzaré por referirme a la primera y después me ocuparé de la última.

El Ensayo de 1798 estaba específicamente dirigido contra dos ideólogos del progreso: William Godwin y Jean M. Condorcet, y contra sus ideas de perfectibilidad humana ilimitada; además refutaba los planteamientos del primero respecto a una prácticamente ilimitada capacidad de aumento de los medios de subsistencia gracias a la apertura de nuevas tierras al cultivo en el continente americano. El libro de Godwin, publicado en 1793, había alcanzado una considerable difusión con tres ediciones en menos de cinco años.

Algunos críticos interpretaron que Malthus planteaba que los medios de subsistencia siempre habían sido insuficientes. Su idea central era que la población tenía un potencial de crecimiento exponencial, y que dado éste, cualquier aumento de los medios de subsistencia sólo podría tener efectos temporales. Sostenía que si la población continuaba creciendo más rápido que los medios de subsistencia, ello llevaría a una caída catastrófica de ésta con hambrunas, guerras y epidemias. Curiosamente no hizo referencia a la evolución histórica de la población de Gran Bretaña, con la excepción de un corto periodo, pero mencionó la de Estados Unidos para afirmar que se duplicaría cada 25 años, es decir, a una tasa extremadamente alta para esa época. Por consiguiente argumentó en favor del control de la población mediante la abstención sexual y los matrimonios tardíos. Ya mencioné que se oponía a los anticonceptivos, aunque entonces estaban poco difundidos y no había ninguna propaganda organizada a favor de ellos.

Corresponde mencionar que ya se utilizaba el condón, pero fundamentalmente para prevenir la transmisión de las enfermedades venéreas. Cabe mencionar que inicialmente sostuvo que todos los frenos al aumento de la población podrían “cabalmente reducirse en miseria y vicio”, pero en la segunda versión agregó la categoría de restricción moral (moral restraint). La propuesta de abstención sexual y matrimonios tardíos tendía a reforzar la ya pesada represión sexual existente.

En la primera edición no hizo ninguna referencia a la evolución histórica de la agricultura en Gran Bretaña, aunque sí la mencionó en ediciones posteriores.

Otro punto significativo del Ensayo es que menciona el incremento del precio de la carne, y con relación a lo anterior admite la posibilidad de que los patrones de alimentación de la clase alta hubieran causado un aumento de las tierras dedicadas a la ganadería y por ende una disminución de los alimentos disponibles (Malthus, 1968: 230-231).

Otro aspecto importante, implícito en el Ensayo, pero que se expresó de manera explícita y clara en escritos posteriores, es un punto de vista materialista acerca del lugar de la especie humana dentro del mundo natural. Escribió que “elevado como está el hombre sobre toda especie animal por sus facultades intelectuales, no debe suponerse que las leyes físicas a las cuales está sujeto deben ser esencialmente diferentes de aquellas que observamos que prevalecen en otras partes de la naturaleza animada” (citado por Flew, 1963). Ello implica una operación de descentramiento que niega cualquier posición privilegiada a la especie (Poursin, 1975: 36-37). Debe notarse que tales operaciones ya habían tenido lugar en la historia de la ciencia, comenzando con el descentramiento copernicano del lugar de la Tierra dentro del sistema solar. El fideísmo había sido y fue todavía durante un largo periodo del siglo xix un rasgo generalizado de los naturalistas. Cabe mencionar que la mayor parte de los naturalistas de su época eran clérigos, y que imperaba entre ellos la idea de la existencia de una armonía preestablecida en la naturaleza. Es una gran ironía de la historia que haya sido un sacerdote quien, al suponer que la especie humana podría irse a la ruina por seguir el mandato divino de crecer y reproducirse, haya aplicado con ello el más duro golpe contra esta visión teológica dominante. Al liquidar este obstáculo epistemológico Malthus abrió el camino para que posteriormente Charles Darwin y Alfred Russel Wallace elaboraran la teoría de la evolución de las especies, que iba a asestar otro golpe demoledor a la visión del mundo natural dominante en ese momento.

La versión final del Ensayo

Desde el punto de vista de la ciencia, la obra de Malthus sobre la población, tal como está expuesta en la última edición del Ensayo sobre la población, no pasa de ser un fárrago endeble. Incluye una propuesta teórica no justificada en cuanto al crecimiento de los medios de subsistencia; información sobre la población de algunos países europeos y sobre situaciones de escasez en las etnias primitivas de África, varias regiones de Asia y Oceanía. Hay asimismo omisiones muy notables, ya que prácticamente no menciona para nada la evolución de la producción agrícola ni los adelantes técnicos que ya se habían introducido en la agricultura desde la primera mitad del siglo XVIII.

La información más sólida se refiere a varios países europeos, pero también incluye referencias menos confiables, como relatos de viajeros sobre varios países de Asia, América y Oceanía, con numerosos ejemplos anecdóticos, con los que pretende demostrar que las situaciones de escasez constituyen un fenómeno generalizado. Dedica muchas páginas a las limitaciones de la población entre los tártaros, uzbecos, polinesios, etc.; muchas para criticar a Godwin y Condorcet, y un número igualmente grande a presentar sermones. Y muchas más para defender su propuesta de eliminar los miserables subsidios que se daban a los pobres.

El carácter endeble del Ensayo como obra científica radica en que la información sobre población no está claramente conectada con su propuesta teórica, y mucho menos sus sermones. Pero el punto más débil reside probablemente en el carácter ahistórico de su teoría en relación con los medios de subsistencia.

Un punto muy importante es que de la lectura del texto parece inferirse que admite la existencia de excepciones a la supuesta relación entre el aumento de la población y el incremento de la capacidad de producción de alimentos, pero no las analiza de una manera sistemática, sino que se limita a conjeturar alguna causa probable para cada una.

Incluye una crítica a las propuestas de una sociedad más igualitaria formuladas por autores que están dentro de la línea de la ideología del progreso, como los mencionados Condorcet y Godwin. Los sermones son ingenuos: por ejemplo plantea exhortaciones solemnes para que la población modifique sus patrones reproductivos.

Malthus acepta que en el caso de Inglaterra la población habría aumentado rápidamente en el periodo comprendido entre 1790 y 1811, a pesar de que con el salario promedio se compraba menos trigo que a mediados del siglo XVIII, y lo explica como producto de varios factores, tales como mayor empleo, más auxilios parroquiales, e introducción del cultivo de la papa (libro III, cap. XIV).

Admite que hay grandes áreas, como ocurre en Estados Unidos, donde abundan los medios de subsistencia. Aparentemente nunca supo nada acerca del Virreinato del Río de La Plata, que después de 1810 dio origen a Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay; ni acerca de Japón. La misma situación de abundancia de medios de subsistencia se daba también, y probablemente de manera aún más acentuada, en la pampa húmeda argentina. Japón, con un territorio sólo 50% mayor que la Gran Isla Británica y suelos seguramente menos adecuados para la agricultura, tenía a fines del siglo XVIII una población dos veces y medio mayor (Reinhard, 1966).

Otra excepción admitida por Malthus es la de Polonia, que no sólo producía sino que exportaba trigo, en tanto que su población aumentaba con gran lentitud. Tanto la producción como la población serían bajas en relación con el territorio, y la situación de las clases bajas, “en extremo miserable”, la atribuye “al estado de su propiedad y a la situación de servidumbre de su pueblo”, y a que “el producto de sus esfuerzos (de sus campesinos) pertenece a sus amos”, es decir, es consecuencia de la desigualdad. Parecería admitir que hay situaciones en que ésta desempeña un papel importante, y que la propiedad no es fácilmente divisible (Malthus, 1998, libro III, capítulo VIII: 356). Para el caso de Rusia también reconoció que producía más alimentos que los que consumía, atribuyendo la miseria de los campesinos a la supervivencia del feudalismo. Parecería admitir entonces que hay situaciones en que corresponde un papel a la desigualdad, y que en Polonia la combinación de la desigualdad y la existencia de trabas feudales determinaría la baja producción. Asimismo aceptó que en Suecia y Noruega hubo aumentos de población en la segunda mitad del siglo XVIII. Un autor contemporáneo afirma que ello también ocurrió en otros países europeos, como Austria y Bohemia (Wrigley, 1985). En este último habría sido muy considerable, de 1.45 millones a casi el doble.

Malthus admitió que la esperanza de vida habría aumentado en Inglaterra después de 1780 debido a mejoras en la salubridad (Malthus, 1998, libro II, caps. IV, V: 215 y 459, y VIII), lo que implica que la población no depende solamente de los medios de subsistencia, sino también de otros factores. En este aspecto parecería haber cambiado de opinión respecto a la primera versión, donde argumentando contra Condorcet afirmó que la experiencia histórica (¿cuál?) no permite concluir que las mejoras en vivienda, alimentación y medicina aumentarían la esperanza de vida, y parece sugerir que sólo habría habido una pequeña mejora en este aspecto (Malthus, 1968: 138-139).

Ya aludí a un folleto sobre las Leyes de Cereales (Corn Laws), que restringían la importación de éstos; publicó dos sobre este tema. En el segundo, que salió en 1815, muestra que estaba al tanto de los adelantos técnicos y del aumento de la productividad agrícola (citado por James, 1979: 259-261). Tampoco en este punto se molestó en admitir que podría haber excepciones a su teoría. La introducción de nuevos cultivos, como en el caso de la papa, puede verse como una innovación, pero se advierte que Malthus no estaba consciente, o sólo lo estaba en parte, de las innovaciones tecnológicas en la agricultura que se habían producido en el periodo inmediatamente anterior a la publicación de su Ensayo. De haberlo estado seguramente hubiera aceptado que había un considerable margen de incertidumbre en sus afirmaciones, en la medida en que podía haber supuesto que por lo menos durante cierto tiempo podrían presentarse avances tecnológicos que eventualmente aumentarían la producción de alimentos.

Pero además hay otro aspecto que Malthus parece no haber notado: el de la evolución de los salarios de los trabajadores agrícolas, que eran bajos y decrecientes en el momento en que publicó su Ensayo, mientras mejoraban los ingresos de los arrendatarios, y los terratenientes se enriquecían tanto por sus ingresos como por el aumento del valor de la propiedad. Los salarios eran tan bajos que las parroquias solían otorgar un complemento a muchos trabajadores rurales. Los presos en las cárceles estaban mejor alimentados que los trabajadores agrícolas (Marx, 1962: 674-675). Marx menciona dos posibles razones para esta situación: la manipulación de la Ley de Pobres y la depreciación de la moneda. Es posible imaginar también que la expulsión de población campesina de la tierra, fenómeno que se produjo en una es- cala considerable en esa época, haya aumentado la disponibilidad de la fuerza de trabajo agrícola, y que la eliminación de los campesinos de subsistencia haya permitido un mejor uso de la fuerza de trabajo. Sea como fuere, el punto está en la incapacidad de Malthus para ver que la escasez o disponibilidad de alimentos para determinados grupos sociales podía tener poca relación con la producción total. Admite (¡en un pie de página!), y de manera coherente con lo que escribió acerca de Polonia y Rusia, la posibilidad de que la desigualdad ocasionara que los alimentos disponibles no llegaran a las clases inferiores, o sea, que la disponibilidad de alimentos podría estar afectada por una mala distribución, de modo que aunque aumentara la producción el excedente no se distribuyera entre las clases más bajas (cap. II: 19).

Entre estas contradicciones figura la de admitir que la alta renta del suelo influye en el precio de los alimentos (“Bounties of the exportation of Corn”, en la edición de 1803, citado por James, 1979: 276). Pero la más flagrante es la ya mencionada, que aparece en el segundo folleto sobre las Leyes de Cereales, en cuanto a la capacidad de Gran Bretaña para alimentar a su población.

Corresponde mencionar que 20 años antes de Malthus, Adam Smith en su Riqueza de las Naciones estaba consciente de que no todo aumento de la riqueza se refleja en mejoras de la situación de los trabajadores (citado por James, 1979: 65).

En relación con el caso ya mencionado de Estados Unidos y su rápida tasa de aumento de la población, probablemente la más alta del mundo en ese momento, nuestro autor no advertía que ello contradecía su planteamiento de que los medios de subsistencia no pueden crecer en la misma proporción. Puesto que no dice que la situación haya empeorado, debería admitir que estos medios también se duplicaron en la misma proporción, lo que obviamente está en contra de su teoría.

Hay partes de la última versión que pueden considerarse como textos políticos: los mencionados sermones y la igualmente aludida crítica a las propuestas de una sociedad más igualitaria expuestas por Condorcet y Godwin. Entre las simplezas incluidas hay que mencionar su elogio a la contribución de las solteronas a la sociedad por el hecho de no casarse. Se olvidó de elogiar a los responsables de la separación de las familias en las workhouses.

A lo largo de 200 años muchos autores han considerado que su teoría ha sido científicamente refutada. En cierto sentido se puede decir que es correcta, ya que cuando fue enunciada la población mundial era de 1 000 millones y ahora es seis veces mayor. Sin embargo se presentó una coyuntura histórica en que efectivamente hubo un aumento acelerado de la población: las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, particularmente en Asia, África y América Latina, lo que hizo temer a muchos políticos y científicos que el mundo se encaminaba hacia una situación maltusiana. El que esto no se haya concretado no prueba nada respecto del futuro.

Entre los continuadores de Malthus es preciso mencionar a los que se podría llamar maltusianos moderados tardíos, y por otra parte a autores más recientes que proponen un maltusianismo generalizado.

A fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, Marshall, Kautsky y Keynes sugirieron que la propuesta de Malthus, tal como fue formulada, no era aplicable para su época, o sea que reinventaban la mencionada posición de Robert Wallace, publicada en 1753. Plantearon una reformulación, en el sentido de que era factible que llegara un momento en que la población creciera más rápidamente que la producción de alimentos. Kautsky aventuró la predicción de que podría ocurrir en “cien o doscientos” años, pero en esos momentos no existían elementos para hacer ningún cálculo (Kautsky, 1910; Keynes, 1937; Marshall, 1920). En la actualidad tenemos mucho más información e instrumentos que en esa época, pero el problema sigue siendo difícil, aunque hay elementos que sugieren que esta situación podría estar ocurriendo ya en algunos países, como los del África subshariana.

Ya mencioné que en 1972 se publicó Límites del crecimiento, elaborado por un equipo de teoría de sistemas del Instituto Tecnológico de Massachussetts liderado por Jay Forrester y con la participación de De-nnis y Donella Meadows, que le dio un nuevo giro a la teoría suponiendo no uno sino varios límites que incluirían los recursos naturales y la contaminación ambiental. Este tema merecería una exposición más amplia que no es posible presentar aquí por razones de espacio. Baste mencionar que el grupo de Meadows y Forrester aparentemente no tenía una percepción de la historia que los llevara a percibir que un cambio cultural hacia menores tasas de aumento de la población había comenzado desde la segunda mitad del siglo XIX en Europa, y que un análisis más fino debía incluir otros factores, entre ellos la cuestión de los recursos acuíferos y varios más que mencionamos al principio de este texto.

La recepción del Ensayo

La biografía elaborada por Patricia James menciona tres reseñas del Ensayo que se publicaron en revistas. Dos al parecer estaban más interesadas en el ataque de Malthus contra Godwin que en las implicaciones de su propuesta. La tercera sólo le dedicaba dos columnas, frente a 27 asignadas a varias obras teológicas. También menciona otras tres de la segunda edición, publicada en 1803. Dos lo consideran disparejo, con aspectos positivos y negativos; la tercera lo acusa de unilateral.

El prólogo de Keynes a la primera edición del Ensayo menciona que en los cinco años transcurridos entre la primera y la segunda ediciones se publicaron veinte folletos sobre el tema (Malthus, 1998: 21). Además aparecieron varios libros, uno escrito por el sacerdote Thomas Ingram en 1808, y otro de un autor anónimo en 1807, de Simon Gray en 1818, y de John Barton en 1820; también se publicaron artículos y cartas en revistas, todos críticos (James, 1979: 66 y 117-121).

En El Capital Marx afirma que el Ensayo de Malthus fue jubilosamente saludado por la burguesía británica como respuesta conservadora a la Revolución Francesa y como destructor de todos los anhelos de desarrollo humano. También observó que en las ediciones posteriores sólo se incluyeron materiales superficialmente compilados. Sin embargo, con la única excepción del sacerdote Thomas Chalmers, que publicó un libro sobre economía política en 1832, no cita ninguna otra evidencia del apoyo recibido por Malthus (vol. I, cap. XXV: 616). Si bien la proposición que lo ve como respuesta conservadora a la Revolución Francesa podría considerarse plausible, la afirmación de que la recepción de la burguesía fue favorable parece totalmente infundada. Es obvio que llamó mucho la atención, ya que se hicieron seis ediciones sucesivas, pero la mayor parte de las críticas fueron adversas.

Los dirigentes políticos no se pronunciaron, con la excepción de dos miembros del Parlamento: George Rose y Michael T. Sadler, y del aludido Lord Henry Brougham.

Ya mencioné que la clase dominante debe haber considerado a Malthus un fiel servidor. Sin embargo no queda claro si recibió honores por su contribución a la cuestión de la población o por sus méritos como economista. La poca atención que otorgó la prensa a la noticia de su muerte sugiere que lo veían como un personaje menor.

Hay por lo menos tres tipos de críticas contra Malthus: políticas, éticas y científicas. Las éticas fueron mayormente de inspiración religiosa.

Malthus fue atacado por algunas de las más destacadas figuras literarias de la época: los poetas Percy B. Shelley, Lord Byron, William Wordworth y Samuel Taylor Coleridge, los dos primeros demócratas radicales. También fue criticado por el periodista político demócrata radical William Cobbett, y por Samuel Whitbread, un miembro del Parlamento de la fracción foxista. Shelley argumentó que la razón de la pobreza era que la clase dominante quería hacer la guerra a los revolucionarios franceses pero se negaba a pagar por ella, por lo que la inflación resultante castigaba a los pobres; Marx repitió este argumento. Coleridge adelantó una idea posteriormente reinventada por Marx, ya que asoció el auge de Malthus con el clima de persecución contrarrevolucionaria que se vivía entonces (citado por Winch, 1996: 201). Desde la derecha fue criticado por burgueses cínicos y codiciosos, más despiadados que el mismo Malthus, que querían que hubiera mayor población para tener reclutas en el ejército que sirvieran de carne de cañón y además para abaratar los salarios, lo que haría a la industria más competitiva. Fue el caso del mencionado legislador George Rose, quien publicó un folleto sobre el tema en 1805 (James, 1979: 136-137). El parlamentario Michael Sadler habría utilizado argumentos teológicos (citado por Winch, 1996: 389-390).

Si la de Rose es una crítica desde la derecha, hubo otros críticos a los que podríamos ubicar en una derecha moderada a partir de la ideología religiosa, que acusaron justamente a Malthus de despiadado, defendiendo las ideas tradicionales de benevolencia y caridad hacia los pobres. Hubo varias críticas de este tipo formuladas por teólogos a quienes les pareció que estaba en contra de la religión. Uno de ellos planteó que expresaba puntos de vista impropios de un sacerdote; otro sostuvo que contradecía los textos bíblicos, a los que consideraba infalibles; otro más hizo uso de un argumento de Lutero en el sentido de que Dios se ocuparía de alimentar a sus criaturas (James, 1979: 117; Winch, 1996: 239-243). Sin embargo hubo tres sacerdotes o autores clericales que se manifestaron a favor; uno de ellos fue William Paley, un teólogo muy conocido (citado por De Beer, 1979; James, 1979: 348 y Winch, 1996: 325-326).

Con relación a la propuesta de Malthus de que el matrimonio podía limitar las posibilidades de ascenso económico e incluso llevar a una pérdida de estatus, hubo quien lo refutó argumentando que los más pobres, que estaban en el último peldaño de la escala social, no tenían ningún estatus que perder. En este mismo terreno y respecto a su propuesta de diferir los matrimonios, un autor lo acusó de que su teoría podría ser considerada como una justificación de la prostitución, y ésta cabe entre las críticas de izquierda.

Un autor anónimo planteó una crítica moral en el sentido de que había toda clase de vicios que no tenían nada que ver ni con el celibato ni con los matrimonios tardíos, y que por el contrario, el matrimonio ejercía una influencia moralizante y estabilizadora. En esa misma línea otro igualmente anónimo sugirió que los caballos de los ricos tenían más derecho a ser alimentados que los niños pobres.

Hubo una crítica científica que incluyó a periodistas, publicistas y economistas. Los primeros eran profesores de economía de la Universidad de Oxford: Richard Whately en 1829, y Nassau William Senior en 1831, negaron que el aumento de la población hubiera producido un incremento de la pobreza; en otras palabras, que la evolución de los indicadores económicos desmentía a Malthus. Tal punto de vista ha sido validado por investigaciones más recientes. El autor francés René Gonnard cita a varios economistas franceses y alemanes que habrían apoyado a Malthus; en todos los casos se trata de autores posteriores a 1845 (Gonnard, 1945).

La crítica que puede ser considerada más sustancial fue publicada en un libro de 1821 de Percy Ravenstone, cuyo nombre es probablemente un seudónimo, y por el periodista David Booth, colaborador de Godwin. El argumento que usan es el de la reducción al absurdo, a partir del hecho de que en el texto de Malthus está notoriamente ausente cualquier dato o conjetura tendente a mostrar un empeoramiento sistemático de la disponibilidad de los medios de subsistencia, claramente correlacionado con el aumento de la población.

Aunque Ravenstone planteó su argumento de una manera jocosa, es totalmente serio. Sugirió que si en efecto Adán y Eva hubieran tenido sólo medios de subsistencia para ellos dos, entonces de acuerdo a la cronología imperante en esa época, en que se creía que el mundo había sido creado hacía 5 000 años, y a la progresión aritmética de Malthus, hacia el siglo XIX sólo los habría para 1 300 personas; en cambio, suponiendo que éstos eran adecuados para la población existente, la pareja bíblica habría dispuesto de medios para alimentar a seis millones.

Se podría reformular su argumento de la manera siguiente. Dado que la población había aumentado considerablemente, si los medios de subsistencia fueron siempre insuficientes, entonces este aumento de población sería imposible; de lo contrario habría que admitir que hubo una época en que fueron muy abundantes.

El punto más débil de la argumentación de Malthus estaría entonces en su falta de definición acerca de si la escasez de medios de subsistencia había existido siempre o si apareció en determinado momento del desarrollo de la sociedad. En el primer caso la población no podría nunca haber llegado a los niveles actuales. En el segundo, habría que identificar un punto de transición, probablemente para diferentes regiones, y tratar de estimar cuándo se produjo.

En esa línea podemos también ubicar a John Rickman, quien publicó cifras basadas en el censo de 1801 que tendían a mostrar que era falsa la afirmación de Malthus de que la ayuda a los pobres producía un aumento de la tasa de matrimonios de éstos y del número de familias irresponsables (feckless, en el sentido de incapaces de alimentar a sus vástagos). Cabe también allí el mencionado Barton, quien sostuvo que el número de indigentes no había aumentado en proporción a la población y que la tasa de mortalidad estaba disminuyendo, lo que probaría, contra Malthus, que la situación de la población estaba mejorando. En la misma línea de Rickman, Godwin publicó en 1820 un libro en donde trataba de mostrar que la evidencia estadística contradecía las ideas de Malthus (citado por Winch).

Pero probablemente la crítica científica más demoledora fue formulada por Marx después de la muerte de Malthus, y aparentemente tuvo muy poca difusión. Por ejemplo Ronald Meek, que publicó una compilación de textos de Marx y Engels sobre Malthus, no la menciona (Meek, 1953). La crítica de Marx apunta a un aspecto que aparentemente no se ha percibido sobre la metodología de las ciencias sociales. Muchos filósofos de las ciencias sociales suelen afirmar que en éstas no hay posibilidad de realizar experimentos; sin embargo pueden ocurrir acontecimientos históricos totalmente imprevistos que desempeñan el papel que se les asignaría en un experimento imposible. Marx afirmó que después de la gran hambruna que a fines de la década de 1840 provocó en Irlanda una reducción drástica de su población por falta de alimentos y la emigración de millones de personas, de haber sido correcta la suposición de Malthus la situación de los irlandeses debió mejorar al haber disminuido la población, y que puesto que no se observaba tal mejora, las causas de la pobreza de las masas había que buscarlas en el terreno político, es decir, en la opresión colonial inglesa, y no en la población (citado por Perelman).

Malthus, la agricultura y la guerra

Varios autores se han referido a la población antes del siglo XIX. Cabe mencionar que el primer censo se hizo en Suecia en 1749, después en Estados Unidos en 1790 y luego en Gran Bretaña en 1801, y que por lo tanto cualquier afirmación sobre situaciones anteriores a esa fecha lleva un considerable margen de incertidumbre. Ese fue el caso del mencionado Richard Price, que tocó el tema en 1780 y afirmó que la población de Gran Bretaña era de cinco millones, cifra que obtuvo del estudio no sistemático de unos pocos registros parroquiales; sin embargo algunos autores actuales estiman que en esa época debió estar cerca de siete y medio millones de personas (James, 1979: 55).

Un punto que parece habérsele escapado a los críticos de Malthus es que de acuerdo con su lógica no debería haber nunca países exportadores de cereales. No obstante, como ya lo mencioné, tenía a la vista el caso de Polonia, y en sus folletos sobre las Leyes de Cereales, que impedían su importación, parece admitir la posibilidad de traerlos desde Francia (James, 1979: 260).

La agricultura inglesa a comienzos del siglo XVIII no sólo alimentaba al doble de la población de mediados del siglo XVI, sino que quedaba un excedente exportable de aproximadamente 6% en la producción de cereales (Schofield). A. L. Morton también sostiene que hubo un considerable aumento de la producción agrícola debido a esas mejoras tecnológicas que acarrearon el aumento de la renta del suelo y la aludida disminución salarial de los trabajadores agrícolas (Morton, 1945); en tanto Petersen cita estudios basados en la información sobre deficiencias nutricionales que muestran que la situación alimentaria había mejorado hacia 1830 (Petersen, 1984: 275).

Hacia 1830 Gran Bretaña tenía el doble de población que en 1750. De los alimentos que se consumían, 90% era de origen local, y sólo se importaban los producidos en otras latitudes, como el arroz y el azúcar. Con relación a ello Malthus tiene una visión restrictiva de lo que llama medios de subsistencia, porque no incluye a éstos, cuya importación aumentó durante el siglo XVIII, de donde se infiere que por lo menos los sectores sociales que estaban en condiciones de comprarlos mejoraron su alimentación.

La proporción de familias dedicadas a la agricultura en la época de Malthus era menor que en 1750. Hasta varias décadas después de la aprobación de la Ley de Libre Comercio de 1846, la agricultura británica se mantuvo con altos precios inmunes a la competencia extranjera debido a los altos costos del transporte (Hobsbawm, 1976).

Desde mediados del siglo XVIII en Gran Bretaña hubo cambios importantes en los métodos de cultivo que aumentaron la productividad. La práctica de dejar tierras en barbecho fue sustituida por la rotación de cultivos. Jethro Tull (1674-1740) inventó la sembradora, que hacía más fácil depositar la semilla a cierta profundidad y con el espaciado adecuado. Se mejoró la fertilidad del suelo agregándole arcilla y piedra caliza. La fuerza de trabajo disminuyó en la agricultura de 55% a mediados del siglo XVIII a 27% en 1841. Muchos estudiosos aceptan actualmente la posibilidad de que antes de la Revolución Industrial hubiera una revolución agrícola (Derry, 1989; Cardwell, 1995; Rex Bliss, 1997).

Investigaciones recientes sugieren que hubo un gran incremento en la producción de alimentos en los siglos XVIII y XIX, que en Inglaterra y Gales alcanzó a sostener a una población que se triplicó entre 1700 y 1850, sin recurrir a importaciones significativas de alimentos (McKeown, 1978).

Malthus se equivoca totalmente cuando subestima la contribución del aumento de la producción agrícola al incremento de la riqueza de Gran Bretaña, que para él se habría originado sólo en el crecimiento de la producción industrial y no en la del suelo (James, 1979: 65).

Cabe mencionar que hasta la década de 1860 no hubo estadísticas sobre la producción agrícola en Gran Bretaña. Tanto Malthus como Marx, que escribió varias décadas más tarde, se refieren a los salarios del proletariado rural, pero ninguno de los dos trata adecuadamente la evolución de la producción agrícola, y es probable que Marx la conociera aun menos que Malthus. En el caso de Marx, Colin Duncan trata de explicar esta desatención como resultado de un error. Marx se habría equivocado porque su obsesivo interés en las técnicas de la producción industrial lo llevó a imaginar que los cambios que producían ahorro de mano de obra debían ser igualmente importantes en la agricultura. Puesto que percibía poca evidencia de tales cambios, concluyó erróneamente que la agricultura no había mejorado de manera significativa (Duncan, 2000). En este sentido corresponde mencionar que en El Capital sólo cuatro páginas en el primer volumen se refieren a “Industria moderna y agricultura”, y en ellas no se hace referencia a algún aumento de la producción agrícola, aunque sí se examinan en el volumen iii la renta del suelo y los salarios de los trabajadores rurales.

En lo referente a la relación entre la población y los medios de subsistencia sería posible aceptar que había un exceso relativo de habitantes en Gran Bretaña, controlado por la ya mencionada represión sexual que demoraba la edad matrimonial, pero como ya vimos, esto no era la consecuencia natural de una falta de medios de subsistencia, sino el resultado de las relaciones sociales, es decir, de la organización de la propiedad agraria y sus modos de transmisión.

La afirmación de Malthus acerca de una progresión aritmética de los medios de subsistencia fue atacada por muchos autores que la consideraron infundada y arbitraria. Sobre este punto, probablemente el economista austriaco Joseph Schumpeter tenía razón cuando afirmaba que el único elemento valioso de la ley de población de Malthus residía en sus modificaciones (Schumpeter, 1947, citado por Georgescu). En forma similar Nicholas Georgescu Roegen cita una observación de Joseph J. Spengler en el sentido de que si esta ley fuera correcta, entonces la población podría crecer de manera ilimitada, suponiendo que este crecimiento fuera suficientemente lento (Georgescu, 1975).

El pronóstico de Malthus de que el hambre sería causa de guerras es absolutamente infundado. Es sensata la sugerencia de que el hambre podría ocasionar una violencia al azar, o que una lucha por los recursos podría dar lugar a situaciones conflictivas entre grupos sociales y desembocar en acciones violentas. Pero la guerra tal como la conocemos en las sociedades actuales es una forma de violencia organizada que, tal como lo afirmó Clausewitz, es una continuación de la política por otros medios. Las guerras pueden obedecer a varias causas, pero en cualquier sociedad dividida en clases sociales son un producto de las políticas de las clases dominantes, que generalmente no incluyen entre sus objetivos el mejoramiento de la situación de los hambrientos.

Si bien es verdad que algunos conflictos étnicos y sociales han estallado en países muy poblados, y en otros que experimentaron grandes aumentos de población, nadie ha demostrado que todas las sociedades de baja densidad de población sean necesariamente pacíficas. Una densidad alta podría ser un factor adicional que contribuiría a la violencia cuando están presentes otras causas, tales como un desigual acceso a los recursos y ciertas formas de discriminación étnica. Esos podrían ser los casos de Palestina, El Salvador y Perú.

La propuesta de Malthus podría tener cierta validez para algunas sociedades primitivas, es decir, sin clases sociales, en las que se dieran circunstancias de escasez, como ocurrió en la isla polinesia de Rapa Nui y con los cazadores recolectores de California, en ambos casos antes de la llegada de los europeos (Fagan, 1995; Sullivan, 1984; Diamond, 1997).

Podríamos preguntarnos si existió alguna base objetiva para los errores de Malthus. En lo referente a su caracterización de la relación entre la población y los medios de subsistencia, ya mencioné la posibilidad de que hubiera habido un exceso relativo de población rural en Gran Bretaña, controlado por la represión sexual. Su error consistió en no darse cuenta de que había grandes extensiones susceptibles de ser cultivadas en América y Australia, las cuales atraerían una gran inmigración europea.

Por otro lado no se le puede acusar de no prever los avances de la ciencia y su impacto sobre la producción agrícola, pero sí parece claro que ni él ni otros autores contemporáneos estaban conscientes de que el considerable aumento de la producción agrícola en Inglaterra sirvió para alimentar a una población que crecía más rápidamente que en siglos anteriores al XVIII. Debemos recordar que la química agrícola, que proveería la base científica para la producción de fertilizantes artificiales, sólo comenzó a desarrollarse medio siglo más tarde.

Reformulación y limpieza de Malthus

Parece claro que la dinámica de la población es producto de múltiples determinaciones culturales y económicas, y que procesos como la apertura de nuevas tierras al cultivo y la aplicación de nuevas tecnologías a la producción de alimentos no pueden ser descritos con fórmulas simples, válidas para cualquier conjunto de condiciones naturales y sociales en cualquier época histórica. Aparte del hecho de que los escritos de Malthus pudieron haber servido a objetivos coyunturales nada encomiables, está claro que no tomó en cuenta los factores económicos que tienden a producir un exceso de población dentro del capitalismo, que Marx describió como ejército industrial de reserva. También podríamos suponer que nuestra comprensión de los factores que determinan la evolución de la población es aún incompleta. Probablemente Engels tuviera razón respecto a que en la Gran Bretaña de la época de Malthus había todavía considerables posibilidades de aumentar la producción agrícola con la incorporación de nuevas áreas al cultivo.

Recuérdese que Malthus escribió su texto en contra de la opinión de Godwin, cuyo optimismo acerca de las posibilidades de abrir nuevas tierras al cultivo en las áreas del mundo aún no cultivadas rayaba en el delirio. Si bien esa expansión de las superficies cultivadas en América y Australia efectivamente ocurrió, Malthus estaba escribiendo en circunstancias en que todavía no se habían logrado los importantes avances tecnológicos en la agricultura y la navegación que iban a ocasionar que efectivamente esta expansión no sólo se produjera, sino que sus efectos incluyeran una amplia disponibilidad de alimentos durante un largo periodo no sólo para el consumo de quienes poblaban los países en que se cultivaban estas nuevas tierras, sino para la exportación a Europa, incrementando además la producción de éstos en el viejo continente. Tampoco se puede acusar a Engels, quien observó el comienzo de la aplicación de la ciencia a la agricultura y la expansión de la producción agrícola en Estados Unidos, de no haber previsto las limitaciones futuras de las tecnologías agrícolas.

En cuanto a Marx, nunca formuló una teoría general de la población, aunque como ya lo mencioné, sí intuyó el comportamiento de los factores sociales propios de cada formación social que influyen sobre su dinámica. Propuso un mecanismo particular que opera en determinadas condiciones para el modo de producción capitalista. En tanto que no pretendo dar en este texto una explicación de la miseria de las masas proletarias en Gran Bretaña a fines del siglo XVIII, creo que no sería descabellado atribuirla a las causas sugeridas por Marx y no a un agotamiento de las posibilidades productivas de la agricultura.

Si aceptamos que esta evolución de la población es el producto de múltiples determinaciones, la formulación de Malthus representa una forma inaceptable de reduccionismo biologista. Pero no lo sería la proposición de que las poblaciones para determinadas formaciones sociales en ciertas condiciones históricas podrían estar limitadas por los medios de subsistencia. Anthony Flew propuso reformular la teoría de Malthus en los siguientes términos: “La potencialidad reproductiva sería siempre controlada, a largo plazo, por las limitaciones de la potencialidad productiva”. En tanto que la pretensión de Malthus acerca de la validez universal de su “ley” de la población no puede ser aceptada, la pretensión más débil de que para muchas sociedades la potencialidad reproductiva no podría sobrepasar cualquier aumento de los medios de subsistencia debe ser considerada válida. Su consecuencia política es que no se debe aceptar que cualquier pareja individual tenga un derecho a producir el número de descendientes que quiera, sino que el crecimiento de la población es materia de preocupación social, y que la sociedad tiene el derecho de promover frenos al crecimiento de la población. Una vez que se acepta este principio, la naturaleza de cualquier medio de control de la población, sus efectos en las clases sociales y la forma en que se aplica será materia de debate.

El ya mencionado John Stuart Mill, un crítico más bien benévolo, fue uno de los que consideraron desafortunado el intento de Malthus de dar precisión matemática a fenómenos que no la admiten. Sugirió que esto era totalmente superfluo para el argumento de Malthus, y fue aparentemente el primero en tratar de purgar la teoría de sus aspectos represivos al sugerir que los matrimonios podrían restringir su capacidad reproductiva por razones no económicas. Corresponde sin embargo mencionar que Flew planteó que el impacto de Malthus tuvo relación con la supuesta certeza matemática de sus pretensiones.

Otra cuestión totalmente ignorada por Malthus fue que determinadas sociedades pudieron reproducir su población sin restricciones durante varias generaciones, dada la riqueza de sus territorios y la aparición de avances tecnológicos. Queda claro que ésta fue una de las principales razones por las cuales la propuesta de Malthus no fue válida en el mundo de su época y siguió sin serlo durante un largo periodo histórico, ya que éstos fueron los casos de Argentina, Australia, Canadá y Estados Unidos.

La validez del maltusianismo y el control de la natalidad son relativamente independientes, ya que el control de la natalidad puede ser apoyado por razones independientes de cualquier evolución futura de los medios de subsistencia. El ya mencionado Stuart Mill reconoció esto claramente. Sin embargo muchos los han considerado como idénticos, aun algunos que apoyaron el control de la natalidad como una cuestión de elección individual.

El más prominente maltusiano, es decir Malthus mismo, se opuso al control de la natalidad por medios artificiales y se inclinó por la “restricción moral” como sustituto de ésa; hoy día ningún continuador de Malthus apoya actualmente tal posición; en tanto, hubo antimaltusianos que aceptaron el control de la natalidad como materia de elección individual, por ejemplo el revolucionario ruso Vladimir Ilich Lenin. Sin embargo la línea dominante entre los antimaltusianos, particularmente entre las burocracias religiosas más atrasadas como la Iglesia católica, se opone tanto a la teoría de Malthus como a la práctica del control de la natalidad por medios artificiales. Una investigación más completa sobre el tema, que no corresponde a este texto, debería incluir la historia del control de la natalidad y la relación entre éste, el maltusianismo, y la liberación de la mujer.

Unas palabras finales

Creo haber mostrado que la teoría de Malthus apareció en un contexto histórico de represión política, social y sexual muy fuertes, y que tendió a reforzarla; asimismo inauguró una línea de pensamiento que tendría gran influencia en cuanto a culpar a los pobres de su pobreza debido a su reproducción excesiva. También sus ideas tuvieron una considerable influencia al colocar la cuestión de la población como materia de políticas públicas. Malthus fue un ideólogo conservador, y en su posición frente a la masacre de Peterloo se le puede considerar un precursor de las dictaduras militares, pero su conservadurismo estuvo matizado por posiciones liberales y reformistas que han sido poco conocidas. Aunque se puede suponer que la clase dominante lo consideró su fiel servidor, la recepción a su teoría de la población estuvo lejos de ser entusiasta. Probablemente en ello influyeron no sólo los prejuicios religiosos, sino una tendencia implícita que veía que el aumento de la población era necesario para mantener bajos los salarios y para contar con reclutas potenciales que formarían parte de las fuerzas armadas. Hubo también una crítica científica que detectó sus debilidades e incongruencias. Malthus, y aparentemente todos los economistas de su época y algunos de los posteriores subestimaron el desarrollo de la agricultura y su contribución a la acumulación del capital. La importancia de Malthus estaría más en su percepción de la especie humana como sujeta a limitaciones naturales y en la idea de límites, que en la posibilidad de que aumente la población más allá de la capacidad de producción de alimentos.





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Notas al pie:

*.

fn1 Agradezco al anónimo árbitro de esta revista que me sugiriera leer los libros de Donald Winch.


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